Leer a Jacques Lacan resulta un ejercicio de total destreza, es como encontrarse en un navío con destino incierto y estruendoso, su trayecto nos fondea por diversos territorios, tempestades, calamidades, marea alta, serenidades.
Quien se adentra a leerlo en serio sabrá de ello, él mismo mencionó que si bien el psicoanálisis es una praxis a la que «todos podemos tener acceso», difícilmente muchos sean capaces de soportar.
Leer a Lacan requiere microscopio, hacer un trabajo de lectura pausada, leer a la letra, también sustentarse no solo del discurso psicoanalítico, sino entrar en una atmosfera que nos lleve por senderos de otras disciplinas y otros saberes, que tengan punto de ebullición en una misma lógica; y es que, para él, una novela literaria, una teoría astronómica o lingüista… tendrá el mismo valor en la realización de sus conjeturas y comprensión del discurso psicoanalítico.
Ejemplo es la sesión del 11 de enero de 1961 del seminario sobre La transferencia y que lleva por título: La atopía de eros, donde para iniciarse en el discurso de Agatón, uno de los comensales del Banquete, Lacan se toma un tiempo y da unas pinceladas que considera importantes para comprender el lugar del “deseo” teniendo como principio los planteamientos realizados por Ferdinand de Saussure y en el que pone en tela de juicio la efectividad de la teoría evolucionista en la función del deseo, cito:
Allí, ya es preciso que me detenga para hacerles notar que el cruce ya está hecho. Ya por ahí he dicho que el deseo no es una función vital, en el sentido en que el positivismo ha dado su estatuto a la vida. El deseo está tomado en una dialéctica porque está suspendido – abran el paréntesis, he dicho bajo qué forma está suspendido, bajo la forma de metonimia – suspendido a una cadena significante, la cual es como tal constituyente del sujeto, aquello por lo cual éste es distinto de la individualidad tomada simplemente hic et nunc. No olviden que este hic et nunc es lo que la define.
Más adelante abordará la cuestión de la demanda del deseo tomando en cuenta planteamientos realizados por Sigmund Freud sobre el instinto de muerte y que es precisamente donde tiene sus desavenencias con ese positivismo; pero en eso no nos detendremos por el momento. Nuestro punto de interés estará precisamente sobre la cadena significante, por lo que nos sustentaremos sobre lo que ya antes había pronunciado en el El mito individual del neurótico, hallamos su intervención tras una exposición de Claude Lévi-Strauss (1956), “Sobre las relaciones entre la mitología y el ritual”, cito:
Llegué incluso a poder formalizar estrictamente el caso según una formula dada por Claude Lévi-Strauss, por la cual un a inicialmente asociado a un b, cuando un c está asociado a un d, resulta, en la segunda generación, cambiar de partenaire con él, pero no sin que subsista un residuo irreductible bajo la forma de la negativización de uno de los cuatro términos, que se impone como correlativa de la transformación del grupo.
Esta formulación le fue fundamental para realizar el análisis a los síntomas de la neurosis obsesiva del ya conocido caso clínico de Freud y que lleva por nombre El Hombre de las ratas, en el cual, a partir del argumento actual del sujeto, busca la cadena de significantes que le permiten encontrar los eslabones que forman el síntoma obsesivo. Hay ahí toda una estructura fantasmal (mitológica) que va cediendo significantes y significados de manera generacional, revestidos con cierta desfiguración, como lo expone Lévi-Strauss, y que Lacan precisa en descomponer para darle forma al mito individual del Hombre de las ratas.
Opino que de ahí se parte para ir al punto del no acuerdo con el deseo como forma de vitalidad, ya que como menciona Lacan, esta “evolución” implicaría una individuación, un recurso del individuo acumulado que le permite un grado de consciencia conforme evoluciona. Si, hay una individuación, pero también hay un sujeto individual que no podemos dejar de lado; en esa misma intervención agrega:
Me impactó mucho, en este primer análisis del mitema, el carácter excesivamente avanzado de las fórmulas que él pudo hallar: al proponer primero el método de seriación que nos permite identificar las unidades homólogas a través de los mitos paralelos cuando estos solo llegaron a nosotros tal como en lo que nos queda de la mitología griega; pero ya en condiciones de extraer de la diacronía interna de los linajes heroicos ciertas combinaciones como las que él nos mostró hoy, por ejemplo, cómo un agrupamiento de términos que se produce en la primera generación, pero en una combinación transformada, en la segunda.
Esos mitemas por supuesto pierden su sonoridad, son registros discursivos afónicos, que caen como resto; esta formulación de evanescencia de los mitemas la vemos reforzada en los planteamientos que hace Rolland Barthes en su ensayo “El mito hoy” incluido en su libro Mitologías (1957), plantea que el mito constituye un sistema de comunicación, un mensaje, es un modo de significación, de una forma, sin embargo no necesariamente tiene que ser oral, sino puede encontrar forma en el discurso escrito, la fotografía, el cine, la publicidad, etc.
Cito a continuación parte de este ensayo:
¿No existen objetos fatalmente sugestivos, como decía Baudelaire refiriéndose a la mujer? No, no lo creo. Se pueden concebir mitos muy antiguos, pero no hay mitos eternos. Puesto que la historia humana es la que hace pasar lo real al estado de habla, sólo ella regula la vida y la muerte del lenguaje mítico. Lejana o no, la mitología sólo puede tener fundamento histórico, pues el mito es un habla elegida por la historia: no surge de la “naturaleza” de las cosas.
Estamos hablando entonces que, de ese lenguaje mítico y particular para cada sujeto, queda un residuo, una marca, un registro, una traza, como lo señala Lacan, una huella que se debe abordar en su individualidad y no en totalidad, como bien otras disciplinas pretenden esclarecer:

Siempre es esencial que, para lo que es del deseo, nos remitamos a sus condiciones, que son aquellas que nos son dadas por nuestra experiencia, la cual conmociona todo el problema de los datos. Se trata, en efecto, de lo siguiente, que el sujeto conserva una cadena articulada fuera de la consciencia, inaccesible a la consciencia. Esta es una demanda, y no un empuje, o un malestar, o una impresión, o nada que ustedes traten de caracterizar en un orden de primitividad tendencialmente definible. *Pero al contrario, se traza allí una traza {s ý trace une trace}, si puedo decir, delimitada por un trazo {trait}, aislada {isolée} como tal, llevada a una potencia que se diría ideográfica*, a condición de que se subraye bien no se trata de ninguna manera de un índice llevable sobre lo que sea que esté aislado, sino que siempre está ligado a una concatenación, sobre una línea, con otros ideogramas, ellos mismos delimitados por esta función que los hace significantes. *Esta demanda constituye una reivindicación eternizada en el sujeto, aunque latente e inaccesible para él: – un estatuto, un pliego de cargos (no la modulación que resultaría de alguna inscripción fonética del negativo inscripto sobre un film, una banda), – una traza, pero que toma fecha para siempre, – un registro {enregistrement} sí, pero si* ustedes ponen el acento sobre el término registro {registre}, con calificación en el dossier. Una memoria, sí, pero en el sentido que este término tiene en una máquina electrónica.
Hay entonces un residuo, una traza, un registro, el cual estará implicado en el discurso del sujeto y que no podemos acceder a él más que encontrando los eslabones de la cadena significante donde se encuentran entrelazados también significados, y ese eterno trazo (sigo) nos dará la pauta para encontrar el punto de ruptura de esa cadena y que denominamos inconsciente.
Cito a Barthes al respecto:
Para Saussure, que trabajó un sistema semiológico particular, aunque metodológicamente ejemplar, la lengua, el significado es el concepto, el significante, la imagen acústica (de orden psíquico) y la relación de concepto e imagen, el signo (la palabra, por ejemplo) o entidad concreta. Para Freud, como se sabe, el psiquismo es un espesor de equivalencias, un equivale a. Un término (me abstengo de otorgarle preeminencia) está constituido por el sentido manifiesto de la conducta, otro por su sentido latente o sentido propio (por ejemplo, el sustrato del sueño); el tercer término es también una correlación de los dos primeros; es el sueño en sí mismo, en su totalidad, el acto fallido o la neurosis, concebidos como compromisos, como economías operadas gracias a la unión de una forma (primer término) y de una función intencional (segundo término).
Es así como podemos entender que la finalidad no es derrapar a plomo con el signo sino navegar en ríos de discursos mitificados, toparse con significantes y significados y darles un sentido, unirlos, como si fueran dos mitades aristófanas, después separarse para remplazarle por otros.
Pero el mito también ocurre a nivel de la escritura, por eso leer a Lacan implica permanecer en una cadena metonímica, donde vamos a ver diversidad de significantes y significados, pero jamás veremos aparecer el signo, porque de otra manera estaríamos construyendo un método, quien se angustie por encontrar más preguntas que respuestas puede abandonar el navío, ya que en la medida que no se puede hablar de conceptos (en su sentido habitual) en psicoanálisis, su teorización implicaría la destrucción de éste, ahí somos llevados por Lacan cuando menciona que el deseo es una dialéctica, no podemos objetivarlo en actos, en etapas, en formas de supervivencia, sino deconstruyendo sus formas, las estructuras, ahí donde aparece limpio, huérfano, sin investiduras.
Leer a Lacan implica no leer la materia, sino ir por las partículas, leer a Lacan también implica saberlo como un significante.
13 de diciembre de 2019
Bibliografía:
Lacan, J. (2010). El mito individual del neurótico. Buenos Aires. Editorial: Paidós
Barthes, R. (2010). Mitologías. México. Editorial: Sigo XXI









