No se hagan pelotas, el factor común es el falo, el falo es un significante, y el significante es la palabra, luego entonces (como decía en clase mi querido maestro J. C. Bojalil), el falo es la palabra…

No se hagan pelotas, el factor común es el falo, el falo es un significante, y el significante es la palabra, luego entonces (como decía en clase mi querido maestro J. C. Bojalil), el falo es la palabra…

En cuanto a subrayar los seminarios de Jacques Lacan, ya salvé hace mucho tiempo esa fobia, ahora llevo un sistema que va de la lectura sin subrayado, pasando por un marca texto Stabilo Boss, luego un portaminas Staedtler Mars, hasta colores de madera azul y rojo Pelikan (todos de origen alemán)… unas manías por otras, eso sí, más productivas.
Siempre he desconfiado de los psicoanalistas que mantienen sus libros intactos, me da la impresión que los conservan como ornato para sus desertificados despachos.
Pasemos al tema.
Actualmente trabajamos en el taller de lectura: «Lacan para principiantes» el seminario Las formaciones del inconsciente (1957-1958) [Paidós: 2004], ya hemos pasado la primera fase, aquella que Jacques-Alin Miller titula como «las estructuras freudianas del espíritu», buen título, pero adviertan los novatos que no se trata del «espíritu» del espiritismo.
Y es en este proceso de subrayados, semejante al lavado de oro, que traigo el último nivel (por ahora) de subrayado (el rojo), pertenece a la sesión del 04 de diciembre de 1957:

Interpreto:
En el espírituanálisis [1] lo que cuenta es rebasar la «común medida», facilitada con la presencia del Otro.
La «común medida» sería a®a’, y la desmedida común: a®A’… del «esquema L», con esta idea nos encontramos a tono con lo que Lacan irá construyendo en la siguiente parte de su seminario (enero-febrero 1958), que veremos terminado en De una cuestión preliminar…[2] como «esquema R».
Contrariamente a lo que un piensa un sociólogo-lacaniano (no es broma, así se hacen nombrar), el sólo hecho de la “existencia” del Otro elimina cualquier medida que hiciese comunidad… algo que más tarde pondrá en evidencia (también) la invención del objeto a.
Y además, la satisfacción se hallará más allá de lo manifiesto… lo que provoca la metáfora: una cosa bien puede valer cualquier otra (eso sí, metonimia mediante).
Ese es el secreto del chiste, el otro-metonímico es necesario para la producción metafórica novedosa [3]:
El otro (…) para llamar las cosas por su nombre, participa de la posibilidad de la agudeza [así como de toda formación del inconsciente], pero es en el interior de la resistencia del sujeto (…) donde se hará oír algo que retumba más lejos y hace que el chiste resuene directamente en el inconsciente [4].
Hay mucho más en esta sesión del 04 de diciembre… pero ¿Quién quema todos sus cartuchos de un tirón?
I.
[1] Allouch, J. ¿Es el psicoanálisis un ejercicio espiritual? Respuesta a Michel Foucault, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2007.
[2] De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis en Escritos 2, Siglo XXI, México, 1995, p. 534. Este texto es prácticamente un informe de los seminarios 3, 4 y 5, de ahí la complejidad de leer sus Escritos y el por qué sostengo: están destinados para sus alumnos.
[3] Queda clarísimo en el olvido Signorelli, sin el abogado-otro-metonímico, ahí sentado frente a Freud en el carruaje, tal vez nada hubiese acontecido, no habría (futuro anterior) formación del inconsciente y por ende “acto” analítico (¿otra formación del inconsciente? El espíritu-analista sin duda lo es).
[4] Corchetes míos.
Durante la sesión del 18 de diciembre de 1857 Lacan aborda brevemente el tema de la risa, esta misma como última expresión, remate del chiste o lo cómico, dejando a estos dos del lado de lo simbólico, puesto que el Otro está ahí como intermedio para ratificar el mensaje dentro de la envoltura del chiste o lo cómico.
Por su parte la risa es colocada del lado de lo imaginario, es decir, desde un punto donde el Otro no aparece como ratificador del mensaje, donde el puro juego especular es tomado como referente para desencadenar la risa.
Hace ya un tiempo tuve la oportunidad de leer un pequeño cuento de Dostoyevski titulado Un episodio vergonzoso, en donde el personaje central de nombre Ivan Ilich Pralisnki , un funcionario hasta cierto punto renombrado, ingresa, sin invitación, a la celebración de una boda, de la que participaban personas de rango menos elevado y por tanto no tan distinguidos como nuestro amable principal, lo notable de este pequeño cuento es el planteamiento que se hace Iván Ilich, se forma la idea de comportarse a la altura de las circunstancias y no espera recibir trato especial por parte del resto de los que si fueron invitados, mismos que no dejan de mostrarse incomodos ante la presencia de este.
Estar a la altura de las circunstancias es ya plantearse el problema de no caer, pues bien, a este simpático personaje se le suben las copas y cae como suelen caer las personas no acostumbradas a beber en exceso y pasa al plano de lo ridículo. Dostoyevski nos lleva precisamente por lo que Lacan describe en relación a lo que produce el ingenio en lo cómico, el desarrollo del texto nos introduce en la escena general para hacernos parte de la jerga y lo que más tarde habrá de despuntar en la caída de Iván Ilich.
Y bien, ¿por qué una caída es graciosa?
Dice Lacan:
la risa estalla en la medida en que el personaje imaginario prosigue en nuestra imaginación sus andares afectados, cuando lo que es su soporte en lo real queda ahí tirado y desparramado por el suelo. Se trata siempre de una liberación de la imagen. Entiéndalo en los dos sentidos de este término ambiguo, por una parte, algo liberado de la constricción de la imagen, por otra parte, la imagen se va también de paseo ella sola. Por eso hay algo cómico en el pato al que le cortas la cabeza y da todavía algunos pasos por el corral
De esto se trata en el cuento de Dostoyevski, de un tipo que ostenta cierto prestigio y cuyo cuerpo queda desparramado en el suelo dando algunas patadas mientras su imagen, ahora sin mucho prestigio, anda y se pasea sola. No es casualidad que gire alrededor de un personaje de renombre, de cierta prestancia cuya imagen favorezca una caída que cause risa, y es que, en el caso contrario, en el de una persona que de por si padece las desgracias todo el tiempo, una caída más, al contrario puede provocar la más seria de las compasiones y de las lástimas. Dostoievski nos muestra así, entre la agudeza, lo cómico y la risa lo que Lacan trabaja en gran parte de este seminario sobre las formaciones del inconsciente.
Lacan va tomar como referencia lo cómico para tratar el tema del amor, Lacan:
Ahora bien, si en las subyacencias del chiste hemos encontrado aquella estructura esencial de la demanda de acuerdo con la cual, en tanto que el Otro la recoge, ha de quedar esencialmente insatisfecha, hay de todas formas una solución, la solución fundamental, la que todos los seres humanos buscan desde el inicio de su vida hasta el fin de su existencia. Como todo depende del Otro, la solución es tener otro todo tuyo. Es lo que se llama el amor. En la dialéctica del deseo, se trata de tener otro todo tuyo
Escribo esto un 14 de febrero, día en que se acostumbra celebrar al amor más que la amistad y es que el amor en su aspecto fundamental es muy similar a lo cómico, solo que, con una salida no menos cómica, pero como no es mi intención desanimar a nadie, no diré que sea imposible.
Samuel López González
Bibliografía
Lacan, J 1957, Seminario 5 Las formaciones del Inconsciente
Dostoyevski, F, 1862, Un episodio vergonzoso.

¿Cuándo es el mejor momento para comenzar algo? Tal vez mañana, no dirá, actuará el obsesivo sin proponérselo.
En la clase II del seminario 4, La relación de objeto, a modo de despejar y aclarar en lo que corresponde a la relación de objeto, Lacan nos dice “¿Qué es un obsesivo? En suma es un actor que desempeña su papel y cumple cierto número de actos como si estuviera muerto”.
A la manera del 007, para el obsesivo, el mañana nunca muere, ¿Por qué? porque de alguna manera él es el mañana, no el mañana de los que piensan con mentalidad positiva, aquel que esperan como premonición de tiempos mejores, sino como el de la procrastinación hecha personaje, es ese mañana que no llega porque esta mortificado en su presente, precisamente porque su papel, es hacerse el muerto, desde luego sin que él lo sepa.
Aquí resulta un tanto cómica la referencia a cierto “godín de gobierno u oficina” pero no al estilo del Bartleby de Melville, quien con todo el rigor de la palabra decía preferiría no hacerlo, me refiero al que critica los cargos y exige desmesuradamente a sus superiores toda clase de complacencias por su trabajo, y sin embargo, cuando a este se le intenta promover a un cargo mayor, pone de relieve toda clase de lógica a su alcance con tal de negarse a la promoción y, una vez a resguardo en su cargo menor volverá con toda cólera posible contra sus superiores; precisamente porque para él lo importante es mantenerse sin ser el blanco al que se dirige la flecha; significa esto que, estando en un puesto superior sería motivo del recelo de los de menor rango, pedirían su cabeza, como suele decirse, le exigirían resultados como a cualquier otro en su posición, por ello prefiere entonces permanecer como no deseante, como objeto; ser deseante implica correr un riesgo, y el riesgo que corre todo aquel que desea es que pidan su cabeza, encontrarse de cara con la muerte.
Retomando la cita anterior de Lacan, sobre el obsesivo en su papel de actor, y teniendo en cuenta su crítica al psicoanálisis de las relaciones objetales, habrá que preguntarnos ¿Cuántos personajes hay en la obra -ejercicio espiritual- del análisis?
Dejemos que las sesiones transcurran para abordar o, bordar a la manera de quien teje, las respuestas necesarias o en su defecto abrir nuevas interrogantes.
Samuel López Gonzáles
Bibliografía: J. Lacan seminario 4, La relación de objeto, Paidós, Buenos Aires, p. 29.


Tenemos la obligación de servirnos de la moneda que predomina
en el país que investigamos; en nuestro caso,
de la moneda neurótica.
Sigmund Freud.
Propongo algunas puntuaciones que considero importantes (…y para no olvidar) de las tres primeras sesiones del seminario El deseo y su interpretación, impartidas el 12, 19 y 26 noviembre de 1958.
El carácter de esa satisfacción se refleja aquí en el lenguaje, en ese satisfecho con ser (…) donde se pone al descubierto la ambigüedad del término ser (…).
El ser está allí [en el sueño], se desliza por doquier, y así mismo toma la forma gramatical de remisión al ser, el ser satisfecho. ¿Acaso este ser puede ser tomado por el lado de la sustancia? No hay nada sustancial en el ser fuera de ese término mismo, se satisface con ser. No podemos tomar al ser (être) sino al pie de la letra (l’être )[5]. A fin de cuentas, lo que el Wunsch satisface es algo del orden del ser. No hay en definitiva otro lugar que el sueño, al menos en el plano del ser, donde el Wunsch pueda satisfacerse[6].
09 de enero de 2021.

[1] Anthony Sampson: «Además, se puede sostener que emplear en psicoanálisis el concepto metafísico de “fantasma” – por oposición a su sentido común de “espectro” – sin duda sería privilegiar excesivamente el producto-imagen-objeto a expensas de la actividad, de la “ficción” que la produce. La fantasía freudiana no se reduce a ser la pura imagen extenuada del objeto. Ese sería desconocer su estructura gramatical – su estructura de relato, estructura narrativa que implica un sujeto, un verbo y un predicado –. De ahí que se presente como un escenario, un guion, una puesta en escena, con actores y libretos. Ciertamente el objeto no podría estar ausente de semejante puesta en escena (la escritura lacaniana lo hace sin duda resaltar. Pero también no hay que olvidar que justamente el objeto a no es susceptible de representación especular alguna» (…) «Por último, pues, hemos reservado para el final la argumentación que nos parece más decisiva: si el término en español, cuando se trata de Freud es “fantasía”, no podría haber un término distinto cuando se trata de Lacan. Así es de claro y contundente. Si hay dos, uno para Freud y otro para Lacan, uno de los dos sobra. A nuestro parecer sobra “fantasma”» en Transmisión del psicoanálisis , artefacto 3, s/e, 1992.
[2] «La extracción de diamantes artesanales es el método más sencillo de extraer diamantes. Los “buscadores de diamantes” usan sus manos para tamizar a través del lodo, roca y tierra, en un esfuerzo para encontrar y extraer diamantes utilizan este método» en Los métodos de extracción de diamantes en la minería (ehowenespanol.com.
[3] Para el lector interesado y atento no deja de ser útil como recurso el libro que tanta picazón le causó a los lacanianos ortodoxos, me refiero a Lo que Lacan dijo del ser (Amorrortu, 2002), donde François Balmès recorre esta complicada noción durante los primeros seminarios de Lacan.
[4] Y no “fantasma”, según lo indicado en la nota 1.
[5] Versión francesa: l n’y a rien d’autre de substantiel dans l’être que ce mot même, « il se satisfait de l’être », nous pouvons le prendre pour ce qui est de l’être, si ce n’est au pied de la lettre.
[6] Corchetes de punctum«»studium.
[7] Para una breve lectura sobre este tema puede consultarse El lazo especular (Epeele, 1997) de Guy Le Gaufey.
«Lo que parece más universal en Hamlet es la calidad y la gracia de su duelo.
Éste se centró inicialmente sobre el padre muerto y la madre caída,
pero para el acto V el centro del dolor está en todas partes,
y su circunferencia en ninguna, o en el infinito.
Harold Bloom
De los seminarios de La angustia y La transferencia… no sería excesivo decir que los dos apuntan a la pregunta sobre el deseo.
Antes de llenarse la boca con la expresión «el deseo del analista» -innegablemente fundamental y bandera de batalla para Lacan durante toda su enseñanza- sería oportuno preguntarse… qué es el deseo.
A su respuesta le dedicó todo un seminario: El deseo y su interpretación (1958-1959), ahí vuelve a su artefacto del año anterior: el «grafo del deseo» (o «grama del deseo») para utilizarlo como rejilla de lectura al abordar algunos topics más, entre otros:
Tres sueños:
Un abordaje a la dramaturgia:
En el 2019 con nuestro taller dedicado al seminario La transferencia…articulamos lo siguiente:
Sí, el lugar donde se pone en primer plano la pregunta por aquello que puede ser y respoder(se) al «deseo del analista» es… La transferencia, ¡en el concepto y el seminario!
Ahora en el 2020, agregamos que:
…ahí el deseo pivotea la transferencia y en consecuencia.- al acto analítico y su resto: ¡el analista!
Nuestro trabajo continuará con la misma estrategia:
(…) la antigua práctica griega del némein, que privilegiaba la lectura en voz alta, línea a línea. Tomamos en cuenta el contexto de cada párrafo, sesión, seminario y obra de Lacan, desestabilizando la cegadora evidencia del aforismo y el vetusto dogmatismo.
Estrategia de lectura oportuna para aquellos que deseen aproximarse por vez primera a un autor que se le considera complicado y hermético.
Y es que los seminarios de Lacan cuentan con esa característica que su amigo Alexandre Koyre encontraba en los Diálogos de Platón:
«carácter inacabado y exigencia de un esfuerzo personal por parte del lector-auditor».
Queda abierta la invitación a nuestro NUEVO recorrido.
INICIO 12 DE DICIEMBRE
Frecuencia: sábados de 17 a 19 hrs // VIA ZOOM
Coordina: H. Isaac Puertos Salinas
Información y registro: FaceBook InBox o humbertoisaac@hotmail.com

Me gusta mucho Claudel. Es una de mis debilidades, porque no soy en absoluto <thala>. Con ese increíble talento adivinatorio siempre.
Es con estas palabras de Lacan que inicio la presente relatoría.
Me parece necesario, antes de culminar el seminario sobre La transferencia, hacer una breve puntuación sobre la relevancia que tiene aquí el abordaje de la trilogía claudeliana, breve porque adentrarnos en el análisis que Lacan hace de cada una de las piezas[1] nos llevaría un largo tiempo y seguramente una gran cantidad de referencias, además de que cada una de ellas encuentra expuestos elementos teóricos de Freud y otros que Lacan mismo adhiere a su obra.
Poe ejemplo, al comentar El rehén, Lacan va hacer una revisión de la Versagung, como sabemos, Sygne de Coufontaine es llevada a asumir un goce de aquello mismo que es su aberración, a decir, aceptar al gran Toussaint Turelure, hay pues en ella una «renuncia», un faltar a la promesa de la fe cristiana, se entrega completamente al deseo; en El pan duro podemos encontrar el trazo que si bien parte de: «otro-él-mismo», llevará la marca inclusive con la caída de aquel que produce el trazo, aquí en su entereza. Lacan observa que Claudel es un pensador reflexivo y mientras que Freud un pensador creativo, teniendo en cuenta la representación contemporánea de lo que implica el complejo de Edipo; con El padre humillado sucede algo similar a lo que es el drama de Sygne, hay una «renuncia», un encontrar las dos almas en un vestigio, la renuncia de Orian y el deseo encubierto de Pensée.
GEORGES – ¿Qué tengo para dar, ya lo tienen todo?
SYGNE – Pero le quedan el derecho y el nombre.
GEORGES – ¿También hay que entregar eso?
SYGNE – Entréguele eso también.
GEORGES – Pero el nombre no es mío, el derecho no es mío, la alianza entre la tierra y yo no es mía.
SYGNE – Todo ha cambiado, Georges. Ya no hay más derecho, no hay más que un goce.
Las piezas de Claudel parecen narradas con una intuición psicoanalítica muy astuta, y no hablar de las características de cada personaje, sus nombres incluso, que, si bien son creaciones del autor, (recordando a Turelure y su fantasía al deformar los nombres), son también medio de interpretación para lo que gesta Lacan.
Todos y cada uno de los personajes son, en cierto sentido, verdaderamente extravagantes y hasta vulgares, sabemos que el poeta encuentra en sus narraciones un lenguaje estético, con diálogos que parecen flotar solos de la boca de quien los emite.
Prontamente Lacan dio cuenta de las implicaciones de esta tragedia, si bien la «renuncia» a algo, la «renuncia» a una salvación, a encontrar algo más en dónde “hay nada”; vemos la transposición que hace de una pieza a otra y su manifestación presente en los personajes, la vida vista como ese drama, en donde los capítulos son escritos y van ensamblándose con la lógica del a posteriori.
Cito a Lacan en la sesión del 10 de mayo de 1961, denominada La abyección de Turelure:
El camino por el cual trato de conducirlos, con la ayuda del drama claudeliano, es el de volver a situar, en el corazón del problema, la castración. Porque la castración y su problema son idénticos a lo que llamaré la constitución del sujeto del deseo como tal- no del sujeto de la necesidad, no del sujeto frustrado, sino del sujeto del deseo.
El deseo acabado no solo es ese punto, es lo que podemos llamar un conjunto en el sujeto, ese conjunto del que trato de señalar para ustedes no solamente la topología en un sentido para espacial (la cosa que se ilustra) sino también los tres tiempos de esa explosión al cabo de lo cual se realiza la configuración del deseo, (tiempos de) llamado al primero, y ustedes pueden verlo señalado en las generaciones. Tres generaciones son suficientes.
A lo largo de las póstumas sesiones Lacan se va a ocupar de reconocer esa constitución topológica del deseo del sujeto, como deseo del Otro. Lo que en éste momento nos interesa conocer, son esos tres tiempos de la configuración del deseo.
En la trilogía claudeliana ese sujeto del deseo viene a cumplir su función de significante como marca, como un trazo, observado en los personajes que componen las tres piezas, partiendo de la desavenencia, del vacío de Sygne de Confontaine que lo entrega todo y donde nace esa marca y que se ve constituida, por decirlo así, en quien viene a ser quien cumple la función principal en la trilogía, Louis de Confontaine; resultando así, la «verdad desfigurada» el desdoblamiento, la desfiguración de un rostro que se ha ocultado por diversos dramas y generaciones, hablamos de Pensée de Counfontaine.

En la conferencia de 1953, titulada: El mito individual del neurótico o poesía y verdad en la neurosis, Lacan ya había abordado esta situación, al referirse al caso de El hombre de las ratas, da cuenta que el relato escuchado y ya conocido por dicho personaje, que es precisamente el de «la introducción de una rata excitada por medios artificiales en el recto de la víctima», no es el detonante en el desencadenamiento de su neurosis, sino que solo actualiza sus temas y suscita aquella angustia que lo “empuja” hacia Freud:
Ese padre se encuentra en la posición de hacer lo que se llama un matrimonio ventajoso [de interés] -su mujer pertenece a un medio mucho más elevado en la jerarquía burguesa, y le ha aportado los medios para vivir y la situación misma de la que se beneficia en el momento en que van a tener a su hijo.
Hablamos entonces de lo que supone una «verdad desfigurada» en ese drama actual y no ser precisamente la Versagung primordial de dichos síntomas. Lo que vendría a dar testimonio de la neurosis, es precisamente las relaciones fundamentales que estructuraron la unión de sus padres:
Lo que me hace tomar ésta cita, de toda una serie de escenas que constituyen el drama y con ello la constitución del deseo del sujeto en los tres tiempos, es porque me parece la más esclarecedora de lo que Lacan nos intenta mostrar al adentrase en la obra de Claudel.
Podemos sin lugar a dudas alienar aquí los personajes de ambos dramas.
En Claudel, Toussaint de Turelure sería bien representado por el papá del hombre de las ratas, mientras que Sygne de Coufontaine sería la madre burguesa (hay por supuesto diferencias abismales, aquí solo intento hacer una representación del mito a través de las tres generaciones), por su puesto Louis de Coufontaine sería el hombre de las ratas.
En esa conferencia Lacan nos detalla desde otra perspectiva a la de Freud, los actos dramatúrgicos de los personajes y su incidencia en lo simbólico. Ahí mismo Lacan menciona como es que se constituye el mito y la importancia de reconocer esa «verdad desfigurada».
Cito:
Siguiendo con esclarecer la constitución del deseo en el sujeto y teniendo en cuenta al complejo de Edipo como el mito primordial de dicha marca en el sujeto, me ubico en la sesión del 17 de mayo de 1961, denominada: El deseo de Pensée.
El mito es lo que da una fórmula [forma] discursiva a algo que no puede ser transmitido en la definición de la verdad, ya que la definición de la verdad no puede apoyarse más que sobre ella misma, y que es en tanto que la palabra progresa que ella [esa palabra] la constituye [a la verdad].
Se los recuerdo al pasar, allí encontramos el verdadero lugar del sujeto en tanto que es el sujeto del inconsciente, a saber, el [me], o el ne muy particular del que el lenguaje sólo captamos sus vestigios, en el momento de su aparición paradojal en términos como el je crains qu ´il ne vienne, o avant qu ´il n ´apparaisse, donde a los gramáticos les parece que es un expletivo, mientras es ahí justamente que se muestra la punta del deseo – no el sujeto del enunciado, que es el yo [je], el que habla actualmente, sino el sujeto donde se origina la enunciación.
Continua…
El verbo no es simplemente para nosotros la vía donde nos insertamos para llevar cada uno la carga de la deuda que constituye nuestro destino sino que el abre para nosotros la posibilidad de una tentación por donde nos es posible maldecirnos, no solamente como destino particular, como vida, sino como la vía misma donde el Verbo nos compromete, y como encuentro con la verdad, como choque de la verdad.
La intención de este rodeo al traer de nuevo pasajes de la trilogía claudeliana, no es la comprensión de la misma y su incidencia que ha tenido en la obra de Lacan, sino conocer lo que implica en la relación transferencial y la respuesta o posición que debe tener el analista.
No es por nada coincidente que Claudel titule su primera pieza como El rehén, porque hablamos ahí del momento inaugural donde el significante queda cautivo, pero ese rehén muestra signos de abolirse en la palabra, en el discurso.
En octubre de 1967, Lacan dicta una conferencia en el Centro Hospitalario del Vinatier en Lyon, ahí y de una manera breve toma conceptos básicos del «lugar, origen y fin de su enseñanza», también nos lleva a conocer de forma distinta el desarrollo biológico, poniendo de manifiesto la lectura de Piaget por parte de Vigotsky, reconociendo que hay un sujeto distinto a lo que atañe el psiquismo y el cual es el sujeto en el lenguaje.
Cito:
Está el sujeto que es el sujeto del enunciado, y que resulta bastante fácil localizar. Yo quiere decir este que está hablando efectivamente en el momento en que digo yo Pero el sujeto no es siempre el sujeto del enunciado, porque no todos los enunciados contienen yo. Aun cuando no hay yo, aun cuando dicen “llueve” hay un sujeto de la enunciación, hay un sujeto, aunque ya no sea perceptible en la frase.
Un poco adelante:
Puedo entonces darles una fórmula que expongo como una de las primordiales. Es una definición de lo que se llama elemento en el lenguaje. Siempre se lo llamó elemento, incluso en griego. Los estoicos lo llamaron significante. Yo enuncio que lo que se distingue del signo es que “el significante es lo que representa al sujeto para otro significante, no para otro sujeto.”
Tomo este texto para exponer lo que tendría que ser la posición del analista, teniendo en cuenta este pasaje de Lacan y lo que se ha hecho mención de la obra de Claudel, y es que, al entrar en el drama del sujeto, la posición del analista no puede darse teniendo en cuenta un desarrollo psíquico interior, sino que se debe escuchar al sujeto del lenguaje, el sujeto hecho por el discurso, el sujeto de la enunciación, el analista como tal no puede responder desde el lugar de sujeto a sujeto, o sujeto del saber, sino del sujeto de la lógica, siguiendo esos rastros, esas huellas que el significante deja en el discurso del analizante.
Responder de sujeto a sujeto implicaría como dijo Lacan: «que pasamos nuestro tiempo diciendo a nuestros pacientes – Usted nos toma por una madre mala- lo que de todos modos no es la posición que debemos adoptar».
Para finalizar una última cita de la sesión del 24 de mayo de 1961 denominada: Descomposición estructural.
El analista juega su papel transferencial precisamente en la medida en que es para el enfermo lo que no está sobre el plano de lo que se puede llamar realidad. Justamente en la medida en que el fenómeno de la transferencia va a ayudarnos a hacer que el enfermo se percate, en ese ángulo de desviación, de hasta qué punto está lejos de lo real a causa de lo que ha producido de ficticio, en suma, con la ayuda de la transferencia.
La obra de Claudel nos viene a ilustrar la manera de como los dramas cotidianos, están ahí arropados, sostenidos por el mito original… el complejo de Edipo.
Bibliografía
Lacan, J. (2010). El mito individual del neurótico. Buenos Aires. Editorial: Paidós.
Le Brun, J. (2004). El amor puro de Platón a Lacan. Buenos Aires. Editorial: El cuenco de plata.
Lacan, J. (2008). Mi enseñanza. Buenos Aires. Editorial: Paidós.
[1] El rehén [1908-1909], El pan duro [1913-1915] y El padre humillado [1914-1916].
Las ideas de Freud respecto a la sexualidad constituyen el fundamento mismo del psicoanálisis como una novedosa forma de “hacer clínica”, así también un método de investigación.
A lo largo de su trabajo da cuenta que una de las causas del malestar subjetivo eran los atolladeros de la sexualidad.
Conforme escuchaba a sus pacientes notaba que un motivo de dichos apuros era debido a las restricciones sociales de la época. Sin duda nos aportó un más allá: un saber que revela la estructura sexual no armonizable del sujeto del inconsciente con la naturaleza.
Si echamos un vistazo a lo que sucede a nuestro alrededor y sobre todo dentro de nuestra práctica clínica, caeremos en la cuenta de un saber de lo inconsciente, y es que incluso cuando existe una sociedad con mayor aceptación y apertura respecto a las múltiples formas representativas de las diversas sexualidades… el malestar persiste.
Por ejemplo: se lee en las noticias el encabezado: “Países Bajos elimina la casilla del sexo del carné de identidad”, la noticia continúa: La medida servirá para que el ciudadano «pueda desarrollar su propia identidad en libertad». Y es que en el discurso social se insiste en una búsqueda por la igualdad, en espacios que convocan a ser todos iguales, a las modas, nótese el capitalismo promoviendo lo que debemos consumir, cómo es que debemos vivir, qué objetos son los que ahora se llevan, usan, estilan, qué empleo es el que te hará ganar más, qué implica el ser exitoso, y un gran etcétera. Se busca que todos llevemos nuestros ideales y pensamientos hacia un mismo sentido, como si todos gozaramos igual.
De ahí la posición del psicoanálisis, debiendo permanecer en una imparcialidad hacia toda ideología igualitaria, ya sea libertina u opresora, el psicoanálisis no educa, no adoctrina, no es una sexología, quizá y sólo quizá, será algo más como una erotología.
Respecto a esto citaré a Allouch:
“El psicoanálisis no se situará como erotología sino desistiendo de la partición hombre mujer. Se ha constituido como erotología tomando otro punto de partida, bajo otro ángulo, el que localizamos al tomar las cosas por el sesgo”[1].
Que es lo que esto nos plantea, y poco importa la preferencia sexual del sujeto en análisis, es lo de menos si le gustan los hombres, las mujeres, si en el «carné» dice que es masculino o femenino, si nace hembra o macho, si se siente hombre o mujer o cualquier otra cosa, ahora con las llamadas “transespecies”.
Es precisamente el análisis un lugar para abrir un paréntesis. Producir un espacio analítico, es decir: suspender un saber predeterminado (hombre mujer).
Recordemos el filme “La chica danesa”, se trata de una historia real que acontece en Dinamarca por allá de los años 20´s. Basado en la obra autobiográfica Man into Woman, una recopilación de cartas y escritos del diario de Einar Wegener/Lili Elbe, una de las primeras personas trans sometidas a cirugía de reasignación de sexo. La película nos muestra de inicio una exitosa pareja de pintores formada por Einar (Eddie Redmayne) y Gerda Wegener (Alicia Vikander).
Einar observa la forma en que Gerda se maquilla, más allá de ella, él se queda absorto en los artilugios que se utilizan para crear la ilusión de la feminidad.
En alguna ocasión la modelo a la que Greda contrató para retratar en sus cuadros, no se presenta a la cita. Greda con urgencia de terminar esas pinturas a tiempo le pregunta a su marido si no le importaría ponerse medias y zapatos de mujer por unos instantes, a lo que él accederá sin problema.

Aquella escena hipnótica en la que las manos de Einar se deslizan sobre las medias femeninas colocándolas sobre su piel, deslizándolas a través de sus piernas, con inmaculada delicadeza, sin quitar la mirada de encima como si no quisiera perder ningún detalle respecto a todas las sensaciones suscitadas en él en ese instante. Se pone los zapatos para dama. Inclina su cuerpo, acomodándolo a semejanza de la mujer que está eclipsada en la pintura. El roce de sus dedos sobre el vestido que Gerda le apoya sobre su cuerpo, constituye en sí mismo un borde que dará cuenta de una revelación para Einar: un goce opaco, enigmático y desconocido que se le impone.
Dirá Lacan:
“(…) en cuanto definir aquello propio del hombre o de la mujer, el psicoanálisis nos muestra que es imposible”[2].
Observemos que Einar cuenta con la complicidad de su esposa: Gerda, una mujer poco tradicional, de mente abierta y sexualmente aventurera para satisfacer el deseo que le obsesiona a Einar, o quizá a ambos: ponerse en el papel de una mujer. Gerda se encarga de elegir vestidos, zapatos, una peluca adecuada y maquillaje para su marido. A Einar le toca aprenderse el papel, elaborar la mímica, imitar los gestos. Juntos crean a Lili, un producto de la feminidad de ambos, algo del deseo de esta pareja está representado en el resultado nombrado como Lili.
Lo que no debemos perder de vista es que el deseo tiene que ver con la no identidad, en el deseo es donde se pierde la identidad, se desea pero se desea sin personalizar.
10 de julio de 2020
[1] Allouch, J. El psicoanálisis, una erotología de pasaje, Litoral, Córdoba, 1998.
[2] Lacan J., “Saber, ignorancia, verdad” en Hablo a las paredes, Paidós, Buenos Aires, 2012.
“Escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse”
Chantal Maillard en “Escribir”, un poema
del libro “Matar a Platón” (2004)
La lectura no es sin escritura, aunque esta última solo se trate de un trazo mental que jamás se expone ante otros ojos. Algunas personas nos entregamos al ejercicio de escuchar lo inaudible y de pretender proyectarlo a través de las letras; otros lo harán por medio de la música o de otras artes “mudas”. ¿Y para qué atender lo inaprensible si solo se alza como un extracto perfumado o como un hedor livianamente doloroso? Quizás para librarlo del olvido… o, mejor dicho, para recordarlo de otro modo; para rescatar un rastro de nosotros mismos: un residuo distinto al sudor de la existencia. Posiblemente para perfilarnos un contorno mucho menos etéreo, un estado de mayor cohesión que la naturaleza de nuestras pulsiones y afectos (aunque de antemano se intuya que no somos lo que somos sin el movimiento, la incompletud y el cambio).
A veces se escribe con la esperanza de conservar una imagen de menor volatilidad que las que saltan de nuestro psiquismo; pese a que la misma escritura afirme ya lo escurridizo de su constitución: la imprecisión de los márgenes en los cuales nos mostramos.
“Quien escribe calla”- diría Pascal Quignard- mientras que aquel que lee “no rompe el silencio”. [1, p.39] Es por esto que todo libro da testimonio de un deseo imposible de enmudecer; o de hacer hablar a aquello que no siempre nos responde en voz alta. Para Quignard los libros son silencio en estado sólido [2], concretamente, “un pedazo de silencio en las manos del lector” [1, p.39]. Cabe preguntarnos entonces: ¿qué es el silencio?
De acuerdo a Serge André, un psicoanalista belga que también es escritor, el silencio no es tan solo la ausencia del lenguaje (lo cual sería una condición parcialmente posible y totalmente ajena a nuestro dominio); más bien, implica un agujero, un espacio vacío, un accidente: “un corte en el corazón mismo del lenguaje” [3, p.183]; algo que el autor aproxima al llamado “ombligo del sueño”, tan descrito por Freud, y a las “epifanías” de James Joyce. Estas últimas comprenden la aparición de un fragmento de discurso que ya se ha oído antes o del cual se tiene noticia; en él se discierne un agujero silencioso que parece aspirar el lenguaje o hacerlo rotar en torno a sí mismo, de tal manera que, en un instante mínimo de iluminación,lo reduce a nada. La epifanía- señala André- es “la revelación fulgurante de que el <<querer decir>> de todo discurso es tan solo una mueca ridícula puesta, como si fuese una máscara de carnaval, sobre <<el decir nada>> que constituye su esencia real […]” [3, p.184]
Hasta ahora, el silencio es un corte en el corazón mismo del lenguaje y un anuncio sobre algo disimulado, previo y primigenio …No en vano los recintos de lectura solicitan esta “incisión” o “pausa” para permanecer en ellos y para sumergirnos en las obras que resguardan. También para suspendernos de los ajetreos cotidianos y apartarnos de un exceso de estímulos que merman nuestra escucha. Sin embargo- pese a la intencionalidad de sostenerle- ¡qué difícil aspiración la del permanecer en sigilo!, pues la irrupción del lenguaje bien puede venirnos desde adentro y mucho antes de pronunciarse: desde una falta de respuesta- que incita al diálogo interior con nuestros fantasmas – o a partir de una incapacidad de desciframiento que reclama realizarse. ¿Será que el silencio tan solo es un ruidoso murmullo que no sabemos escuchar?
En “La condesa sangrienta”- una prosa poética de 1966- la poeta argentina Alejandra Pizarnik cita a un conocido filósofo (cuyo nombre nunca se revela) para declarar que los gritos se incluyen en la categoría del silencio. Éstos, junto con los jadeos y las imprecaciones, forman una sustancia silenciosa [4]. Ante esta propuesta taxonómica, la escritura de los libros puede interpretarse como aquel silencio en estado sólido- sugerido por Quignard- porque simboliza una encarnación y una experiencia que trasciende la representación de los objetos. En un sentido poético, la letra es carne que se manifiesta al borde del balbuceo, el rechinido de dientes o el llanto. Y a lo mejor no todo tipo de letra, pero al menos aquellas que operan mucho más ajenas a la vanidad intelectual o que simplemente surgen como una necesidad de supervivencia anímica. “Un libro es siempre, en primer lugar, un cuerpo extraño introducido a la fuerza en la palabra”- destacaría Serge André- de tal forma que se presenta como “una especie de muro contra la marea de la palabra” [3, p.200]– contra un flujo que suele sentirse envolvente, seductor, terrorífico, precario, invasor o enfermizo-.
Y retornando al tema del silencio… se dice que siempre existe en él un algo inesperado; parafraseando a Jean- Michel Delacomptée, en su texto “Petit égole des amoureux du silence”-el cual es citado en el libro “Historia del silencio” de Alain Corbin- en el silencio hay una belleza que sorprende, un reposo de sabor exquisito que se paladea con la sutileza de lo gourmet, de tal forma que, aunque nunca pueda darse por hecho, aparece como movido por una fuerza interior: una potencia que generalmente se desplaza a un paso ágil y delicado pero que a veces se traduce- sin darnos cuenta- como un trote atropellado y grotesco, sobre todo en la planicie de nuestras circunvoluciones cerebrales, la lengua y otros órganos faríngeos que no logran simbolizarle. La dificultad de “guardar silencio”, cada vez más evidente en la actualidad- a juicio de Corbain- “altera la estructura misma del individuo”. Además, quienes todavía son sensibles a sus texturas (como lo son los caminantes solitarios, los visitantes de tumbas, los artistas y escritores, los adeptos a la meditación o a los monasterios, y, sobre todo, los enamorados que se miran y callan) son como “viajeros arrojados a una isla de costas escarpadas que está a punto de quedar desierta” [5, p.8]…
El silencio es algo en peligro de extinción y “una presencia en el aire” (añadirá el autor); al igual que una nada inmensa para el oído, ya que se presenta como un ruido continuo. De igual manera, es interesante que Corbin proponga que responder con nuestro silencio, al estado anterior a la palabra, es una manera de rendirle homenaje al objeto que se mira por primera vez. ¿Y qué cosa no se mira como si nunca antes nos pasó frene a los ojos? Gracias a nuestras represiones psíquicas- o a nuestra limitada cognición- los libros que se leen por segunda o tercera vez parecen otorgarnos su contenido de manera virginal.

“La lectura no es sin escritura” … con esta sentencia ha comenzado la presente relatoría… Y sobre esta misma idea reflexionábamos hace más de año en nuestras primeras sesiones de punctum«»studium… Hoy lo seguimos haciendo al leer distintos textos en voz alta y en un cuidadoso seguimiento párrafo por párrafo. Como parte de nuestra formación, cada uno de los integrantes nos comprometimos a desarrollar por escrito alguna idea en torno a los temas de estudio que hemos abordado; también alrededor de nuestras sensaciones con respecto a éstos.
La propuesta de escritura no se dio desde las primeras reuniones, más bien surgió tras algunos meses de lectura… probablemente luego de la asimilación de que la literatura ha aportado algo profundo a nuestra apreciación estética e introspección. La proposición inicial fue conservar el anonimato en los escritos, además de dejar a nuestra libertad el entrar o no en dicha dinámica. Fue interesante que todos tomamos el riesgo de esculpir voluntariamente- con el difícil recurso de las letras- algo del saber y de la ignorancia que vamos descubriendo en los seminarios de Lacan y en los textos de otros autores.
En lo personal, no creo que un psicoanalista esté obligado a dar un testimonio escrito de su actividad clínica o de sus apreciaciones teóricas. Se corre el riesgo de utilizar la letra como una especie de artificio para validar la práctica; o para exponer vanidosamente alguna herencia académica que ha orientado su actividad. No empero, también es cierto que si en la escritura que surge de un psicoanalista se muestra una falta de interés en posicionarse como alguien válido (sobre todo frente a alguna asociación), bien puede ser una enseñanza útil para otros que también se forman. Creo que, para algunos, el mostrar la escritura es más un acto de humildad que de narcisismo, pues muchas veces revelamos más agujeros que aquellos que se hacen evidentes en nuestra cotidianeidad.
He hablado de esta escritura como algo que “surge”, como un brote espontáneo, ya que pienso que jamás se escribe como psicoanalista; si acaso podemos decir que somos unos curiosos del psicoanálisis que a veces nos da por escribir algo en torno a este enorme cuerpo teórico. Y digo que “jamás se escribe como psicoanalista” porque esta figura solamente acontece en un encuadre. Al no tratarse de una profesión, sino de un hecho que se sujeta a la intimidad de un dispositivo, cualquier otra actividad o postura es meramente accesoria y perteneciente a su ámbito humano.
No obstante, si bien no es una obligación escribir de la experiencia en psicoanálisis (a pesar de que el no hacerlo nos aleja un poco del estilo de sus fundadores) creo que el exponernos a través de las letras- independientemente de que éstas se publiquen o permanezcan por siempre en un cajón- aporta algo que trasciende al propio análisis personal y a la interpelación colectiva con otros. Escribir auxilia otras facetas, de aquel hombre o mujer que a veces hace de analista, sin saber con certeza qué dones o maleficios le vendrán con añadidura. Considero que sería ingenuo pensar que el acercamiento a las letras no impacta indirectamente en la praxis.
Según Serge André, “escribir es renunciar al habla y renunciar a ser oído” [3, p.200]. Hasta aquí parece coincidir parcialmente con el analizar, ya que en psicoanálisis importa más el habla de quien se tiende al diván y el hecho de que le escuchemos sin parlotearle tanto. No obstante, en el escritor, el callar toma un sentido diferente: “es en el silencio donde encuentra su inspiración y donde extrae la fuerza para reorganizar, para afilar la pluma, para forzar y violentar la lengua común”. [3, p.183].
Esta teorización me recuerda a una entrevista de María Esther Gilio al psicoanalista Guy Le Gaufey; en ella se señala a la palabra como el único instrumento fundamental del análisis. No obstante, al prescindir de cualquier otro impacto sobre el cuerpo (por vía de la farmacología o de las intervenciones quirúrgicas), el psicoanálisis resalta su valor a partir del silencio: “No hay otra cosa más que hablar, hablar y hablar”- expresa Le Gaufey- “y callarse” …. ¿Porqué?… “porque en el callarse está el secreto mismo de la palabra”. De esta manera, “la palabra vale en tanto quien la dice también calla” … ¿Y alrededor de qué noción gira aquel secreto? [6]
Serge André medita que una intención primordial- no siempre reconocida por el propio escritor- es la de provocar la aparición de un Ser que, a diferencia del expuesto en lo verbal, sobrepasa al ser de la significancia aludido por Lacan (aunque quizás lo más propio sería decir “al sujeto de los significantes”) … El autor añade que “escribir es erigir una estatua que encarna el «no-todo» en el habla”. Confiesa emplear adrede la metáfora del esculpir, específicamente porque- en las bellas artes- la escultura es sin duda la variedad que manifiesta del modo más vehemente “el anhelo de que la obra sea algo real”: la pretensión de que se imponga como un cuerpo real. Si la letra “se opone al habla”- agrega- es por esta voluntad de materialidad con la cual se intenta “romper el reino del semblante”. [3, p.200].
En el posfacio de su novela “Flac”- publicada en el año 2000 tras el contexto de una enfermedad oncológica- Serge André destaca que la escritura comienza donde el psicoanálisis termina- ¡menuda sentencia que nos obliga a establecer unos límites más precisos con respecto a su relación al silencio! – En una distinción más amplia expresa:
“Si el psicoanálisis quiere hacer hablar, la escritura busca hacer callar. La condición de la escritura es la de forzar el silencio del ruido acosador del discurso exterior y también del parloteo, igualmente cansador, del discurso interior del sujeto. Si pudiese, el escritor haría callar al lenguaje mismo; ése es el secreto del deseo de matar y del deseo de muerte (las dos caras de un mismo anhelo de acabar con lo que nos es dado e impuesto por el lenguaje) que habitan el movimiento mismo de la escritura. Escribir es, en primer lugar, querer matar, matar no la vida, sino eso que nos permite saber que estamos vivos y, por ello mismo, nos coloniza y nos priva definitivamente de una parte de la vida para la cual no hay palabra […]” [3, p.183]
Llaman la atención los epígrafes de este posfacio, sobre todo una cita perteneciente al seminario 23 de Jacques Lacan (“El sinthome”). Ésta oración me atrae porque parece describir muy bien algo de lo experimentado por André en el antes y el después de la escritura de su novela. Cita un fragmento de la sesión del 17 de febrero de 1976:
“La palabra es un parásito. La palabra es un recubrimiento (placage). La palabra es la forma de cáncer que afecta al ser humano. ¿Por qué un hombre llamado normal no se da cuenta? Hay algunos que llegan incluso a sentirlo…” [3, p.159]
Mantengamos la frase en la mente… No sin adherir a ella algunas preguntas: ¿por qué la actividad de algunos escritores tuvo un notable despunte durante o después de un análisis? (recordemos el caso de Bataille)… ¿Qué orilló a que ciertos analistas alentaran la escritura en alguno de sus analizados? ¿Acaso advirtieron el límite de su práctica o la necesidad de “continuar” otro trabajo de introspección a través de la escritura y, específicamente, en una forma literaria?
Advirtamos distintas situaciones. En el caso de Georges Bataille, el Dr. Camille Dausse (uno de sus amigos cercanos) encontró que algunos de sus escritos eran virulentamente obsesivos y perturbadores, de ahí que lo animó a iniciar un análisis con el psiquiatra Adrien Borel. Contrario a lo que pudiera esperarse, este último siguió alentando su escritura al confiar que tendría alguna influencia en su cura. Por Roudinesco sabemos que Bataille llevó a cada sesión el contenido de su primera novela: “Historia del ojo”. Fue tanta la influencia entre la asociación libre y la escritura que Bataille confesó, en alguna entrevista, que ese primer libro no pudo escribirlo más que psicoanalizado o saliendo del psicoanálisis. Eso fue lo que expresó, aunque es imposible saber qué tanto de sus cambios vitales se debieron al silencio o al habla. Lo cierto es que tras estar inclinado al alcoholismo y a las apuestas en los juegos de azar, pasó a ejercer como un prolífico ensayista. [7]
Hablando de Alejandra Pizarnik, y de su análisis con León Ostrov, no estoy segura si la correspondencia entre ellos revela una amplia dificultad, para establecer una división tajante entre los efectos del análisis y los logrados por la escritura poética, o si simplemente se deja al descubierto que ésta última sobrepasa en profundidad cualquier hallazgo que pudiera darse en un diván. Es curioso que uno de los poemas más famosos, que Pizarnik dedica a Ostrov, lleva por título “El despertar”. Esta composición desoladora de 1958, escrita a sus veinte años, parece advertir lo que ella misma sabe de su propia neurosis de destino… Pero también sobre esa incapacidad radical del lenguaje para volver a hacerse una voz que no se articula verbalmente. En el poema parece pedir ayuda: un auxilio que de antemano se sabe no llegará del modo en que se espera… No empero, se intenta articular el llamado: le pide a su psicoanalista (a quien llama Señor), que arroje los féretros de su sangre…
Se sabe que el suicidio de Pizarnik ocurrió a sus treinta y seis años, de ahí que podría decirse que la taciturna rumiación, alrededor de las letras, le permitió resistir con vida por más tiempo. Aquí algunos versos reveladores del poema:
“Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada” [8]
Pero retomando la correspondencia entre Pizarnik y Ostrov, con la que me surge esa dubitación de si la escritura comienza donde el psicoanálisis termina, salta la siguiente cita: “No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mí”. Ostrov añade que la entrega de Alejandra a la poesía era total y absoluta, de tal manera que esto fue lo que permitió resistir “los embates del viento feroz” hasta que decidió abandonar la lucha [9, p.29].
Reconoce, además, que siempre confió en Alejandra, pues más allá de sus desfallecimientos, sus abandonos, renuncias, angustias y muertes- incluso de aquella que cesó los latidos del cuerpo- sabía que estaba salvada… ¿de qué? Jamás se dice con exactitud, pero Ostrov sustenta esta opinión en la perspectiva de que la poesía estaba en ella como “una fuerza inconmovible”:
“La irrenunciable y heroica tarea de acercarse al caos para entrever su ley secreta, de atisbar en las tinieblas para iluminarlas con el relámpago de la palabra precisa y bella fue la tarea que eligió como definición de su destino” [9, p. 29]
Con esto no creo que todo aquel que se acerque a la escritura deba alienarse a este compromiso; cada quien habrá de tomar sus propias conclusiones y riesgos, incluso más allá del psicoanálisis o de las letras. Además, no en todo texto nos acompaña la literatura, mucho menos la poesía…Y a propósito de esto, ¿qué es la literatura?
De acuerdo a Pascal Quignard es una voz que, tras resonar en el tiempo, se desprende de “las condiciones prácticas, dialogadas o cantadas y sociales de la palabra humana”; de esta manera, implica una serie de posibilidades en las que la palabra “juega con su propio fantasma o juega con su propia imagen, o juega con su recuerdo”. [10, p.56] Para el escritor francés, el amor a las letras y los libros- o a la literatura en sí- tienen que ver con una voz desaparecida, esa que se pierde, más marcadamente en los hombres, tras la transición de la infancia a la adolescencia. Aunado a lo anterior, distingue que previo a la escritura, la voz silenciosa precedió a la voz enmudecida que las mismas letras permitieron:
“Quienes escriben libros y tienen en alguna estima la belleza, atraen hacia sí un fantasma de voz sin que puedan pronunciarla; es su única guía.
Se engañan sobre su propio silencio; intentan llamar a voces hasta en el silencio de su libro a una voz que precede a una voz, lo más a menudo muerta y siempre demasiado significante. Igual que los músicos que llaman a gritos a una voz siempre más viva, es decir, más insignificante, más infantil, más orgánica, una voz que es anterior a la muda y que los ha hecho decidirse por la música instrumental o la composición musical” [10, p.57]
En el caso del psicoanalista Serge André, la novela “Flac” nació de manera anecdótica: “al igual que todo libro y toda creación”. De alguna manera fue “el fruto del azar o de la Fortuna que arrojó los dados sobre la mesa” sin advertírselo. Solo se tenía conciencia del diagnóstico de una enfermedad con un pronóstico de supervivencia de tres meses: “un cáncer rarísimo y fulminante, sin esperanza” [10, p.161].
Al saber la noticia, expresa que tuvo claro lo que debía hacer: “escribir un libro”… Uno que llevaba en él veinticinco años y que no lograba concretarse por su constante insatisfacción o saboteos; comparte no haber sentido ningún miedo a la muerte, sino un único temor a que no le alcanzara el tiempo para terminar lo que tenía que escribir:
“No tenía idea alguna de lo que escribiría y tampoco el tiempo para pensar en eso. Había que actuar, era demasiado tarde para reflexionar. Solo sabía que el héroe se llamaría Flac […] y que el texto acabaría con la imagen de un viejo andrajoso, solo en el desierto, luchando contra el viento para proseguir con la lectura de su libro” [10, p.162].
André relata que simplemente cayeron las primeras palabras del texto: “Flac se habla. Lo único que hace” [10, p.164]. A partir de ello todo lo demás se precipitó. Terminado el libro, se sometió a exámenes de control para su enfermedad (justo habiendo finalizado una serie de sesiones quimioterapéuticas y de haber perdido cierta confianza en la precisión de los diagnósticos galenos que erraron en su pronóstico de supervivencia). Un médico llegó a preguntarle, con sobrado asombro, si no se habían equivocado en el diagnóstico, ya que parecía haberse dado una mejoría espontánea en su enfermedad. Algo desconocido ocurrió en su cuerpo, casi con el mismo desconocimiento de aquel sujeto que escribió aquella novela:
“No sé bien qué es lo que está curado en mí y qué no lo está, además de que, debo agregar, no conozco una definición satisfactoria del término «curación». Tan solo puedo decir que la escritura de Flac tuvo en mí el efecto de un renacimiento […] Renacimiento psíquico, con seguridad” [10, p.164].
Es interesante que el autor no se deslinda por completo de su intervención en la obra. A pesar de ser y no ser en ella, o de serlo en tanto que “otro” que simplemente apareció en el ejercicio:
“Nos hemos encontrado, yo le abrí la puerta, lo dejé tomar su lugar y guiar mi pluma. No alegaré que no participé en ello, pero tampoco puedo decir que me haya reconocido en él. Más bien debería decir que en la escritura de este texto me he descubierto como desconocido para mí mismo- si la lengua lo permitiese diría que me he «extranjeado». Este sujeto es distinto de aquel que me he revelado por mi larga experiencia del psicoanálisis. Si la expresión fuese correcta diría que esta parte de mí es extranjera al análisis que tuve, que no existía entonces y que sólo recibió la vida con Flac. No se trata, estoy convencido, de un residuo no analizado, de una parte de subjetividad que habría escapado a mi experiencia analítica, sino claramente de «algo» (no estoy seguro de poder llamarlo «alguien») que el psicoanálisis no pudo y no hubiera podido llamar a la vida” [10, p.165].
Y bueno, tras un primer aniversario como grupo de estudio, en el que cada uno de los que integramos punctum«»studium nos hemos explorado indirectamente en las letras- bajo la tentativa de enriquecer la profundidad de nuestra lectura y quizás añadir un plus a la experiencia individual de lo que ha sido nuestro análisis personal- cada quien sabrá lo que ha descubierto. Lo que sí es claro es que una constante en nuestros escritos ha sido la naturalidad con la que llega mezclarse la reflexión de la lectura psicoanalítica con otras referencias extrajeras. A veces se añade a los textos el género de la novela, el cuento o la poesía, incluso las palabras de aquella filosofía que, despojada de su valor estético o introspectivo, parecería ser tan ajena e innecesaria para el propio psicoanálisis.
Considero que nuestras relatorías resumen un recorrido que en ocasiones ha tenido por tema común la “ruptura”, el “quiebre” y la “demolición” de nuestras expresiones teóricas- tres términos que Serge André destaca como fundamentos mismos de la creación literaria-… Nada nos asegura que esta carnicería- o “reducción a la cosa informe y sin rostro” [10, p.166]– nos haga literatos, pero al menos creo que el ejercicio ha posibilitado agudizar la visión y el oído en las lecturas de cada sábado y posiblemente en nuestra práctica clínica. Si esta opinión solo fuese una ficción- como cualquier semblante de verdad- de cualquier modo toma importancia por hacernos despertar silenciosamente; adquiere resonancia al permitirnos habitar- de un modo lúdico- aquel hermoso parásito o caprichoso cáncer que implica la palabra… Sobre todo en este tiempo de contingencia… en medio de una época en el que cuesta tanto bebernos la vida sin sentir su fondo de enfermedad y muerte.
Bibliografía
[1] Quignard, P. (2017 [1981]) Pequeños tratados I. Ciudad de México, México: Editorial Sexto Piso
[2] Quignard, P. (2002). Sobre lo anterior. Último reino II. Buenos Aires, Argentina: Cuenco de Plata.
[3] André, S. (2000)Flac (novela): Seguida de “La escritura comienza donde el psicoanálisis termina”. Ciudad de México, México: Siglo XXI editores.
[4] Pizarnik, A. (2015 [1966]). La condesa sangrienta. Ciudad de México, México: Libros del Zorro Rojo
[5] Corbin, A.(2019 [2016]). Historia del silencio (traducido por Jordi Bayod). Barcelona, España:Acantilado.
[6] “Al analista no se lo considera profesional”, entrevista con Guy Le Gaufey, miembro de la Ecole Lacanienne de Psychanalyse realizada por María Esther Gilio en un ciclo de conferencias en Paraguay. Tomado de https://www.pagina12.com.ar/2000/suple/psico/00-01/00-01-20/psico01.htm
[7] “Bajo materialismo y surrealismo El debate Bataille-Breton” (ene./abr. 2015),artículo de Noelia Denise Dunan y José Taurel Xifra publicado en la Revista mexicana de ciencias políticas y sociales (vol. 60, no.223) Tomado de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-19182015000100006
[8] Pizarnik, A.(2018)Poesía Completa.Ciudad de México, México: Debolsillo.
[9] Pizarnik, A. y Ostrov L. (2012) Cartas. Córdoba, Argentina: Eduvim
[10] Quignard, P. (2012[1987]).La lección de música. Madrid, España: Funambulista.
Schibboleth (SBL) y Symbolon (SBL),
designan los dos: el compartir y la alianza
Jacques Derrida.
El símbolo que encabeza esta relatoría es una especie de shibboleth del psicoanálisis al estilo Jacques Lacan, que bien puede funcionar como su «santo y seña».
El mes de abril será para el seminario La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961)[1] la oportunidad de pensar las vicisitudes de este, «el único significante que merece (…) el título de símbolo»[2].
Antes de sumergirnos propiamente en el tema, quisiera indicar algunos puntos de la procedencia de la palabra «shibboleth» y por qué me aventuro a unirle con el símbolo F en tanto «santo y seña».
Se traduce a nuestro idioma como «espiga» o «torrente», la encontramos primeramente en el «Libro de los jueces», 12: 4-6:
Entonces Jefré reunió a todos los hombres de Galaad, y atacó a Efraím. Y los galaaditas derrotaron a los efraimitas, por cuanto estos decían: “Vosotros sois fugitivos de Efraím; Galaad está en medio de Efraím y Manasés”. Los galaaditas cortaron a los efraimitas los vados del Jordán, y cuando los fugitivos de Efraím decían: “Quiero pasar”, le preguntaban los galaaditas: “¿Eres tu efraimita?” y cuando respondía “No” le decían: “Di: schibólet; más él decía: “sibólet”, pues no podía pronunciarlo bien. Entonces lo prendían y lo degollaban junto a los vados de Jordan. Así murieron en aquel tiempo cuarenta y dos mil efraimitas. Jefré juzgó a Israel seis años. Luego murió Jefré galaadita y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad[3].
Si bien en el psicoanálisis no se trata de dificultades de pronunciación ni de ser posiblemente degollados (bueno, simbólicamente… ¡sucede todo el tiempo!), de lo que va es de aquello que en se entienda el símbolo falo, insisto: el único. En Lacan una variedad de símbolos, como en Freud o el efervescente Jung[4].
Vamos al seminario.
En esta ocasión iré puntuando más de lo acostumbrado, puesto que la naturaleza de lo abordado lo requiere.

El 12 de abril de 1961… Lacan dedica su sesión a la lectura del cuadro de Jacopo Zucchi: Eros y Psyche (1589).
Jacques-Alain Miller la tituló como «Psyque y el complejo de castración», me centros en el pasaje sobre «la paradoja del complejo de castración».
Señala Lacan la siguiente particularidad:
Espero que ustedes hayan observado bien, en el cuadro, las flores que están ahí delante del sexo de Eros. Si están justamente tan marcadas por tal abundancia, sólo es para que no se pueda ver que, detrás, no hay nada. Literalmente, no hay el lugar del menor sexo. Lo que Psique está ahí a punto de cortar ya ha desaparecido ante ella[5].
Lo centra: estas flores tienen función significante, detrás de éstas hay nada, si fuese un significado habría algo y sin duda Psyque hubiese podido cortar «quelque chose»[6].
Poco después:
De modo que de lo que trata -y que está concentrado en esta imagen- es ciertamente el centro de la paradoja del complejo de castración. Es que el deseo del Otro, en tanto es abordado en la fase genital, de hecho nunca puede ser aceptado en lo que llamaré su ritmo, que es al mismo tiempo su huir[7].
Si bien se trata de la fase genital, opino que es propio de todas las fases, ya lo veremos… por de pronto aquí el «deseo del Otro» es arrítmico en cuando al (¿deseo? ¿demanda?) del sujeto.
Al igual que Eros… el (deseo del) Otro es huidizo.
Y contundentemente: «(…) el órgano sólo se aborda transformado en significante y, para ser transformado en significante, es cortado»[8].
Viene después una referencia a Hans y su mito del pene atornillado/destornillado.
Lo que particularmente nos interesa…
Lo que aquí nos es mostrado, es esa elisión misma, gracias a la cual ya no está aquí más que el signo mismo que yo digo, el signo de la ausencia. Pues lo que yo les he enseñado es esto — si Φ phi, el falo como significante, tiene un lugar, es muy precisamente el de suplir en el punto en que, en el Otro, desaparece la significancia — donde el Otro está constituido por esto, que hay en alguna parte un significante que falta. De allí el valor privilegiado de este significante, que podemos escribir sin duda, pero que no podemos escribir más que entre paréntesis, diciendo que es el significante del punto donde el significante falta S(A barrada)[9]
¡Puff! Contundente y en la vía de Zucchi y Apuleyo: no hay Otro sino porque falta un significante[10].
Ahora sí, ya estamos listos para la sesión del 19 de abril de 1961.
Continuará…
16 de mayo del 2020.
[1] Versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte
[2] Esta expresión es de la misma factura que dice: la angustia es el afecto por excelencia para el psicoanálisis Vid. La angustia (1962-1963) versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte.
[3] Straubinger, J. Bblia comentada, México, 1969, pp. 268-269.
[4] Aquí podría seguirse el debate de Lacan con Jones: En memoria de Ernest Jones: Sobre su teoría del simbolismo en Escritos 2, Siglo XXI, 1995, pp. 676-695. Ojo, el texto previo es La significación del falo, ¡no es casualidad!
[5] Subrayado mío. Esta cita va de la mano con otra de Posición del inconsciente. Intervención en Congreso de Bonneval en 1960, retomada en 1964 en Escritos 2, Siglo XXI, p. 819: «Lo que allí había listo para hablar—esto en los dos sentidos que el pretérito imperfecto, en francés como en español, da al había, el de colocarlo en el instante anterior: estaba allí y ya no está, pero también en el instante siguiente: un poco más y estaba por haber podido estar—, lo que había allí desaparece por no ser ya más que un significante». Agradezco al doctor Roberto Castro el recordatorio de esta cita.
[6] Guy le Gaufey ha indicado la importancia de la insistencia de esta expresión en Lacan.
[7] Lacan, J. La transferencia (1960-1961), Paidós, Buenos Aires, 2003, p. 263. Aquí es más afortunada la puntuación de Miller, cuando se el caso lo menciono en nota al pie. El subrayado es mío.
[8] Otro cruce con la expresión de Freud sobre que la pulsión no tiene objeto.
[9] Subrayado mío.
[10] ¿Tótem y tabú?
Publicado el 28/04/2020 por isaac

La demanda: un obsequio Troyano.
Alcibíades, en categoría de trauma.
Apunte: El reclamo(r) de Agatón.
Al mal tiempo (del Edipo), buena cara.
Sin garantía: la parte más seria de amar.
Empédocles: patrón de la especulación analítica.
Del odio al amor, un paso… y del amor a la transferencia, un viraje.
Pausanias y el valor del análisis.
De la falta surge el amor «» Del amor surge la transferencia.
Apunte: tomar al otro por objeto es signo se amar(se) bien.
Alcibiádes o la irrupción del inconsciente.
¿A quién habla el analizante? La pregunta puede responderse en tanto que dos personas se encuentran presentes en un espacio y tiempo determinado, un emisor y un receptor aparecen en primer plano, pero hay algo atemporal, algo atópico, hay algo que se dice, un pasado que intenta repetirse constantemente puesto que no ha sido escuchado, y… ¿no escuchado antes, por quién? ¿Habla entonces el analizante a quién no corresponde?
(Lacan)Todo lo que sabemos del inconsciente desde el comienzo, a partir del sueño, nos indica que hay fenómenos psíquicos que se producen, se desarrollan, se construyen, para ser escuchados, es decir, justamente, para ese Otro que está ahí incluso si uno no lo sabe. Incluso si uno no sabe que están ahí para ser escuchados, están ahí para ser escuchados, y para ser escuchados por un Otro.
Si fuera de otra manera no habría lugar para lo inconsciente, el analista está ahí para escuchar una cadena que se elabora bajo signos de equivalencia, no iguales, pero si correspondientes el uno con el otro, el anterior con el próximo, los significantes se deslizan de manera indefinida por un proceso que se designa como metonimia.

Supongamos una línea del tiempo, una flecha con una punta que solo puede dirigirse hacia delante, esta es nuestra cadena que se amalgama mediante la metonimia, por ejemplo, un niño es un papel en blanco sobre el que se escriben ciertas cosas, se instruye, se educa, se sumerge en un proceso cultural que raya sobre lo ya rayado, el sujeto raya sobre sí mismo, es decir, a medida que se ordena o avanza, por paradójico que parezca, se desordena el blanco de ese papel y se ordena bajo nuevas instrucciones, pero al inicio, no lo perdamos de vista, hay un blanco original, un orden que palpita, que pulsa incansablemente por ser descubierto, escuchado. Sin embargo, puesto que intenta repetirse demuestra su carácter irreversible, es solamente evocado al presente mediante la compulsión, en eso consiste su atemporalidad, las interpretaciones del analista permiten trabajar la transferencia como una especie de pasado/presente.
(Lacan) Por el hecho de que el sujeto sufre la marca de la cadena significante, algo es posible, algo está profundamente instituido en él, que nosotros llamamos metonimia, y que no es otra cosa que la posibilidad del deslizamiento indefinido de los significantes bajo la continuidad de la cadena significante.
Bajo estas condiciones llega el analizante con su analista, a decir y repetir lo no escuchado, pero la cosa no termina ahí, él sabe, que bajo ese primer plano le habla a alguien de carne y hueso, le demanda, se confiesa ante su analista en espera de respuestas puesto que toda confesión habitual lleva implícito este orden. ¿Es del deseo del analizante que, aquel que ocupa el lugar del Otro, analista que escucha, caiga cómo objeto? Parece extraño que un paciente desee hacer caer de su pedestal al analista, pero lo que pone de relieve el Banquete de Platón, y que Lacan trae de vuelta a nuestra práctica, es que Alcibíades desea hacer caer a Sócrates como objeto, esa es la escena fundamental, así, lo que a su vez pone de relieve el psicoanálisis en cuanto a la transferencia es precisamente eso, aun cuando el analizante no lo sepa, desea hacer de su analista un objeto, a este pequeño acto que define cierta manera de comprender la transferencia Freud no dudó en llamarlo “amor”.
Es en este orden que la transferencia aparece bajo cierta especie de ficción, de fantasía, aparece aquí como una cifra que escapa al orden lógico de lo consciente, no una desconfiguración, sino una desfiguración en el sentido en que Walter Benjamin nos explica, “El mundo de nuevos fenómenos que se construye así, con la disolución de lo configurado, tiene sus propias leyes, que son las de la fantasía, y cuya ley suprema, cuando desfigura, nunca destruye”. Arriesgando un poco, un “parecer ser” heideggariano, en tanto que se muestra algo que no es en sí mismo, en efecto hay una compulsión a la repetición, pero la relación está dada entre dos, y el analizante, por efecto de su inconsciente busca la caída de su analista como objeto.
(Lacan) Es que ante todos ha develado en su trazo el secreto más chocante, el último resorte del deseo, que siempre obliga en el amor a disimularlo más o menos — su mira es la caída del Otro, A, en otro, a. Y, además, en esta ocasión aparece que Alcibíades ha fracasado en su empresa, en tanto que era la de hacer caer de ese escalón a Sócrates.
Bibliografía:
Lacan, Jacques. La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), sesión del 01 de marzo de 1961, versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.
Benjamin, Walter. Materiales para un Autoretato, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2017.
23 de marzo de 2020
El poema de amor es la palabra
que ya se dijo ayer, que hoy no se dice,
Porque de sol a sol, de amor a amor,
reina un silencio fiel, como de mármol,
que es el clima ideal de estar de acuerdo.
El poema de amor es darle vueltas
a lo que por sabido ya es callado.
Y volver a empezar como si nunca
te hubiese visto así, lánguida y pura,
desmenuzando mi habitual tristeza.
(El poema de amor, Efraín Huerta)
Es a través de este preámbulo con estrofas de Efraín Huerta que nos adentramos en esta relatoría, en ellas, nos habla sobre la necesidad de callar el amor a veces, silenciar los rubores de quien sabe los desbordes de la palabra, esa resonancia auditiva que sepulta la calma del sujeto, condenándose o justificándose ante su inamisible derrota. Hay ocasiones en las que debemos enmudecer para servirnos de lo que el silencio grita, a veces hay que callar al viento, incidir sus pasos, estrangularlo. Así es como Lacan nos muestra en la clase del 8 de febrero de 1961: Entre Sócrates y Alcibíades, a ese peculiar personaje de El banquete, a decir de Sócrates, y su brillantez al constatarse del peligro de velar el deseo en la palabra, cito:
Él sabe lo que está en juego en las cosas del amor, esto es, incluso, dice, lo único que él sabe. Y nosotros diremos que es porque Sócrates sabe, que él no ama.
Recordemos pues que, tras disponerse a pronunciar su elogio hacia el amor, la dinámica por así llamarla, cambia, entonces, ya no será un elogio hacia el amor, sino que le corresponderá a Alcibíades enunciar el elogio del amor al otro, de la persona que tiene posicionada a la derecha, para ubicarnos, Alcibíades-Sócrates-Agatón.
El desarrollo es sabido, Alcibíades además de hacer un drama de enamorado, intenta según sus propias palabras, desenmascarar las virtudes fantasmales de Sócrates, advertir a Agatón sobre el peligro de “amarlo” y alejarlo así pues de su embrollo; más adelante veremos hasta qué punto quiere llegar Alcibíades con su elogio, por el momento basta contextualizar un poco, cito a Lacan en la clase mencionada:
Al final de su discurso, en efecto, Alcibíades se ha vuelto hacia Agatón para decirle ― Mira, no te dejes agarrar por éste.
*Puesto que Alcibíades sabe ya que tiene el deseo de Sócrates, ¿por qué no presume mejor y más fácilmente su complacencia? * ― Puesto que ya sabe que él, Alcibíades, es para Sócrates un amado, un erómenos, ¿qué necesidad tiene de hacerse dar por Sócrates el signo de un deseo? De ese deseo, Sócrates jamás había hecho un misterio en los pasados momentos. Ese deseo es reconocido, y por este hecho conocido, y entonces, podríamos pensar, ya confesado. Entonces, ¿qué quieren decir esas maniobras de seducción?
Pero Sócrates no sucumbe, se mantiene erastés, no permite la metáfora del amor, se mantiene siendo oro para no desvanecerse como cobre, no hay pues sustitución de erastés por erómenos o a la inversa, es un ciervo de la palabra como lo dijo Alcibíades, la comprende y justo en esta demanda, interpreta la verdadera dirección de la exigencia que le hace Alcibíades:
Lo que nos dice Sócrates, es que el objetivo constituido por Agatón estaba de hecho presente en todas las circunlocuciones de Alcibíades, que era alrededor de él que daba vueltas todo su discurso. Como si tu discurso ― hay que traducir así, y no lenguaje ― no hubiera tenido otro fin que, ¿cuál? ― enunciar que yo estoy obligado a amarte, a ti y a nadie más, y que, por su parte, Agatón lo está de dejarse amar por ti, y por ningún otro.
Continúa:
Tratemos, en efecto, de reconocer su estructura. *Si Sócrates dice a Alcibíades: “Lo que tú quieres, al fin de cuentas, es que tú seas amado por mí, y que Agatón sea tu objeto… ― pues, de otro modo, no hay otro sentido a dar a ese discurso, salvo los sentidos psicológicos más superficiales, el vago despertar unos celos en el otro ― no se trata de otra cosa”, es efectivamente que se trata de eso. Y Sócrates lo admite, manifestando su deseo a Agatón, y demandándole en suma lo que primero le había demandado Alcibíades.

Sócrates entiende perfectamente que la demanda de Alcibíades no va dirigida precisamente hacia él, sino que está fundamentada en tener como objeto a Agatón, es pues Sócrates quien se rehúsa al amor de Alcibíades por considerarse alguien despreciable, vacío, alguien quien no posee nada, pero ahí también está la intención de que sea Agatón quien “llene” ese vacío. Es claro que Sócrates no se posiciona aquí como analista, pero hace su interpretación precisamente ahí, no de la transferencia, sino en la transferencia, no se deja impresionar por la escena que se podría decir coloquialmente de “celos” sino que le da un alcance todavía más supremo.
En el texto: Psicología de las masas y análisis del yo de 1921, Freud entre otras cosas trata el tema de la identificación, abordando el complejo de Edipo, la constitución del ideal del yo y la investidura de objeto, que será la calamidad en la existencia del sujeto, Cito a continuación a Freud:
Puede ocurrir después que el complejo de Edipo experimente una inversión, que se tome por objeto al padre en una actitud femenina, un objeto del cual las pulsiones sexuales directas esperan su satisfacción; en tal caso, la identificación con el padre se convierte en la precursora de la ligazón de objeto que recae sobre él. Lo mismo vale para la niña, con las correspondientes sustituciones.
Es la relación homosexual Sócrates / Alcibíades y la manifestación de amor de esté al elogiar a Sócrates, lo que nos permite reconocer, siguiendo a Freud, es que hay una identificación femenina en Alcibíades, invistiendo así la fuente primordial de su deseo:
La génesis de la homosexualidad masculina es, en” una gran serie de casos, la siguiente: El joven ha estado fijado a su madre, en el sentido del complejo de Edipo, durante un tiempo y con una intensidad inusualmente grandes. Por fin, al completarse el proceso de la pubertad, llega el momento de permutar a la madre por otro objeto sexual. Sobreviene entonces una vuelta {Wendung} repentina; el joven no abandona a su madre, sino que se identifica con ella; se trasmuda en ella y ahora busca objetos que puedan sustituirle al yo de él, a quienes él pueda amar y cuidar como lo experimentó de su madre.
Entonces, Sócrates cede su lugar de Otro, se da cuenta de su posición referente a la identificación de Alcibíades, y lo desliza, lo autoriza en su búsqueda, con sensatez, con firmeza, porque sabe que al entrar en el juego de erómenos, el agalma del que tanto elogia Alcibíades quedaría velada, reducida a resto, sin valor:
Que Sócrates haga el elogio de Agatón, es la respuesta a la demanda, no pasada, sino presente, de Alcibíades. Cuando Sócrates hace el elogio de Agatón, da satisfacción a Alcibíades. Le da satisfacción por su acto actual de declaración pública, de puesta en el plano del Otro universal de lo que ha sucedido entre ellos tras los velos del pudor. La respuesta de Sócrates es ésta ― Tú puedes amar al que voy a alabar porque, alabándolo, sabré hacer pasar, yo, Sócrates, la imagen de ti el que ama, en tanto que la imagen de ti el que ama es por ahí que vas a entrar en la vía de las identificaciones superiores que traza el camino de la belleza.
Pero Alcibíades, él, desea siempre la misma cosa. Lo que él busca en Agatón, no duden ustedes de ello, es ese mismo punto supremo donde el sujeto se abole en el fantasma, sus agálmata.
Sócrates sabe que no ama, porque sabe de las cosas del amor, desconoce su agalma y desconoce también la función del objeto que constituye el agalma de Alcibíades. Cierro con estas palabras de Artaud:
La veía a través del cielo, a través de los cristales hendidos de mi cuarto, a través de sus propias cejas, a través de los ojos de todas mis ex amantes, y a través del cabello amarillo de mi madre.
Bibliografía:
Huerta, E. (2014). Poemas prohibidos y de amor. México. Editorial: Siglo XXI
Artaud, A. (2005). El arte y la muerte / otros escritos. Buenos Aires. Editorial: Caja negra
Freud, S. (1976). Más allá del principio de placer Psicología de las masas y análisis del yo y otras obras. Buenos Aires. Editorial: Amorrortu
Continuando con nuestra lectura de la clase 10, del 1o. de febrero de 1961, dentro del seminario respecto a la transferencia, de Lacan, me parece leer entre líneas cuestiones respecto a cómo un sujeto entra en el juego del deseo… y del amor.
Cito: “Admitamos que un objeto vale lo que otro, a condición de que demos al término objeto su sentido inicial, que apunta a los objetos en tanto que los distinguimos, y podemos comunicarlos”, y Lacan cuestiona si es deplorable que el amado se vuelva objeto, ¿será preferible que sea un sujeto entonces? La forma de responder podría ser que el sujeto es alguien que está inmerso, así como nosotros, en el lenguaje articulado, y cuando hablamos de lenguaje debemos tomar en cuenta que el ser humano no se comunica únicamente con la palabra y que incluso a cada una de éstas se les da cierta entonación, así como también, se les acompaña de gestos, señas, etcétera. La estructura del lenguaje lleva a una estructura de pensamiento, esto a una estructura de comportamiento con el otro. Y es así que el juego comienza, debido a que la ley va de la mano con el deseo.

Ahora que mencionamos la ley, ¿cuál es la primera ley derivada del núcleo: padre-madre-hijo?: la prohibición del incesto, como bien apunta Freud en su texto “Tótem y tabú”. Es así que el padre prohíbe la madre, en cuanto objeto es suya, no es del niño. Sin profundizar cómo es que esta ley es instaurada en el niño respecto a la función constituyente del complejo edípico y la metáfora paterna, la posición subjetiva ante la castración en la dinámica del deseo implicará que, si se reprime, es decir, que no “quiere saber” de la castración, de la imconpletud, estamos hablando de neurosis, es decir, estamos ante un sujeto deseante, ahora que, si se niega la castración, es decir, si bien la madre no es el todo del niño pero aun así pretende colmarla, queda como objeto de deseo de la madre, asì como también en las psicosis, si se forcluye, no hay edipo, siendo así el objeto de deseo de la madre. Vemos pues cómo un hijo para una madre podrìa estar en función de falo.
Retomando nuestra lectura, el objeto parcial, como función, es clave, pivote, centro del deseo humano y no tiene equivalente. Lacan menciona: “Si ese objeto los apasiona, es porque adentro, oculto en él, está el objeto del deseo, agalma… Este objeto… sea que lo llamen el seno, el falo o la mierda, es siempre un objeto parcial.”
En el texto que nos remite de Freud, “La identificación”, nos menciona que la identificación es ambivalente (Klein también nos refiere al objeto en tanto que bueno o malo).
Siendo la identificación “la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona. Desempeña un papel en la prehistoria del complejo de Edipo”. Freud alude que hay dos lazos psicológicamente diversos: con la madre, una directa investidura sexual de objeto; con el padre, una identificación que lo toma por modelo. Es decir, de inicio el infante se posiciona ante el ser o no ser el falo, se identifica con el falo imaginario (objeto de deseo de la madre), hasta este momento suponemos una función del padre velada en las ausencias de la madre. En un segundo tiempo la privación de la madre por el padre (función del padre mediada por el discurso de la madre), es asì que, el niño en este momento puede identificarse con el padre, queriendo ser como él, pero a su vez por la confuencia del complejo de Edipo normal, el niño nota que el padre le significa un estorbo junto a la madre, su identificación con él será entonces hostil, será idéntica al deseo de sustiruir al padre también junto a la madre. Vemos pues que desde el inicio, como antes mencionamos, la identificación es ambivalente.
Retomo las palabras de Freud mencionadas anteriormente para culminar con algunos cuestionamientos que me parecen pertinentes: “con la madre, una directa investidura sexual de objeto”, por otra parte, “con el padre, una identifiación que lo toma por modelo”; ¿será que la madre es entonces, en tanto que objeto: deseada; y el padre, en tanto que tomado como modelo, es decir, apuntando a su ser: amado? ¿pueden intercambiar lugar entre objeto y sujeto la madre y el padre en este “juego” identificatorio del hijo?
Agrego un señalamiento respecto al objeto parcial, objeto a o agalma, si se concibe al agalma como el brillo fálico del objeto a donde lo deseable se define como causa del deseo y recordamos que la identificación es con algún rasgo del objeto, para dar cuenta de lo que la lectura nos indica: “nuestra subjetividad, la hacemos construirse enteramente en la pluralidad, el pluralismo, de esos niveles de identificación, que llamaremos el ideal del yo, el yo ideal, que llamaremos, también identificado, el yo deseante”.
Para finalizar estas puntualizaciones bien valdría la pena cuestionarse, recordando que dichas identificaciones son ambivalentes, ya sea con el objeto, o bien, con el sujeto:
¿En algún momento convergen amor y deseo? ¿Se puede amar y desear a la misma persona o sujeto?
“Uno siempre se sorprende al descubrir hasta qué punto
pueden estar desunidas la pasión amorosa y las audacias del
abrazo. Pero hay un motivo: no provienen del mismo mundo. Y no
penetran en una misma oscuridad. A veces los dos mundos forman
uno, pero sólo por puro azar. Si se encuentran es casi en contra de
su propia naturaleza y de su innegable intensidad. Y a decir verdad
no es que se encuentren: coinciden. Es como un accidente: el
encuentro de un árbol y un coche rojo. Es imprevisible en la medida
en que no hay manera de organizarlo de antemano”
Pascal Quignard en “Vida secreta” (1998).
Como se dio a entender en la clase 9 del seminario 8 de Jacques Lacan (“La transferencia”), correspondiente al 25 de enero de 1961, la llegada de Alcibíades ejemplifica en el diálogo de “El Banquete” aquello de lo real que pone en evidencia el desencuentro inevitable en el amor. Si lo trasladamos al análisis, guarda cercanía con el azar que vulnera el sentido de armonía en la luna de miel analítica: lo que trastoca la ilusión de entendimiento entre el analista y el analizante.
Alcibíades reclamando a Sócrates representa el “erastés” desesperado: el amante dolido. Nos muestra que en el amor también se sufre, porque en él existe algo más que la sensación de bienestar y que el cumplimiento de preceptos. El amor se expande por fuera del discurso para colocarse en el corazón del acto. (¿y porqué este exceso?)
La palabra, la cual es siempre idealizada en lo que lacónicamente nombra, no representa con fidelidad lo que acontece. En la intervención de Alcibíades el amor ya no se sostiene en un discurso firmado con sangre por considerarse sabio e inequívoco, en vez de ello, se precipita dentro de una acción en la cual abundan los restos con los cuales somos: excesos de ser cuerpo, residuos de aspiraciones incumplidas. ¿Se trata de un movimiento que rompe sueños o de un temblor que transforma la fantasía en algo más fantástico?. Posiblemente el cambio desde el discurso al actuar traza una figura más sublime por quedarse rota y a pesar de ello seguir latiendo… Este acting, con el cual se revela lo amoroso, puede parecernos lúdico y a la vez grotesco: lleno de adornos o repleto de vulgaridad al encarnar lo que consideramos imperfecto. ¿Pero qué delimitaría cada uno de estos juicios estéticos? En “Vida Secreta” de Pascal Quignard[2], un insondable texto de 1998 en el que se medita sobre la libertad en el amor- y en el cual se explora el modo en que provoca una rebelión social- se propone que en el universo todo se estira, es decir: todo se polariza o se dilata en el cielo o en el mundo. ¿Sería lo mismo manifestar que hace su dilatación entre el registro de lo imaginario y lo simbólico? O, añadiendo otro elemento, en relación a lo real… Ese real que, a pesar de bautizarse con el lenguaje, nunca se convierte en un solo símbolo y jamás se revela del todo.

Quignard concibe que la expansión de este secreto, sobre el cuerpo que se oculta, es decir, sobre este océano e insularización que se concentra en la intimidad extrema (o mejor dicho, esta soledad en la que quedamos al querer revelar los misterios del deseo por medio del lenguaje) efectivamente abre brechas… No obstante, a expensas de una ranura que altera la linealidad en la que se representa una expectativa, también se crea una serpentina grieta vertical por la cual se apertura otra profundidad temporal: esa en la que los personajes del libro de Quignard comparten aún más que lo que aguardan… Probablemente porque encuentran comunión en lo inesperado: desde una herida que no se convida con nadie más. ¿El amor sería entonces una rasgadura coincidente?
Quizás se trate de una cicatriz que se hace como la experiencia poética, al menos por dos razones… La primera de ellas tiene que ver con la ambivalencia que se experimenta al apreciar una antigua lesión: superado el sangrado- y pasado el estado de costra- toda cicatriz es un recordatorio de algo que dolió y a la vez sanó; memora lo mucho que pesó (al considerarse permanentemente lábil) para luego sustituirse por dicha al ver como se juntan sus márgenes hasta cerrarse. La segunda razón recae en el tiempo vertical de Gastón Bachelard: ese que da valor a la sensación de eternidad dada en el instante, esa que supera en intensidad y en efecto al contrastarse con la horizontalidad ficcionada del tiempo bergsoniano- al menos así lo propone en el libro “La intuición del instante” de 1932-. Tanto la paradoja de una brecha como lo instantáneo de una herida son cualidades bachelarianas para lo poético; además de ser dos cualidades que George Bataille concede al erotismo a lo largo de sus obras.
Pero retornando al más acá del octavo seminario, específicamente a la clase 10 del 1° de febrero de 1961, vendrá algo que resuene como un versillo de los “Siete crisantemos” de Joaquín Sabina: “Si va a tratarse de amor, es en acto, en esta relación del uno al otro, que va a tener aquí que manifestarse” [1,p.3] . Si el amor es más cercano al actuar que al decir, de ahí que “el asesino sabe más de amor que el poeta”…. Pero este “extra” de saber solo se da si se equipara al asesino con el solo acto y al poeta con las palabras…cosa que no puede darse en estado puro pues nuestros sucesos siempre son guiados o desviados por discursos explícitos o implícitos. Bachelard habla de lamentaciones o de heridas sonrientes a través de las experiencias poéticas, no solo al detallarse un saber en la recitación onanista de un poema. De igual manera, en el psicoanálisis la transferencia se vuelve paradójica y punzante en la experiencia del encuadre, más allá de la lectura de los grandes téóricos en donde deja de ser solo un concepto. La poesía que proviene de la vitalidad, y no solamente de una aspiración a crear fonemas seductoramente rítmicos, puede tomarse como un acto, de tal manera que la escritura y la experiencia en el diván- que se nutren de la sinuosidad del amor y del deseo- logran un más allá que las palabras (ello bajo la condición de dejarse llevar por la “voz” ajena de la pluma y por la asociación libre)
Tanto la escritura y como el análisis pueden convocar en algún momento a los ausentes- y con suerte liberarse de algunos fantasmas- ello si llegan a reconocer que se suceden más en la ambivalencia de la vida que en la rigidez de las ideas… Si llegan a asimilar que, al traer el amor en ambos ámbitos, deja de ser un tópico dual para hacerse trial. En la clase 10 Lacan nos muestra como del diálogo de Sócrates con Diotima, en “El Banquete” de Platón, pasa a la interacción entre Sócrates, Alcibiádes y Agatón. Mientras que lo predominantemente imaginario se ciñe a la identificación especular, a lo simbólico se suma la alteridad. Podría pensarse entonces que interpretar la transferencia sería una tentativa en dualidad, mientras que interpretar en la transferencia competería a una triplicidad en la que quedamos advertidos del Otro. ¿Será esta asimilación lo que hace que un concepto funcione como psicoanalítico?
En nociones como la transferencia una ausencia se hace presencia en el lenguaje, aunque también como una no materialidad que influye en el sentir, pensar y actuar de los individuos. No materialidad que curiosamente hace estragos en el cuerpo y que nos deja la impresión de traer siempre una piel falsa… Quizás por eso Alcibiádes, como amante resentido, reclama a Sócrates que se quite la máscara, que se quite la armadura de sileno para mirarle la verdadera intensidad de su opacidad o brillo. Que revele algo así como su agalma…
Pero esta es siempre una petición inútil, signo de amor, al final de cuentas… Pues ¿cómo olvidar que quien reclama de máscaras también las lleva dentro? ¿Cómo reclamar el verdadero amor cuando ni nosotros mismos lo conocemos?
Bibliografía
[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2] Quignard, P. (1998). Vida secreta: Último reino VIII. Buenos Aires, Argentina : Cuenco de Plata
Al leer los comentarios de Jacques Lacan sobre el esperpento que provoca la entrada de Alcibíades a la tranquila tertulia del Banquete, recordé lo que tres años después y en un contexto más universitario que médico, el analista de ínfulas barrocas y gongorianas declaró sobre un brevísimo capítulo del Libro II de la Física de Aristóteles: «Diferencia entre suerte y casualidad».

Si bien es cierto que no se extendió y tampoco insistió sobre este abordaje aristotélico, no deja de sernos útil para captar aquello que está en juego en la transferencia.
Veamos:
25 de enero de 1961, seminario La transferencia… Todo va perfecto. Cada uno a su turno ha elogiado al pequeño daimon. Sócrates ha terminado de relatar su enseñanza sobre el tema de eros con Diótima, quien logró un encomio «maravilloso, espléndido» y «oceánico». Hasta que llega Alcibíades, completamente ebrio y con ganas de celebrar el triunfo del huésped Agatón, no sólo rompe la armonía establecida de principio sino que inicia su propia dinámica y le suma una serie de lanzaderas amorosas y quejosas al viejo Sócrates. Aquí una otra faz del amor se asoma, hasta ahora no advertida, y rompe con toda la armonía establecida en y de principio. Sí. No todo es bello en el amor.
12 de febrero de 1964, seminario Los cuatro conceptos… Lacan está trabajando el tema de la «repetición» antes de abordar (nuevamente) el de la «transferencia». Articula los conceptos de automatón y tyche. Aunque este par no vuelve hacer presencia en la enseñanza de Lacan, no deja de tener su fortuna:
En primer lugar, la tyche, tomada como les dije la vez pasada del vocabulario de Aristóteles en su investigación de la causa. La hemos traducido por el encuentro con lo real. Lo real está más allá del automaton, del retorno, del regreso, de la insistencia de los signos, a que nos somete el principio del placer. Lo real es eso que yace siempre tras el automaton, y toda la investigación de Freud evidencia que su preocupación es ésa.
El automaton se juega en toda la tertulia del Banquete, donde los asistentes son gobernados por el poderío del principio del placer, amo y señor de la psique. Mientras que la descolgada de Alcibíades marca a cada asistente el lado desconocido, mejor dicho, para alguno «reprimido», para otro «desmentido» y quizá para uno más «forcluído»… de eros.
Casi seguidamente añade:
La función de la tyche, de lo real como encuentro -el encuentro en tanto que puede ser fallido, en tanto que es esencialmente, encuentro fallido- se presenta primero en la historia del psicoanálisis bajo una forma que ya basta por sí sola para despertar la atención- la del trauma.
No es forzado considerar a Alcibíades y su llegada, sin la cual no tendría el lugar preeminente que ocupa en el diálogo, como ese real, ese des-encuentro que hay en el fondo de todo verdadero amor… y de toda verdadera transferencia.
Textos:
Aristóteles, Física, Gredos, Madrid, 1995.
Lacan, J.
La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.
Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1998.
¡El género humano es una cosa tan monótona!
casi todos trabajan la mayor parte del tiempo
para vivir y su poco tiempo libre les pesa de tal modo,
que buscan con ahínco el medio de usarlo en algo.
¡Oh, destino del hombre! [2]
Goethe en Werther (2013, 3ra edición).
A través de Platón, hemos sido testigos de las más bellas y extenuantes ponderaciones al amor exclamadas por los participantes del banquete, quienes no han hecho más que enaltecerlo. Al llegar su turno de elogiar al amor, Sócrates, introduce su discurso diciendo: “lo que desea desea aquello de lo que está faltó y no lo desea si no está falto de ello” [4], disertación que, de acuerdo a Lacan, viene a dar un vuelco a lo hasta entonces dicho. ¿Qué implica tal aseveración?
Si seguimos su postulado, diremos que se desea eso que no se posee, que no se es, que no se alcanza; el erastés es un ente desprovisto, carente, que vaga errante en su inextinguible búsqueda de eso que logre colmarlo. Bastaría ver la desazón de un amante que se somete a los peores atropellos para afirmarse un sitio en el corazón del amado, sin serle suficiente la respuesta que de este obtenga, puesto que seguirá habiendo insatisfacción y vacuidad respecto al cometido. Tal cual lo plantea Sábato en El túnel, cuando hace hablar a Castel, diciendo; “Más que nunca, sentí que jamás llegaría a unirme con ella en forma total y que debía resignarme a tener frágiles momentos de comunión, tan melancólicamente inasibles como el recuerdo de ciertos sueños, o como la felicidad de algunos pasajes musicales” [5].
Diótima, retomando el discurso de Sócrates, interroga:
― ¿de qué carece {manque}, el que ama? [4]
Somos abducidos aquí, nos dice Lacan [3], a la dialéctica de los bienes. Podemos suponer que el erastés, falto de bienes, sucumbe en su búsqueda, en su intento por aprehender aquello que escapa de sus manos.
El amor es, el deseo de poseer siempre el bien [4], continúa Diótima. Y el término “posesión” tendrá aquí que situarse, habrá que ir más allá del deseo de aprisionar, de someter a otro para hacerme de su “bien”, como si a través de los bienes (las virtudes, los objetos, el prestigio) pudiera hacerme acreedor de una garantía invaluable. No se trata de una bolsa de valores, sino que Diótima nos lleva por otro camino. Lacan a su vez nos cuestiona:
Este bien, ¿en qué se relaciona con lo bello, en qué se especifica especialmente como lo bello? [3]
Vemos introducirse un elemento primordial dentro del acervo platónico; la concepción de lo bello como representante del bien. Dándole una posición diferente, aparece un atisbo de aquello que direcciona la búsqueda iniciada en nombre del amor…el deseo de bello [3].

“Impulso creador tienen todos los hombres, no solo según el cuerpo, sino también según el alma…pero no pueden procrear en lo feo, sino solo en lo bello…Amor de la generación y procreación en lo bello… ¿por qué precisamente de la generación? Porque la generación es algo eterno e inmortal en la medida en que puede existir con algo mortal [4], afirma Diótima, mostrándonos cómo la acción de procrear pretende una extensión de la finitud del hombre que busca perpetuar la existencia efímera en la fecundidad. Advertimos que esto no se limita a la descendencia biológica que otorga la paternidad, puesto que se genera también según el alma; la idea de [creación] (poíesis) es algo múltiple, pues en realidad toda causa que haga pasar cualquier cosa del no ser al ser es creación [4]. Podemos destacar el carácter multiforme del origen de la genialidad en el conocimiento, en la poesía, en la música, que forman la descendencia de aquellos que crean en el alma, y que lejos de acortar en belleza, elevan su esplendor, enalteciendo así la permanencia y el renombre del ser, incluso más que en la procreación de aquellos que eligen el cuerpo. Prueba de esto podemos encontrar en Baudelaire, quien otorga un lugar impávido al poeta:
“Hacia el Cielo, donde su mirada alcanza un trono espléndido,
El Poeta sereno eleva sus brazos piadosos,
Y los amplios destellos de su espíritu lúcido
Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:
-Bendito seas, mi Dios, que dais el sufrimiento
Como divino remedio a nuestras impurezas
Y cual la mejor y la más pura esencia
Que prepara los fuertes para las santas voluptuosidades!
Yo sé que reservarás un lugar para el Poeta
En las filas bienaventuradas de las Santas Legiones,
Y que lo invitarás para la eterna fiesta
De los Tronos, de las Virtudes, de las Dominaciones” [1].
Damos cuenta de que la búsqueda del erastés es impalpable, más no infructuosa, puesto que la generación del que crea en el alma muestra que “ir regando hijos” puede rozar la divinidad.
Lacan, en la clase 9 del seminario de la transferencia, nos dice, a propósito de lo bello, que “precisamente, en ese movimiento de la generación que es el modo bajo el cual el mortal se reproduce, el modo por el cual se aproxima a lo permanente y a lo eterno, su modo de participación, frágil, en lo eterno, en ese pasaje, en esa participación alejada ― y bien, lo bello es lo que lo ayuda, si se puede decir, a franquear los escollos difíciles… el discurso de Diotima articula la función de la belleza como siendo ante todo una ilusión, un espejismo fundamental, por el cual el ser perecedero y frágil es sostenido en su búsqueda de la perennidad, que es su aspiración esencial” [3]. Observamos que lo bello se transmuta en una defensa, una especie de trinchera que posibilita la perpetuación del sujeto y evita su fragmentación, pero, ¿de qué acoge lo bello? Del deseo de muerte, nos dice Lacan [3]; funge como velo del deseo de eternizarse. Lo bello cautiva en tanto que hace olvidar lo perecedero, lo fútil que resulta la existencia humana y así, a través de este precioso espejismo, llena de ilusión y sentido la calamidad.
Cuenta de ello nos da Schiller en el siguiente fragmento de su poema titulado “Los ideales”:
“Se apagaron los soles placenteros
que alumbraron mi senda juvenil,
y deshechos están los ideales
que el ebrio corazón otrora henchían
ella perdióse al final, la dulce fe
en seres que mi ensueño hizo nacer,
de la hostil realidad volvióse presa
lo que una vez divino y bello fue” [6].
Es la ilusión de la belleza la que brinda tan benévolas sensaciones, la que apacigua el exorbitado ser y augura cumplidos los anhelos, exaltando su existencia, volviéndolo autor de las más diversas formas de producción, mientras que es la caída de este velo lo que, dando un vuelco a su realidad, lo sume en la más desolada decadencia…he aquí la sentencia de Diótima; no se puede crear en lo feo, no se puede crear sin ese parapeto que vehiculice nuestro paso por el mundo, que funja de soporte ante nuestro declive, y nos salve de la vida… y de la muerte.
Bibliografía:
[1] Baudelaire, C. (2014). Las flores del mal. México: Editorial Vaso Roto.
[2] Goethe, J. W. (2013). Werther. Herman y Dorotea. México: Editorial Tomo.
[3] Lacan, J. La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.
[4] Platón. (1988). Diálogos lll, Fedón, Banquete, Fedro. Madrid: Editorial Gredos.
[5] Sábato, E. (2014). El túnel. México: BOOKET.
[6] Schiller, F. Tres poemas “filosóficos”: Los artistas, Los ideales, El ideal y la vida. Recuperado de: https://es.slideshare.net/MarceArias/schiller-trespoemas.
“me cuesta escribir la
palabra amor/
porque el amor es una cosa y
la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las
dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/”.
Juan Gelman

A Sócrates le cuesta trabajo hablar sobre el amor, pierde el griego nos dice Lacan, encuentra su límite justamente ahí y es preciso que ceda la palabra para hablar verdaderamente de aquello que escapa al saber, es decir, que, para hablar del amor, se necesita algo más que la Episteme.
Llegamos al final de la sesión del 18 de enero de 1961, Sócrates se encuentra atascado, atorado en las cuestiones del amor y la dialéctica socrática no encuentra la salida, vale decir también, se encuentra (a)mortificado, es preciso que haga hablar a una mujer, la mágica Diotima, quien a la pregunta de Sócrates respecto de si el amor no es bello, ¿es que es feo? nos introduce en el mito de la concepción del Amor.
¿Quién no sabe, desde que Platón lo ha dicho, que el Amor es hijo de Πόρος {Poros} y de Πενια {Penia}?
En el momento en que ha sucedido eso, era la Aporía quien velaba, quien tenía bien abiertos los ojos. Por ser Aporía, es decir, por no tener nada para ofrecer, no había entrado en la sala del festín. Pero la suerte de las fiestas es justamente que en ellas ocurren cosas que invierten el orden corriente. Poros se duerme. Se duerme porque está ebrio, y esto es lo que le permite a la Aporía hacerse embarazar por él, y tener de él este retoño que se llama el Amor.
De ahí la famosa frase “Amar es dar lo que no se tiene”. Sócrates, a su vez, da el discurso que no tiene, y puesto que para hablar del amor no basta el saber, se recurre al mito para poder explicar lo referente al amor, ¿pero explicarlo, no será pasarlo al campo del saber, de la episteme, o es que se trata solo de una opinión?
El amor pertenece a una zona, a una forma de asunto, de cosa, de pragma, de praxis, que es del mismo nivel y de la misma calidad, que la doxa, a saber, que hay discursos, comportamientos, opiniones ― es la traducción que damos del término doxa ― que son verdaderos sin que el sujeto pueda saberlo.
Pues de qué otra manera se puede hablar del amor si no es mediante opinión, solo el curso de la experiencia amorosa lo permite, lo mismo que los discursos de aquella mítica farra, todos verdaderos en tanto que experimentados por cada uno de los personajes.
A propósito del mito, Lévi Strauss en Lo Crudo y lo Cocido nos dice: «no se trata de mostrar cómo piensan los hombres en los mitos, sino como los mitos se piensan en los hombres, sin que ellos lo noten».
17 de enero de 2020
La paz entre los hombres, la calma tranquila en alta mar,
el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.
Agatón
Se recordará que la pandilla del Banquete[1] se reúne en casa de Agatón A.K.A. el poeta trágico, para celebrar el triunfo de su primera victoria teatral (416 a.c.)[2]. Este joven de treintaypico es apuesto y popular… un jetset.

Es además… erómenos de Sócrates, ellos son los últimos de mantenerse en pie tras esta farra helenística (223c-d). Interesa aquí tan sólo el speech de Agatón [3] (194e-197e) y especialmente su críptico y «macarrónico» mensaje.
Según Lacan mucho hay que decir sobre este discurso, pero lo que realmente importa es su «economía» al interior de la obra[4]. Insiste en que su objetivo no es un estudio clasicista sino acotar aquello que resulte funcional para los psicoanalistas.
El discurso de Agatón ha sido acreedor, por parte de los especialistas, de una «extraordinaria sofística, en el sentido moderno, común, peyorativo, del término». A contracorriente, sostiene que el propio poeta se burla de todos: la pandilla, los lectores, los especialistas y los analistas (siempre bajo la pluma de Platón).
Lacan no sólo traduce del griego su elogio al amor, además lo interpreta… a su «manera». Aquí el original y dos versiones:
ειρήνην μεν εν αν θρώποις πελάγει δε γαλήνην / νηνεμιαν ανέμων κοιτην ϋπνον τ΄ενι κήδει {eirenén men en anthrópois pelágei de galénen / nenemian anemón coiten hypnos t’eni kedei}
Agatón
En los hombres la paz, en el piélago calma sin brisa, / el reposo de los vientos y el sueño en las cuitas, traduce
Luis Gil (Ediciones Orbis, 1983).
La paz entre los hombres, la calma tranquila en alta mar, / el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.
M. Martínez Hernández (Gredos,1993)
Traducciones que se ajustan al sentido pero no a lo escrito, de manera audaz Lacan le hace decir que[5]:
Pero para poner los puntos sobre las íes, vuelve sobre eso πελάγει δε γαλήνην {pelágei de galénen}, lo que quiere decir que todo anda mal. Calma chicha sobre el mar. Hay que acordarse lo que quiere decir calma chicha sobre el mar para los antiguos ― eso quiere decir que no anda más nada, las naves quedan bloqueadas en Aulis, y cuando eso les sucede en alta mar, uno está excesivamente molesto, tan molesto como cuando eso les ocurre en la cama. Evocar a propósito del amor πελάγει δε γαλήνην {pelágei de galénen}, está muy claro que uno está bromeando un poco. El amor, es lo que los deja fuera de carrera, lo que los hace sufrir un fiasco. Esto no es todo, después dice ― ya no hay viento en los vientos. Volvemos a empezar ― el amor, ya no hay amor, νηνεμιαν ανέ- μων {nenemian anemón}[6]
Agatón sabe que continuará Sócrates y tendrá que recuperarse de este reclamo(r)… ¿ya no están bien las cosas entre ellos? ¿les ha llegado la «calma chicha» a la cama? ¿habrá revelado el amor su faz trágica debajo de este esperpento «macarrónico»?
Esto sólo podrá saberse a posteriori con el discurso próximo de Alcibíades.
10 de enero de 2020
Textos:
Platón:
El Banquete, Orbis, Barcelona, 1983.
Banquete, Gredos, Barcelona, 1993.
Lacan, J. La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.
[1] Aristodemo, Agatón, Erixímaco, Fedro, Pausanias, Alcibíades y el colado Sócrates.
[2] El que no se conserven obras de Agatón le hace portar ese matiz de perfección y belleza.
[3] Lacan vacila en decidirse por quien lleva el discurso «central»: Aristófanes o Agatón. Se resuelve por los dos.
[4] En momentos surge la impresión de que se transita por la tríptica freudiana: económica, tópica y dinámica.
[5] Conocedor de la plurivalencia de los significados de cada palabra, habilidad que adquirió con los jesuitas.
[6] Sesión del 11 de enero de 1961. Negritas de punctum«»studium.
Leer a Jacques Lacan resulta un ejercicio de total destreza, es como encontrarse en un navío con destino incierto y estruendoso, su trayecto nos fondea por diversos territorios, tempestades, calamidades, marea alta, serenidades.
Quien se adentra a leerlo en serio sabrá de ello, él mismo mencionó que si bien el psicoanálisis es una praxis a la que «todos podemos tener acceso», difícilmente muchos sean capaces de soportar.
Leer a Lacan requiere microscopio, hacer un trabajo de lectura pausada, leer a la letra, también sustentarse no solo del discurso psicoanalítico, sino entrar en una atmosfera que nos lleve por senderos de otras disciplinas y otros saberes, que tengan punto de ebullición en una misma lógica; y es que, para él, una novela literaria, una teoría astronómica o lingüista… tendrá el mismo valor en la realización de sus conjeturas y comprensión del discurso psicoanalítico.
Ejemplo es la sesión del 11 de enero de 1961 del seminario sobre La transferencia y que lleva por título: La atopía de eros, donde para iniciarse en el discurso de Agatón, uno de los comensales del Banquete, Lacan se toma un tiempo y da unas pinceladas que considera importantes para comprender el lugar del “deseo” teniendo como principio los planteamientos realizados por Ferdinand de Saussure y en el que pone en tela de juicio la efectividad de la teoría evolucionista en la función del deseo, cito:
Allí, ya es preciso que me detenga para hacerles notar que el cruce ya está hecho. Ya por ahí he dicho que el deseo no es una función vital, en el sentido en que el positivismo ha dado su estatuto a la vida. El deseo está tomado en una dialéctica porque está suspendido – abran el paréntesis, he dicho bajo qué forma está suspendido, bajo la forma de metonimia – suspendido a una cadena significante, la cual es como tal constituyente del sujeto, aquello por lo cual éste es distinto de la individualidad tomada simplemente hic et nunc. No olviden que este hic et nunc es lo que la define.
Más adelante abordará la cuestión de la demanda del deseo tomando en cuenta planteamientos realizados por Sigmund Freud sobre el instinto de muerte y que es precisamente donde tiene sus desavenencias con ese positivismo; pero en eso no nos detendremos por el momento. Nuestro punto de interés estará precisamente sobre la cadena significante, por lo que nos sustentaremos sobre lo que ya antes había pronunciado en el El mito individual del neurótico, hallamos su intervención tras una exposición de Claude Lévi-Strauss (1956), “Sobre las relaciones entre la mitología y el ritual”, cito:
Llegué incluso a poder formalizar estrictamente el caso según una formula dada por Claude Lévi-Strauss, por la cual un a inicialmente asociado a un b, cuando un c está asociado a un d, resulta, en la segunda generación, cambiar de partenaire con él, pero no sin que subsista un residuo irreductible bajo la forma de la negativización de uno de los cuatro términos, que se impone como correlativa de la transformación del grupo.
Esta formulación le fue fundamental para realizar el análisis a los síntomas de la neurosis obsesiva del ya conocido caso clínico de Freud y que lleva por nombre El Hombre de las ratas, en el cual, a partir del argumento actual del sujeto, busca la cadena de significantes que le permiten encontrar los eslabones que forman el síntoma obsesivo. Hay ahí toda una estructura fantasmal (mitológica) que va cediendo significantes y significados de manera generacional, revestidos con cierta desfiguración, como lo expone Lévi-Strauss, y que Lacan precisa en descomponer para darle forma al mito individual del Hombre de las ratas.
Opino que de ahí se parte para ir al punto del no acuerdo con el deseo como forma de vitalidad, ya que como menciona Lacan, esta “evolución” implicaría una individuación, un recurso del individuo acumulado que le permite un grado de consciencia conforme evoluciona. Si, hay una individuación, pero también hay un sujeto individual que no podemos dejar de lado; en esa misma intervención agrega:
Me impactó mucho, en este primer análisis del mitema, el carácter excesivamente avanzado de las fórmulas que él pudo hallar: al proponer primero el método de seriación que nos permite identificar las unidades homólogas a través de los mitos paralelos cuando estos solo llegaron a nosotros tal como en lo que nos queda de la mitología griega; pero ya en condiciones de extraer de la diacronía interna de los linajes heroicos ciertas combinaciones como las que él nos mostró hoy, por ejemplo, cómo un agrupamiento de términos que se produce en la primera generación, pero en una combinación transformada, en la segunda.
Esos mitemas por supuesto pierden su sonoridad, son registros discursivos afónicos, que caen como resto; esta formulación de evanescencia de los mitemas la vemos reforzada en los planteamientos que hace Rolland Barthes en su ensayo “El mito hoy” incluido en su libro Mitologías (1957), plantea que el mito constituye un sistema de comunicación, un mensaje, es un modo de significación, de una forma, sin embargo no necesariamente tiene que ser oral, sino puede encontrar forma en el discurso escrito, la fotografía, el cine, la publicidad, etc.
Cito a continuación parte de este ensayo:
¿No existen objetos fatalmente sugestivos, como decía Baudelaire refiriéndose a la mujer? No, no lo creo. Se pueden concebir mitos muy antiguos, pero no hay mitos eternos. Puesto que la historia humana es la que hace pasar lo real al estado de habla, sólo ella regula la vida y la muerte del lenguaje mítico. Lejana o no, la mitología sólo puede tener fundamento histórico, pues el mito es un habla elegida por la historia: no surge de la “naturaleza” de las cosas.
Estamos hablando entonces que, de ese lenguaje mítico y particular para cada sujeto, queda un residuo, una marca, un registro, una traza, como lo señala Lacan, una huella que se debe abordar en su individualidad y no en totalidad, como bien otras disciplinas pretenden esclarecer:

Siempre es esencial que, para lo que es del deseo, nos remitamos a sus condiciones, que son aquellas que nos son dadas por nuestra experiencia, la cual conmociona todo el problema de los datos. Se trata, en efecto, de lo siguiente, que el sujeto conserva una cadena articulada fuera de la consciencia, inaccesible a la consciencia. Esta es una demanda, y no un empuje, o un malestar, o una impresión, o nada que ustedes traten de caracterizar en un orden de primitividad tendencialmente definible. *Pero al contrario, se traza allí una traza {s ý trace une trace}, si puedo decir, delimitada por un trazo {trait}, aislada {isolée} como tal, llevada a una potencia que se diría ideográfica*, a condición de que se subraye bien no se trata de ninguna manera de un índice llevable sobre lo que sea que esté aislado, sino que siempre está ligado a una concatenación, sobre una línea, con otros ideogramas, ellos mismos delimitados por esta función que los hace significantes. *Esta demanda constituye una reivindicación eternizada en el sujeto, aunque latente e inaccesible para él: – un estatuto, un pliego de cargos (no la modulación que resultaría de alguna inscripción fonética del negativo inscripto sobre un film, una banda), – una traza, pero que toma fecha para siempre, – un registro {enregistrement} sí, pero si* ustedes ponen el acento sobre el término registro {registre}, con calificación en el dossier. Una memoria, sí, pero en el sentido que este término tiene en una máquina electrónica.
Hay entonces un residuo, una traza, un registro, el cual estará implicado en el discurso del sujeto y que no podemos acceder a él más que encontrando los eslabones de la cadena significante donde se encuentran entrelazados también significados, y ese eterno trazo (sigo) nos dará la pauta para encontrar el punto de ruptura de esa cadena y que denominamos inconsciente.
Cito a Barthes al respecto:
Para Saussure, que trabajó un sistema semiológico particular, aunque metodológicamente ejemplar, la lengua, el significado es el concepto, el significante, la imagen acústica (de orden psíquico) y la relación de concepto e imagen, el signo (la palabra, por ejemplo) o entidad concreta. Para Freud, como se sabe, el psiquismo es un espesor de equivalencias, un equivale a. Un término (me abstengo de otorgarle preeminencia) está constituido por el sentido manifiesto de la conducta, otro por su sentido latente o sentido propio (por ejemplo, el sustrato del sueño); el tercer término es también una correlación de los dos primeros; es el sueño en sí mismo, en su totalidad, el acto fallido o la neurosis, concebidos como compromisos, como economías operadas gracias a la unión de una forma (primer término) y de una función intencional (segundo término).
Es así como podemos entender que la finalidad no es derrapar a plomo con el signo sino navegar en ríos de discursos mitificados, toparse con significantes y significados y darles un sentido, unirlos, como si fueran dos mitades aristófanas, después separarse para remplazarle por otros.
Pero el mito también ocurre a nivel de la escritura, por eso leer a Lacan implica permanecer en una cadena metonímica, donde vamos a ver diversidad de significantes y significados, pero jamás veremos aparecer el signo, porque de otra manera estaríamos construyendo un método, quien se angustie por encontrar más preguntas que respuestas puede abandonar el navío, ya que en la medida que no se puede hablar de conceptos (en su sentido habitual) en psicoanálisis, su teorización implicaría la destrucción de éste, ahí somos llevados por Lacan cuando menciona que el deseo es una dialéctica, no podemos objetivarlo en actos, en etapas, en formas de supervivencia, sino deconstruyendo sus formas, las estructuras, ahí donde aparece limpio, huérfano, sin investiduras.
Leer a Lacan implica no leer la materia, sino ir por las partículas, leer a Lacan también implica saberlo como un significante.
13 de diciembre de 2019
Bibliografía:
Lacan, J. (2010). El mito individual del neurótico. Buenos Aires. Editorial: Paidós
Barthes, R. (2010). Mitologías. México. Editorial: Sigo XXI
“Solía pensar que mi vida era una tragedia,
pero ahora me doy cuenta que es una comedia”
Joker
Desde el inicio de lectura del seminario La transferencia (1960-1961), el tema más trastocado, quizá desde mi perspectiva, ha sido: el amor. Y puedo aseverar que es así en tanto que se ha recurrido a la poesía para abordar… bordear tal temática en algunas relatorías. Verán que no es cosa sencilla, ya lo decía Freud respecto a la transferencia, al amor de transferencia.
Por qué Freud recurre a la tragedia y a Edipo para abordar el tema respecto al amor… al primer amor, tomando parte del mito de Sófocles y el suyo en Tótem y tabú, haciendo lo suyo, haciéndolo suyo. El mito para decir una verdad que sólo puede ser medio dicha, no toda.
Lacan nos menciona:
El motivo por el cual Freud encuentra su figura fundamental en la tragedia de Edipo, es el «él no sabía», que había matado a su padre y que se acostaba con su madre.
Este «él no sabía» me remite a un film que ha causado revuelo social: El joker, de Todd Phillips, y es que este personaje no sabía nada respecto a su origen, salvo la fantasía que su madre creó alrededor de su existencia, teniéndole así a su completo servicio.

Entre otras cosas nos muestra una situación familiar, el Edipo es una situación familiar, una teoría de la familia, se diría. Para ser más precisos: la de la decadencia social de la imagen paterna. Y dicha decadencia del rol del padre se puede observar en la etiología de las neurosis. Sin embargo, en Arthur Fleck no podemos hablar de neurosis, no del todo, para Lacan, el triángulo madre-hijo-falo es una tríada imaginaria preedipica, en la que la introducción de un cuarto elemento, el padre, hará surgir al Edipo. La madre de Arthur ocupaba todo su mundo, él vivía entregado a ella, la bañaba, trabajaba para ella, quedó como súbdito del deseo de su madre, una madre psicótica que permitió los más terribles castigos infligidos por sus parejas hacia el chico.
Freud nos muestra que uno de los frutos de la “resolución”, por decir, del complejo edípico es: el superyó. En este personaje no hay una «Ley͙» introyectada, él sólo quiere caos, no tiene un fin determinado, simplemente se da cuenta que comienza a existir en tanto personaje: joker. Ha encontrado una forma de existir ante los demás, de ser alguien fuera de la madre, vincularse con otros.
Terminaré con la imagen social de Arthur, habitante de ciudad Gótica, una ciudad lúgubre, gris, donde el señor Wayne (padre de un Batman futuro) es el representante social elegido, un hombre con poder. Arthur Fleck, un payaso que no hace reír, un payaso sin mayor gracia que reír sin control en las situaciones menos adecuadas, el producto de una infancia llena de abusos y violencia. Es ahora mirado, es ahora amado, quizá, por otros que, como él, han sido desechados, relegados de la sociedad por ser diferentes, por no cumplir los parámetros que marca la sociedad en turno, con su traje de color rojo, riendo, bailando, saqueando, aniquilando… ¿cómo es que se juega aquí el amor?
En nuestra sociedad, tan decadente, es observable que las personas buscan motivos para continuar ante una vida que no les ofrece otra cosa que imágenes ideales cada vez más imperantes, “accesibles” a quien pueda costearles, la promesa de la perfección, de la inmortalidad y por tanto la negación de la castración.
06 de diciembre de 2019
“En el amor, el ser que nos es más cercano no está cerca.
Está más lejos que nadie. Tan lejos como la escena inalcanzable
cuyo producto (lo reproducido) somos.”
Pascal Quignard en “Vida secreta” (1998)
Tanto Jacques Lacan como Roland Barthes toman de referencia “El Banquete” de Platón para hablar de los asuntos del amor y de algo parecido a éste: la transferencia. Mientras que Lacan le dedica cerca de once sesiones de su octavo seminario, Barthes lo incluye en más de un término de su “diccionario” amoroso [2], sobre todo para exponer temas tales como la atopía del otro, la compasión y la declaración del enamorado, así como la habladuría sobre el amante, la sensación de languidez o del estar solo (a pesar de la presencia de quien se ama) y la fantasía de unión. De igual manera cita el “Fedro” para referirse a lo que el discurso erótico tiene de monstruoso.
En la clase 6 del seminario 8 sobre “La transferencia”- correspondiente al 21 de diciembre de 1960- Lacan no solo resalta la parte discursiva del amor, sino nociones tales como la atopía y la relevancia de Aristófanes en el fenómeno transferencial. La atopía, distinguida en Sócrates como lo que es “en ninguna parte de su ser”, es señalada como algo que también resulta “exigible de nosotros” [1, p. 7] (los analistas) … ¿Por qué? Quizás porque desde el margen de lo social el analista queda en un no lugar con respecto al mundo de las profesiones; de la misma forma en que su formación cobra excentricidad en relación a las universidades-. Aunque también podría interpretarse como un “no lugar” para el amor en lo que compete al encuadre analítico. De alguna manera, el analista no se permite ser en el amor con su analizante, al menos no como pudiera serlo desde la amistad o desde el papel de un fogoso amante.
Ahora bien, el tema del discurso en este seminario adquiere relevancia porque dicta coordenadas… ¿sobre el amor acaso? En la sesión citada Lacan expresa que “jamás habrá universo sino del discurso” y que este universo “debe entregarse al orden del significante” [1, p. 4]. Más adelante añadirá algo que nos parece una de las cuestiones más serias y angustiantes del amor; el pasaje dice lo siguiente: “No hay otro garante de la palabra del Otro que esa palabra misma y no hay otra fuente de trágico que ese destino mismo, que bien puede parecernos, bajo un cierto aspecto, siendo nada” [1, p. 4].
Antes de profundizar en esta aseveración, hagamos un paréntesis en la atopía interpretada por Barthes a partir de “El Banquete”. En su libro “Fragmentos de un discurso amoroso”, el autor francés señala que el ser amado es reconocido como “átopos”: calificación dada a Sócrates, por parte de sus interlocutores, para esbozar lo inclasificable y lo que compete a “una originalidad incesantemente imprevisible”; según Barthes “es átopos el otro al que amo y que me fascina”, alguien que se considera “Único” al representar la “Imagen” que “ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo” [2, p. 26]. Átopos es figura de verdad, más solo eso: figuración… pues es lo que se cree ver o escuchar sobre el universo discursivo del cual nos sentimos parte. Para Pascal Quignard el fascinado es una pieza que de pronto logra encajar con exactitud en el rompecabezas especular de un rostro imprevisible y a la vez esperado, haciéndolo siempre desde la forma del acecho. Esta morfología acechante, nos dice, es como una cerradura, ya que la forma más pequeña, que sería la víctima, se hunde en ella como la llave que la abre, dando así la primera característica del amor. En “Vida secreta” especifica que hay una mirada a la que no podemos resistirnos, una mirada que existía incluso antes de la humanidad- o más bien que se hace posible por corresponder a los momentos previos a nuestra humanización a través del lenguaje-. A partir de esa mirada, Pascal manifiesta que los cuerpos encajan como las presas en las mandíbulas de los carnívoros [3].
Barthes coincide con la entrada del amor a través de los ojos, ya que “la atopía del otro la sorprendo en su mirada” [2, p. 26]… ¿de qué forma? Cada vez que somos capaces de leer en ella una gran inocencia: ese no saber nada del mal que puede hacernos en caso de no sentir que para ella brillamos. Como inocencia, la atopía se resiste a la descripción y se niega a lo que la define. De cierto modo no es otra cosa que una resistencia al lenguaje: una negación a formar parte de ese mundo de Nombres que bautizan las Faltas… Una resistencia a hacerse garantía… ¿una tragedia también?
A partir de aquí conviene regresar hasta la clase 6 del seminario de la transferencia, justo cuando Lacan menciona que Aristófanes es el primero que habla del amor como nosotros, los analistas, hablamos de él. En “El Banquete”, dirá, el único que habla del amor como conviene es Aristófanes, el cual es un payaso (sustantivo que en Platón se corresponde con los poetas de su época). Este personaje habla de los enamorados como “esos seres cortados en dos como un huevo duro […] de tal manera que parecen ser la mitad de un ser completo” [1, p. 17]- coloquialmente sería la creencia de la media naranja inspirada en el mito griego del andrógino-.De acuerdo a Lacan, lo trágico anunciado por un cómico, es que “esas personas que se aman, tienen un extraño aire de seriedad” [1, p. 15]… A continuación, añade:
En ninguna parte, en ningún momento de los discursos del Banquete, se toma el amor tan en serio, ni tan a lo trágico. Ahí estamos exactamente en el nivel que nosotros, los modernos, imputamos al amor- tras la sublimación cortés de la que les hablé el año pasado, y tras la que podría llamar el contrasentido romántico sobre esta sublimación, a saber, la sobrestimación narcicística del sujeto, del sujeto supuesto en el objeto amado […] Aristófanes nos muestra primero, y lo que es el basamento de todo lo que en seguida viene ahí, para nosotros, con una luz tan romántica, es una fatalidad pánica, que hace, a cada uno de esos seres, buscar ante todo y primero que nada su mitad, y ahí, pegándose a ella con una tenacidad, si podemos decir, sin salida, marchitarse al lado del otro, por impotencia para reunirse [1, pp. 16 y 17]
Cuando Barthes intenta representar este sueño de unión total fracasa: “mal dibujante o mediocre utopista, no llego a nada” [2, p. 144] (está demasiado advertido de las peripecias que el mismo Apolo tendría que atravesar para lograr la confluencia de un cuerpo suturado a la perfección). Ya ha intuido la imposibilidad de poner en marcha un gozo sin mancha y el colmamiento de la propiedad absoluta:
El andrógino, figura de esta <<antigua unidad de la que el deseo y la persecución constituyen lo que llamamos amor>> no me es figurable; o al menos sólo logro un cuerpo monstruoso, grotesco, improbable. Del sueño surge una figura farsa: así de la pareja loca nace lo obsceno de lo doméstico (uno se ocupa de la cocina, de por vida, para el otro [2, p. 144]

Posiblemente la monstruosidad radica en que el sujeto enamorado se percata, de una manera brusca o inusitada, que “constriñe al objeto amado en una red de tiranías” … De ser una fuente de piedad para el otro pasa a percibirse ahora como opresor. ¿A qué querría someter al objeto amado y de qué manera? Tomando como base el “Fedro”, Roland Barthes concluye que el discurso amoroso asfixia al otro, a ese otro que de modo inesperado no encuentra ya lugar para su propia palabra: no encuentra su voz bajo el decir masivo de quien le demanda perfección y coincidencia. Y no es porque le impida hablar- aclara Barthes- sino porque el sujeto enamorado le insinúa pronombres o sentencias en las que le adjudica un entendimiento que jamás tendrá… ¿Amar desde lo imaginario supone tal violencia de simetría? ¿Se puede amar de otra manera? (sin mirada que carcoma)… “Sueño de unión total: todo el mundo dice que ese sueño es imposible y sin embargo insiste” [2, p. 145] (se lamenta Barthes). Pero a pesar de esto sabe que ni él ni muchos renuncian al él. Si no se renuncia, ¿habrá un modo de salir menos pinchado con cada intento de unión? ¿Exponernos a la experiencia del análisis brinda una alternativa para escuchar el amor desde otro universo discursivo? Pensamos que sí, puesto que el análisis permite reinventar otras formas en que hablamos de nosotros y de otros, de tal suerte que pueden abrirse nociones distintas de las que esperamos ¿seducir desde algo más inédito? Finalizamos esta relatoría con Barthes, quien no deja de enriquecer nuestro seminario con sus palabras:
Es la originalidad de la relación lo que es preciso conquistar. La mayor parte de las heridas me vienen del estereotipo: estoy obligado a hacerme el enamorado, como todo el mundo: a estar celoso, abandonado, frustrado, como todo el mundo. Pero cuando la relación es original, el estereotipo es conmovido, rebasado, eliminado, y los celos, por ejemplo, no tienen ya espacio en esa relación sin lugar, sin topos, sin <<plano>>- sin discurso [2, pp. 26 y 27]
Conquistar la originalidad de la relación es distinto a querer conquistar a través de la consideración de que solo existe un modo de amar: es ampliar nuestra mirada a otros signos que puedan ser tomados como parte del amor. Curiosamente, la falta de garantía en las construcciones que introyectamos del Otro, la cual resulta angustiante, es también la asimilación más seria e importante para quien se atreve a amar. Si bien nos coloca en una especie de salto al vacío, abre un no lugar en el que también se puede estar: desde otra postura, desde otro universo del lenguaje, desde otra figura del enamorado.
Bibliografía
[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2] Barthes, R. (2015 [1982]). Fragmentos de un discurso amoroso. D.F., México: editorial Siglo XXI
[3] Quignard, P. (1998). Vida secreta: Último reino VIII. Buenos Aires, Argentina: Cuenco de Plata
«…nunca puedo estar seguro de que mi supuesta creación nueva
no fuera una operación de la criptomnesia»
Sigmund Freud [1].
Sobre la versión castellana es un ensayo en forma de pequeño libro que acompaña y funciona como introducción y aclaración de algunas problemáticas con las cuales se puede encontrar el lector de Sigmund Freud, tanto el novato como el experimentado [2].
Escrito por el uruguayo José Luis Etcheverry en 1978, fue quien con su «método de buceo» se encargó de traducir directamente del alemán la monumental obra freudiana, siguiendo el ordenamiento, notas y comentarios de la versión inglesa a cargo del inglés James Strachey.
Etcheverry nos recuerda que Freud utilizó como recurso para su trieb a la filosofía de la naturaleza y no a la biología [3]. El filósofo presocrático que está tutelando este concepto fundamental e indispensable para el psicoanálisis es Empédocles de Agrigento.

En Esquema del psicoanálisis (1940 [1938]), «curso de repaso» para psicoanalistas, una suerte de sucinta conclusión de lo aportado por el maestro de maestros del psicoanálisis, después un párrafo dedicado a las pulsiones [4] inserta la siguiente nota al pie:
La figuración de las fuerzas fundamentales o pulsionales, contra la cual los analistas suelen revolverse todavía, era ya familiar al filósofo Empédocles de Acragas.
En un texto posterior, Análisis terminable e interminable (1938) comenta sentirse regocijado al encontrar su teoría de las pulsiones en un filósofo de la «aurora griega». Lee ahí la sensible cercanía de los dos principios que tanto en la vida del mundo como en la del alma mantiene una lucha: «amor» y «discordia», «fuerzas naturales de la eficiencia pulsional (dixit)» [5] .
El aporte de Jacques Lacan en La transferencia devela que en el Banquete y detrás del médico Erixímaco se perfila al mismo Empedócles [6], «uno de los patrones de la especulación analítica» [7].
Subraya que Empédocles es un referente para el «instinto de muerte» (dixit) [8]. Hay una descripción justificadamente legendaria sobre sus virtudes:
(…) es un omnipotente. Avanza como amo de los elementos, capaz de resucitar a los muertos, mago, señor del real secreto sobre las mismas tierras donde los charlatanes, más tarde, debían presentarse con una marcha paralela. Se le piden milagros, y él los produce. Como Edipo, él no muere, pero entra al corazón del mundo en el fuego del volcán, y el abismo.
Pero más importante aún es lo referente a la ambivalencia constitutiva del amor y el vano intento por parte de Platón al disimularlo con el discurso médico sobre la armonía que dicta Erixímaco.
Ya lo hemos leído en nuestra relatoría anterior:
(…) la transferencia es algo que pone en tela de juicio al amor, lo pone en tela de juicio bastante profundamente respecto a la reflexión analítica al haber introducido en él, como dimensión esencial, lo que se llama su ambivalencia (Paidós, 2003) [9].
Más adelante, el 8 de marzo, Lacan señalará que para ejemplificar este «deseo de muerte mezclado en el amor» Freud recurre en el caso del “Hombre de las ratas” y… ¡al Banquete!, y es que donde mejor podemos leer esta fenomenología del amor-odio es en la denominada neurosis obsesiva [10]:
El odio retenido por el amor en la sofocación de lo inconsciente desempeña, sin duda alguna, un importante papel también en la patogénesis de la histeria y de la paranoia. Conocemos demasiado poco la esencia de] amor para adoptar aquí una decisión terminante; en particular, la relación de su factor negativo con el componente sádico de la libido permanece en total oscuridad [11].
[1] No olvidemos aquella frase con la que Freud inicia uno de los capítulos de Más allá del principio del placer: «Lo que sigue es especulación, a menudo de largo vuelo».
[2] «Estas páginas (…) tienen el carácter de un informe sobre nuestro trabajo de traducción. (…) Este argumento [no hacer un diccionario] (…) nos hizo preferir una exposición agrupada por grandes temas, acumulativa en el sentido de que lo posterior supone lo anterior» (p.ix). Corchetes de punctum«»studium.
[3] Tal como puede hacerlo pensar la desatinada traducción de trieb por instinkt (instinto). Lacan no dejó de insistir en ello.
[4] «En las funciones biológicas, las dos pulsiones básicas producen efectos una contra la otra o se combinan entre sí. Así, el acto de comer es una destrucción del objeto con la meta última de la incorporación; el acto sexual, una agresión con el propósito de la unión más íntima, Esta acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas produce toda la variedad de las manifestaciones de la vida, y más allá del reino de lo vivo. La analogía de nuestras dos pulsiones básicas lleva a la pareja de contrarios atracción y repulsión, que gobierna en lo inorgánico» (p. 147). Subrayado de punctum«»studium.
[5] Dixit de punctum«»studium. Freud cita su fuente directa, se trata de Die Vorsokratiker (Los presocráticos) de Wilhelm Capelle (1935).
[6] «Si hicieran falta pruebas uno puede acercarse a la edición del Banquete editado por Gredos, ahí se lee: «Su concepto de Eros se basa en la armonía, en la concordia armónica de los contrarios , y en este sentido se le ha puesto en relación con la doctrina de los contrarios de Heráclito, con teorías médicas pitagóricas, con el concepto de isonomía de Alcmcón de Crotona, con el tratadito Sobre la dieta del círculo hipocrático y, especialmente, con la dualidad philia-neîkos «amor»-«discordia» de Empédocles como agentes de unión y separación de los elementos del universo». (p. 169).
[7] 21 de diciembre de 1960.
[8] Dixit de punctum«»studium.
[9] En esta ocasión encontramos varios pasajes donde la versión en español de Jacques-Alain Miller resulta más atinada.
[11] Y en nota al pie: «Si a menudo tengo el deseo de no verlo más vivos. Y, sin embargo, si ese deseo se realizara alguna vez, yo sé que me volvería mucho más desdichado aún: tan inerme, tan totalmente inerme estoy frente a él», dice Alcibíades sobre Sócrates en El banquete» (p. 187).
[10] En el seminario 20 (1972-1973), Aún… Lacan hará un elogio a este amor-odio, gestando el neologismo: «odioenamoramiento».
Textos:
Etcheverry, J. Sobre la versión castellana en Obras Completas, s/n, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
Freud, S.
Esquema del psicoanálisis en Obras Completas, Amorrortu, Tomo XXIII; Buenos Aires, 1998.
A propósito de un caso de neurosis obsesiva (el «Hombre de las ratas») en Obras Completas, Tomo X, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
Análisis terminable e interminable en Obras Completas, Tomo XXIII, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
Lacan, J.
La transferencia, Paidós, Piadós, Buenos Aires, 2003.
La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
Platón, Diálogos III, Gredos, Madrid, 1988.
En temas que nos atañen, se nos muestra la existencia de dos mociones concatenadas en el desarrollo de las afecciones del individuo: el amor y el odio. A lo largo de sus elaboraciones, Freud las presenta como «tajantes opuestos materiales» que constituyen una compleja relación. En su texto Pulsiones y destinos de pulsión (1915) intenta coaptar la naturaleza de esta complejidad, y nos dice:
Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces hablamos también de la «atracción» que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que «amamos» al objeto. A la inversa, cuando el objeto es fuente de sensaciones de displacer, una tendencia se afana en aumentar la distancia entre él y el yo, en repetir con relación a él el intento originario de huida frente al mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la «repulsión» del objeto, y lo odiamos; este odio puede después acrecentarse convirtiéndose en la inclinación a agredir al objeto, con el propósito de aniquilarlo.

Se ama aquello que embellece al yo, aquello que brinda satisfacciones, mientras que lo odiado, lo rechazado, es aquello que molesta, que frustra y genera una persecución de lo aborrecido con fines destructivos. Pero Freud va más allá de este discernimiento y nos dice que «El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor; brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos». Si bien surge en tantoprimera instancia, no obliga que no pueda haber una aparición posterior al amor, puesto que lo señala en términos de una «mudanza del amor en odio», mostrando la capacidad de permutar de estos afectos, como si nos figurara un vaivén litúrgico que se perpetúa. No nos parece ya extraño observar sujetos que en un inicio se proferían amor y terminan aborreciendo al otro, intentando destruir eso que alguna vez anhelaron…algo similar ocurre cuando, lo que una vez generó repulsa, se convierte de pronto en fuente de atracción.
Hablamos entonces de orígenes distintos y fines discrepantes, que permiten ver la ironía en la desconexión de sus formas, ¿Cómo es posible este desaforado encuentro?
La historia de la génesis y de los vínculos del amor nos permite comprender que tan a menudo se muestre «ambivalente», es decir, acompañado por mociones de odio hacia el mismo objeto…de suerte que el odiar cobra un carácter erótico y se garantiza la continuidad de un vínculo de amor.
Si adoptamos tal postulado, será mayormente aprehensible la premisa de que los pesares del sujeto en el amor derivan de la imposibilidad de obtener lo que se desea, puesto que, aunque se le ame, siempre habrá algo que no pueda obtener (una respuesta, un gesto, una garantía) algo que falta y que devendrá insatisfacción, displacer, odio y que dará partida a la danza de la ambivalencia…
¿Qué ocurre, en dado caso, con el amor en el análisis? Es decir, con la transferencia, si seguimos a Lacan en la clase 5 de su seminario de La transferencia (1960), cuando se interroga, a propósito del análisis, lo siguiente; «¿cómo engendra algo ― primera aproximación ― que se parezca al amor? Algo que se parece al amor, es así que se puede, en una primera aproximación, definir la transferencia».
¿Qué implica que sea algo que se parece al amor? Que no lo es. O, al menos, no es la misma forma de amor de la que se habla en el enamoramiento. Tendrá que haber una distinción.
Nos dice más adelante:
La transferencia es algo que pone en causa al amor, lo pone en causa lo bastante profundamente, respecto de la reflexión analítica, como para haber introducido en ella, como una dimensión esencial, lo que se llama su ambivalencia.
Pone en causa al amor, lo cuestiona, lo devela, lo alza para después verlo caer, lo coloca así en un lugar distinto del que tenía cuando llegó…y es precisamente esa llegada lo que posibilitará el viraje que el analizante encuentra en el análisis, porque justamente él llega en la búsqueda de “algo” y, siguiendo a Lacan, «si él parte a la búsqueda de lo que tiene y que no conoce, lo que va a encontrar, es aquello de lo que carece {il manque}». En el intento por extender su mano hacia el analista, en la búsqueda del amor que lo colme, el analista le devolverá su propia falta y… sin levantarlo, sin sostenerlo pero sin dejarlo caer, le mostrará, en «eso de lo que él carece; su deseo».
15 de noviembre de 2019
Bibliografía:
Freud, S. (1992 [1914-16]). Obras Completas, volumen XIV. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Lacan, J. (2002 [1960-1961]). Seminario 8, La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
La intervención de Pausanias en el Banquete pareciera ser para Lacan poco entrañable, en la que incluso hace poco énfasis, más bien su discurso lo utiliza como trampolín para adentrarse en los planteamientos que hará de Erixímaco; sin embargo, creemos que tiene algunos pasajes interesantes que se deben tomar en cuenta al aporte analítico.
Para Pausanias como planteamiento general de su discurso el eros supone un cierto intercambio de bienes, viéndolo desde el papel de hombre aristócrata de la época, en donde las parejas (que no era nada extraño entre hombres) establecían relaciones con sus partners que les propiciaban por decirlo así, un mismo o mejor “estatus social”; es preciso tomar en cuenta el concepto de “bienes” no solo en la cuestión monetaria, de riqueza o plusvalía, sino también partiendo del sinónimo “poseer”, es decir, con lo que cuenta el sujeto para otorgar de sí, teniendo en cuenta la virtud, educación, ciencia, saber o la belleza; el otorgar por supuesto como agente que vincula un tipo de aprehensión del otro.
Cito a Jacques Le Brun en su libro El amor puro: De Platón a Lacan,
Como dice Pausanias, el amor es una esclavitud voluntaria de acuerdo a una ley (nomos, 184c) que organiza las relaciones entre el amante y los objetos amados (184b, 184d). Lo que se busca es el mérito, el saber, la educación, en una palabra, volverse mejor (184c); para el amante, la ley es contribuir con una parte (symballesthai) planteando un aliciente (un symbolon diríamos, un símbolo, un signo), por lo tanto, es una operación “simbólica” que hace que el “consentimiento” al amor de los jóvenes acceda al orden del valor; para los objetos de amor, la ley es adquirir (ktashai, 184e) lo que se puede poseer, es decir, los ktemata.

Trasladándolo a un nivel amoroso más coloquial, podríamos intuir un intercambio en cuanto a acceso al ser del otro (visto desde erastes o eromenos, ya que si bien Pausanias nos da la pauta para entender que si estos papeles no se conjugan, que si el protagonista no actúa antagonista o viceversa el eros no vale), volviendo al punto, entenderíamos por qué en la relación amorosa existen los detalles, los regalos, es decir, te obsequió en virtud de lo que poseo de ti, tomar el amor como un objeto al que se le coloca un precio y efectuar el pago bajo cualquier símbolo que se imponga a la conciencia.
Continuado con el aporte de Le Brun “Pero el fin claro y definido que Pausanias considera a lo largo de todo su discurso es una adquisición, una posesión, sin la cual el amor no sería más que un gasto vano”. Es dudable confiar en quien pronuncia que el “amor” posee un carácter de desinterés, al menos desde el punto de partida de Pausanias, el objeto se dirige aplomo hacia su blanco, que revestido, podría tener una función inconsciente, pero muchas veces es tan esclarecedor que el término minusválido “no me valoró” resulta de suma patético.
Lacan por su parte en “La Psicología del rico” nos describe este comercio de la siguiente manera:
Me parece muy difícil, leyendo este discurso, no sentir de qué registro participa esta psicología, Todo el discurso se elabora en función de una cotización de los valores, de una búsqueda de los valores cotizados. Se trata verdaderamente de colocar sus fondos de inversión *psíquica*. Si Pausanias demanda en alguna parte que unas reglas severas – avancemos un poco más en el discurso- se impongan al desarrollo del amor, de la corte al amado, esas reglas encuentran su justificación en el hecho de que conviene que demasiados cuidados, – se trata precisamente de esa inversión de la que yo hablaba – no sean gastados, despilfarrados por unos pequeños jovenzuelos que no valen la pena.
Introduce un concepto que resulta interesante en el acto analítico, “inversión psíquica” y aquí aparece la relevancia o el aporte que podríamos obtener desde el discurso de Pausanias, si para él, la función de eros implica una inversión, un intercambio entre amante y amado que accede a la falta, ¿Qué función tiene como tal el pago de la sesión en análisis?
Curiosamente una cesión conlleva a ceder en la palabra el deseo de quien habla y sesión de la cual se obtiene un intercambio monetario como símbolo de castración en lugar del Otro, por parte de quien escucha. ¿El analista en este sentido que papel ocupa dentro del análisis? Si bien lo más parecido a la relación analista / analizante es el intercambio que se daba entre sabio y discípulo que accede a una verdad mítica, también este se muestra sedado de todo saber ante el analizante, estaríamos hablando entonces de un intercambio amoroso encaminado a la virtud? ¿Extender la palabra y dejar que el analizante de razón de lo que cuesta su análisis, es poner un valor a la resistencia que amarra la liberación del deseo o es una forma de angustia del analista?
En La dirección de la cura y los principios de su poder (1958), Lacan aborda técnicamente la posición del analista frente al analizante entreverando las arterias que conducen a la “cura”, cito a continuación parte de ese texto:
El analista también debe pagar: – pagar con palabras sin duda, si la transmutación que sufren por la operación analítica las eleva su efecto de interpretación: – pero también pagar con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la transferencia; – ¿olvidaremos que tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo, para mezclarse en una acción que va al corazón del ser (kern unseres Wesens, escribe Freud): sería él el único allí que queda fuera del juego?
Será entonces pues que la función del analista no está precisamente en la mano que surge del botón abierto de la flor o del leño encendido que hace renacer o nacer el eros; sino más bien se aproxima a ser quién sople, atice la llama, para que no todo sea cenizas o ruinas, es quién riega a través de la palabra devuelta aquel botón para que éste no se marchite.
08 de noviembre de 2019
Bibliografía:
Le Brun, J. (2004). El amor puro de Platón a Lacan. Buenos Aires. Editorial: El cuenco de plata.
Lacan, J. (2003). Escritos 2. México D.F. Editorial: Siglo XXI
“Un deseo redoblado es el amor,
pero el amor redoblado se vuelve loca pasión”
Pródico de Ceos
Según la clase 4 del seminario 8 sobre “La transferencia”- correspondiente al 7 de diciembre de 1960- lo que inicia el movimiento en el acceso al otro que nos da el amor, es un deseo por el objeto amado que Lacan compara como “la mano que se adelanta para alcanzar el fruto cuando está maduro”-sea para “atraer la rosa que se ha abierto” o para “atizar el tronco que se enciende de pronto”-. [1, p.5].
Desde esta primera sentencia, parecería que la disposición amorosa forzosamente se forja en un ánimo de expectativa, además que cobra fuerza a través de un hallazgo inusitado.
¿Lo maduro podría entenderse como una correspondencia entre lo imaginario y lo simbólico? – nos preguntamos al leer esta sesión-. No precisamente… pensamos. Pues más bien habría de señalarse como una creencia de concordancia. E incluso de un modo más cercano al cuerpo, como una sensación de correspondencia con aquel o aquello que simula ser el signo vivo de nuestras fantasías: un presentimiento que es descrito de un modo difuso para quien lo experimenta. Ahora bien, ¿cómo se hace ver lo que del objeto-por nosotros mismos- se abre a esta forma de fe?
Para Roland Barthes el amor como relato es una historia que se cumple: algo que en sentido sagrado consiste en un programa que debe ser recorrido. Es por ello que en él “espero una llegada, una reciprocidad” o “un signo prometido”, el cual puede ser “fútil o enormemente patético” [2, p. 71]: desproporcionado como todo lo solemne… como la confianza en los dioses. O como la inocencia infinita con la que se aguarda la mirada aprobatoria de una madre en la infancia.
Y es que, en el amor, además de darse como espera intraducible, no deja de hablarse de una vinculación velada entre los involucrados: no se sabe cómo se sostiene. Conviene meditar esto sobre un ejemplo extremo. Para Lacan, la relación más oculta- o como dice Freud, la “menos natural” o la “más puramente simbólica” [1, p. 5]– es la del padre con el hijo, pues- a excepción de una prueba genética- no hay una constancia palpable del engendramiento (no como el caso de la madre en la que se le observa que de ella surge un hijo cuando da a luz). Es por esto que, tanto de la paternidad como del amor, solo podemos hablar míticamente. Solo es posible referenciarlo como un mito que, más que en un objeto, descansa en una función… Función que muchas veces “funciona” entre más se acerca al discurso del Otro sobre lo que implica ser padre y ser amado. Función que marcha si nos lleva a la impresión de acercarse hasta el meollo de una revelación que en algún momento nos fue dada.
Es trascendente que en este seminario la primera imaginación e invención de la verdad, sea el amor. Aunque es sobrado en importancia el considerar que se trata de un posicionamiento que, más que expresar una génesis ordenada, destaca la ausencia de una genealogía… Lacan parece señalar al amor como algo huérfano; aunque también como algo que solamente se hace presente hasta que ocurre la sustitución de roles entre el erastés (amante) y el erómenos (amado). “Es esta metáfora la que engendra la significación del amor”- resaltará en la sesión-. [1, p. 5]

Pero volviendo a la espera, cabe decir que tiene un valor; o mejor dicho, un costo… tanto como puede costarnos la apropiación de un tesoro: de esa reliquia cuyo peso vale en parte a razón de lo difícil que es “encontrarla”. Aunque también por el esfuerzo de sostenerlo como algo que siga siendo valioso. La espera amorosa, según Barthes, es un tumulto de angustia porque se somete a la posibilidad de pequeños retrasos- dilataciones que a veces se traducen como fallos-. ¿Por qué? Quizás porque las respuestas- a y del amor- nos las escuchan y las escuchamos tarde (siendo que, en realidad, nunca han tenido un tiempo ni un espacio correcto). Los que llegan no me encuentran y los que espero no existen… algo así diría Alejandra Pizarnik en el poemario “Los trabajos y las noches” (1965)
Y a pesar de que a veces tengamos presente esta rara lucidez, de que el amor no deja de ser una dulce invención, nos dejamos envolver por sus pétalos y sus brasas. Seguimos teniendo hambre y en medio de esa búsqueda de saciedad a veces nos topamos con platillos más ricos que otros que ya hemos probado. Apostamos nuestros dientes si eso se mira gourmet. ¿Qué nos da esta visión?
Creo que nada de esto escapa del discurso del Otro, al menos en varias de las experiencias amorosas a lo largo de nuestra vida. Tal parece que el discurso parental- y sobre todo el materno- hace función de plantilla para toda metáfora que nos permite sentir que algo de lo que nos acontece es amor. ¿Dónde queda lo gourmet? Posiblemente en degustar un sabor extraordinario: sensación que sobrepasa nuestras expectativas conscientes respecto al modo y al tiempo en que apaciguamos nuestra sed y hambre. Lo gourmet colinda con el refinamiento de técnicas con las cuales se prepara un alimento, pero también con el lujo de los ingredientes o de los procesos que acarician nuestra lengua: con la impresión de haber encontrado algo exótico- en alguien- que al mismo tiempo nos suena familiar, inspirador e intraducible: mi figura de verdad.
“El ser amado”- expresa Barthes- “es reconocido por el sujeto amoroso como <<átopos>>” es decir, como inclasificable: “de una originalidad imprevisible” [2, p. 26] … El otroque amo y que me fascina es átopos; único por no entrar en alguna categoría. De alguna manera, es “la imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo” [2, p. 26]: “una mano que se tiende al encuentro de la mano que es la vuestra”- diría Lacan-… Átopos es divino, porque… “La mano que aparece del otro lado es el milagro” [1, p.6]– al menos mientras sigamos siendo “creyentes”-. Sin embargo, conviene advertir que, como analistas, no estamos en nuestra escucha para organizar milagros sino para dar cuenta de cómo es que éstos acontecen.
01 de noviembre de 2019
Bibliografía
[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2] Barthes, R. (2015 [1982]). Fragmentos de un discurso amoroso. D.F., México: editorial Siglo XXI
Freud plantea en Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis) (1915 [1914]), que todo novato en psicoanálisis teme principalmente las dificultades que han de suscitarle la interpretación de las ocurrencias del paciente y la reproducción de lo reprimido, y que tales dificultades significan muy poco en comparación de las que surgen luego en el manejo de la transferencia.
Continúa comentando que siendo tan diversas las situaciones que producen esta fase (¿estadio?) del análisis, hay una (precisamente delimitada) que merece especial atención, tanto por su frecuencia y su importancia real como por su interés teórico. Haciendo referencia a una posible situación en que una paciente demuestre con signos inequívocos o declare abiertamente haberse enamorado del médico que está atendiéndole. Teniendo esta situación su lado cómico y su lado serio e incluso penoso, resulta tan complicada, tan inevitable y tan difícil de resolver, que su discusión viene constituyendo hace mucho tiempo una necesidad vital de la técnica psicoanalítica.

Podría pensarse que el análisis ha llegado a su término cuando surge abruptamente en la escena “el amor”, el paciente perderá el interés en el tratamiento, sólo querrá hablar respecto a su amor y demandará correspondencia a su sentir, sin embargo, ante este amor el analista deberá sustraerse de tal espejismo y mantener la situación analítica.
Lo que se dice saber: del amor surge la transferencia, un amor que no es auténtico (¿?), sino un «amor de transferencia».
Para abordar el tema del amor Lacan se sirve del Banquete, un gran plato de variados “sabores”, sabores que bien pueden remontarnos a la infancia, a ciertos pensamientos e ideas infantiles respecto al amor, siendo nuestras primeras vivencias amorosas aquellas que nombramos: edípicas. Y es que no hay forma de pensar que dicho «amor de transferencia» surja sin rememorar estos amores “pasados” y sus implicaciones. Si nos referimos al Edipo, no podemos dejar de lado el concepto de la castración, así como las fantasías liberadas de estas ideas y vivencias.
Hay un no-saber que da soporte a esto del amor, no se sabe respecto a la falta (manque), y cómo el erómenos (el amado) y el erastés (el amante) se relacionan respecto a éste símbolo, respecto a esta metáfora.

No es extraño escuchar decir a alguien que “quiere que lo quieran por lo que es”, pero pensemos esto, ninguna madre nos ha querido por lo que somos, sino por lo que representamos: el falo
Tenemos aquí entre esta diada de madre e hijo, amado y amante el cómo se juega la falta, una falta de no saber qué es eso que no se tiene, el hijo identificándose con la falta en la madre. El primer encuentro del niño con la madre es un reencuentro con la ausencia. Y de esa ausencia no sabemos más nada. Tenemos entonces que esta «identificación primaria» del no-ser del niño se identifica con el no-ser de la madre, siendo así como pasa a ser el objeto a, a ser resto, desecho.
Recordemos la función del objeto a: hiancia central que separa en el nivel sexual al del lugar del goce. Es falta (manque) que me hace deseante. El analista debe ocupar el lugar de objeto a, ser resto, desecho. El objeto a es nuestra existencia más radical… ese objeto a hay que situarlo en el campo del Otro, situarlo ahí es lo que llamamos la posibilidad de transferencia.
25 de octubre de 2019
En cada ocasión que vuelvo al seminario La transferencia… hago pausa en la sesión del 30 de noviembre de 1960, especialmente en una serie de párrafos que nos presentan de forma enigmática, fuerte y contundente una pieza de la ética lacaniana.
En lo que sigue parafraseo e interpreto lo dicho por Lacan.
Hay dos formas de acceder al otro: mediante su ser o tomarlo por objeto.

La primera vía arroja consecuencias tremendas. Sucede cuando aquellos que han sido nuestros próximos (afectivamente) ya no se encuentran entre nosotros. La muerte resulta ser la mejor ilustración. Esta situación nos deja con la sensación de no haberles dado lo suficiente, de quedar en deuda con ellos (vox populi: somos los deudos).
Por querer alcanzar ese “ser” de ellos –fantasía mediante–, somos arropados por ésta y nos devuelve una vivencia ominosa de la experiencia de la falta… la nuestra[1].
¿Ha sido por tomarlos como objeto de nuestro deseo? Ojalá. Si fuese el caso les habríamos dado como a todo objeto su «peso, gusto y sustancia»… y así, haberles «rendido justicia, homenaje, amor».
Suficiente para librarnos de la pesadumbre y de su aplastante ausencia.
Pero como nos amamos mal, como nos instalamos histéricamente en el evanescente “ser” olvidamos que no hay otra vía de ser gozados sino proponiéndose como objeto.
Tomar al otro como objeto es signo de amar(se) bien.
18 de octubre de 2019
[1] Hamlet nos presenta una la topología de este fracaso. Curiosamente su sentencia es “to be or not to be”
Lacan se pregunta ¿Qué es El Banquete? La respuesta nos indica que es una negociación de lo que cada uno de los miembros presentes deberá respetar, es decir, la función bajo la cual cada uno habrá de presentar su discurso sobre el eros. Sin embargo, de entre todo el orden surge como irrupción el personaje de Alcibíades, y esto, nos dice Lacan, es lo realmente interesante.
Ahí es que va a esclarecerse más profundamente, no tanto las cuestiones de la naturaleza del amor, como la cuestión que aquí nos interesa, a saber, la de su relación con la transferencia
Hablamos entonces de una fractura en el orden y a su vez, algo que inicia, que da origen o como expresa Pascal Quignard en Las Lágrimas,«el azar de un origen».
Esta irrupción «realmente significante» es equiparable a lo que Barthes define como El Texto
Efectivamente, el Texto es lo que atrapa, lo que inorganiza, inorigina, desjerarquiza. En el texto no hay nada de primordial, porque es primordial en sí

Barthes dice «inorganiza», que no es una desorganizacion, más bien es una nueva organización… una que viene de adentro, como si se tratara de algo que está en el medio de un pliegue, del proceso de la transferencia y que da, a partir de ese momento, otro (in)orden al análisis o permitirá que haya análisis en sí. Si el personaje de Alcibíades es considerado de manera particular por Lacan, es no solo por su aparición sino también por el proceso de su aparición, habiendo de manera ordenada, discursado sobre la naturaleza del amor la mayoría de los participantes, aparece este personaje, de carácter impulsivo, ebrio, escandaloso, con cualidades de un hombre poco común, usurpa la presidencia, como si se tratara de un análisis en el que de pronto y en medio de ese discurso ordenado del analizante apareciera algo, un usurpador, algo que toma su sitio por fuerza y empuje propio.
Alcibíades ha intentado llevar a Sócrates a perder el control, ha intentado seducirlo, ¿no es esto algo que sucede con frecuencia entre analizante y analista? Y si la transferencia tiene algo de esencialmente impar, es porque precisamente hay una especie de ficción, una mentira, en ese «entre dos».
Si es una mentira, es una bella mentira, – y como manifiestamente es, por otra parte, una obra de amor, y como quizá llegaremos a ver despuntar la noción de que, después de todo, solo los mentirosos pueden responder dignamente al amor – en este mismo caso El Banquete respondería ciertamente a los que es como la referencia electiva de la elección de Sócrates en el amor – eso, si, nos es dejado sin ambigüedad.
Sócrates habla y no pone al amor tan alto, habla pero no dice casi nada en su nombre, aun sabiendo que precisamente, no pretende ser sabio en otra cosa que no sea el amor, ¿Por qué? ¿Será para no caer?
Son las irrupciones aquellas que abren un punto de luz, el discurso del analizante, como el discurso de los personajes antes de Alcibíades, son el orden, y se precisa esa irrupción para que algo suceda, un punto en el cual podamos poner al amor en su sitio como Sócrates lo ha hecho. Algo de lo inconsciente es revelado pero el analizante no lo sabe, nuevamente Quignard «El fondo del ser no dice, cuando aparece: Soy Yo, el fondo del Ser no conoce el Yo, aparece. Luego se cierra de nuevo».
Y retomando de nuevo a Barthes, el discurso amoroso es la forma en que lo Imaginario se hace cargo de lo Simbólico.
Bibliografía
Barthes, R. El Discurso Amoroso, Paidós, Madrid, 2011.
Quignard, P. Las Lágrimas, Sexto Piso, México, 2019.

¿Es acaso la poesía un conducto “amoroso” mediante el cual dos personas totalmente extrañas, ajenas de sí, logran llegar a un punto de intimidad e incluso de seducción, en el que se confirman, se distancian y hasta se odian? El poeta al cruzar el borde entre su voz afónica y el alarido público, va destituyéndose del ocultamiento, va desnudándose para quien probablemente no lo quiere contemplar, desarropado por las garras de la metáfora abolida en la retórica, y su cuerpo terso, frágil, tiembla, pero ese temblar viene para nosotros lectores en forma de imagen, de alucinación y hasta sugestión, ya que no podemos siquiera alcanzar el roce de la altivez de su vello, el halo de su boca ensangrentada, el anís aguamiel que desprende. Es él, quien a través de la palabra versada o prosaica nos lleva a los sitios más fúnebres y recónditos de su cuerpo / alma.
¿No es “eros” en su figuración de amor o en su defecto de pulsión sexual, quien establece este vínculo entre autor / lector; existe una relación íntima entre quien especula detrás de una hoja tatuada con significantes y de quien pulsiona su resto en la tinta? Ya lo apuntaló Roland Barthes es su libro: El placer del texto y lección inaugural:
“El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su Kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma)”.
El placer y el goce se funden en el recurso poético, uno acude a los textos que lo retan, que lo desmiembran, pero a la vez le ponen árnica en las fisuras; lo que habla acá Barthes es una forma maravillosa y retórica de darle orden a las palabras que en sí solas son burdas, discontinuas.
Fue el mismo Lacan quien en su seminario sobre la transferencia, aborda la cuestión del “eros” a partir de dos conjuntos textuales: los diálogos de Platón, el banquete y la trilogía claudeliana, es adentrándose en ellos como llega a realizar sus propias tesis sobre el “eros” y luego lo introduce como recurso fundamental de la práctica psicoanalítica. La mención se realiza precisamente para conjeturar que, a partir de la literatura narrada, poética, ensayística, filosófica o de cualquier índole, se logra establecer una pasión indirecta (¿amor al saber?) que culmina en una reinterpretación de preceptos dichos desde la posición de cada autor y que el lector convierte en sus propios argumentos (hago uso de tu cuerpo sin si quiera tocarlo / lo leo, lo escucho).
Es en la sesión del 16 de noviembre de 1960 del seminario, titulada: “En el comienzo era el amor”, donde Lacan nos da una catedra técnica, con matices irónicos y hasta cómicos sobre el papel que juega el “eros” en la práctica analítica. Ahí también surge una seducción, se gesta un (¿amor cortés?) lo que permite que la relación con el analizante no se desborde y carezca de objetivo. Como en la poesía, también el analista se encuentra amputado, imposibilitado de transgredir el velo ahora puesto en la palabra, del cual el lector también prescinde en la obra.
Cito:
“Sin duda, sería apreciar mal las cosas no reconocer, en el punto de partida, que el psicoanálisis exige en su inicio un alto grado de sublimación libidinal a nivel de la relación colectiva. La extrema decencia que bien podemos decir que es mantenida de la manera más habitual en la relación analítica, da para pensar que, si el confinamiento regular de los dos interesados en un recinto al abrigo de toda indiscreción no desemboca sino muy raramente en una coacción corporal del uno sobre del otro, es que la tentación que ese confinamiento entrañaría en cualquier otra ocupación es menor aquí que en otra parte. Atengámonos a eso, por el momento”.
El analista se posiciona aquí especulante, carente de conocimiento y vaciado de sentimientos, se le prohíbe llegar al límite de esa seducción de la cual es desprovista, es un ser frio, pero no al punto de la hipotermia, es un ser de escucha que pocas veces se deja coquetear; protagonista y antagonista, quien está alerta al equívoco de la palabra. Lo que Lacan dirá magistralmente, es que no debemos dejarnos envolver en la palabra, en la relación (intersubjetividad) con el analizante, se deben mantener dispersas esas subjetividades para que la transferencia haga de las suyas y le tuerza la nuca al discurso con las mejillas enrojecidas.
Volviendo a Barthes, podemos encontrar una simetría entre analista y lector o lo que académicamente hablando se denominará “semiólogo”, lo cito: “Veo en la literatura esencialmente al texto, es decir, al tejido de significantes que constituye la obra, puesto que el texto es el afloramiento mismo de la lengua, y es dentro de la lengua donde la lengua debe ser combatida, descarriada: no por el mensaje del cual es instrumento, sino por el juego de las palabras cuyo teatro constituye.
De este tema puede hablarse bastante, nos quedamos con lo que a nuestro interés compete. Para cerrar me gustaría compartir un poema de Gonzalo Rojas que nos aproxima y aporta a lo que consideramos la relación con el “eros”:
¿Qué se ama cuando se ama?
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de
la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, que
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus
rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
04 de octubre de 2019
Bibliografía:
Barthes, R. (2011). El placer del texto y lección inaugural. México: Editorial: Siglo XXI.
Ortega, J. (2009). Antología de la poesía hispanoamericana actual. México. Editorial: Siglo XXI.
“[…] y cuanto menos soy, más vivo, cuanto
más pierdo mi nombre, más me llaman […]”
Clarice Lispector en “La pasión según G.H.” (1964)
Iniciamos la lectura del seminario 8, “La transferencia” [1], de Jacques Lacan. Se trata de un texto anterior al seminario de “La angustia” cuyo nombre completo apela a «la disparidad subjetiva, su pretendida situación y sus excursiones técnicas». En la primera sesión, correspondiente al 16 de noviembre de 1960, se expresa que la disparidad va más lejos que la disimetría entre los sujetos, señalando que existe una limitación de la intersubjetividad para explicar por si sola el fenómeno transferencial. Es por ello que Lacan indaga en un equivalente del término “odd” para calificar lo que la transferencia tiene esencialmente de impar. El “odd”, citado en “El seminario sobre La carta robada” de los Escritos I- como referencia al cuento homónimo de Edgar Allan Poe- es lo que en francés Baudelaire traduce, de manera aproximada, por “bizarre” [2]. En castellano esta palabra puede tomar el sentido textual de bizarro, extraño o raro. Pero más allá de la gramática, ¿a qué nos remitiría desde el psicoanálisis? En una interpretación, bastante general, inferimos que lo “odd”- en el encuentro con alguien- es aquello que expulsa de una dualidad imaginaria, tal como ocurre en “El Banquete” de Platón: específicamente en el momento en que, ante la declaración amorosa de Alcibíades, Sócrates da a entender que la cuestión amorosa no es con él sino con Agatón; tal como en un momento dado, dentro del encuadre analítico, un paciente dará cuenta que su principal demanda no es con el analista sino con un tercero (¿el Otro?).
A lo largo del seminario 8, Lacan retomará en innumerables ocasiones un supuesto secreto contenido en Sócrates: secreto que consiste en saber reconocer en quién se juega la función del amante (erastés) y del amado (erómenos): “personajes” que estructuran todo vínculo amoroso y que sientan las bases para entender el vínculo transferencial dado en el análisis. Tengamos en mente que la conclusión fundamental de las sesiones del octavo seminario es que la transferencia imita al amor hasta el punto de confundirse con él.
Ahora bien, contextualizando el texto de Platón, recordemos que Agatón es el anfitrión de una tertulia con la que festeja su reciente triunfo en una producción teatral. Como parte de la celebración, propone que los invitados al banquete desarrollen distintos discursos sobre Eros: el representante mitológico del amor. Agatón elogia a la deidad subrayando su juventud y belleza, diciendo que esta última cualidad es la responsable de que sea el más feliz de los dioses. Sócrates, en cambio, quién es el último en hablar, aclara que no le interesa establecer un elogio sobre el amor sino comunicar lo que sabe de él a través de Diótima -incluso compartiendo aquello que no sea hermoso-. En sentido amplio, señala que el amor funda su posibilidad en el deseo de aquello que no se tiene, llegando a afirmar que, aunque no es bello ni bueno, sí que aspira a la belleza y a lo benevolente. Es justo a estas alturas del relato cuando Alcibíades entra a escena y denuncia que Sócrates se comporta como un sátiro que finge ignorancia y que se burla de los oyentes, además que lo critica por haberse rehusado al trato sexual con él (fuerte golpe a su ego considerando que Alcibíades era bastante admirado por reconocerse bello)

Teniendo esto en reserva, Lacan teoriza que la posición del erastés se caracteriza por ser aquella en la que se está en falta, siempre bajo la paradoja de desconocer qué es aquello de lo cual se carece y que promueve que el amante tome una función activa ante aquel del cual se enamora. El erómenos, por su parte, está en la posición del que tiene… pero sin saber qué es lo que tiene; está así en el marco de ser poseedor de un algo que es atractivo para el otro; algo que se presenta en el orden de lo oculto y que, a través del vínculo amoroso, está convocado a revelarse de distintas maneras. Sobre esto conviene hablar del agalma, una palabra de la épica griega que en Lacan hace referencia al “brillo fálico del objeto a donde lo deseable se define no como fin del deseo sino como causa del deseo” [3, p.13]- aclaramos que el “a”, hasta este momento teórico, aún se circunscribe al semejante y todavía no se distingue como resto-. Según Roland Chemama el término viene de agallein, un vocablo cuya etimología se relaciona con “adornar” y “honrar”; de tal manera que Lacan lo compara con las raíces de agaomai (“admirar”) y de aglaé (“la brillante”). Se dice que el término aparece por primera vez en 1948 a lo largo de un texto del filólogo francés Louis Gernet (“La notion mythique de la valeur en Gréce” publicado en “Journal de Psychologie” [dic. 1948]), principalmente para designar a cierto número de objetos de intercambio y de transmisión que, pese a ser insignias de poder, pueden perderse. Se trata de objetos mágicos que resultan benéficos o maléficos, además que son “el atractivo de búsquedas y de transmisiones”, ese atractivo cuyo brillo “forja la poesía épica con el lenguaje mismo” [3, p.13] ¿Acaso no nos suena esto a lo que somos, cual objeto poético, cuando se habla del enamoramiento? En primera instancia, lo anfipático del poder y el brillo es cercano a una descripción más contemporánea que Charles Bukowski hiciera del amor, ello al describirlo como “una niebla que se incendia con la primer luz del día de la realidad”. En una entrevista para el documental “Born Into This” dirá que el amor es parecido a cuando ves una niebla matutina, justo cuando despiertas antes de que salga el sol, de tal manera que “es solo un pequeño momento y luego desaparece”. [4] Retengamos esto en el aire…
Además de ser un objeto que provoca un deslumbramiento, cuya razón se mantiene oculta o enigmática, el agalma es aquello que vale en y por medio de la dinámica de intercambio; lo que en los inicios de la época mercantil fue un objeto precioso que indicó el origen de la moneda y que escapó a la lógica del cálculo de un valor en lo racional. El concepto tiene cercanía con el octavo seminario de Lacan, ya que en éste el objeto de deseo no es descrito como un objeto redondo o totalizante que semeje un soberano Bien, tampoco como aquello cuya presencia colma en la satisfacción o cuya ausencia termina por frustrar un contexto dual en el amor (en el seminario de la angustia sabremos que de entrada esto es imposible, ya que si el agalma se vincula al petit a no se trata de un objeto fenomenológico que pueda ubicarse espacialmente). La relación de objeto sólo se articula a partir de una relación que implica al tercero del que inicialmente se hablaba: al Otro que estipula las leyes del comercio que darán valor, fundamentalmente por efecto del lenguaje, a aquello que nos resulte digno de ser amado.
Pero, ¿dónde radica lo “odd” de la transferencia y su relación con el agalma? Quizás radica en lo que es un problema… sí, en el problema del amor, pues Lacan resalta que el agalma es lo que anima el amor de Alcibíades por Sócrates; a la vez que lo refiere como un objeto precioso y brillante que “estaría” supuestamente escondido en ese “sileno grotesco”- o viejo sátiro de apariencia equina- con el que es comparado el filósofo en defensa de su atopía, es decir, en su no lugar (“sin topos”) o en su negación de hacerse amante. El problema del amor recae en que entre erastés y erómenos no hay una coincidencia sino una discordancia y disimetría con respecto al agalma, ya que lo que a uno le falta no está realmente en el otro (aunque a instantes se crea que sí). De ahí que cualquier esfuerzo en pro del amor nunca sea suficiente para garantizar un empalme si desavenencias. Lo “odd” sirve de advertencia, y sobre esto Chemama destaca lo siguiente: “Sócrates rehúsa responder a los avances de Alcibíades, no para frustrarlo o exacerbar su deseo, sino para mostrarle la naturaleza transferencial de su amor y designarle el verdadero lugar del agalma: Agatón, el tercero” [3, p.14]
Sin embargo, lo verdadero en psicoanálisis siempre es entre comillas… El agalma está como lo que anima el amor de Alcibíades, no como lo que es… ¿Y también está como lo que hace de ánima?… La pregunta va orienta a pensar el agalma como la metáfora de un soplo que dinamiza y que a la vez hace alma… no en un sentido religioso sino en una orientación psíquica: de investimento pulsional.

El agalma hace alma porque vitaliza: mueve a ser a partir de lo que no se es; llama a extraviarnos en otros para encontrarnos en algo que jamás existe- pero que precisamente es lo más verdadero por ser lo más inexistente-. Si lo hace, si anima, quizás sea a través del lenguaje, o más bien a través del inconsciente que se estructura como tal… Y es que Lacan no continúa con Platón la dialéctica que orienta al alma desde amor por lo Bello hacia el soberano Bien-dirá Chemana- insiste, por lo contrario, no en lo que debe orientar al deseo, sino en el “objeto” que promueve el movimiento psíquico- que en última instancia lleva a la acción-. Es por eso que en la situación del análisis (que Lacan tilda de “falsa” desde esta primera sesión), en los márgenes de la asociación libre y de la escucha flotante, el analista no obra como un juez o sacerdote que inicia una demanda al nombrarse cual el tesoro prometido; no basa sus intervenciones en lo que socialmente se considera bueno y hermoso; mucho menos se esfuerza en señalar si un objeto de amor es bueno o malo para su paciente. Más bien, invita a que el analizante esboce aquellos reflejos fálicos con los que adorna su posición como deseado y con los que engalana a sus objetos amorosos al mostrarse deseante; pero, sobre todo, convoca a que dé cuenta que su deseo no se trata de algo que quede contenido en el empaque rústico de una vieja figura… Con suerte llega a trasmitirle la arriesgada idea de que puede agitar sus manos más allá de la tumba de sus primeras seducciones. “Lo escucho”- expresamos dentro del encuadre- lo cual podrá entenderse desde el otro lado como un “me importa lo que digas porque es valioso” (“o porque es usted valioso”)- teatralidad parcialmente verdadera y necesaria que a momentos se irá desmontando para no rumiar sobre un vínculo que de entrada es todavía más imposible que otros-.
Con respecto al hacer… “En el comienzo era el Verbo” [1,p.4], dirá Lacan en la primera sesión del seminario 8, rescatando una sentencia que es desarrollada en varios autores aparentemente incompatibles (como el apóstol Juan, Goethe e incluso Marx al hablar de praxis)… Luego aclara: “En el comienzo de la experiencia analítica, recordémoslo, fue el amor” [1, p.5]…. Un inicio que Lacan tilda de “espeso” y “confuso” (¿cual neblina bukowskiana?); con un comienzo “no de creación sino de formación” [1, p.5]….. Orienta esta mención a la observación freudiana contenida en “Estudios sobre la histeria” (“Studien über Hysterie” [1893-1895]), específicamente al contexto inaugural de la interacción suscitada entre Joseph Breuer y Anna O.

Hasta este momento de la lectura, verbo y valor (de agalma) quedan algo anudados… O quizás haciéndose nudo. Probablemente hasta este instante del recorrido teórico conviene voltear la mirada a otras fuentes más allá del psicoanálisis. Viene al recuerdo la lectura de “Las solidaridades misteriosas” de Pascal Quignard [5], novela publicada en el año 2011 en la que el autor francés intenta hablar bastante del amor (y digo intenta porque todo hablar siempre es intento, conmovedor y elocuente en su caso). En el texto Quignard expresa que Dios es, verdaderamente, el Verbo, siendo así que todo- sin excepción-e incluso lo más bajo (lo que no es Otro ¿diría el psicoanálisis?), una vez nombrado aumenta su existencia, acentúa su independencia y se hace suntuoso. Acaso el ejercicio de nombrarnos en la experiencia del diván, o de quedarnos como sujetos anónimos al sentirnos angustiados, en otras ocasiones, ¿no consta de esa función dinámica de situarnos como erómenos y erastés? ¿no es acaso una búsqueda, encuentro y desencuentro entre el sentirnos en veces deidad y en ocasiones humo? Es curioso que lo que más se intenta nombrar en el análisis es lo vinculado al fenómeno del amor: tanto propio como ajeno. Y resulta inquietante advertir- parafraseando a Clarice Lispector en “La pasión según G.H.” [6] – que la vida en nosotros no tiene nuestro nombre, mucho menos cuando nos arroba con ardores eróticos…
27 de septiembre del 2019
Bibliografía
[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2] Lacan, J. (2009 [1985]). Escritos I. D.F., México: editorial Siglo XXI.
[3] Chemama, R.(1998 [1995]). Diccionario del Psicoanálisis (Traducción y notas de Teodoro Pablo Lecman). Buenos Aires, Argentina: editorial Amorrortu.
[4] Charles Bukowski en el documental “Born into this” (2003) dirigido por John Dullaghan
[5] Quignard, P. (2013[2011]) Las solidaridades misteriosas (Traducción de Ignacio Vidal-Folch). D.F., México: editorial Sexto Piso
[6] Lispector, C. (2018 [1964]) La pasión según G.H. (Traducción de Alberto Villalba Rodríguez). Madrid, España: editorial Siruela
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Es del Amor, de Eros, de quien hablan en El Banquete, y no de experiencias personales, sino de abstractas y generales exposiciones de ideas. El amor es un asunto cultural. Nuestros problemas de amor son una mezcla entre comedia y tragedia: moral, derecho, naturaleza, poesía y espiritualidad en tono de drama. De cada uno de nosotros dependerá que dicho drama devenga en comedia pura, o bien, converja en tragedia.
A todos nos llama, y como bien titula Octavio Paz su ensayo: La llama doble. Amor y erotismo, juguemos pues con ese/a llamado que se hace al otro, llamado de amor. Es el «fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor», nos dice Paz.
Es así que la sexualidad, como bien testimonia Freud, es descubierta como displacer, es el trauma la causa del deseo. Abrazamos placenteramente aquello donde hay displacer. Es el displacer entonces la fuente del erotismo. Y vemos así que si sufrimos por amor es porque, si no sufriéramos, poco nos interesaría el amor, el sufrimiento como causa del amor.
Roudinesco en su texto Diccionario amoroso de psicoanálisis nos recuerda que Freud colocó al amor en el centro de la experiencia psicoanalítica al asociarlo con la angustia el Eros, el incesto, la libido, la pasión, la psique, el deseo, la transferencia, la sexualidad, la pulsión, Narciso, el Edipo, la perversión. Que si de algo va el psicoanálisis es para que el sujeto se permita “comprender” lo que tiene que ver en “al otro” y por lo tanto con el amor y consecuentemente, con el desamor y el odio.

En El Banquete, después de diversos discursos referidos hacia Eros o al Amor, dependiendo la traducción, llegan a deliberar que: si no hay belleza no hay Eros, que a morir por otro sólo están dispuestos los amantes, que su virtud endiosa, que se ama lo que a uno le falta y no tiene aún, que no es bello ni bueno, es algo intermedio entre lo bello y lo feo, entre lo bueno y lo malo, por lo tanto, Eros, como todo demonio, está entre lo divino y lo mortal. Nos servimos de la poesía en tanto es polimorfa, que toda causa que haga pasar una cosa cualquiera del no ser al ser es poesía.
Y finalmente, que los hombres aman lo bueno, poseerlo y por si fuera poco, poseerlo siempre. El Amor es el deseo de poseer siempre el bien, por tanto, el Amor son ansias de inmortalidad.
Siendo pues El Banquete, mostrándonos el mito socrático, según el cual el Amor engendra el discurso amoroso. Nuestro preámbulo a la lectura del seminario 8 lleva por título La transferencia… vuelvo a Roudinesco:
Lacan no dudó en comparar el lugar concedido a la homosexualidad en Grecia con el que ocupó el amor cortés en la sociedad medieval. Según él, uno y otro habrían cumplido una función de sublimación que permitía perpetuar el ideal de un maestro en el seno de una sociedad constantemente amenazada por los estragos de la neurosis”
Entendiendo así que el amor cortés coloca a la mujer en una posición equivalente a la que el amor griego otorga al maestro.
Es por esto que Lacan designa a este deseo como perverso, en ambas formas de amor, como favorable al arte, a la creación, a la invención de formas nuevas de lazo social y por ende, a la posibilidad de la transferencia en la cura, que supone, para que un sujeto exista, una relación de Amor entre un analista y un analizante.
Sin confundir al Amor con la transferencia, siendo el amor de transferencia un proceso constitutivo del tratamiento psicoanalítico por el cual los deseos inconscientes se vuelcan sobre la ominosa figura del analista, recordando que el amor de transferencia es también odio y que Roudinesco lo caracteriza bellamente: asume el disfraz de un verdadero bestiario.
Cierro con frase esperanzadora de E. Roudinesco:
El amor es, pues, en su potencia primera, y cualquiera que sea su objeto, un acto sin condiciones, un acto de libertad
20 de septiembre de 2019
Presentamos un breve escrito que forma parte de otros cuatro y cuya serie se titula El diésel de la transferencia…, el interés de hoy por éste versa en que toca directamente el tema de nuestro próximo seminario sobre la transferencia y otros topics más…
En esta ocasión y para seguir la textura del título de nuestro evento, voy a hablarles de una palabra que he inventado… en consecuencia, ustedes nunca la han escuchado, pero con la cual, seguramente, han estado alguna vez involucrados.
Es una palabra nueva y que no existía hasta que la pensé, pronuncié y escribí.
La palabra que he inventado es la siguiente: «enamohoramiento».
Y es tan versátil que de ella pueden derivarse: la «enamohorada», el «enamohorado», o su plural: las «enamohoradas», los «enamohorados».
¿Verdad que nunca la habían escuchado?, ¿usted sí? No, en efecto. ¿Y usted señorita?, ¿la recuerda?, ¿sí? Eso no es posible, al menos que haya visitado y leído mi blog. Permítame decirle que sus oídos le traicionan, le están haciendo trampa.
Lo que usted habrá escuchado es “enamoramiento” y mi palabra inventada es: «enamohoramiento».
No son lo mismo. Sucede que son homófonas.
Confieso que esta palabra casi me la susurró Lacan al oído, esto mientras terminaba la lectura de su seminario La transferencia…[1].
Yo ya había dejado asomar esta novedad en un escrito que publiqué hace dos meses en mi blog, lleva por título “El diésel de la transferencia”.
En él sigo las caracterizaciones que Lacan otorga al llamado «deseo-del-analista»; parto del primer seminario Los escritos técnicos de Freud (1953-1954) y me detengo en el de La angustia (1961-1962), el que actualmente coordino en un taller de lectura y discusión en mi ciudad.
“El diésel de la transferencia” se divide en tres apartados: «un deseo advertido», «un deseo vacante» y «el duelo del analista».
Es en este último escribo lo siguiente:
No voy a detallar esta especie de neologismo que propongo, me contento con que el lector siga el decurso de la siguiente cita y su esquema que le sirve de acompañante[2]
Bien, he decidido que el día de hoy daré detalles sobre esta cita, algunos de ustedes ya cuentan con ella entre sus manos[3], y así podrán seguirme mientras la leo y comento, distinguiremos juntos los matices entre el enamoramiento y el «enamohoramiento».
Aquí la cita:

«Si el espejo está ahí [la línea en el medio de los dos triángulos][4], tenemos la relación siguiente: lo que emerge en estado de forma fascinante[5] se encuentra investido por los oleajes libidinales que vienen de ahí donde ha sido retirado, a saber, de la base, del fundamento, si podemos decir, del fundamento narcisista, de donde se saca todo lo que viene a formar la estructura objetal[6] como tal, podemos decir, a condición de respetar sus relaciones y sus elementos. Lo que constituye la Triebregung en función en el deseo — (…) — tiene su sede en el resto, al cual corresponde en la imagen ese espejismo por donde ella es justamente identificada a la parte que le falta, y cuya presencia invisible da a lo que se llama la belleza su brillo[7] (…). Aquí está el punto central alrededor del cual se juega lo que tenemos que pensar de la función de a minúscula. (…) que el reservorio del amor objetal en tanto que es amor del viviente, es la Schatten, la sombra narcisista. La vez pasada les anuncié la presencia de esta sombra, y hoy llegaría perfectamente hasta llamarla la mancha de moho {moisi[8]} — quizá así está mejor nombrada de lo que se cree, puesto que el término moi {yo} está incluido en ella[9]».
Luego entonces, en el “enamohoramiento”, el yo (moi) no deja de estar implicado, es proyectando su sombra sobre el partenaire que logra amar.
Posiblemente sea lo contrario del duelo, aquel que Freud caracterizaba en el momento en que «la sombra del objeto cayó sobre el yo[10]».
Una vez instalado el “enamohoramiento” (¡también el analítico!) se encarrilará a su término, puede ser en un instante, en días, semanas o años.
[1] Sesión del 28 de junio de 1961, La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas, seminario VIII (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte
[3] Previamente se han distribuido entre el público reproducciones de la cita del seminario.
[4] Aclaro que este esquema no cuenta con nominación y que viene desde la versión de la Ecole Lacanienne de psychanalyse, si nombro y localizo sus elementos es para nuestra ocasión.
[5] Desafortunado que a Lacan no le tocara en vida la publicación de un libro fundamental para el psicoanalista, no dudo que de haberlo conocido lo celebraría, me refiero a El sexo y el espanto (El cuenco de plata, 2000) de Pascal Quignard, quien escribe que «El deseo fascina. El fascinus es la palabra romana que significa el falo». Por ello localizo ahí el – j, en tanto ha sido investido (catexis freudiana) por el océano libidinal. Ese signo señala la necesidad de conservar la falta, si la ella falta, arribamos al fenómeno de lo unheimlich (vid. 28 de noviembre de 1962, seminario La angustia).
[6] No sería excesivo entender aquí que el ámbito de los objetos se funda desde el narcisismo («fundamento narcisista»), otra cosa sucederá con la incursión topológica de los seminarios sobre La identificación (61-62) y La angustia (62-63), ahí asistimos a un viraje del adentro/afuera. Y para no dejarle fuera el día de hoy, ya que si lo localizo afuera se debe a que lo llevo dentro, cito a Jacques Derrida: «Hay algo en lo que pienso desde hace mucho tiempo, es en el nombre de la escritura, de la deconstrucción, del falogocentrimo, etc… no pudo no proceder de esta extraña referencia a un afuera: la infancia, lo que está más allá del Mediterráneo, la cultura francesa, Europa, en fin. Se trata de pensar a partir de este pasaje por el límite. El afuera, aun cuando está muy cerca, es lo que está más allá de un límite. Pero en sí, tenemos el afuera en el corazón, en el cuerpo. Es eso lo que quiere decir el afuera. El afuera está aquí. Si el afuera estuviese afuera, no sería un afuera» en D’ailleurs Derrida un film de Safaa Fathy (1999).
[7] El brillo de la belleza (Lacan hablará del glamour del objeto en la sesión del 09 de enero del 63, seminario La angustia) lo da una presencia invisible, antítesis de una ausencia visible.
[8] Literalmente: mohoso.
[9] ¿Encontramos aquí los elementos necesarios para esclarecer la «receta» lacaniana para enamorar al otro?: «¿Y por qué? No les dejaré esto como adivinanza. Si esto fuera decible, ¿qué es lo que diría yo por medio de eso? Yo digo al otro que, deseándolo, sin saberlo, sin duda, siempre sin saberlo, lo tomo por el objeto para mí mismo desconocido de mi deseo, es decir, en nuestra concepción del deseo, que yo lo identifico, que yo te identifico, a ti, a quien yo hablo, a ti mismo, al objeto que a ti mismo te falta, es decir que por ese circuito donde estoy obligado a pasar, para alcanzar el objeto de mi deseo, cumplo justamente para él lo que él busca. Es precisamente así que, inocentemente o no, si tomo ese rodeo, el otro como tal, objeto aquí, obsérvenlo, de mi amor, caerá forzosamente en mis redes. Con esto los dejo, sobre esta receta, y les digo hasta la vez que viene», en La angustia, 21 de noviembre de 1962.
[10] Freud, S; Duelo y melancolía en Obras completas, tomo XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 246. Otros dos puntos a confrontar aquí: a) el efecto que tuvo la invención del objeto a sucedida el 09 de enero de 1963 y b) la re-versión del duelo el 23 de enero del 63, los dos en el seminario La angustia.
Algo que se parece al amor, es así que se puede, en
Jacques Lacan, 14 de diciembre de 1960
una primera aproximación, definir la transferencia.
Digamos mejor, digamos más ― la transferencia es algo que pone en causa al amor.
Del seminario de Jacques Lacan anteriormente trabajado: La angustia, puede decirse que cuenta con dos finales diferentes.

El primero.- considerado como consecuente con su linea cronológica, lo lleva a anunciar el próximo: Los nombres del padre, una novedad que iba a tratar sobre lo «no analizado de Freud» por Freud mismo… suspense… ya que las diatribas políticas presionan a Lacan para decidir finalizarlo con una única sesión.
El segundo.- que calificamos de sincrónico (en el sentido de Ferdinand de Saussure y Roland Barthes), consecuente con la lógica del discurso recorrido, y que lo (re)localiza en el seminario de La transferencia, especialmente con el «deseo del analista» y el «objeto petit a» como agalma.
Última sesión y palabras finales en La angustia (3 de julio de 1963):
Lo que hace de un psicoanálisis una aventura única es esta búsqueda del agalma en el campo del Otro. Varias veces los he interrogado sobre lo que conviene que sea el deseo del analista para que ahí, donde tratamos de llevar las cosas, más allá del límite de la angustia, el trabajo sea posible.
Seguramente conviene que el analista sea aquel que haya podido, por poco que sea, por algún sesgo, por algún borde, hacer volver entrar su deseo, en ese «a» irreductible, en grado suficiente como para ofrecer a la cuestión del concepto de la angustia una garantía real.
Sí, el lugar donde se pone en primer plano la pregunta por aquello que puede ser y respoder(se) al «deseo del analista» es… La transferencia, ¡en el concepto y el seminario!
Nuestro trabajo continuará con la estrategia anterior:
(…) la antigua práctica griega del némein, que privilegiaba la lectura en voz alta, línea a línea. Tomamos en cuenta el contexto de cada párrafo, sesión, seminario y obra de Lacan, desestabilizando la cegadora evidencia del aforismo y el vetusto dogmatismo.
Estrategia de lectura oportuna para aquellos que deseen aproximarse por vez primera a un autor que se le considera complicado y hermético.
Y es que los seminarios de Lacan cuentan con esa característica que su amigo Alexandre Koyre encontraba en los Diálogos de Platón: «carácter inacabado y exigencia de un esfuerzo personal por parte del lector-auditor».
Queda abierta la invitación a este NUEVO recorrido.
Frecuencia: sábados de 17 a 19 hrs // CUPO LIMITADO
Coordina: H. Isaac Puertos Salinas
Información y registro: vía FaceBook InBox o humbertoisaac@hotmail.com
*Imagen: Eros and Psyche (1589), de Jacopo Zucchi.
Así ocurre con Sócrates, no se olviden, justamente en El banquete, donde, se los he dicho, él dice muy pocas cosas en su nombre ― pero es enorme lo que él habla ― mientras que hace hablar en su lugar a una mujer: Diótima. ¿No ven en ello el testimonio de que el supremo homenaje es devuelto, incluso en boca de Sócrates, a la mujer?
Jacques Lacan, 23 de Noviembre de 1960
Continúo la relatoría anterior con unos breves comentarios sobre el ensayo de David Halperin: ¿Por qué Diótima es una mujer?
Halperin atina al mencionar que el erôs femenino en la antigua Grecia se inscribía en el cuerpo y no en el intelecto, como era el caso para el erôs masculino: «a las necesidades del cuerpo, más que a los deseos de la mente». De ahí la disimetría de los puntos de vista entre Diótima y Sócrates sobre el finalidad del erôs. Si para el último se trata de poseer la belleza, para la primera es de engendrarla.
Encontramos también la mojigatería de Platón -insinuada por Jean Allouch en El sexo del Amo– al promover que el erôs no tendría por objetivo la «gratificación del cuerpo sino la expresión moral e intelectual de sí mismo».
A Platón no le va nada bien, en un pasaje le espeta el haber hecho del embarazo femenino y su capacidad de engendramiento un asunto de hombres, vamos, de machos… transformándolo en la gestación intelectual por medio del discurso, y Sócrates es su prototipo: «desencarnó nuevamente convirtiendo el “embarazo” en una simple imagen de la labor espiritual (masculina)».
El «argumento de Diótima»: procrear es aquello que tiene por meta el deseo erótico, sostenido de una «asimilación fuertemente inconsciente de la actividad sexual» y reproductiva, éstas dos son unos «hilos» tan entrelazados en su argumento que resulta imposible separarlos.
Diótima es apresada por una cultura patriarcal en donde las mujeres tienen por finalidad dar niños a los hombres, obliterando la posesión de una subjetividad particular e independiente frente a cierto falocentrismo[1].
Hay momentos en que podemos distanciarnos de Halperin, como en la tesis siguiente: «sólo en los hombres la reproducción depende del deseo sexual y la función reproductiva no puede ser separada del deseo sexual». ¿Será?

¿Por qué Diótima es una mujer? Respuesta: la filosofía socrática está en deuda con ella, al solicitarle su feminidad no queda nada fuera y se asegura el éxito de su meta «procreativa» intelectual de la cultura griega antigua y masculina, como si la hubiesen usado para «colonizar la “deferencia” femenina, a fin de proclamarla en un discurso masculino universalizante, qué como el sueño de encontrar la Verdad, es una «fantasía masculina». No le reconocen su «alteridad» y por ello se pierden de la experiencia su generis que es la mujer, aquí convendría el gesto de Lacan al tachar el «la» y lanzar el aforismo: «la mujer no existe».
La mujer resulta ser un «suplemento» del hombre, Halperin no lo dice, no sería excesivo tomar ese término en el sentido de Jacques Derrida; la mujer como un «peligroso suplemento»… para el discurso masculino.
Platón desmiente (en el sentido de Sigmund Freud) la Otredad con una versión «enmascarada» del mismo (Julia Kristeva) , así cae el discurso platónico-socrático en la trampa, si seguimos a Lacan al sostener que la feminidad se caracteriza por la «mascarada»: el discurso masculino se afeminiza “sin pretenderlo”.
Dos citas fundamentales:
Lo que es crucial en la estrategia de Platón no es que Diótima presente la perspectiva de una mujer, sino que la represente de una forma tal que sea reconocible para los hombres
Las estrategias textuales del Banquete revelan la dimensión fáctica de Diótima al mismo tiempo que la ocultan
Diótima resulta un «tropo» de Sócrates, y si ella no es una mujer sino una «“mujer”» que es «signo de otra cosa», no pienso que sea forzado ver aquí la vertiente significante de la mujer según Lacan.
Final del texto: «Y preguntarse por qué Diótima es una mujer, es plantear una pregunta que en última instancia no tiene respuesta».
30 de agosto de 2019
BIBLIOGRAFÍA:
Allouch, J. El sexo del Amo. El erotismo desde Lacan, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2009.
Derrida, J. De la gramatología, Siglo XXI, México, 1975.
Freud, S. La negación en Obras Completas, Tomo XIX, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
Halperin, D. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
Kristeva, J. El texto de la novela, Lumen, Barcelona, 1974.
Lacan, J. Aún, Seminario 20, Paidós, Buenos Aires, 1991.
[1] Este tema es interesante si se lee con cuidado y paciencia a Lacan, de ahí las «formulas de la sexuación»… si puntuamos al falo como un significante… otro matiz adquiere tal falocentrismo.
Como preámbulo a un trabajo póstumo a realizarse… nos adentramos…contextualizando los términos: a un entremés, que ruborizará el paladar y al gusto lo dejará inquieto, para saciarse con un banquete que promete un discurso gourmet.
«¿Por qué Diótima es mujer?» Es una inquietud de David Halperin hecha texto[1], donde retoma la importancia de la sabia mujer en función a la “reestructuración” del pensamiento de Sócrates respecto al erôs en la Atenas clásica.
Es Diótima quien instruye a Socrátes en los temas del erôs. ¿Cuál fue la finalidad del Platón escritor en que fuera una mujer quién transmitiera este saber a su discípulo?
Citó a Halperin dando una probable respuesta a ello:
Por el hecho de ser una mujer, Diótima indica que Platón se ha separado de ciertos aspectos del ethos sexual de sus contemporáneos y, por consiguiente, le permite iluminar algunas características destacables de su propia filosofía.
Supongo que hay dos temas a tratar; primero: conocer el propósito de Platón en la sugerencia de Diótima; segundo: dar respuesta a la pregunta que el título sugiere. Por el momento intentaré abordar el segundo, respecto a los fundamentos de Halperin en la primer parte de su libro y que los considera de sentido común.
Platón no podía permitirse representar al joven Sócrates como si hubiera sido iniciado en los misterios del deseo erótico por un hombre más viejo y sabio, porque ese retrato habría inevitablemente sugerido a los contemporáneos de Platón que Sócrates debía su notable perspicacia en la naturaleza de lo erótico a los servicios apasionados de un antiguo amante pederasta.

El temor de Platón es ver el discurso de Sócrates sesgado respecto a lo que Pausanias reconoce en la Atenas clásica como función de la pederastia: «un joven ansioso de perfección moral puede legítimamente, incluso laudablemente, satisfacer la pasión sexual de un hombre más viejo y sabio a cambio de la edificante instrucción que desea obtener de su amante». Siendo hombre el sabio que iniciara la instrucción de Sócrates, hubiese coexistido un lazo más “pasional” que intelectual, por lo que probablemente la sensatez de sus construcciones se hubiera tornado idéntica a las que se pronunciaba en su época.
Entramos así al segundo argumento sostenido y reafirmado en Halperin: «Si el autor de estas prescripciones hubiera sido un hombre, él habría podido ser sospechoso de haberlas elaborado bajo la influencia de diversos factores personales, puesto que su propia actividad sexual estaría materialmente afectada por su programa erótico». A lo largo de las páginas del libro, el autor nos va llevando momentáneamente sobre la respuesta a la pregunta de su libro y además de pronunciar algunas ideas sobre Diótima.
Mi intención no es justificar el por qué Diótima es mujer y no hombre, sino, recalcar la importancia de que haya sido mujer en ese momento histórico y el cómo años posteriores primeramente Freud redescubre lo que implica el juego de ese erôs en la práctica psicoanalítica y que terminará puliendo Lacan en el seminario de La Transferencia[2].
Para no ir tan lejos y que la espera de El Banquete nos sea menos siniestra; me posiciono en la sesión del 16 de noviembre de 1960 del seminario antes citado. aquí aborda algunos de los pasajes de El banquete y relacionándolos con lo que fue el descubrimiento de la transferencia, cito:
En efecto, por púdico, o inconveniente, que sea el velo mantenido, semi-apartado, sobre el accidente inaugural que desvió al eminente Breuer de dar toda su consecuencia a la primera experiencia, sin embargo sensacional, de la talking-cure, es muy evidente que eso era una historia de amor. Que esta historia de amor no haya existido solamente del lado de la paciente, tampoco es dudoso.
Evidentemente hablamos sobre la relación que se suscitó entre Breuer y Anna O, y de la cual se sirvió Freud para iniciar el desarrollo de su teoría sobre la transferencia y que Lacan identifica de manera plausible en está clase.
Desde este punto de vista, el valor que nos designa o hereda la decisión de Platón de ser Diótima quien formule una nueva teoría del erôs en el joven Sócrates, es precisamente ese, y tomando en cuenta la percepción de Pausanias, que la relación entre el sabio «portador de la verdad» y del discípulo «ingenuo, deseoso de calidad moral» no se torne imparcial en cuanto al juego del erôs que esa relación permite; y retomándolo al papel que juega el analista respecto al analizante, esto nos conduce totalmente a la gratitud de mantener ese erôs digamos latente y no desbordado en ese intercambio discursivo.
Platón no fue consciente del aporte que sugeriría al acto analítico; más allá del que Diótima sea mujer, lo que ahí se descubre es, sin duda, algo que nos permite ocupar nuestro “lugar” en la praxis como analistas.
*Imagen: Retrato de Jadwiga Łuszczewska como Deotymy, Józef Simmler, 1855.
[1] Halperin, David. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
[2] Si bien se le conoce popularmente como La transferencia, su título correcto es La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961).
23 de julio de 1963, la sesión final del seminario 10 se postergaba… planeábamos ya lecturas para el próximo seminario a revisar quizá por la angustia de lo inevitable.
Surgen comentarios respecto a temas trastocados a lo largo de los meses de revisión y notamos que esta última clase viene a ser un aglomerado de lo que se venía mostrando en las clases anteriores, mucho de lo comentado en esta sesión me hace eco en el amor, y es que en el amor no hay más que terminar como resto, el amor no es complementariedad, no es ganancia, es pérdida.

Respecto a la pérdida, voy al texto de Freud dentro de Duelo y melancolía, apartado C. Angustia, dolor y duelo. Aquí se cuestiona cuándo la separación del objeto provoca angustia, cuándo duelo y cuándo sólo dolor. Si bien la primera referencia que podemos tener para intentar dar respuesta a estos cuestionamientos es la situación del lactante que en lugar de avistar a su madre, avista a una persona extraña, refiriendo aquí angustia debido al peligro de la pérdida de objeto. El lactante en este caso expresa angustia y dolor, como si al principio estuvieran conjugados y enseguida se dividirán, cuando pueda diferenciar entre la ausencia temporal y la pérdida duradera, esto se aprenderá a través de las repeticiones de dicha ausencia, repetidas situaciones de satisfacción crean el objeto de la madre, que ahora, en caso de despertarse la necesidad, experimenta una investidura intensiva que bien se le nombra “añorante”; por lo tanto Freud discierne que el dolor es la genuina reacción frente a la pérdida del objeto, la angustia lo es frente al peligro que esa pérdida conlleva, y en ulterior desplazamiento, al peligro de la pérdida misma del objeto.

Añade además que a raíz del dolor corporal, se genera una investidura elevada que ha de llamarse narcisista, del lugar doliente del cuerpo, esa investidura aumenta cada vez más y ejerce sobre el yo un efecto de vaciamiento. El paso del dolor corporal al dolor anímico corresponde a la mudanza de investidura narcisista en investidura de objeto.
Por otra parte, el duelo se genera bajo el influjo del examen de realidad, que exige separarse del objeto porque él ya no existe más. Se refiere aquí al trabajo de llevar a cabo ese retiro del objeto en todas las situaciones en que el objeto fue asunto de una investidura elevada.
Voy a Lacan… nos menciona que el objeto a está enmascarado detrás de i(a), imagen especular, del narcicismo, y que dicha imagen especular del narcicismo está ahí para que, en el cuarto nivel, a esté enmascarado (referencia al cuarto nivel del grafo del amorir), a este cuarto nivel lo caracteriza el deseo en su carácter más alienado, más profundamente fantasmático.
Vale decir que el problema del duelo es el del mantenimiento de los vínculos por donde el deseo está suspendido, no al objeto a en el nivel cuarto, sino a i(a), por el cual todo amor está narcicisticamente estructurado.
También es importante distinguir el objeto a del i(a), de lo contrario no se distingue la diferencia entre melancolía y duelo (Freud)… en la manía hay una no función de a, es decir queno está lastrado por ningún a, va de objeto en objeto, metonimia infinita y lúdica para la cadena significante; y en la melancolía hay un desconocimiento de a.
Resulta genial la referencia que se hace en el seminario respecto al film Hiroshima mon amour con diálogos de Marguerite Duras, recordando que cualquier “alemán irremplazable” puede encontrar un sustituto inmediato y perfectamente válido en el primer japonés encontrado a la vuelta de la esquina.
Y es que no hay objeto humano que no se postule como objeto finito.
Al pasar al quinto nivel, a se vuelve a tallar, abiertamente alienado, como soporte del deseo del Otro que se nombra. No hay superación de la angustia sino cuando el Otro se ha nombrando. No hay amor sino por un nombre… nombrar, pronunciar el nombre del aquel o aquella a quien se dirige nuestro amor.
En la película no se pondrán en claro las condiciones de su encuentro, eso será lo de menos. Uno puede conocerse en todas partes, en el mundo. Lo que importa es lo que se sigue de estos cotidianos encuentros.
A esta pareja fortuita no se la ve al principio de la película. Ni a ella. Ni a él. Se ven en su lugar cuerpos mutilados — a la altura de la cabeza y de las caderas — agitándose — presas, ya del amor, ya de la agonía — y recubiertos sucesivamente de las cenizas, de los rocíos, de la muerte atómica — y de los sudores del amor consumado.
Poco a poco saldrán de estos cuerpos anónimos, los cuerpos de ellos. Están acostados en una habitación de hotel. Están desnudos. Cuerpos tersos. Intactos.
¿De qué están hablando? De Hiroshima

Estos dos seres, ella francesa, él japonés, supondrían ser lo más alejados geográficamente, filosóficamente, económicamente, racialmente, etcétera, se encuentran en Hiroshima, ese será el terreno común en que los datos universales del erotismo, del amor y de la desdicha, surgirán bajo una luz implacable, fuera de artificios.
En Hiroshima, no puede existir, so pena, de ser negado. Se trata efectivamente de amor. Una última escena tendrá lugar en un café. Allí le encontraremos en compañía de otro japonés, como mencionaba anteriormente, un sustituto, sí, otro, inmediato y perfectamente válido. Finalmente en el filme, sin darnos a conocer los nombres de los personajes, como si eso no importara, ella le dirá: “Hiroshima, ése es tu nombre”.
La mujer es natural, es decir, abominable […] no sabe
separar el alma del cuerpo. Es simple, como los animales.
Eso es porque ella sólo posee el cuerpo, diría un sátiro
Charles Baudelaire en “Dibujos y fragmentos póstumos” (2012).
Además del seminario 10 (“La angustia”), impartido entre los años 1962 y 1963, los textos de Jacques Lacan en los que más se aborda la temática del afecto angustioso son el seminario 9 sobre “La identificación” (1961-1962) y el seminario 4 sobre “La relación de objeto” (1956-1957).
En ambos, la discusión gira entorno a la angustia de castración y a la teoría de la falta de objeto, sobre todo en lo que respecta a la fobia del caso Juanito (recordemos que para ese entonces el “a” aún guarda equivalencia con el semejante) [1].
A la par de la crítica y la reformulación de las definiciones propuestas por Sigmund Freud, sobre todo para diferenciar al miedo de aquello que resulta ominoso (y por ende angustiante), una referencia bibliográfica que resalta en las tres obras señaladas es “El concepto de la angustia” del autor danés Sören Kierkegaard [2].
Este libro, publicado en 1844, es considerado el primer tratado de cohorte existencialista que estudia de manera amplia y exhaustiva el tema de la angustia, específicamente a través de un análisis de la noción del «pecado» y de una diferenciación del «afecto» entre el hombre y la mujer (razonamiento que no pasará desapercibido para el psicoanálisis).
Aunque Sigmund Freud nunca cita a Kierkegaard en sus ensayos o ponencias, es bastante posible que contrastó la angustia-respecto al miedo- del mismo modo en que lo hizo el escritor danés, ello a expensas de la no identificación de un objeto determinado como causa [3].
Por otra parte, resulta curioso que en la 33ª conferencia sobre “La feminidad” (de las “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” dadas en 1933 [1932]), Freud rescata algunos de los ideales kierkegaardianos atribuidos a la mujer, fundamentalmente en la mención de su predilección por el anhelo de procreación y de otras metas pasivas [4].

Desconocemos si tal puntuación se desplegó de modo propositivo o si simplemente guardó semejanza-de manera involuntaria y azarosa-con lo que se dice en “El concepto de la angustia”.Lo que sí sabemos es que Freud jamás hizo hincapié en atribuir un contraste entre la angustia femenina y masculina, posiblemente por su declarada dificultad para dilucidar qué quiere una mujer. Este cuestionamiento, surgido en el año 1925 durante una sesión analítica con Marie Bonaparte, permaneció inexplicable hasta el fin de sus días; bien pudiera pensarse que este límite teórico se debió a que las mociones inconscientes, alrededor de la figura de su madre- e incluso de su hija Anna Freud en lo que respecta a su supuesta homosexualidad- siempre fueron tocadas de un modo periférico; quizás por falta de tiempo o por las contradicciones anímicas que juzgó que en algún momento entorpecerían todo intento de meditación profunda y libre de sesgo. “El enigma de la feminidad” -diría Freud al inicio de la 33ª conferencia- “ha puesto cavilosos a los hombres de todos los tiempos”: “Enigma que tantas frentes/ ardieron por descubrirlo”, expresaría Heine en el poema “Cuestiones” (“Fragen”) del libro “El mar del norte” (“Nordsee”), un texto publicado en 1827 y citado en la ponencia anteriormente referida. [4, p.105; 5].
Freud halla un límite en la mujer… Pero Lacan, por su parte, al igual que Kierkegaard (e innegablemente basado en él), sí que se interesó en acentuar la diferencia de los sexos como un factor que modifica la expresión de la angustia. Sobre esto es importante destacar que aunque el psicoanalista francés alude abiertamente al autor danés en los tres seminarios inicialmente mencionados, creemos que lo hace sin dejar una pista clara de aquellas citas y obras en las cuales se inspira para comentar dicha distinción, sobre todo si consideramos que el tema del deseo femenino -que no deja de estar vinculado al afecto angustioso- se trata en otros trabajos de Kierkegaard alrededor de “El concepto de la angustia”, tales como “Diario de un seductor” y “La repetición” (dos novelas de tinte autobiográfico publicadas en 1843) [6 y 7].
Aunado a lo anterior, resulta inevitable no pensar que la modalidad de una angustia entendida como desesperación, así como la formulación de un yo que se percibe en dicho estado a expensas de la conciencia -nociones desarrolladas por el autor en un texto de 1849 titulado “La enfermedad mortal”- guardan cercanía con la teorización del psicoanálisis lacaniano, principalmente por implicar, en su última instancia, una turbación relacionada con la caída de cierta imagen narcisista. ¿De qué manera se da este acercamiento? Si la angustia en Kierkegaard surge ante la nada, la desesperación consiste en la duda patética ante uno mismo: ante la necesidad de aceptación y elección de lo que “se es” (una ficción dinámica al final de cuentas). La desesperación, entendida como “enfermedad mortal”, vendría a ser una angustia no con respecto a la nada, sino en relación al propio ser… Un ser que termina siendo, paradójicamente, casi igual de inteligible que lo que implica la nada (ya que a partir del existencialismo la creencia en una esencia dada a priori simplemente decae). Si se identifica entonces a la duda como la desesperación del pensamiento y a la desesperación como la duda de lo que hoy pudiera entenderse como el mito de la “personalidad” (o de lo que confiere “identidad” al sujeto) veremos que el desesperar implica un movimiento anímico mucho más hondo y punzante: tan trascendente como la angustia descrita en el psicoanálisis [8].
Pero volviendo a los trabajos de Lacan en los que predomina el tópico del afecto angustioso, las únicas sesiones en las que se habla de una diferencia genérica del afecto son la del 20 de marzo y la del 3 de julio de 1963, ambas correspondientes a su décimo seminario (clase 15 y 25). Conviene añadir que dentro de este mismo texto las otras ponencias en las que se hace mención del trabajo de Kierkegaard -sin referirse al tema de lo femenino en particular- son las del 14 y el 21 de noviembre de 1962 y la del 6 de marzo de 1963. [9 y 10]. Ahora bien, ¿qué dijo Kierkegaard que terminó por ser tan importante para ser retomado por Lacan? En el apartado V del primer capítulo de “El concepto de la angustia” el autor expresa que pronto explicará en qué sentido la mujer es el “sexo débil” y “cómo la angustia es más propia de ella que del varón” [2, p.64].
En una nota al pie, respecto a dicha observación, Kierkegaard aclara que su apreciación de la angustia en la mujer no es de modo alguno un signo de imperfección, por el contrario, la imperfección femenina reside en que: “buscando en la angustia escapar de sí misma, se refugia en otro ser humano” (específicamente en el varón) [2, p.66; 11].
Recogiendo la opinión de Lacan sobre esta afirmación (de que “la mujer es más angustiada que el hombre”), en la última sesión del seminario de “La Angustia” considera que se trata una cosa “singular y profundamente justa”; el argumento se basa en que la posición de la mujer, con respecto al agente de castración, “es más confortable”… pues de alguna manera “el asunto ya está hecho”, así esta peculiaridad, “hace mucho más especial su lazo con el deseo del Otro” [10,p.11]. Esta consideración de Lacan parece condescendiente frente la valoración freudiana de la feminidad, ya que en la 33ª conferencia se llegó a sugerir que el desarrollo de la niña pequeña, hasta llegar a ser lo que se considera una mujer normal, es “más difícil y complicado” [4, p.108].

En la opinión de Freud, este obstáculo se debe a que su evolución libidinal incluye dos tareas adicionales que no tienen correlato alguno en el desarrollo del varón: por un lado, la necesidad de un cambio de la zona erógena, y por el otro, el requerimiento de una mudanza de objeto. Según el texto, la variación del recorrido entre el hombre y la mujer se debe más que todo a la diferencia en la conformación de sus genitales y de sus caracteres sexuales secundarios, así como a la disposición pulsional, es decir, a razón de factores que atañen a la biología y al psiquismo (dos grandes campos que de alguna manera permiten vislumbrar la posterior naturaleza de la mujer).
Freud comparte que por regla general –lo cual más bien parece ser una opinión influenciada por las observaciones populares de su época- la niña pequeña tiende a ser menos agresiva y porfiada, además de que aparenta tener una mayor necesidad de que le demuestren ternura. Estos rasgos, según el escrito, la hacen ser más dependiente y dócil; y es gracias a esta docilidad que desde entonces se pensó que la niña logra ser educada con mayor facilidad y rapidez en el control de sus excreciones. Para ese periodo del psicoanálisis las cesiones de las heces fecales ya se interpretaban como los primeros regalos o concesiones hacia las personas de cuidado, y que en el futuro serán designados por Lacan como objetos a.
Otra impresión recabada por Freud: la niña es más inteligente y viva que el varoncito de la misma edad, aparte de que se muestra mucho más solicita hacia el mundo exterior y que sus investiduras de objeto poseen “mayor intensidad que las de aquel”. A pesar de todas estas consideraciones, el escrito sugiere que tales diferencias entre los sexos “no cuentan mucho” y pueden ser “contrarrestadas por variaciones individuales” [4, p.109].
Ahora bien, algo que si se recalca en la 33ª conferencia es que los dos sexos parecen recorrer de igual modo las primeras fases del desarrollo libidinal, de tal forma que habría de esperarse que para la fase sádico-anal se exteriorizara en la niña pequeña un rezago de la agresión (un fenómeno que, según Freud, no ocurre así). Al ingresar en la fase fálica, “las diferencias entre los sexos retroceden en toda la línea ante las concordancias”, siendo necesario admitir que “la niña pequeña es un pequeño varón” [4, p.109].

¿Qué significaba dicha semejanza? Para aquella época el psicoanálisis freudiano sostenía que el clítoris era un equivalente del pene, de tal manera que fungía como zona erógena rectora durante la fase fálica, siendo el principal depositario de las estimulaciones destinadas a la procuración de placer. No obstante, a consideración de Freud, este órgano no estaba destinado a seguir siendo rector, ya que con la vuelta de la feminidad el clítoris debía ceder su valor a la vagina (ya sea total o parcialmente) … En esto se mostraba la primera tarea adicional del desarrollo libidinal en la mujer, la cual no se vislumbraba como propia del varón, pues éste sólo tenía que continuar -en su etapa de madurez sexual- aquello que ya venía ensayando desde antes. La segunda tarea añadida -descrita en la conferencia sobre la feminidad- consistía en el cambio del objeto de amor: de la madre al padre y de éste a lo que Freud considera la elección definitiva de objeto. Como puede observarse, con la alternancia de los periodos del desarrollo libidinal, la niña debía “trocar zona erógena y objeto” [4, p.110], mientras que el varoncito contaba con la ventaja de retener ambos.
Frente a este antecedente teórico es necesario preguntarnos si la opinión de Lacan, a favor de la diferenciación de la angustia basada en el género, tendría que ver o no con esta primera distinción freudiana de la feminidad. Sin desplegar todavía una revisión exhaustiva de Kierkegaard, creemos que la sola lectura de la última sesión del seminario de la angustia ya nos revela algo importante; tomando el comentario de Lacan -sobre la obra del escritor danés- es inevitable cuestionar si en el hombre el campo del deseo guarda más relación con el “tener”: si es más cercano o no a un afán de posesión -en lo material- que a una aspiración más abstracta y cercana a la idea de “ser” o de “estar” (en ésta última opción, que creemos que es más próxima a la mujer, se trataría predominantemente de una posesión simbolizada frente a la demanda del Otro). Si a priori la mujer funda su desarrollo libidinal sin el temor a la pérdida de un miembro -o al menos sin una amenaza tan latente sobre un órgano cuyo desprendimiento y caída trata de evitarse a toda costa en el varón- su relación con el agente de castración es, como dijo Lacan, más confortable. La principal turbación en ella no tendría que ver con la fantasía de la mutilación perpetuada por un verdugo, ya que lo que se atribuye como envidia-del-pene (penisneid) no tiene más que un sustento simbólico: la comparación con el cuerpo de un hombre y con aquel discurso masculino sobre la posesión o el despojo de un órgano; discurso que la feminidad cree a medias pues en lo real la mujer no carece de nada.
La mujer no está castrada en sentido estricto, o al menos no carece de ese algo que tanto teme perder el hombre; no de la misma forma. Si acaso, lo que estaría es “privada” (del pene), pues la falta -en su caso- implica una operación que compete al registro de lo real; además de que adquiere una mayor conciencia de que el pene y el falo no son la misma cosa. Si el campo del deseo en ella se apertura a una posibilidad más amplia que la posesión de algo materializado -más allá que el asegurar un trozo de carne- entra de un modo más temprano en la necesidad de simbolizar lo fálico a través de todo su cuerpo -o tardíamente en el anhelo de perpetuarse en la procreación de otro-.
¿Y por qué resultaría esto mucho más angustiante?… ¿por qué la angustia es más propia de la mujer? Quizás porque su relación con la demanda del Otro implica un mayor margen de libertad, pero también, una prematura necesidad de recurrir a la poiesis para ofrecerse como objeto de deseo. Queda advertir que esta última aseveración no pertenece a un lenguaje psicoanalítico, pero quizás sea necesario pedir una breve licencia para justificar más adelante la pertinencia de esta consideración. Primero que nada, se sugiere entender lo poiético en la significación griega más antigua: aquella que es indicativa de “creación” o “producción” (lo que Platón definiría en “El banquete” como “toda causa que haga pasar cualquier cosa del no ser al ser”) [12,p.252]. No en vano resulta bastante sabia aquella frase de Severino, el personaje principal de “La Venus de las pieles” (“Venus im Pelz”, 1870) quien estuvo tremendamente enamorado de la cruel Wanda, en la que afirma que para él “siempre y en todo tiempo, toda poesía y toda infamia están concentradas en la mujer” [13,p.25]…Tengamos en mente que para Lacan la feminidad es una mascarada.

Pero retomemos a Kierkegaard en un nivel más básico para fundamentar su opinión y su pertinencia dentro de la teoría psicoanalítica. Antes que nada, es necesario aclarar que el estudio de la angustia, que hace el escritor danés en el libro citado por Lacan, se da por medio de lo que él mismo define como una psicología teológica: una disciplina que va más allá del entendimiento de los fenómenos a través de la ética y la dogmática. Es por ello que resulta un sesgo terminológico ceñir a este exponente únicamente como filósofo. Tampoco hay que olvidar que, dentro de toda su actividad, fue un gran autor de novelas y que incluso en este género logró trasmitir aquella hondura meditativa que caracterizó al existencialismo (“Diario de un seductor” es un tratado involuntario de la feminidad, por ejemplo).
¿Y cómo se describía a sí mismo Kierkegaard? Extrañamente como un híbrido de emociones y de afinidades teóricas (incluso de nombres, pues cambiaba con frecuencia de seudónimo para firmar sus obras). “Yo no soy un hombre escandalizado, lejos de eso” -diría- “pero tampoco soy religioso”… De ser así ¿por qué recurre tanto a la temática de lo espiritual en la herencia judeocristiana?… Kierkegaard lo justifica de la siguiente manera: “Lo religioso me interesa como fenómeno y es el fenómeno que más me interesa” [14, p.105].
Como bien se dijo, “El concepto de la angustia” define al afecto angustioso a partir de lo que ha sido considerado como pecado. Toma como referencia el mito de Adán y Eva y la petición del sacrificio de Isaac solicitado por Dios a Abraham. Al igual que en el seminario de “La angustia”, en dicha obra se diferencia el sentimiento de culpa de lo angustiante. Sin entrar en demasiados detalles, conviene señalar que para Kierkegaard la angustia es un estado afectivo que no hace referencia a un objeto determinado, sino a una nada que se experimenta ante todo como vértigo de libertad, es decir, una perplejidad frente a la posibilidad de ser. Este estado nace justo en el momento previo al cambio desde una condición de inocencia a otra condición en la que el individuo da cuenta de algo que es enjuiciable en su actuar; desde el punto de vista teológico esto implicaría la asimilación del pecado por medio del espíritu, entendiendo a este último como un tercero al acecho que hace síntesis entre lo corpóreo y el alma: una autoconciencia. Cuando el ser humano se percata de la pérdida de inocencia, la cual es fundamentalmente una cualidad o estado en que se tiene desconocimiento de la diferencia entre el bien y el mal (ignorancia), da un salto cualitativo que lo arroja de la sensibilidad a la pecaminosidad [15].A través de esta idea de salto, desde la inocencia, se sostiene que hacerse culpable no es algo a lo que se llega sino algo en lo que se cae. Según Kierkegaard, la angustia no nace de la culpa por un pecado específico, ya que esto significaría que el que se angustia lo hace por algo en concreto. Por el contrario, esta determinación del espíritu surge de la ignorancia que se tiene respecto a todo [2].De algún modo, se pasa de un estado de paz a uno que agita el espíritu (angustia), de tal manera que la existencia, con toda la gravedad de su carga, vuelve a empezar cada vez en su “repetición” a través de la experiencia que siempre parte de sí misma: del regreso al instante original de la indistinción (algo que pudiera pensarse como la constante caída y recolocación del velo, tema que se ha venido tratando en nuestro taller de lectura y algunas relatorías).
En la segunda sección del segundo capítulo del libro “El concepto de la angustia” (dedicado a la variante llamada “subjetiva”) se explica que la causa del vértigo -promovido en aquel cuyos ojos “son inducidos a mirar con una profundidad que abre sus fauces” – reside tanto en sus ojos como en el abismo, pues “bastaríale no fijar la vista en el abismo” [2, p.80].
Esta puntualización guarda semejanza con lo articulado para el afecto angustioso en psicoanálisis, ya que no se trata de una turbación que se despierta exclusivamente por la realidad tangible, sino que guarda su continuidad con el adentro (lo cual permite visualizar otra cara en el afuera). “La angustia es un desmayo femenil en el cual cae la libertad”, diría el autor danés; en ella reside “la infinitud egoísta de la posibilidad” [2, p.81].
Lo interesante a resaltar es que la nada, que es el objeto de la angustia en el pensamiento kierkegaardiano, puede tornarse más y más un algo, de tal manera que “cuanto más reflexivamente es posible poner la angustia, tanto más fácilmente parece poder convertirse en culpa” [2, p.80] -asimilación que, desde el psicoanálisis, llega a juzgarse como una alternativa más demarcada y tolerable para el sujeto-. ¿Pero qué ocurre con la angustia en la mujer? En el inciso A del apartado anteriormente señalado (que lleva de título “El efecto de la relación de generación”) Kierkegaard habla del personaje de Eva, del génesis judeocristiano, como la que es derivada -proveniente de la costilla de Adán, claro está-. Señala además que lo derivado nunca es tan perfecto como lo primitivo, destacando -por otra parte- una diferencia cuantitativa de la mujer con respecto al hombre ¿en términos de qué? Esto no se responde con exactitud… pero por el contexto del escrito parece que lo cuantitativo es en términos de su hipersensibilidad. La diferencia genérica del afecto angustioso es aclarada por Kierkegaard en el sentido siguiente: “la angustia es en Eva más refleja que en Adán”; esto está fundamentado en que, desde su perspectiva, la mujer es “más sensible que el varón”. [2, p.83].
El autor dice que dicha opinión no se trata de un estado empírico o de un promedio, sino de la “diversidad de la síntesis” [2, p.83].Antes de seguir con la meditación de esta diferencia entre los sexos conviene introducir al lector el modo general en que Kierkegaard concibe al hombre (“hombre” como humano, dejemos lo genérico por un momento).

A lo largo de “El concepto de la angustia” y en “La enfermedad mortal”, eexplica que el ser humano comprende cuatro tipos de síntesis o de niveles de composición que son necesarios para hacerse de un yo. La primera de ellas es la síntesis alma-cuerpo, la cual, como ya se ha expresado, deriva en la conformación de un espíritu que es autoconciencia. Esta suma implica las reflexiones que se van dando a lo largo de la vida para discernir lo que significa cada cosa, sea por sus determinaciones y posibilidades o por su complementariedad y oposición. La segunda síntesis del hombre es la de la finitud-infinitud, la cual consiste en que éste debe dejar de ser un concepto abstracto de la lógica sistemática, de tal manera que debe hacerse más concreto (en la medida de lo posible y al margen de sus decisiones) para que la finitud de su corporeidad y de sus circunstancias llegue a relacionarse infinitamente con Dios. En psicoanálisis esto podría repensarse a partir de la figura del Otro, así como bajo la consideración de las identificaciones con el Ideal del yo y el yo ideal… Retornando a Kierkegaard la tercera síntesis es la de la necesidad-posibilidad ya que el yo es tanto posible como necesario (debiendo hallar una conciliación entre lo cerrado y abierto de si para poder sentirse en la realidad). Finalmente está la unión del tiempo-eternidad, la cual da el momento (“Oejeblik” en danés, “Augenblick” en alemán). Este momento no es otra cosa que el instante en que la eternidad penetra en el tiempo para dar sentido a la temporalidad, lo que permite la entrada de un sentido o finalidad en una historia que logra dividirse en pasado, presente y futuro [2 y8].
Sabiendo esto, quizás puede entenderse lo que Kierkegaard quiere decir cuando propone que la mujer tiene una mayor diversidad de la síntesis. Y cómo es que esto da una diferencia en el afecto angustioso con respecto al hombre:
Cuando existe un más en una de las partes de la síntesis, la consecuencia será que, al ponerse el espíritu [autoconciencia], resultará mayor la divergencia y tendrá más campo abierto la angustia de la posibilidad de la libertad. En la narración del Génesis es Eva la que seduce a Adán. Pero de esto no se sigue en modo alguno que su culpa haya sido mayor que la de Adán, y menos aún que la angustia sea una imperfección, pues su grandeza más bien predice la grandeza de la perfección [2, p.84].
Como puede observarse, la sensibilidad y la angustia en Kierkegaard están en “razón directa”. El hecho de que la mujer -a su juicio- tenga más sensibilidad que el varón, se revela por su “organización corporal”. Y aunque considera que el estudio más detallado de esta consideración debe ser destinado a la Fisiología intenta probar su teoría considerando dos puntos de vista ideales en la mujer: la belleza desde el margen de la estética y la procreación desde el terreno de la ética (aspiraciones que dan imperfección a la mujer por requerir de la participación del hombre). Dejaremos aquí la reflexión para fomentar el ánimo de revisar estas dos propuestas a profundidad, no sin antes advertir la dificultad, para cualquier psicoanalista, de hacer una revisión minuciosa de la feminidad y de la angustia, pero, sobre todo, de traer a colación la complejidad de leer a Lacan revisando a quienes cita. Quizás también sirva como un ejercicio de humildad para abrir la escucha a los discursos de otras disciplinas, sobre todo en estos temas que siguen dando un campo fértil para la reflexión. Freud mismo sugeriría esta apuesta: “Si ustedes quieren saber más acerca de la feminidad, inquieran a sus propias experiencias de vida, o diríjanse a los poetas, o aguarden hasta que la ciencia pueda darles una información más profunda y mejor entramada” [4, p.125].
Es cierto que “las mujeres desconciertan”- afirmaría Cioran- pues “cuanto más pensamos en ellas menos las comprendemos” [16, p.105].Aunque también es cierto que “amamos a las mujeres en la medida en que nos son extrañas” [17, p.108]-destacaría Baudelaire-… Y a propósito de la belleza, la angustia y el deseo, posiblemente una cita que encierra la magia de este enigma es la siguiente: “Un rostro seductor y bello, es decir, un rostro de mujer, es un rostro que hace soñar, al mismo tiempo –pero de forma confusa– de voluptuosidad y de tristeza” [17, p.60].
No hay erotismo sin ambigüedad, como tampoco existe poesía sin contradicción y misterio… Como tampoco es posible evadirnos de la angustia sin el acto, sin creación, sin poiesis…
9 de agosto del 2019
Bibliografía
[1] Por puntualización de Humberto Isaac Puertos Salinas -para punctum«»studium– en las tres fuentes señalas la palabra “angustia” aparece aproximadamente (en cada una y de modo respectivo) 309, 69, y 60 veces.
[2] Kierkegaard, S. (1982 [1844]). El concepto de angustia. Madrid, España: Selecciones Austral. Espasa-Calpe, S.A.
[3] En la 25ª conferencia de Sigmund Freud, “La angustia” (de la tercera parte de “Conferencias de introducción al psicoanálisis” [1916-1917]), se definen tres tipos de afectos: «angustia», «miedo» y «terror». Esta diferenciación es primordial ya que el autor distingue a la angustia, de los otros dos, por ser sin objeto. En la 32ª conferencia titulada “Angustia y vida pulsional” (perteneciente a las “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” del año 1933[1932]), se añade la distinción entre angustia realista y neurótica, refiriendo a la primera como una reacción que nos parece lógica frente al peligro, es decir, ante un daño esperado de “afuera”, mientras que la segunda termina siendo enteramente enigmática: “como carente de fin”. ¿De qué manera se asemeja esto a lo propuesto por Kierkegaard en “El concepto de la angustia”? En el aparto V del primer capítulo de la obra se dirá lo siguiente: “El concepto de la angustia no es tratado casi nunca en la Psicología; por eso debo llamar la atención sobre la circunstancia de que es menester distinguirlo bien del miedo y demás estados análogos; éstos refiérense siempre a algo determinado, mientras que la angustia es la realidad de la libertad como posibilidad antes de la posibilidad. Por eso no se encuentra ninguna angustia en lo animal: justamente porque éste, en su naturaleza, no está determinado como espíritu” (pp.59 y 60).
Aunque Lacan retoma esta concepción al inicio del seminario 10, termina por articular la angustia con el objeto a, el cual -al tratarse de un objeto cesible y concebido como resto-escapa a la fenomenología y a la especularidad.
[4] Freud, S. (1979). Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933 [1932]). En Obras Completas, Vol. 22 (pp. 104-125): Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras (1932-1936). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores.
[5] En I827, apareció el “Libro de los cantos” (“Buch
der Lieder”) de Heinrich Heine, el cual tuvo una resonancia y controversia comparable
al gran poema “El regreso” (“Heimkehr”) publicado después de sus
viajes por Alemania, Austria, Francia, Italia e Inglaterra. “El Mar del Norte” (“Nordsee”) corresponde a la segunda parte
de este libro; el poema “Cuestiones”
(“Fragen”) citado parcialmente por
Freud al inicio de la 33ª conferencia dice así:
“A orillas del mar desierto,/Junto
al piélago intranquilo,/ Un joven lleno de dudas/Se detiene pensativo,/Y así a
las ondas inquietas/Dice con aire sombrío:/-<<Explicadme de la vida/ El
arcano no sabido, / Enigma que tantas frentes/ Ardieron por descubrirlo;/
Cabezas engalanadas/ Con adornos
pontificios,/Frentes con mitras hieráticas,/Con turbantes damasquinos,/ Con
birretes doctorales,/Con pelucas, con postizos/ Cabellos, y tantas otras/
Cabezas que el escondido/Enigma saber
quisieron,/ Decidme yo os lo suplico:¿Qué es el hombre? ¿de dónde
viene?/ ¿Adónde va su camino? / ¿Qué habita en el alto cielo/ Tras los astros
encendidos->>/ El mar su canción eterna/ Murmulla triste y dormido;/
Sopla el viento; huyen las nubes;/Los astros en el vacío/Fulguran indiferentes/Con
sus resplandores fríos,/ Y un demente una respuesta/ Espera un tanto
intranquilo”
[6] Kierkegaard,
S. (2009 [1843]). La repetición.
Madrid, España: Alianza editorial.
[7] Kierkegaard, S. (2014 [1843]). Diario de un seductor. Madrid, España: Alianza editorial.
[8] Kierkegaard, S. (2013 [1849]). Tratado de la desesperación (La enfermedad mortal). D.F., México: Grupo editorial Tomo.
[9] Lacan, J. (2005 [1962-1963]). Seminario 10, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[10] En la sesión introductoria del seminario 4 de “La relación de objeto” (1956-1957) Lacan nombra a Kierkegaard al hablar de la repetición (Gentagelsen), la cual -desde la visión del autor danés- no es propiamente la reiteración de los acontecimientos, sino la fuente misma de la eternidad:
“La perspectiva platónica basa toda aprehensión del objeto en el reconocimiento, la reminiscencia, de un tipo de alguna manera preformado. Tal perspectiva está separada, por toda la distancia existente entre la experiencia moderna y la experiencia antigua, de la noción que aporta Kierkegaard en el registro de la repetición, repetición siempre buscada pero nunca satisfecha. Por su naturaleza, la repetición se opone a la reminiscencia. De por sí es siempre imposible de saciar. En este registro se sitúa la noción freudiana de encuentro del objeto perdido” (pp.15 y 16)
En la sesión del 11 de abril de 1962 el seminario 9 de “La identificación” (1961-1962) el interés por la repetición kierkegaardiana vuelve a señalarse:
“Alguien muy simpático, y que lee, porque es alguien de un medio donde se trabaja, me ha, muy oportunamente — debo decir que elijo este ejemplo porque es más bien alentador— hecho la observación de que lo que yo dije sobre la angustia como deseo del Otro recubría lo que se encuentra en Kierkegaard. En la primera lectura, pues es completamente verdadero, ustedes piensan precisamente que yo me acordaba de eso: que Kierkegaard, para hablar de la angustia, evocó a la jovencita, en el momento en que por primera vez ella se da cuenta de que se la desea. Pero si Kierkegaard lo ha dicho, la diferencia con lo que yo digo es, si puedo decir así para emplear un término kierkegaardiano, que yo lo repito.
Si hay alguien que ha hecho observar que nunca es por nada que se dice: “lo digo y lo repito”, es justamente Kierkegaard. Si uno experimenta la necesidad de subrayar que uno lo repite después de haberlo dicho, es porque probablemente no es para nada lo mismo repetirlo que decirlo, y es absolutamente cierto que, si lo que yo he dicho la última vez tiene un sentido, es justamente en cuanto que el caso puesto de relieve por Kierkegaard es algo completamente particular y [que] como tal oscurece, lejos de aclarar, el verdadero sentido de la fórmula que la angustia es el deseo del Otro {Autre} — con una A mayúscula.
Es posible que este Otro se encarne para la jovencita en un momento de su existencia en algún vagabundo. Esto no tiene nada que ver con la cuestión que destaqué la última vez, y con la introducción del deseo del Otro como tal para decir que es la angustia… más exactamente, que la angustia es la sensación de ese deseo” (p.2 y 3).
Referencias tomadas de:
[11] La traducción de editorial Trotta dice así: “Aunque la angustia le pertenezca más a ella que al hombre, sin embargo la angustia no es en absoluto ninguna señal de imperfección. La imperfección que cabría mencionar aquí radica en otra cosa distinta, a saber en que la mujer trata de salir de la angustia buscando un apoyo más allá de sí misma. Buscándolo en otro ser humano, concretamente en el varón” (p.95)
Referencia tomada de:
[12] Platón (1988). Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro. Madrid, España: Gredos.
[13] Von Sacher- Masoch, L. (2016[1870]). La Venus de las pieles (trad. de Elisa Martínez Salazar). Madrid, España: Sexto Piso Ilustrado.
[14] Kierkegaard, S. (2013) El amor y la religión. Buenos Aires, Argentina: Grupo Editorial Tomo.
[15] En “El concepto de la angustia” Kierkegaard dice lo siguiente:
“Por obra del pecado se convirtió la sensibilidad en pecaminosidad. Esta afirmación significa dos cosas. Por obra del pecado se convierte la sensibilidad en pecaminosidad y por obra de Adán entró el pecado en el mundo. Estas determinaciones deben apoyarse de continuo mutuamente, pues de otro modo resultaría falta la afirmación inicial. La conversión de la sensibilidad en la pecaminosidad, que tuvo lugar un día, es la historia de la generación: actualmente, la conversión de la sensibilidad en la pecaminosidad es el salto cualitativo del individuo” (p.83).
[16] Cioran, E. (2009 [1934]). En las cimas de la desesperación. D.F., México: Tusquets editores.
[17] Baudelaire, C. (2012). Dibujos y fragmentos póstumos. Madrid, España: Sexto Piso.
*Imágenes: Mujer mordida por una serpiente (1847) de Auguste Clésinger.
Partamos de una nota interesante que agrega Ricardo Rodríguez Ponte[1] a su versión crítica del seminario La angustia (1962-1963).
Sesión del 12 de junio de 1963, Lacan: «los cinco pisos, si puedo expresarme así, de la constitución de a en esta relación de S con A»… este: «si puedo expresarme así» marca la prudencia de su avance[2].
La nota se inserta justo después de «los cinco pisos», Rodríguez Ponte: «A mi modo de ver, los “cinco pisos” mencionados aquí por Lacan parecen más bien remitir, no tanto, o sólo, a los cuatro diagramas de Euler recién reproducidos, sino a los pisos cuyo esquema aparecerá en la clase siguiente, la del 19 de junio de 1963».
Compartimos el justo señalamiento.
Es de esos «pisos» que proponemos algunas indicaciones, ya que lo volvemos a encontrar en la última sesión del seminario (3 de julio de 1963).
A.K.A. «El grafo del amorir»

Aquí y a la izquierda el lector puede ver el “grafo del amorir”[3]. En esta sesión[4] Lacan desiga que a nivel del objeto oral (seno) hayamos «la necesidad en el Otro»; en el objeto anal (mierda), «la demanda en el Otro»; en el fálico (aquí no hay objeto, por ello el: –phi que le caracteriza): «el goce en el Otro»; en lo escópico (ojo): «la potencia en el Otro»; finalmente, en el objeto invocante (voz): «el deseo en el Otro».
Sería enriquecedor para una lectura rigurosa hacer un recorrido puntual de este «grafo del amorir», con el cual durante casi un mes Lacan insiste en mostrarnos las «gamas del objeto a».
Importante: cada uno genera no sólo un tipo particular de angustia, sino también, una demanda y un deseo particular.
La consecuencia sería doble, al seminario de La angustia le vendría bien el título de “Las angustias”, y resaltar que si el famoso aforismo de este seminario dicta «ella (la angustia) no es sin objeto {elle n’est pas sans objet})»[5], sería necesario precisar: «las angustias no son sin objetos».
2 de agosto del 2019
[1] Tenemos entendido que Rodríguez Ponte falleció el 28 de agosto del 2014, él fue quien llevó a cabo la tarea de traducción y establecimiento más importante de los seminarios de Jacques Lacan en nuestro idioma, trabajo del cual siempre estaremos agradecidos.
[2] Sus seminarios son un work in progress… en algunas ocasiones no es tolerado por lectores apresurados.
[3] Jean Allouch lo ha denominado el «grafo del amorir», nos parece afortunado para el caso… excepto su diseño en pirámide. Véase El sexo del amo (epeele, 2001)y La sombra de tu perro (El cuenco de plata, 2004). Es cierto que Lacan habla de un hacer «el amorir» («Eso no llega muy lejos, lo que demandamos, es la pequeña muerte, pero, en fin, está claro que la demandamos, que la pulsión está íntimamente mezclada con esta pulsión de la demanda, que demandamos hacer el amor {faire l’amour}, si ustedes quieren {demandamos} hacer “el amorir” {faire “l’amourir}, ¡es para morir {à mourir}, incluso es para morir de risa {de rire}!» 29 de mayo de 1963). Por nuestra parte no hemos localizado en Lacan la designación como el «grafo del amorir»). Destacamos otro dato, nada trivial, que aporta Allouch en La sombra…: «persistente (por la comunidad lacaniana, suponemos) desconocimiento de lo que Lacan llamaba su “segundo grafo”». Paréntesis de punctum«»studium.
El grafo que inserto aquí proviene de la versión francesa del seminario, ubicable en el sito de Patrick Valas, tiene la ventaja de asociarse en su forma con el (sí nominado por Lacan) “grafo del deseo”. Véase para su construcción los seminarios Las formaciones del inconsciente, 1958-1959 (Paidós, 2004) y El deseo y su interpretación, 1959-1960 (Paidós, 2014); así como su versión definitiva en Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano en Escritos 2 (Siglo XXI, 1995).
[4] Siempre con una lectura atenta que requiere articularse a otras declaraciones suyas.
[5] Esto el 9 de enero de 1963 (como también el 16 de enero, 30 de enero: «Lo que no equivale a decir, por eso, que este objeto sea accesible por la misma vía que todos los demás»; 6 de marzo: «ella no es objektlos, que ella no es sin objeto»; 13 de marzo; 29 de mayo: «Es de algo que ocurre en la perspectiva donde se confirma que la angustia no es sin objeto, que podemos comprender la función del orgasmo y, más especialmente, lo que he llamado “la satisfacción que comporta”»; 26 de junio: «ese carácter de ser sin causa, pero no sin objeto. Esa es una distinción sobre la cual baso mis esfuerzos. Para situarla, les he dirigido: no solamente ella no es sin objeto, sino que ella designa muy probablemente el objeto, si puedo decir, el más profundo, el objeto último, la cosa. Es en este sentido que yo les he enseñado a decir que ella es lo que no engaña». Agreguemos una nueva nota que pone aquí el mismo Rodríguez Ponte: «Lo forzado de la traducción apunta a mantener la importancia otorgada por Lacan a este tipo de negación: pas sans (no sin), tal como puede observarse en una nota manuscrita del mismo en un margen de la versión JL reforzando el subrayado de estos dos términos, a la par que atiende a lo sutil de la rectificación por relación a la doctrina freudiana de la angustia: si Freud dice que la angustia es sin objeto (o más castizamente: que carece de objeto), Lacan dice que no es sin objeto, lo que elude decir que lo tiene. Pero es que entre el “objeto” de la primera fórmula y el “objeto” de la segunda sólo hay una relación de homonimia: si el objeto a es efectivamente invención de Lacan, mal podría haberlo albergado entonces el texto freudiano». Llaves y negritas de punctum«»studium.