No se hagan pelotas, el factor común es el falo, el falo es un significante, y el significante es la palabra, luego entonces (como decía en clase mi querido maestro J. C. Bojalil), el falo es la palabra…

No se hagan pelotas, el factor común es el falo, el falo es un significante, y el significante es la palabra, luego entonces (como decía en clase mi querido maestro J. C. Bojalil), el falo es la palabra…

En cuanto a subrayar los seminarios de Jacques Lacan, ya salvé hace mucho tiempo esa fobia, ahora llevo un sistema que va de la lectura sin subrayado, pasando por un marca texto Stabilo Boss, luego un portaminas Staedtler Mars, hasta colores de madera azul y rojo Pelikan (todos de origen alemán)… unas manías por otras, eso sí, más productivas.
Siempre he desconfiado de los psicoanalistas que mantienen sus libros intactos, me da la impresión que los conservan como ornato para sus desertificados despachos.
Pasemos al tema.
Actualmente trabajamos en el taller de lectura: «Lacan para principiantes» el seminario Las formaciones del inconsciente (1957-1958) [Paidós: 2004], ya hemos pasado la primera fase, aquella que Jacques-Alin Miller titula como «las estructuras freudianas del espíritu», buen título, pero adviertan los novatos que no se trata del «espíritu» del espiritismo.
Y es en este proceso de subrayados, semejante al lavado de oro, que traigo el último nivel (por ahora) de subrayado (el rojo), pertenece a la sesión del 04 de diciembre de 1957:

Interpreto:
En el espírituanálisis [1] lo que cuenta es rebasar la «común medida», facilitada con la presencia del Otro.
La «común medida» sería a®a’, y la desmedida común: a®A’… del «esquema L», con esta idea nos encontramos a tono con lo que Lacan irá construyendo en la siguiente parte de su seminario (enero-febrero 1958), que veremos terminado en De una cuestión preliminar…[2] como «esquema R».
Contrariamente a lo que un piensa un sociólogo-lacaniano (no es broma, así se hacen nombrar), el sólo hecho de la “existencia” del Otro elimina cualquier medida que hiciese comunidad… algo que más tarde pondrá en evidencia (también) la invención del objeto a.
Y además, la satisfacción se hallará más allá de lo manifiesto… lo que provoca la metáfora: una cosa bien puede valer cualquier otra (eso sí, metonimia mediante).
Ese es el secreto del chiste, el otro-metonímico es necesario para la producción metafórica novedosa [3]:
El otro (…) para llamar las cosas por su nombre, participa de la posibilidad de la agudeza [así como de toda formación del inconsciente], pero es en el interior de la resistencia del sujeto (…) donde se hará oír algo que retumba más lejos y hace que el chiste resuene directamente en el inconsciente [4].
Hay mucho más en esta sesión del 04 de diciembre… pero ¿Quién quema todos sus cartuchos de un tirón?
I.
[1] Allouch, J. ¿Es el psicoanálisis un ejercicio espiritual? Respuesta a Michel Foucault, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2007.
[2] De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis en Escritos 2, Siglo XXI, México, 1995, p. 534. Este texto es prácticamente un informe de los seminarios 3, 4 y 5, de ahí la complejidad de leer sus Escritos y el por qué sostengo: están destinados para sus alumnos.
[3] Queda clarísimo en el olvido Signorelli, sin el abogado-otro-metonímico, ahí sentado frente a Freud en el carruaje, tal vez nada hubiese acontecido, no habría (futuro anterior) formación del inconsciente y por ende “acto” analítico (¿otra formación del inconsciente? El espíritu-analista sin duda lo es).
[4] Corchetes míos.
Durante la sesión del 18 de diciembre de 1857 Lacan aborda brevemente el tema de la risa, esta misma como última expresión, remate del chiste o lo cómico, dejando a estos dos del lado de lo simbólico, puesto que el Otro está ahí como intermedio para ratificar el mensaje dentro de la envoltura del chiste o lo cómico.
Por su parte la risa es colocada del lado de lo imaginario, es decir, desde un punto donde el Otro no aparece como ratificador del mensaje, donde el puro juego especular es tomado como referente para desencadenar la risa.
Hace ya un tiempo tuve la oportunidad de leer un pequeño cuento de Dostoyevski titulado Un episodio vergonzoso, en donde el personaje central de nombre Ivan Ilich Pralisnki , un funcionario hasta cierto punto renombrado, ingresa, sin invitación, a la celebración de una boda, de la que participaban personas de rango menos elevado y por tanto no tan distinguidos como nuestro amable principal, lo notable de este pequeño cuento es el planteamiento que se hace Iván Ilich, se forma la idea de comportarse a la altura de las circunstancias y no espera recibir trato especial por parte del resto de los que si fueron invitados, mismos que no dejan de mostrarse incomodos ante la presencia de este.
Estar a la altura de las circunstancias es ya plantearse el problema de no caer, pues bien, a este simpático personaje se le suben las copas y cae como suelen caer las personas no acostumbradas a beber en exceso y pasa al plano de lo ridículo. Dostoyevski nos lleva precisamente por lo que Lacan describe en relación a lo que produce el ingenio en lo cómico, el desarrollo del texto nos introduce en la escena general para hacernos parte de la jerga y lo que más tarde habrá de despuntar en la caída de Iván Ilich.
Y bien, ¿por qué una caída es graciosa?
Dice Lacan:
la risa estalla en la medida en que el personaje imaginario prosigue en nuestra imaginación sus andares afectados, cuando lo que es su soporte en lo real queda ahí tirado y desparramado por el suelo. Se trata siempre de una liberación de la imagen. Entiéndalo en los dos sentidos de este término ambiguo, por una parte, algo liberado de la constricción de la imagen, por otra parte, la imagen se va también de paseo ella sola. Por eso hay algo cómico en el pato al que le cortas la cabeza y da todavía algunos pasos por el corral
De esto se trata en el cuento de Dostoyevski, de un tipo que ostenta cierto prestigio y cuyo cuerpo queda desparramado en el suelo dando algunas patadas mientras su imagen, ahora sin mucho prestigio, anda y se pasea sola. No es casualidad que gire alrededor de un personaje de renombre, de cierta prestancia cuya imagen favorezca una caída que cause risa, y es que, en el caso contrario, en el de una persona que de por si padece las desgracias todo el tiempo, una caída más, al contrario puede provocar la más seria de las compasiones y de las lástimas. Dostoievski nos muestra así, entre la agudeza, lo cómico y la risa lo que Lacan trabaja en gran parte de este seminario sobre las formaciones del inconsciente.
Lacan va tomar como referencia lo cómico para tratar el tema del amor, Lacan:
Ahora bien, si en las subyacencias del chiste hemos encontrado aquella estructura esencial de la demanda de acuerdo con la cual, en tanto que el Otro la recoge, ha de quedar esencialmente insatisfecha, hay de todas formas una solución, la solución fundamental, la que todos los seres humanos buscan desde el inicio de su vida hasta el fin de su existencia. Como todo depende del Otro, la solución es tener otro todo tuyo. Es lo que se llama el amor. En la dialéctica del deseo, se trata de tener otro todo tuyo
Escribo esto un 14 de febrero, día en que se acostumbra celebrar al amor más que la amistad y es que el amor en su aspecto fundamental es muy similar a lo cómico, solo que, con una salida no menos cómica, pero como no es mi intención desanimar a nadie, no diré que sea imposible.
Samuel López González
Bibliografía
Lacan, J 1957, Seminario 5 Las formaciones del Inconsciente
Dostoyevski, F, 1862, Un episodio vergonzoso.

¿Cuándo es el mejor momento para comenzar algo? Tal vez mañana, no dirá, actuará el obsesivo sin proponérselo.
En la clase II del seminario 4, La relación de objeto, a modo de despejar y aclarar en lo que corresponde a la relación de objeto, Lacan nos dice “¿Qué es un obsesivo? En suma es un actor que desempeña su papel y cumple cierto número de actos como si estuviera muerto”.
A la manera del 007, para el obsesivo, el mañana nunca muere, ¿Por qué? porque de alguna manera él es el mañana, no el mañana de los que piensan con mentalidad positiva, aquel que esperan como premonición de tiempos mejores, sino como el de la procrastinación hecha personaje, es ese mañana que no llega porque esta mortificado en su presente, precisamente porque su papel, es hacerse el muerto, desde luego sin que él lo sepa.
Aquí resulta un tanto cómica la referencia a cierto “godín de gobierno u oficina” pero no al estilo del Bartleby de Melville, quien con todo el rigor de la palabra decía preferiría no hacerlo, me refiero al que critica los cargos y exige desmesuradamente a sus superiores toda clase de complacencias por su trabajo, y sin embargo, cuando a este se le intenta promover a un cargo mayor, pone de relieve toda clase de lógica a su alcance con tal de negarse a la promoción y, una vez a resguardo en su cargo menor volverá con toda cólera posible contra sus superiores; precisamente porque para él lo importante es mantenerse sin ser el blanco al que se dirige la flecha; significa esto que, estando en un puesto superior sería motivo del recelo de los de menor rango, pedirían su cabeza, como suele decirse, le exigirían resultados como a cualquier otro en su posición, por ello prefiere entonces permanecer como no deseante, como objeto; ser deseante implica correr un riesgo, y el riesgo que corre todo aquel que desea es que pidan su cabeza, encontrarse de cara con la muerte.
Retomando la cita anterior de Lacan, sobre el obsesivo en su papel de actor, y teniendo en cuenta su crítica al psicoanálisis de las relaciones objetales, habrá que preguntarnos ¿Cuántos personajes hay en la obra -ejercicio espiritual- del análisis?
Dejemos que las sesiones transcurran para abordar o, bordar a la manera de quien teje, las respuestas necesarias o en su defecto abrir nuevas interrogantes.
Samuel López Gonzáles
Bibliografía: J. Lacan seminario 4, La relación de objeto, Paidós, Buenos Aires, p. 29.


Tenemos la obligación de servirnos de la moneda que predomina
en el país que investigamos; en nuestro caso,
de la moneda neurótica.
Sigmund Freud.
Propongo algunas puntuaciones que considero importantes (…y para no olvidar) de las tres primeras sesiones del seminario El deseo y su interpretación, impartidas el 12, 19 y 26 noviembre de 1958.
El carácter de esa satisfacción se refleja aquí en el lenguaje, en ese satisfecho con ser (…) donde se pone al descubierto la ambigüedad del término ser (…).
El ser está allí [en el sueño], se desliza por doquier, y así mismo toma la forma gramatical de remisión al ser, el ser satisfecho. ¿Acaso este ser puede ser tomado por el lado de la sustancia? No hay nada sustancial en el ser fuera de ese término mismo, se satisface con ser. No podemos tomar al ser (être) sino al pie de la letra (l’être )[5]. A fin de cuentas, lo que el Wunsch satisface es algo del orden del ser. No hay en definitiva otro lugar que el sueño, al menos en el plano del ser, donde el Wunsch pueda satisfacerse[6].
09 de enero de 2021.

[1] Anthony Sampson: «Además, se puede sostener que emplear en psicoanálisis el concepto metafísico de “fantasma” – por oposición a su sentido común de “espectro” – sin duda sería privilegiar excesivamente el producto-imagen-objeto a expensas de la actividad, de la “ficción” que la produce. La fantasía freudiana no se reduce a ser la pura imagen extenuada del objeto. Ese sería desconocer su estructura gramatical – su estructura de relato, estructura narrativa que implica un sujeto, un verbo y un predicado –. De ahí que se presente como un escenario, un guion, una puesta en escena, con actores y libretos. Ciertamente el objeto no podría estar ausente de semejante puesta en escena (la escritura lacaniana lo hace sin duda resaltar. Pero también no hay que olvidar que justamente el objeto a no es susceptible de representación especular alguna» (…) «Por último, pues, hemos reservado para el final la argumentación que nos parece más decisiva: si el término en español, cuando se trata de Freud es “fantasía”, no podría haber un término distinto cuando se trata de Lacan. Así es de claro y contundente. Si hay dos, uno para Freud y otro para Lacan, uno de los dos sobra. A nuestro parecer sobra “fantasma”» en Transmisión del psicoanálisis , artefacto 3, s/e, 1992.
[2] «La extracción de diamantes artesanales es el método más sencillo de extraer diamantes. Los “buscadores de diamantes” usan sus manos para tamizar a través del lodo, roca y tierra, en un esfuerzo para encontrar y extraer diamantes utilizan este método» en Los métodos de extracción de diamantes en la minería (ehowenespanol.com.
[3] Para el lector interesado y atento no deja de ser útil como recurso el libro que tanta picazón le causó a los lacanianos ortodoxos, me refiero a Lo que Lacan dijo del ser (Amorrortu, 2002), donde François Balmès recorre esta complicada noción durante los primeros seminarios de Lacan.
[4] Y no “fantasma”, según lo indicado en la nota 1.
[5] Versión francesa: l n’y a rien d’autre de substantiel dans l’être que ce mot même, « il se satisfait de l’être », nous pouvons le prendre pour ce qui est de l’être, si ce n’est au pied de la lettre.
[6] Corchetes de punctum«»studium.
[7] Para una breve lectura sobre este tema puede consultarse El lazo especular (Epeele, 1997) de Guy Le Gaufey.
«Lo que parece más universal en Hamlet es la calidad y la gracia de su duelo.
Éste se centró inicialmente sobre el padre muerto y la madre caída,
pero para el acto V el centro del dolor está en todas partes,
y su circunferencia en ninguna, o en el infinito.
Harold Bloom
De los seminarios de La angustia y La transferencia… no sería excesivo decir que los dos apuntan a la pregunta sobre el deseo.
Antes de llenarse la boca con la expresión «el deseo del analista» -innegablemente fundamental y bandera de batalla para Lacan durante toda su enseñanza- sería oportuno preguntarse… qué es el deseo.
A su respuesta le dedicó todo un seminario: El deseo y su interpretación (1958-1959), ahí vuelve a su artefacto del año anterior: el «grafo del deseo» (o «grama del deseo») para utilizarlo como rejilla de lectura al abordar algunos topics más, entre otros:
Tres sueños:
Un abordaje a la dramaturgia:
En el 2019 con nuestro taller dedicado al seminario La transferencia…articulamos lo siguiente:
Sí, el lugar donde se pone en primer plano la pregunta por aquello que puede ser y respoder(se) al «deseo del analista» es… La transferencia, ¡en el concepto y el seminario!
Ahora en el 2020, agregamos que:
…ahí el deseo pivotea la transferencia y en consecuencia.- al acto analítico y su resto: ¡el analista!
Nuestro trabajo continuará con la misma estrategia:
(…) la antigua práctica griega del némein, que privilegiaba la lectura en voz alta, línea a línea. Tomamos en cuenta el contexto de cada párrafo, sesión, seminario y obra de Lacan, desestabilizando la cegadora evidencia del aforismo y el vetusto dogmatismo.
Estrategia de lectura oportuna para aquellos que deseen aproximarse por vez primera a un autor que se le considera complicado y hermético.
Y es que los seminarios de Lacan cuentan con esa característica que su amigo Alexandre Koyre encontraba en los Diálogos de Platón:
«carácter inacabado y exigencia de un esfuerzo personal por parte del lector-auditor».
Queda abierta la invitación a nuestro NUEVO recorrido.
INICIO 12 DE DICIEMBRE
Frecuencia: sábados de 17 a 19 hrs // VIA ZOOM
Coordina: H. Isaac Puertos Salinas
Información y registro: FaceBook InBox o humbertoisaac@hotmail.com

Me gusta mucho Claudel. Es una de mis debilidades, porque no soy en absoluto <thala>. Con ese increíble talento adivinatorio siempre.
Es con estas palabras de Lacan que inicio la presente relatoría.
Me parece necesario, antes de culminar el seminario sobre La transferencia, hacer una breve puntuación sobre la relevancia que tiene aquí el abordaje de la trilogía claudeliana, breve porque adentrarnos en el análisis que Lacan hace de cada una de las piezas[1] nos llevaría un largo tiempo y seguramente una gran cantidad de referencias, además de que cada una de ellas encuentra expuestos elementos teóricos de Freud y otros que Lacan mismo adhiere a su obra.
Poe ejemplo, al comentar El rehén, Lacan va hacer una revisión de la Versagung, como sabemos, Sygne de Coufontaine es llevada a asumir un goce de aquello mismo que es su aberración, a decir, aceptar al gran Toussaint Turelure, hay pues en ella una «renuncia», un faltar a la promesa de la fe cristiana, se entrega completamente al deseo; en El pan duro podemos encontrar el trazo que si bien parte de: «otro-él-mismo», llevará la marca inclusive con la caída de aquel que produce el trazo, aquí en su entereza. Lacan observa que Claudel es un pensador reflexivo y mientras que Freud un pensador creativo, teniendo en cuenta la representación contemporánea de lo que implica el complejo de Edipo; con El padre humillado sucede algo similar a lo que es el drama de Sygne, hay una «renuncia», un encontrar las dos almas en un vestigio, la renuncia de Orian y el deseo encubierto de Pensée.
GEORGES – ¿Qué tengo para dar, ya lo tienen todo?
SYGNE – Pero le quedan el derecho y el nombre.
GEORGES – ¿También hay que entregar eso?
SYGNE – Entréguele eso también.
GEORGES – Pero el nombre no es mío, el derecho no es mío, la alianza entre la tierra y yo no es mía.
SYGNE – Todo ha cambiado, Georges. Ya no hay más derecho, no hay más que un goce.
Las piezas de Claudel parecen narradas con una intuición psicoanalítica muy astuta, y no hablar de las características de cada personaje, sus nombres incluso, que, si bien son creaciones del autor, (recordando a Turelure y su fantasía al deformar los nombres), son también medio de interpretación para lo que gesta Lacan.
Todos y cada uno de los personajes son, en cierto sentido, verdaderamente extravagantes y hasta vulgares, sabemos que el poeta encuentra en sus narraciones un lenguaje estético, con diálogos que parecen flotar solos de la boca de quien los emite.
Prontamente Lacan dio cuenta de las implicaciones de esta tragedia, si bien la «renuncia» a algo, la «renuncia» a una salvación, a encontrar algo más en dónde “hay nada”; vemos la transposición que hace de una pieza a otra y su manifestación presente en los personajes, la vida vista como ese drama, en donde los capítulos son escritos y van ensamblándose con la lógica del a posteriori.
Cito a Lacan en la sesión del 10 de mayo de 1961, denominada La abyección de Turelure:
El camino por el cual trato de conducirlos, con la ayuda del drama claudeliano, es el de volver a situar, en el corazón del problema, la castración. Porque la castración y su problema son idénticos a lo que llamaré la constitución del sujeto del deseo como tal- no del sujeto de la necesidad, no del sujeto frustrado, sino del sujeto del deseo.
El deseo acabado no solo es ese punto, es lo que podemos llamar un conjunto en el sujeto, ese conjunto del que trato de señalar para ustedes no solamente la topología en un sentido para espacial (la cosa que se ilustra) sino también los tres tiempos de esa explosión al cabo de lo cual se realiza la configuración del deseo, (tiempos de) llamado al primero, y ustedes pueden verlo señalado en las generaciones. Tres generaciones son suficientes.
A lo largo de las póstumas sesiones Lacan se va a ocupar de reconocer esa constitución topológica del deseo del sujeto, como deseo del Otro. Lo que en éste momento nos interesa conocer, son esos tres tiempos de la configuración del deseo.
En la trilogía claudeliana ese sujeto del deseo viene a cumplir su función de significante como marca, como un trazo, observado en los personajes que componen las tres piezas, partiendo de la desavenencia, del vacío de Sygne de Confontaine que lo entrega todo y donde nace esa marca y que se ve constituida, por decirlo así, en quien viene a ser quien cumple la función principal en la trilogía, Louis de Confontaine; resultando así, la «verdad desfigurada» el desdoblamiento, la desfiguración de un rostro que se ha ocultado por diversos dramas y generaciones, hablamos de Pensée de Counfontaine.

En la conferencia de 1953, titulada: El mito individual del neurótico o poesía y verdad en la neurosis, Lacan ya había abordado esta situación, al referirse al caso de El hombre de las ratas, da cuenta que el relato escuchado y ya conocido por dicho personaje, que es precisamente el de «la introducción de una rata excitada por medios artificiales en el recto de la víctima», no es el detonante en el desencadenamiento de su neurosis, sino que solo actualiza sus temas y suscita aquella angustia que lo “empuja” hacia Freud:
Ese padre se encuentra en la posición de hacer lo que se llama un matrimonio ventajoso [de interés] -su mujer pertenece a un medio mucho más elevado en la jerarquía burguesa, y le ha aportado los medios para vivir y la situación misma de la que se beneficia en el momento en que van a tener a su hijo.
Hablamos entonces de lo que supone una «verdad desfigurada» en ese drama actual y no ser precisamente la Versagung primordial de dichos síntomas. Lo que vendría a dar testimonio de la neurosis, es precisamente las relaciones fundamentales que estructuraron la unión de sus padres:
Lo que me hace tomar ésta cita, de toda una serie de escenas que constituyen el drama y con ello la constitución del deseo del sujeto en los tres tiempos, es porque me parece la más esclarecedora de lo que Lacan nos intenta mostrar al adentrase en la obra de Claudel.
Podemos sin lugar a dudas alienar aquí los personajes de ambos dramas.
En Claudel, Toussaint de Turelure sería bien representado por el papá del hombre de las ratas, mientras que Sygne de Coufontaine sería la madre burguesa (hay por supuesto diferencias abismales, aquí solo intento hacer una representación del mito a través de las tres generaciones), por su puesto Louis de Coufontaine sería el hombre de las ratas.
En esa conferencia Lacan nos detalla desde otra perspectiva a la de Freud, los actos dramatúrgicos de los personajes y su incidencia en lo simbólico. Ahí mismo Lacan menciona como es que se constituye el mito y la importancia de reconocer esa «verdad desfigurada».
Cito:
Siguiendo con esclarecer la constitución del deseo en el sujeto y teniendo en cuenta al complejo de Edipo como el mito primordial de dicha marca en el sujeto, me ubico en la sesión del 17 de mayo de 1961, denominada: El deseo de Pensée.
El mito es lo que da una fórmula [forma] discursiva a algo que no puede ser transmitido en la definición de la verdad, ya que la definición de la verdad no puede apoyarse más que sobre ella misma, y que es en tanto que la palabra progresa que ella [esa palabra] la constituye [a la verdad].
Se los recuerdo al pasar, allí encontramos el verdadero lugar del sujeto en tanto que es el sujeto del inconsciente, a saber, el [me], o el ne muy particular del que el lenguaje sólo captamos sus vestigios, en el momento de su aparición paradojal en términos como el je crains qu ´il ne vienne, o avant qu ´il n ´apparaisse, donde a los gramáticos les parece que es un expletivo, mientras es ahí justamente que se muestra la punta del deseo – no el sujeto del enunciado, que es el yo [je], el que habla actualmente, sino el sujeto donde se origina la enunciación.
Continua…
El verbo no es simplemente para nosotros la vía donde nos insertamos para llevar cada uno la carga de la deuda que constituye nuestro destino sino que el abre para nosotros la posibilidad de una tentación por donde nos es posible maldecirnos, no solamente como destino particular, como vida, sino como la vía misma donde el Verbo nos compromete, y como encuentro con la verdad, como choque de la verdad.
La intención de este rodeo al traer de nuevo pasajes de la trilogía claudeliana, no es la comprensión de la misma y su incidencia que ha tenido en la obra de Lacan, sino conocer lo que implica en la relación transferencial y la respuesta o posición que debe tener el analista.
No es por nada coincidente que Claudel titule su primera pieza como El rehén, porque hablamos ahí del momento inaugural donde el significante queda cautivo, pero ese rehén muestra signos de abolirse en la palabra, en el discurso.
En octubre de 1967, Lacan dicta una conferencia en el Centro Hospitalario del Vinatier en Lyon, ahí y de una manera breve toma conceptos básicos del «lugar, origen y fin de su enseñanza», también nos lleva a conocer de forma distinta el desarrollo biológico, poniendo de manifiesto la lectura de Piaget por parte de Vigotsky, reconociendo que hay un sujeto distinto a lo que atañe el psiquismo y el cual es el sujeto en el lenguaje.
Cito:
Está el sujeto que es el sujeto del enunciado, y que resulta bastante fácil localizar. Yo quiere decir este que está hablando efectivamente en el momento en que digo yo Pero el sujeto no es siempre el sujeto del enunciado, porque no todos los enunciados contienen yo. Aun cuando no hay yo, aun cuando dicen “llueve” hay un sujeto de la enunciación, hay un sujeto, aunque ya no sea perceptible en la frase.
Un poco adelante:
Puedo entonces darles una fórmula que expongo como una de las primordiales. Es una definición de lo que se llama elemento en el lenguaje. Siempre se lo llamó elemento, incluso en griego. Los estoicos lo llamaron significante. Yo enuncio que lo que se distingue del signo es que “el significante es lo que representa al sujeto para otro significante, no para otro sujeto.”
Tomo este texto para exponer lo que tendría que ser la posición del analista, teniendo en cuenta este pasaje de Lacan y lo que se ha hecho mención de la obra de Claudel, y es que, al entrar en el drama del sujeto, la posición del analista no puede darse teniendo en cuenta un desarrollo psíquico interior, sino que se debe escuchar al sujeto del lenguaje, el sujeto hecho por el discurso, el sujeto de la enunciación, el analista como tal no puede responder desde el lugar de sujeto a sujeto, o sujeto del saber, sino del sujeto de la lógica, siguiendo esos rastros, esas huellas que el significante deja en el discurso del analizante.
Responder de sujeto a sujeto implicaría como dijo Lacan: «que pasamos nuestro tiempo diciendo a nuestros pacientes – Usted nos toma por una madre mala- lo que de todos modos no es la posición que debemos adoptar».
Para finalizar una última cita de la sesión del 24 de mayo de 1961 denominada: Descomposición estructural.
El analista juega su papel transferencial precisamente en la medida en que es para el enfermo lo que no está sobre el plano de lo que se puede llamar realidad. Justamente en la medida en que el fenómeno de la transferencia va a ayudarnos a hacer que el enfermo se percate, en ese ángulo de desviación, de hasta qué punto está lejos de lo real a causa de lo que ha producido de ficticio, en suma, con la ayuda de la transferencia.
La obra de Claudel nos viene a ilustrar la manera de como los dramas cotidianos, están ahí arropados, sostenidos por el mito original… el complejo de Edipo.
Bibliografía
Lacan, J. (2010). El mito individual del neurótico. Buenos Aires. Editorial: Paidós.
Le Brun, J. (2004). El amor puro de Platón a Lacan. Buenos Aires. Editorial: El cuenco de plata.
Lacan, J. (2008). Mi enseñanza. Buenos Aires. Editorial: Paidós.
[1] El rehén [1908-1909], El pan duro [1913-1915] y El padre humillado [1914-1916].
Las ideas de Freud respecto a la sexualidad constituyen el fundamento mismo del psicoanálisis como una novedosa forma de “hacer clínica”, así también un método de investigación.
A lo largo de su trabajo da cuenta que una de las causas del malestar subjetivo eran los atolladeros de la sexualidad.
Conforme escuchaba a sus pacientes notaba que un motivo de dichos apuros era debido a las restricciones sociales de la época. Sin duda nos aportó un más allá: un saber que revela la estructura sexual no armonizable del sujeto del inconsciente con la naturaleza.
Si echamos un vistazo a lo que sucede a nuestro alrededor y sobre todo dentro de nuestra práctica clínica, caeremos en la cuenta de un saber de lo inconsciente, y es que incluso cuando existe una sociedad con mayor aceptación y apertura respecto a las múltiples formas representativas de las diversas sexualidades… el malestar persiste.
Por ejemplo: se lee en las noticias el encabezado: “Países Bajos elimina la casilla del sexo del carné de identidad”, la noticia continúa: La medida servirá para que el ciudadano «pueda desarrollar su propia identidad en libertad». Y es que en el discurso social se insiste en una búsqueda por la igualdad, en espacios que convocan a ser todos iguales, a las modas, nótese el capitalismo promoviendo lo que debemos consumir, cómo es que debemos vivir, qué objetos son los que ahora se llevan, usan, estilan, qué empleo es el que te hará ganar más, qué implica el ser exitoso, y un gran etcétera. Se busca que todos llevemos nuestros ideales y pensamientos hacia un mismo sentido, como si todos gozaramos igual.
De ahí la posición del psicoanálisis, debiendo permanecer en una imparcialidad hacia toda ideología igualitaria, ya sea libertina u opresora, el psicoanálisis no educa, no adoctrina, no es una sexología, quizá y sólo quizá, será algo más como una erotología.
Respecto a esto citaré a Allouch:
“El psicoanálisis no se situará como erotología sino desistiendo de la partición hombre mujer. Se ha constituido como erotología tomando otro punto de partida, bajo otro ángulo, el que localizamos al tomar las cosas por el sesgo”[1].
Que es lo que esto nos plantea, y poco importa la preferencia sexual del sujeto en análisis, es lo de menos si le gustan los hombres, las mujeres, si en el «carné» dice que es masculino o femenino, si nace hembra o macho, si se siente hombre o mujer o cualquier otra cosa, ahora con las llamadas “transespecies”.
Es precisamente el análisis un lugar para abrir un paréntesis. Producir un espacio analítico, es decir: suspender un saber predeterminado (hombre mujer).
Recordemos el filme “La chica danesa”, se trata de una historia real que acontece en Dinamarca por allá de los años 20´s. Basado en la obra autobiográfica Man into Woman, una recopilación de cartas y escritos del diario de Einar Wegener/Lili Elbe, una de las primeras personas trans sometidas a cirugía de reasignación de sexo. La película nos muestra de inicio una exitosa pareja de pintores formada por Einar (Eddie Redmayne) y Gerda Wegener (Alicia Vikander).
Einar observa la forma en que Gerda se maquilla, más allá de ella, él se queda absorto en los artilugios que se utilizan para crear la ilusión de la feminidad.
En alguna ocasión la modelo a la que Greda contrató para retratar en sus cuadros, no se presenta a la cita. Greda con urgencia de terminar esas pinturas a tiempo le pregunta a su marido si no le importaría ponerse medias y zapatos de mujer por unos instantes, a lo que él accederá sin problema.

Aquella escena hipnótica en la que las manos de Einar se deslizan sobre las medias femeninas colocándolas sobre su piel, deslizándolas a través de sus piernas, con inmaculada delicadeza, sin quitar la mirada de encima como si no quisiera perder ningún detalle respecto a todas las sensaciones suscitadas en él en ese instante. Se pone los zapatos para dama. Inclina su cuerpo, acomodándolo a semejanza de la mujer que está eclipsada en la pintura. El roce de sus dedos sobre el vestido que Gerda le apoya sobre su cuerpo, constituye en sí mismo un borde que dará cuenta de una revelación para Einar: un goce opaco, enigmático y desconocido que se le impone.
Dirá Lacan:
“(…) en cuanto definir aquello propio del hombre o de la mujer, el psicoanálisis nos muestra que es imposible”[2].
Observemos que Einar cuenta con la complicidad de su esposa: Gerda, una mujer poco tradicional, de mente abierta y sexualmente aventurera para satisfacer el deseo que le obsesiona a Einar, o quizá a ambos: ponerse en el papel de una mujer. Gerda se encarga de elegir vestidos, zapatos, una peluca adecuada y maquillaje para su marido. A Einar le toca aprenderse el papel, elaborar la mímica, imitar los gestos. Juntos crean a Lili, un producto de la feminidad de ambos, algo del deseo de esta pareja está representado en el resultado nombrado como Lili.
Lo que no debemos perder de vista es que el deseo tiene que ver con la no identidad, en el deseo es donde se pierde la identidad, se desea pero se desea sin personalizar.
10 de julio de 2020
[1] Allouch, J. El psicoanálisis, una erotología de pasaje, Litoral, Córdoba, 1998.
[2] Lacan J., “Saber, ignorancia, verdad” en Hablo a las paredes, Paidós, Buenos Aires, 2012.
“Escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse”
Chantal Maillard en “Escribir”, un poema
del libro “Matar a Platón” (2004)
La lectura no es sin escritura, aunque esta última solo se trate de un trazo mental que jamás se expone ante otros ojos. Algunas personas nos entregamos al ejercicio de escuchar lo inaudible y de pretender proyectarlo a través de las letras; otros lo harán por medio de la música o de otras artes “mudas”. ¿Y para qué atender lo inaprensible si solo se alza como un extracto perfumado o como un hedor livianamente doloroso? Quizás para librarlo del olvido… o, mejor dicho, para recordarlo de otro modo; para rescatar un rastro de nosotros mismos: un residuo distinto al sudor de la existencia. Posiblemente para perfilarnos un contorno mucho menos etéreo, un estado de mayor cohesión que la naturaleza de nuestras pulsiones y afectos (aunque de antemano se intuya que no somos lo que somos sin el movimiento, la incompletud y el cambio).
A veces se escribe con la esperanza de conservar una imagen de menor volatilidad que las que saltan de nuestro psiquismo; pese a que la misma escritura afirme ya lo escurridizo de su constitución: la imprecisión de los márgenes en los cuales nos mostramos.
“Quien escribe calla”- diría Pascal Quignard- mientras que aquel que lee “no rompe el silencio”. [1, p.39] Es por esto que todo libro da testimonio de un deseo imposible de enmudecer; o de hacer hablar a aquello que no siempre nos responde en voz alta. Para Quignard los libros son silencio en estado sólido [2], concretamente, “un pedazo de silencio en las manos del lector” [1, p.39]. Cabe preguntarnos entonces: ¿qué es el silencio?
De acuerdo a Serge André, un psicoanalista belga que también es escritor, el silencio no es tan solo la ausencia del lenguaje (lo cual sería una condición parcialmente posible y totalmente ajena a nuestro dominio); más bien, implica un agujero, un espacio vacío, un accidente: “un corte en el corazón mismo del lenguaje” [3, p.183]; algo que el autor aproxima al llamado “ombligo del sueño”, tan descrito por Freud, y a las “epifanías” de James Joyce. Estas últimas comprenden la aparición de un fragmento de discurso que ya se ha oído antes o del cual se tiene noticia; en él se discierne un agujero silencioso que parece aspirar el lenguaje o hacerlo rotar en torno a sí mismo, de tal manera que, en un instante mínimo de iluminación,lo reduce a nada. La epifanía- señala André- es “la revelación fulgurante de que el <<querer decir>> de todo discurso es tan solo una mueca ridícula puesta, como si fuese una máscara de carnaval, sobre <<el decir nada>> que constituye su esencia real […]” [3, p.184]
Hasta ahora, el silencio es un corte en el corazón mismo del lenguaje y un anuncio sobre algo disimulado, previo y primigenio …No en vano los recintos de lectura solicitan esta “incisión” o “pausa” para permanecer en ellos y para sumergirnos en las obras que resguardan. También para suspendernos de los ajetreos cotidianos y apartarnos de un exceso de estímulos que merman nuestra escucha. Sin embargo- pese a la intencionalidad de sostenerle- ¡qué difícil aspiración la del permanecer en sigilo!, pues la irrupción del lenguaje bien puede venirnos desde adentro y mucho antes de pronunciarse: desde una falta de respuesta- que incita al diálogo interior con nuestros fantasmas – o a partir de una incapacidad de desciframiento que reclama realizarse. ¿Será que el silencio tan solo es un ruidoso murmullo que no sabemos escuchar?
En “La condesa sangrienta”- una prosa poética de 1966- la poeta argentina Alejandra Pizarnik cita a un conocido filósofo (cuyo nombre nunca se revela) para declarar que los gritos se incluyen en la categoría del silencio. Éstos, junto con los jadeos y las imprecaciones, forman una sustancia silenciosa [4]. Ante esta propuesta taxonómica, la escritura de los libros puede interpretarse como aquel silencio en estado sólido- sugerido por Quignard- porque simboliza una encarnación y una experiencia que trasciende la representación de los objetos. En un sentido poético, la letra es carne que se manifiesta al borde del balbuceo, el rechinido de dientes o el llanto. Y a lo mejor no todo tipo de letra, pero al menos aquellas que operan mucho más ajenas a la vanidad intelectual o que simplemente surgen como una necesidad de supervivencia anímica. “Un libro es siempre, en primer lugar, un cuerpo extraño introducido a la fuerza en la palabra”- destacaría Serge André- de tal forma que se presenta como “una especie de muro contra la marea de la palabra” [3, p.200]– contra un flujo que suele sentirse envolvente, seductor, terrorífico, precario, invasor o enfermizo-.
Y retornando al tema del silencio… se dice que siempre existe en él un algo inesperado; parafraseando a Jean- Michel Delacomptée, en su texto “Petit égole des amoureux du silence”-el cual es citado en el libro “Historia del silencio” de Alain Corbin- en el silencio hay una belleza que sorprende, un reposo de sabor exquisito que se paladea con la sutileza de lo gourmet, de tal forma que, aunque nunca pueda darse por hecho, aparece como movido por una fuerza interior: una potencia que generalmente se desplaza a un paso ágil y delicado pero que a veces se traduce- sin darnos cuenta- como un trote atropellado y grotesco, sobre todo en la planicie de nuestras circunvoluciones cerebrales, la lengua y otros órganos faríngeos que no logran simbolizarle. La dificultad de “guardar silencio”, cada vez más evidente en la actualidad- a juicio de Corbain- “altera la estructura misma del individuo”. Además, quienes todavía son sensibles a sus texturas (como lo son los caminantes solitarios, los visitantes de tumbas, los artistas y escritores, los adeptos a la meditación o a los monasterios, y, sobre todo, los enamorados que se miran y callan) son como “viajeros arrojados a una isla de costas escarpadas que está a punto de quedar desierta” [5, p.8]…
El silencio es algo en peligro de extinción y “una presencia en el aire” (añadirá el autor); al igual que una nada inmensa para el oído, ya que se presenta como un ruido continuo. De igual manera, es interesante que Corbin proponga que responder con nuestro silencio, al estado anterior a la palabra, es una manera de rendirle homenaje al objeto que se mira por primera vez. ¿Y qué cosa no se mira como si nunca antes nos pasó frene a los ojos? Gracias a nuestras represiones psíquicas- o a nuestra limitada cognición- los libros que se leen por segunda o tercera vez parecen otorgarnos su contenido de manera virginal.

“La lectura no es sin escritura” … con esta sentencia ha comenzado la presente relatoría… Y sobre esta misma idea reflexionábamos hace más de año en nuestras primeras sesiones de punctum«»studium… Hoy lo seguimos haciendo al leer distintos textos en voz alta y en un cuidadoso seguimiento párrafo por párrafo. Como parte de nuestra formación, cada uno de los integrantes nos comprometimos a desarrollar por escrito alguna idea en torno a los temas de estudio que hemos abordado; también alrededor de nuestras sensaciones con respecto a éstos.
La propuesta de escritura no se dio desde las primeras reuniones, más bien surgió tras algunos meses de lectura… probablemente luego de la asimilación de que la literatura ha aportado algo profundo a nuestra apreciación estética e introspección. La proposición inicial fue conservar el anonimato en los escritos, además de dejar a nuestra libertad el entrar o no en dicha dinámica. Fue interesante que todos tomamos el riesgo de esculpir voluntariamente- con el difícil recurso de las letras- algo del saber y de la ignorancia que vamos descubriendo en los seminarios de Lacan y en los textos de otros autores.
En lo personal, no creo que un psicoanalista esté obligado a dar un testimonio escrito de su actividad clínica o de sus apreciaciones teóricas. Se corre el riesgo de utilizar la letra como una especie de artificio para validar la práctica; o para exponer vanidosamente alguna herencia académica que ha orientado su actividad. No empero, también es cierto que si en la escritura que surge de un psicoanalista se muestra una falta de interés en posicionarse como alguien válido (sobre todo frente a alguna asociación), bien puede ser una enseñanza útil para otros que también se forman. Creo que, para algunos, el mostrar la escritura es más un acto de humildad que de narcisismo, pues muchas veces revelamos más agujeros que aquellos que se hacen evidentes en nuestra cotidianeidad.
He hablado de esta escritura como algo que “surge”, como un brote espontáneo, ya que pienso que jamás se escribe como psicoanalista; si acaso podemos decir que somos unos curiosos del psicoanálisis que a veces nos da por escribir algo en torno a este enorme cuerpo teórico. Y digo que “jamás se escribe como psicoanalista” porque esta figura solamente acontece en un encuadre. Al no tratarse de una profesión, sino de un hecho que se sujeta a la intimidad de un dispositivo, cualquier otra actividad o postura es meramente accesoria y perteneciente a su ámbito humano.
No obstante, si bien no es una obligación escribir de la experiencia en psicoanálisis (a pesar de que el no hacerlo nos aleja un poco del estilo de sus fundadores) creo que el exponernos a través de las letras- independientemente de que éstas se publiquen o permanezcan por siempre en un cajón- aporta algo que trasciende al propio análisis personal y a la interpelación colectiva con otros. Escribir auxilia otras facetas, de aquel hombre o mujer que a veces hace de analista, sin saber con certeza qué dones o maleficios le vendrán con añadidura. Considero que sería ingenuo pensar que el acercamiento a las letras no impacta indirectamente en la praxis.
Según Serge André, “escribir es renunciar al habla y renunciar a ser oído” [3, p.200]. Hasta aquí parece coincidir parcialmente con el analizar, ya que en psicoanálisis importa más el habla de quien se tiende al diván y el hecho de que le escuchemos sin parlotearle tanto. No obstante, en el escritor, el callar toma un sentido diferente: “es en el silencio donde encuentra su inspiración y donde extrae la fuerza para reorganizar, para afilar la pluma, para forzar y violentar la lengua común”. [3, p.183].
Esta teorización me recuerda a una entrevista de María Esther Gilio al psicoanalista Guy Le Gaufey; en ella se señala a la palabra como el único instrumento fundamental del análisis. No obstante, al prescindir de cualquier otro impacto sobre el cuerpo (por vía de la farmacología o de las intervenciones quirúrgicas), el psicoanálisis resalta su valor a partir del silencio: “No hay otra cosa más que hablar, hablar y hablar”- expresa Le Gaufey- “y callarse” …. ¿Porqué?… “porque en el callarse está el secreto mismo de la palabra”. De esta manera, “la palabra vale en tanto quien la dice también calla” … ¿Y alrededor de qué noción gira aquel secreto? [6]
Serge André medita que una intención primordial- no siempre reconocida por el propio escritor- es la de provocar la aparición de un Ser que, a diferencia del expuesto en lo verbal, sobrepasa al ser de la significancia aludido por Lacan (aunque quizás lo más propio sería decir “al sujeto de los significantes”) … El autor añade que “escribir es erigir una estatua que encarna el «no-todo» en el habla”. Confiesa emplear adrede la metáfora del esculpir, específicamente porque- en las bellas artes- la escultura es sin duda la variedad que manifiesta del modo más vehemente “el anhelo de que la obra sea algo real”: la pretensión de que se imponga como un cuerpo real. Si la letra “se opone al habla”- agrega- es por esta voluntad de materialidad con la cual se intenta “romper el reino del semblante”. [3, p.200].
En el posfacio de su novela “Flac”- publicada en el año 2000 tras el contexto de una enfermedad oncológica- Serge André destaca que la escritura comienza donde el psicoanálisis termina- ¡menuda sentencia que nos obliga a establecer unos límites más precisos con respecto a su relación al silencio! – En una distinción más amplia expresa:
“Si el psicoanálisis quiere hacer hablar, la escritura busca hacer callar. La condición de la escritura es la de forzar el silencio del ruido acosador del discurso exterior y también del parloteo, igualmente cansador, del discurso interior del sujeto. Si pudiese, el escritor haría callar al lenguaje mismo; ése es el secreto del deseo de matar y del deseo de muerte (las dos caras de un mismo anhelo de acabar con lo que nos es dado e impuesto por el lenguaje) que habitan el movimiento mismo de la escritura. Escribir es, en primer lugar, querer matar, matar no la vida, sino eso que nos permite saber que estamos vivos y, por ello mismo, nos coloniza y nos priva definitivamente de una parte de la vida para la cual no hay palabra […]” [3, p.183]
Llaman la atención los epígrafes de este posfacio, sobre todo una cita perteneciente al seminario 23 de Jacques Lacan (“El sinthome”). Ésta oración me atrae porque parece describir muy bien algo de lo experimentado por André en el antes y el después de la escritura de su novela. Cita un fragmento de la sesión del 17 de febrero de 1976:
“La palabra es un parásito. La palabra es un recubrimiento (placage). La palabra es la forma de cáncer que afecta al ser humano. ¿Por qué un hombre llamado normal no se da cuenta? Hay algunos que llegan incluso a sentirlo…” [3, p.159]
Mantengamos la frase en la mente… No sin adherir a ella algunas preguntas: ¿por qué la actividad de algunos escritores tuvo un notable despunte durante o después de un análisis? (recordemos el caso de Bataille)… ¿Qué orilló a que ciertos analistas alentaran la escritura en alguno de sus analizados? ¿Acaso advirtieron el límite de su práctica o la necesidad de “continuar” otro trabajo de introspección a través de la escritura y, específicamente, en una forma literaria?
Advirtamos distintas situaciones. En el caso de Georges Bataille, el Dr. Camille Dausse (uno de sus amigos cercanos) encontró que algunos de sus escritos eran virulentamente obsesivos y perturbadores, de ahí que lo animó a iniciar un análisis con el psiquiatra Adrien Borel. Contrario a lo que pudiera esperarse, este último siguió alentando su escritura al confiar que tendría alguna influencia en su cura. Por Roudinesco sabemos que Bataille llevó a cada sesión el contenido de su primera novela: “Historia del ojo”. Fue tanta la influencia entre la asociación libre y la escritura que Bataille confesó, en alguna entrevista, que ese primer libro no pudo escribirlo más que psicoanalizado o saliendo del psicoanálisis. Eso fue lo que expresó, aunque es imposible saber qué tanto de sus cambios vitales se debieron al silencio o al habla. Lo cierto es que tras estar inclinado al alcoholismo y a las apuestas en los juegos de azar, pasó a ejercer como un prolífico ensayista. [7]
Hablando de Alejandra Pizarnik, y de su análisis con León Ostrov, no estoy segura si la correspondencia entre ellos revela una amplia dificultad, para establecer una división tajante entre los efectos del análisis y los logrados por la escritura poética, o si simplemente se deja al descubierto que ésta última sobrepasa en profundidad cualquier hallazgo que pudiera darse en un diván. Es curioso que uno de los poemas más famosos, que Pizarnik dedica a Ostrov, lleva por título “El despertar”. Esta composición desoladora de 1958, escrita a sus veinte años, parece advertir lo que ella misma sabe de su propia neurosis de destino… Pero también sobre esa incapacidad radical del lenguaje para volver a hacerse una voz que no se articula verbalmente. En el poema parece pedir ayuda: un auxilio que de antemano se sabe no llegará del modo en que se espera… No empero, se intenta articular el llamado: le pide a su psicoanalista (a quien llama Señor), que arroje los féretros de su sangre…
Se sabe que el suicidio de Pizarnik ocurrió a sus treinta y seis años, de ahí que podría decirse que la taciturna rumiación, alrededor de las letras, le permitió resistir con vida por más tiempo. Aquí algunos versos reveladores del poema:
“Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada” [8]
Pero retomando la correspondencia entre Pizarnik y Ostrov, con la que me surge esa dubitación de si la escritura comienza donde el psicoanálisis termina, salta la siguiente cita: “No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mí”. Ostrov añade que la entrega de Alejandra a la poesía era total y absoluta, de tal manera que esto fue lo que permitió resistir “los embates del viento feroz” hasta que decidió abandonar la lucha [9, p.29].
Reconoce, además, que siempre confió en Alejandra, pues más allá de sus desfallecimientos, sus abandonos, renuncias, angustias y muertes- incluso de aquella que cesó los latidos del cuerpo- sabía que estaba salvada… ¿de qué? Jamás se dice con exactitud, pero Ostrov sustenta esta opinión en la perspectiva de que la poesía estaba en ella como “una fuerza inconmovible”:
“La irrenunciable y heroica tarea de acercarse al caos para entrever su ley secreta, de atisbar en las tinieblas para iluminarlas con el relámpago de la palabra precisa y bella fue la tarea que eligió como definición de su destino” [9, p. 29]
Con esto no creo que todo aquel que se acerque a la escritura deba alienarse a este compromiso; cada quien habrá de tomar sus propias conclusiones y riesgos, incluso más allá del psicoanálisis o de las letras. Además, no en todo texto nos acompaña la literatura, mucho menos la poesía…Y a propósito de esto, ¿qué es la literatura?
De acuerdo a Pascal Quignard es una voz que, tras resonar en el tiempo, se desprende de “las condiciones prácticas, dialogadas o cantadas y sociales de la palabra humana”; de esta manera, implica una serie de posibilidades en las que la palabra “juega con su propio fantasma o juega con su propia imagen, o juega con su recuerdo”. [10, p.56] Para el escritor francés, el amor a las letras y los libros- o a la literatura en sí- tienen que ver con una voz desaparecida, esa que se pierde, más marcadamente en los hombres, tras la transición de la infancia a la adolescencia. Aunado a lo anterior, distingue que previo a la escritura, la voz silenciosa precedió a la voz enmudecida que las mismas letras permitieron:
“Quienes escriben libros y tienen en alguna estima la belleza, atraen hacia sí un fantasma de voz sin que puedan pronunciarla; es su única guía.
Se engañan sobre su propio silencio; intentan llamar a voces hasta en el silencio de su libro a una voz que precede a una voz, lo más a menudo muerta y siempre demasiado significante. Igual que los músicos que llaman a gritos a una voz siempre más viva, es decir, más insignificante, más infantil, más orgánica, una voz que es anterior a la muda y que los ha hecho decidirse por la música instrumental o la composición musical” [10, p.57]
En el caso del psicoanalista Serge André, la novela “Flac” nació de manera anecdótica: “al igual que todo libro y toda creación”. De alguna manera fue “el fruto del azar o de la Fortuna que arrojó los dados sobre la mesa” sin advertírselo. Solo se tenía conciencia del diagnóstico de una enfermedad con un pronóstico de supervivencia de tres meses: “un cáncer rarísimo y fulminante, sin esperanza” [10, p.161].
Al saber la noticia, expresa que tuvo claro lo que debía hacer: “escribir un libro”… Uno que llevaba en él veinticinco años y que no lograba concretarse por su constante insatisfacción o saboteos; comparte no haber sentido ningún miedo a la muerte, sino un único temor a que no le alcanzara el tiempo para terminar lo que tenía que escribir:
“No tenía idea alguna de lo que escribiría y tampoco el tiempo para pensar en eso. Había que actuar, era demasiado tarde para reflexionar. Solo sabía que el héroe se llamaría Flac […] y que el texto acabaría con la imagen de un viejo andrajoso, solo en el desierto, luchando contra el viento para proseguir con la lectura de su libro” [10, p.162].
André relata que simplemente cayeron las primeras palabras del texto: “Flac se habla. Lo único que hace” [10, p.164]. A partir de ello todo lo demás se precipitó. Terminado el libro, se sometió a exámenes de control para su enfermedad (justo habiendo finalizado una serie de sesiones quimioterapéuticas y de haber perdido cierta confianza en la precisión de los diagnósticos galenos que erraron en su pronóstico de supervivencia). Un médico llegó a preguntarle, con sobrado asombro, si no se habían equivocado en el diagnóstico, ya que parecía haberse dado una mejoría espontánea en su enfermedad. Algo desconocido ocurrió en su cuerpo, casi con el mismo desconocimiento de aquel sujeto que escribió aquella novela:
“No sé bien qué es lo que está curado en mí y qué no lo está, además de que, debo agregar, no conozco una definición satisfactoria del término «curación». Tan solo puedo decir que la escritura de Flac tuvo en mí el efecto de un renacimiento […] Renacimiento psíquico, con seguridad” [10, p.164].
Es interesante que el autor no se deslinda por completo de su intervención en la obra. A pesar de ser y no ser en ella, o de serlo en tanto que “otro” que simplemente apareció en el ejercicio:
“Nos hemos encontrado, yo le abrí la puerta, lo dejé tomar su lugar y guiar mi pluma. No alegaré que no participé en ello, pero tampoco puedo decir que me haya reconocido en él. Más bien debería decir que en la escritura de este texto me he descubierto como desconocido para mí mismo- si la lengua lo permitiese diría que me he «extranjeado». Este sujeto es distinto de aquel que me he revelado por mi larga experiencia del psicoanálisis. Si la expresión fuese correcta diría que esta parte de mí es extranjera al análisis que tuve, que no existía entonces y que sólo recibió la vida con Flac. No se trata, estoy convencido, de un residuo no analizado, de una parte de subjetividad que habría escapado a mi experiencia analítica, sino claramente de «algo» (no estoy seguro de poder llamarlo «alguien») que el psicoanálisis no pudo y no hubiera podido llamar a la vida” [10, p.165].
Y bueno, tras un primer aniversario como grupo de estudio, en el que cada uno de los que integramos punctum«»studium nos hemos explorado indirectamente en las letras- bajo la tentativa de enriquecer la profundidad de nuestra lectura y quizás añadir un plus a la experiencia individual de lo que ha sido nuestro análisis personal- cada quien sabrá lo que ha descubierto. Lo que sí es claro es que una constante en nuestros escritos ha sido la naturalidad con la que llega mezclarse la reflexión de la lectura psicoanalítica con otras referencias extrajeras. A veces se añade a los textos el género de la novela, el cuento o la poesía, incluso las palabras de aquella filosofía que, despojada de su valor estético o introspectivo, parecería ser tan ajena e innecesaria para el propio psicoanálisis.
Considero que nuestras relatorías resumen un recorrido que en ocasiones ha tenido por tema común la “ruptura”, el “quiebre” y la “demolición” de nuestras expresiones teóricas- tres términos que Serge André destaca como fundamentos mismos de la creación literaria-… Nada nos asegura que esta carnicería- o “reducción a la cosa informe y sin rostro” [10, p.166]– nos haga literatos, pero al menos creo que el ejercicio ha posibilitado agudizar la visión y el oído en las lecturas de cada sábado y posiblemente en nuestra práctica clínica. Si esta opinión solo fuese una ficción- como cualquier semblante de verdad- de cualquier modo toma importancia por hacernos despertar silenciosamente; adquiere resonancia al permitirnos habitar- de un modo lúdico- aquel hermoso parásito o caprichoso cáncer que implica la palabra… Sobre todo en este tiempo de contingencia… en medio de una época en el que cuesta tanto bebernos la vida sin sentir su fondo de enfermedad y muerte.
Bibliografía
[1] Quignard, P. (2017 [1981]) Pequeños tratados I. Ciudad de México, México: Editorial Sexto Piso
[2] Quignard, P. (2002). Sobre lo anterior. Último reino II. Buenos Aires, Argentina: Cuenco de Plata.
[3] André, S. (2000)Flac (novela): Seguida de “La escritura comienza donde el psicoanálisis termina”. Ciudad de México, México: Siglo XXI editores.
[4] Pizarnik, A. (2015 [1966]). La condesa sangrienta. Ciudad de México, México: Libros del Zorro Rojo
[5] Corbin, A.(2019 [2016]). Historia del silencio (traducido por Jordi Bayod). Barcelona, España:Acantilado.
[6] “Al analista no se lo considera profesional”, entrevista con Guy Le Gaufey, miembro de la Ecole Lacanienne de Psychanalyse realizada por María Esther Gilio en un ciclo de conferencias en Paraguay. Tomado de https://www.pagina12.com.ar/2000/suple/psico/00-01/00-01-20/psico01.htm
[7] “Bajo materialismo y surrealismo El debate Bataille-Breton” (ene./abr. 2015),artículo de Noelia Denise Dunan y José Taurel Xifra publicado en la Revista mexicana de ciencias políticas y sociales (vol. 60, no.223) Tomado de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-19182015000100006
[8] Pizarnik, A.(2018)Poesía Completa.Ciudad de México, México: Debolsillo.
[9] Pizarnik, A. y Ostrov L. (2012) Cartas. Córdoba, Argentina: Eduvim
[10] Quignard, P. (2012[1987]).La lección de música. Madrid, España: Funambulista.