(ac)ceder /a/ la mirada.

Iniciaré con una frase surgida durante los comentarios del taller de lectura[1] y que aún continúa haciendo eco en mis recuerdos: “El ojo es el objeto a que más angustia”. La enlazaré a mi reciente visita a la exitosa exposición en el MUSA, nombrada “En casa con mis monstruos” del genio y director contemporáneo: Guillermo del Toro.

En ésta es extenuante la mirada, uno mira que lo miran, la sensación de ser observado por las figuras que conforman la exposición, quedar impávido ante algún cuadro que captura la mirada sin permitir el parpadeo. La “vivencia” parece anunciarse desde el inicio del recorrido, el pasaje por un pasillo con ojos atentos en movimiento.

Y continuamos con frases resonantes “El ojo como el más ominoso de los objetos a”, menciona Lacan respecto al libro consultado por Freud en Lo ominoso: “El hombre de arena”, mejor dicho, respecto al personaje apellidado Copelius,

En este pequeño escrito hay una nota a pie que nos pone al tanto de que tal apellido tiene relación con los ojos, curiosidad que fue compartida a Freud por la esposa de Otto Rank: Beata Rank.

Todas esas figuras, parte de la colección que Del Toro ha cedido y compartido en diversos lugares del mundo, reflejan que hay posibilidad de desprender del cuerpo la imagen, su imagen especular, la imagen del cuerpo y pasar al estado cesible en forma de retratos, esculturas, fotografías, etcétera.

Siguiendo con el ritmo de la sesión del taller suscribo el tema respecto a que el objeto anal, en tanto función de objeto cesible, interviene en la función del deseo, quizá mostrado como la forma más natural (Lacan dixit).

Recordando aquí que el objeto a, en tanto función no es fin ni meta del deseo, sino su causa. Siendo el deseo en sí mismo algo no efectivo que aparece como efecto en la noción de causa, es decir, en el plano de la cadena significante[2].  

Volviendo a la cuestión escópica, recordemos que comparte tanto la función de la mirada como la de la vista; quien haya mirado/visto el filme “El laberinto del fauno” recordará haber mirado/visto aquel personaje nombrado como Hombre Pálido, mi personaje favorito, debo decir, y que también es parte de la maravillosa exposición (juro que no me pagan por hacer promoción pero la recomiendo mucho), esa criatura sentada a la cabeza de una gran mesa con un banquete repleto de manjares y delicias intactas, banquete intacto porque este personaje prefiere alimentarse de niños; sentado a la cabeza de la mesa pareciera estar en una especie de letargo, frente a él se encuentran servidos en un plato sus ojos[3], los cuales acomoda en las cuencas ubicadas en las palmas de sus manos, manos que tienen enormes uñas negras y afiladas, las que emplea simpáticamente a modo de pestañas siendo sus dedos los párpados, sí, coqueto el monstruo. Llama la atención la inspiración de la cual surge este personaje, el Hombre Pálido es una representación de Saturno, que a su vez es la versión romana del dios griego Cronos. Alrededor del salón hay frescos en las paredes mostrando a la criatura devorar niños, lo cual inmediatamente lleva a la pintura de Francisco de Goya donde representa a Saturno devorando a su hijo (Cronos devorando a su hijo)[4]. Siendo Cronos la representación del tiempo, y se dice que a su vez del status quo, representando tal acto de barbarie un temor universal entendido como miedo a perder el control.

Hablando de control, terminaré retomando a Lacan “como un abrir y cerrar de ojos”: este deseo, en el plano anal, donde se capta su incidencia en la constitución del sujeto es el deseo de retener, es decir, de controlar.

21 de junio de 2019


[1] Sesión del 26 de junio de 1963.

[2] Durante nuestra lectura surgió una duda debido a la redacción del texto, en la edición de Miller aparece el deseo como no efectivo, sin embargo, en la versión crítica de Ricardo E. Rodriguez, parecería entenderse el objeto anal como no efectivo.

[3] No olvidemos el cuadro de Francisco de Zurbarán que evoca Lacan en este mismo seminario, Sata Lucía (1636) con sus ojos sobre la bandeja.

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