Nota sobre el grafo de los cinco pisos del objeto a.
Partamos
de una nota interesante que agrega Ricardo Rodríguez Ponte[1] a
su versión crítica del seminario La
angustia (1962-1963).
Sesión del 12 de junio de 1963, Lacan: «los cinco pisos, si puedo expresarme así, de la constitución de a en esta relación de S con A»… este: «si puedo expresarme así» marca la prudencia de su avance[2].
La nota se inserta justo después de «los cinco pisos», Rodríguez Ponte: «A mi modo de ver, los “cinco pisos” mencionados aquí por Lacan parecen más bien remitir, no tanto, o sólo, a los cuatro diagramas de Euler recién reproducidos, sino a los pisos cuyo esquema aparecerá en la clase siguiente, la del 19 de junio de 1963».
Compartimos
el justo señalamiento.
Es de esos «pisos» que proponemos algunas indicaciones, ya que lo volvemos a encontrar en la última sesión del seminario (3 de julio de 1963).
A.K.A. «El grafo del amorir»
Aquí y a la izquierda el lector puede ver el “grafo del amorir”[3]. En esta sesión[4] Lacan desiga que a nivel del objeto oral (seno) hayamos «la necesidad en el Otro»; en el objeto anal (mierda), «la demanda en el Otro»; en el fálico (aquí no hay objeto, por ello el: –phi que le caracteriza): «el goce en el Otro»; en lo escópico (ojo): «la potencia en el Otro»; finalmente, en el objeto invocante (voz): «el deseo en el Otro».
Sería enriquecedor para una lectura rigurosa hacer un recorrido puntual de este «grafo del amorir», con el cual durante casi un mes Lacan insiste en mostrarnos las «gamas del objeto a».
Importante: cada uno genera no sólo un tipo particular de angustia, sino también, una demanda y un deseo particular.
La consecuencia sería doble, al seminario de La angustia le vendría bien el título de “Las angustias”, y resaltar que si el famoso aforismo de este seminario dicta «ella (la angustia) no es sin objeto {elle n’est pas sans objet})»[5], sería necesario precisar: «las angustias no son sin objetos».
2 de agosto del 2019
[1] Tenemos entendido que Rodríguez Ponte falleció el 28 de agosto del 2014, él fue quien llevó a cabo la tarea de traducción y establecimiento más importante de los seminarios de Jacques Lacan en nuestro idioma, trabajo del cual siempre estaremos agradecidos.
[2] Sus seminarios son un work in progress… en algunas ocasiones no es tolerado por lectores apresurados.
[3] Jean Allouch lo ha denominado el «grafo del amorir», nos parece afortunado para el caso… excepto su diseño en pirámide. Véase El sexo del amo (epeele, 2001)y La sombra de tu perro (El cuenco de plata, 2004). Es cierto que Lacan habla de un hacer «el amorir» («Eso no llega muy lejos, lo que demandamos, es la pequeña muerte, pero, en fin, está claro que la demandamos, que la pulsión está íntimamente mezclada con esta pulsión de la demanda, que demandamos hacer el amor {faire l’amour}, si ustedes quieren {demandamos} hacer “el amorir” {faire “l’amourir}, ¡es para morir {à mourir}, incluso es para morir de risa {de rire}!» 29 de mayo de 1963). Por nuestra parte no hemos localizado en Lacan la designación como el «grafo del amorir»). Destacamos otro dato, nada trivial, que aporta Allouch en La sombra…: «persistente (por la comunidad lacaniana, suponemos) desconocimiento de lo que Lacan llamaba su “segundo grafo”». Paréntesis de punctum«»studium.
El grafo que inserto aquí proviene de la versión francesa del seminario, ubicable en el sito de Patrick Valas, tiene la ventaja de asociarse en su forma con el (sí nominado por Lacan) “grafo del deseo”. Véase para su construcción los seminarios Las formaciones del inconsciente, 1958-1959 (Paidós, 2004) y El deseo y su interpretación, 1959-1960 (Paidós, 2014); así como su versión definitiva en Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano en Escritos 2 (Siglo XXI, 1995).
[4] Siempre con una lectura atenta que requiere articularse a otras declaraciones suyas.
[5] Esto el 9 de enero de 1963 (como también el 16 de enero, 30 de enero: «Lo que no equivale a decir, por eso, que este objeto sea accesible por la misma vía que todos los demás»; 6 de marzo: «ella no es objektlos, que ella no es sin objeto»; 13 de marzo; 29 de mayo: «Es de algo que ocurre en la perspectiva donde se confirma que la angustia no es sin objeto, que podemos comprender la función del orgasmo y, más especialmente, lo que he llamado “la satisfacción que comporta”»; 26 de junio: «ese carácter de ser sin causa, pero no sin objeto. Esa es una distinción sobre la cual baso mis esfuerzos. Para situarla, les he dirigido: no solamente ella no es sin objeto, sino que ella designa muy probablemente el objeto, si puedo decir, el más profundo, el objeto último, la cosa. Es en este sentido que yo les he enseñado a decir que ella es lo que no engaña». Agreguemos una nueva nota que pone aquí el mismo Rodríguez Ponte: «Lo forzado de la traducción apunta a mantener la importancia otorgada por Lacan a este tipo de negación: pas sans (no sin), tal como puede observarse en una nota manuscrita del mismo en un margen de la versión JL reforzando el subrayado de estos dos términos, a la par que atiende a lo sutil de la rectificación por relación a la doctrina freudiana de la angustia: si Freud dice que la angustia es sin objeto (o más castizamente: que carece de objeto), Lacan dice que no es sin objeto, lo que elude decir que lo tiene. Pero es que entre el “objeto” de la primera fórmula y el “objeto” de la segunda sólo hay una relación de homonimia: si el objeto a es efectivamente invención de Lacan, mal podría haberlo albergado entonces el texto freudiano». Llaves y negritas de punctum«»studium.
“De ellos, heredo: la idolatría y el
amor al sacrilegio;
¡Oh! Todos los vicios, cólera,
lujuria, – magnífica, la
Lujuria; – y sobre todo mentira y
pereza”.
Inicio
esta relatoría con un epígrafe de la tercer estrofa del poema “Mala sangre” de
Arthur Rimbaud, y así prosigo, siendo introducido por un verso que sangra los
adjetivos más infames que se puedan poseer, con el desgarro y el paladar
nauseabundo que provoca verse enmarcado en un sistema de signos, señas o
algoritmos, mismos que nos son incomprensibles, burdos, sin sentido, y no es
sino siendo hablado por otro que comienzo, como anunció el inicio de su
conferencia el 2 de Diciembre de 1970 Michel Foucault y que nombró: “El orden
del discurso”, cito:
Me habría gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida.
Así
pues, de manera similar me veo avasallado por las construcciones,
interrogaciones que tuvieron pie en nuestra clase del punctum«»studium, y es
que las preguntas vuelan con pocas respuestas, y emigran ahí, donde quizá, el
único poseedor de la “verdad” está aún imposibilitado a articularlas.
¿En
qué momento somos objeto a?
¿En
qué nivel del grafo del amorir nace
la angustia?
¿Dónde
se constituye el Otro?
En
el seminario sobre La angustia, Lacan
abandona la posibilidad de que la angustia se constituya en el nivel del deseo
escópico, cito:
Es
ahí también que el objeto a está más
enmascarado, y con él el sujeto está en cuanto a la angustia, más asegurado (…)
En el primer nivel, esa realidad del Otro está presentificada, como es muy
neto, en la impotencia original del lactante infantil, por la necesidad (besoin). No es más que en el segundo
tiempo, que con la demanda del Otro, algo, hablando con propiedad, se
desprende, y nos permite articular de una manera completa la constitución del a minúscula por relación a la función de
la cadena significante, función que yo entiendo del Otro.
En
este punto el Otro carece de función en el lactante, ya que no lo ha significado
como tal, es pues para él un ente deambulante, un nubarrón que empaña su vista
clara, un montón de huesos y carne putrefacta, obstrucción que bien podría ser cedida
en cualquier otra persona y en su momento fungir con su función; pero, nombrado
ya como Otro, es sin duda Otro, incluso antes de que el lactante adquiera
función simbólica.
En
el poema “Mala sangre”, Rimbaud sin duda alguna está hablando de una herencia
patriótica, de una historia que ya sea magnifica o decrepita nos antecede, nos
guía y mancha, pero va más allá de esa exasperación, de ese horror, y de
mantenerse, intacto, ajeno de. Cito:
¡Pero! ¿Quién hizo mi lengua tan pérfida como para que guiara y protegiera hasta ahora mi pereza?
Y
ahí surge algo extraordinario, ¿Quién nos habla?, ¿De qué vago marionetista
somos títeres?, la voz sin nombre de la que habla Foucault quizá ya tiene
nombre, o nombres, ¿o qué, acaso desde antes de nacer, no se tiene ya un nombre
predispuesto para el lactante? Y este nombre ¿qué fantasma encierra en la historia
del Otro?
Y
aunque Foucault está hablando de un sistema de poder que se sostiene en la
lengua, acá también Barthes será hablado al respeto:
Desde que es proferida, así fuere en la más profunda intimidad del sujeto, la lengua ingresa al servicio de un poder
Continúo:
En cada signo duerme este monstruo: un estereotipo; nunca puedo hablar más que recogiendo lo que se arrastra en la lengua. A partir del momento en que enuncio algo, esas dos rúbricas se reúnen en mí, soy simultáneamente amo y esclavo: no me conformo con repetir lo que se ha dicho, con alojarme confortablemente en la servidumbre de los signos: yo digo, afirmo, confirmo lo que repito.
Y
lo peor supongo no es la repetición en sí, sino envolverse en esa repetición,
babear y escupir la lengua materna; ¿será coincidencia que algunas personas
hereden el maleficio de nombrar a sus hijos son su mismo nombre?, tatuarlos
eternamente, como el ganado al ser herrado para que no salgan de su reino,
quemarlos, despellejarles la frente en el baño de pureza, que hace del llanto
un yacimiento, llanto que condena la vida y se repite en la muerte.
Quizá
el Otro está en los antepasados que detesta Rimbaud, solo una mutilación de la
lengua tendrá la posibilidad de esclarecerlo. ¿Y la génesis de la angustia?
Ese discurso ya estará dictado también, quizá en otra relatoría se articule.
Bibliografía
Lacan, J. La angustia, sesión del 3 de Julio de 1963
Foucault, M. (2014). El orden del discurso. México, D.F.: Editorial Tusquets.
Barthes, R. (2011). El placer del texto y lección inaugural. México: Editorial: Siglo XXI.
Mallarmé, S, Rimbuad, A, Valéry, P. (1973). Poesía francesa. México, DF. Editorial El caballito.
Continuando con el camino que nos marca Giorgio Agamben en su texto “Estancias”, a través de las últimas páginas del capítulo hermosamente nombrado “Los fantasmas de Eros” nos menciona que la melancolía aparece como un proceso erótico impregnado de un ambiguo comercio con los fantasmas, comercio que denota una cuestión económica, quizá, pensando freudianamente. Da cuenta también de que la naturaleza del fantasma tiene una doble polaridad: demónico-mágica y angélico-contemplativa, es por esto que los melancólicos son propensos a la fascinación negromántica, y su iluminación es tal que experimentan un placer o admiración tan intensos con tal de acariciar aquello inaccesible, que se olvida de todo lo demás, añade que el melancólico paga el costo con el inquietante extrañamiento de los objetos más familiares, destinado al confinamiento.
Estas descripciones de Agamben me hacen pensar en aquel hermoso filme llamado “Only lovers left alive”, que nos seduce con esa idea poética y melancólica del vampiro confinado al aislamiento y soledad de la vida eterna, de sus necesidades y gustos peculiares, de su amor por lo estético y el arte.Hay cierta fascinación por el mundo de los vampiros que viene de sus potenciales vidas eternas, cuando los seres humanos vivimos aterrorizados (y fascinados) por la idea de la mortalidad.
Es aquí que se encadena otro concepto interesante
dentro de la lectura de Agamben: el cortejo.
En esta
historia de vampiros melancólicos, entre los cuales se experimenta un cortejo
constante, vemos a dos sofisticados seres atemporales cuyo amor persiste a
través de los siglos. Vampiros exquisitos que se deleitan con la sublimidad del
arte y que, ocasionalmente, han dejado entre los humanos algunas piezas
–musicales y literarias entre otras– para “alimentar” la pobreza espiritual de
los zombies.
La
película nos presenta a Adam, un misántropo melancólico, abatido en su
reclusión en la ciudad de Detroit, mientras Eve se desplaza con cadencia refinada
por las rústicas, pero no carentes de belleza, calles de Tánger. Él vive
entregado a la música y composición, y a su colección de guitarras exquisitas.
Ella tiene una pasión por los libros y la capacidad de leer en muchos idiomas con
sólo tocar las páginas. Es a través de sus pláticas que dan a conocer su
vínculo con grandes nombres de la historia, con lo que nos muestran el legado
de estos y otros vampiros a la sociedad zombie.
Llama la
atención que Eve y Adam no viven juntos. Nos hace pensar que la distancia bien
puede ser el recurso necesario para conservar por los siglos el amor veraz y
sostenido
El amor vivido como la fantasía de fusión con el ser amado idealizada entre los humanos, se comporta diferente entre vampiros: las centurias, los milenios –vividos y por vivir– les permiten la distancia y la elaboración de un deseo que se vehiculiza en una sexualidad que no es explícita, pero que se llega a dilucidar en los cuerpos entrelazados y complacidos. Probablemente el sexo coital, de jugos corporales y emanación de olores resulta innecesario, ya que sus prodigiosas manos son las que obran el milagro que para nosotros, simples mortales, condenados a los ciclos de erección y tumescencia, sólo pueden ser una fantasía.
Y ya que estamos implicados en el tema de deseo y la angustia, me gustaría compartir este hermoso poema de Xavier Villaurrutia:
Deseo
[Poema –
Texto completo.]
Xavier
Villaurrutia
Amarte con
un fuego duro y frío.
Amarte sin palabras, sin pausas ni silencios.
Amarte
sólo cada vez que quieras,
y sólo con la muda presencia de mis actos.
Amarte a
flor de boca y mientras la mentira
no se distinga en ti de la ternura.
Amarte
cuando finges toda la indiferencia
que tu abandono niega, que funde tu calor.
Amarte
cada vez que tu piel y tu boca
busquen mi piel dormida y mi boca despierta.
Amarte por
la soledad, si en ella me dejas.
Amarte por la ira en que mi razón enciendes.
Y, más que
por el goce y el delirio,
amarte por la angustia y por la duda.
“Los que llegan no me
encuentran.
Los que espero no existen.
Y he
bebido licores furiosos
para trasmutar los rostros
en un ángel, en vasos vacíos.”
Alejandra Pizarnik en “Fiesta”,
poema del libro “Los trabajos y las noches” (1965)
En el psicoanálisis freudiano el
término “eros”, tomado de la antigua
tradición griega con la que se designó al amor y a su correspondiente
deidad (un dios venerado por socorrer la
atracción sexual, el enamoramiento y la fertilidad de su pueblo) [1], es utilizado en la teoría de las
pulsiones para aludir a aquellas que impulsan a la vida y se contraponen a la
muerte: tanto a nivel de la sexualidad como en lo que compete a la
autoconservación [2]. Es por ello
que al leer el texto “Estancias”, de
Giorgio Agamben- quien no es psicoanalista pero si un lector-crítico de Freud- asombra
advertir que resalta tanto esta palabra en la primera parte de su obra, sobre
todo al señalar que la tradición que alguna vez asoció el temperamento
melancólico con la genialidad poética, filosófica y artística ha sido la misma que
le atribuye una “exasperada inclinación
al eros”. [3, p.45].
¿Y de qué tipo de “eros” nos habla Agamben? ¿Por qué
asombra leer dicha enunciación desde el psicoanálisis? Según el filósofo
italiano la asociación entre melancolía, perversión sexual y eretismo (del
griego “erethidso” que
significa “yo irrito”) figuraba todavía en su época- alrededor de
1977- en los textos psiquiátricos, dando testimonio de una fijación al antiguo
síndrome del temperamento atrabiliario que fuera descrito por Aristóteles en su
obra “Problemata XXX”. Este conjunto
de signos y síntomas (del latín “atra”
que es “negro” y “bilis” que significa “cólera”) tuvieron su base original en una
teoría humoral de cohorte médico, la cual trató de explicar los rasgos físicos
y los amplios matices del carácter melancólico mediante variaciones en la
concentración y temperatura de distintos fluidos corporales; incluso a expensas
de la proporción de diversos elementos de la naturaleza (de ahí la idea de que un
gran soplo o viento inflamara “de más”
al miembro viril de algunos melancólicos). No obstante, el “desarreglo erótico” del que nos habla
Agamben incluye lo que por siglos vino enunciándose en la acidia: ese mal
descrito por la filosofía escolástica que en algún momento se integró a una
misma terminología (e incluso en una misma manera de representación artística) con
la melancolía, no solamente por apelar a la pereza o al tedio, sino por
coincidir en “la perversión de una
voluntad que quiere un objeto pero no la vía que conduce a él” [3, p.31].
Antes de avanzar en la reflexión de
Agamben se sugiere tomar con reserva la etiqueta entrecomillada del “desarreglo erótico” y de la “exasperada inclinación al eros”, sobre todo
porque en la clínica tenemos que quedar advertidos que toda desproporción o
anormalidad debe de escucharse desde el discurso de cada sujeto… Quedemos
advertidos, pero no lo olvidemos, ya que a partir de esta intuición surge la posibilidad
de identificar otros elementos que logran ser de utilidad para cuestionar el concepto
actual de melancolía en psicoanálisis.
Siguiendo a Santo Tomás de Aquino- en
su exhaustiva “Suma Teológica”- Agamben
resalta de la acidia una “ambigua relación
de la desesperación con el propio deseo”; desesperación en el sentido de
Kierkegaard, es decir, aquella que compete a un estado mortal cuya letalidad consiste
en un hacerse profundamente consciente de la insondable duda respecto a lo que
“se es… De momento es inevitable
preguntarnos si esto no sería cercanamente equiparable a aquella caída de
imágenes narcisistas que se pone en juego en la angustia teorizada por Lacan.
Santiago Carusso
Pero dejando un poco los
cuestionamientos ontológicos, notemos que Agamben alerta que el hecho de que el
acidioso se retraiga de un fin divino (recessus)
no significa que lo olvide o que “cese de
desearlo”, ya que lo que le falta “no
es la salvación” sino el accionar hacia dicha meta… El decir “meta” y no “objeto”
tiene su pertinencia, ya que la acidia no se opone propiamente al deseo y al
cuidado (“sollicitudo”) sino a la
satisfacción del espíritu de Dios (“gaudium”),
algo que- en una instancia más independiente a las creencias de época- quizás
tendría que ver con una negación a experimentar algún tipo de satisfacción
pulsional relacionada con el cumplimiento de las demandas del Otro. Citando al
teólogo inglés Alcuino (un filósofo del renacimiento carolingio) Agamben
insiste en que la “exacerbación del
deseo” es justamente el carácter esencial del melancólico [3, p.31], de ahí que no resulte tan
absurdo que en los tratados médicos del siglo XVII se prescribiera, según el
testimonio de Ficino rescatado en el libro “De
amore”, un curarse de la morbilidad melancólica a través del coito, el ayuno,
la embriaguez…la marcha… ¡algún tipo de acción en pocas palabras! Sí, pareciera
que de un modo casi intuitivo se pensó en el actuar como una forma de dejar de mantenerse
fijo en lo inaccesible del propio deseo; lo que faltaba para ese entonces era reflexionar
en la trascendencia del habla: el cual en sí también es un poderoso acto.
Pero el eros melancólico que señala Agamben no termina en esta excesiva apetencia que no se encamina a la búsqueda de su satisfacción, sino que también comprende ciertas dificultades de base en el modo de amar… En un sentido retórico, la melancolía descrita por el filósofo pudiera nombrarse como una “lujuria en ayuno” que alterna con un “banquete de vísceras” (¿en ese orden o en sincronía?)… Lo primero se sobrentiende con lo señalado en párrafos previos: como un hambre sin busca de alimento (hambre de otro, por supuesto)… ¿y lo segundo? Retomando nuevamente los textos antiguos, Agamben enuncia que “el carácter propio del eros melancólico” es identificado por Ficino [representante principal del platonismo italiano del Renacimiento] como una “dislocación y abuso” [3, p.48]… ¿De qué? ¡Del propio amor! Pues el melancólico “transforma” lo que compete a la contemplación en deseo de abrazo… Pero no con unos brazos cubiertos de la suave piel que arropa, sino hinchados en inconmensurables brasas: dispuestos a consumir al partenaire: ¡a comerlo hasta dejarlo en restos! -tómese esto en la metáfora de una pretensión fantasmática que no siempre se hace consciente ni por el melancólico ni por aquel que lo escucha-. En Ficino, quien todavía seguía de cerca la herencia hipocrática, el enamoramiento se convierte en algo que desquicia y que altera el equilibrio de los humores, a la vez que el retraimiento empuja a una gigantesca pasión amorosa:
“La intención erótica que desencadena el desorden melancólico se presenta aquí como la que quiere poseer y tocar aquello que debería ser sólo objeto de contemplación, y el trágico desarreglo del temperamento saturnino encuentra así su raíz en la íntima contradicción de un gesto que quiere abrazar lo inasible […] los melancólicos <<no pueden concebir lo incorpóreo >> en cuando tal, porque no saben <<extender su inteligencia más allá del espacio y de la grandeza>> [4]No se trata simplemente aquí, como se ha señalado, de un límite estático de la estructura mental de los melancólicos que los excluya de la esfera metafísica, sino más bien de un límite dialéctico que toma su sentido en la relación con el impulso erótico de transgresión que transforma la intención contemplativa en <<concupiscencia de abrazo>> . Es decir que la incapacidad de concebir lo incorpóreo y el deseo y de hacer de ello objeto de abrazo son las dos caras del mismo proceso, en el transcurso del cual la tradicional vocación contemplativa del melancólico se revela expuesta a un trastorno del deseo que la amenaza desde dentro” [3, pp.48 y 49]
Santiago Carusso
Volviendo así a las preguntas de
inicio ¿porqué asombra leer esto desde el psicoanálisis? Además de que es extraño
separar los conceptos partiendo de la religión y el lenguaje médico, la idea
general del melancólico en los textos de Freud parece no advertir esta
contradicción señalada por Agamben. Y es que justo en “Duelo y melancolía” (“Trauer
un Melancholie”, 1917 [1915]) [5]
se describe una figura que resalta más por su desvitalización que por su ardor erótico. La melancolía en Freud se
describe como una desazón profundamente dolida caracterizada por la cancelación
del interés por el mundo exterior- un enunciado que no había sido retocado por
la banda moebiana de Lacan-. Otro rasgo señalado en el texto es la pérdida de
la capacidad de amar… y en esto cabe preguntarnos si no se trata más bien de un
alejamiento de un cierto modo de amor: ese cuya demanda, en lo individual y en
lo social, resulta menos problemático y antropofágico (quedarnos solamente con
esta definición nos arroja a las dificultades de generalizar lo subjetivo).
En el ensayo freudiano también se
habla de la inhibición de toda productividad, algo que únicamente cobra sentido
si pensamos que el retraimiento melancólico- tal como se veía en la vida
monástica- ofrece una desventaja para los intereses capitalistas, pues la
producción se liga a otros resultados que no siempre se reflejan en lo monetario
(recordemos la relación de la melancolía con el genio creativo) A un nivel más
íntimo, Freud expresa que en la melancolía surge una rebaja en el sentimiento de
sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones, llegando al
extremo de una delirante expectativa de castigo.
Si la culpa toma dimensiones
delirantes, no se descarta la pertinencia de aquella acotación, que hiciera la
abadesa alemana Hildegarde de Bingen, al decir que cuando Adán trasgredió
alguna vez el precepto divino (según la tradición judeocristiana) la melancolía
apareció en su sangre. Esta apreciación fue tomada por Jean Clair [6], un afamado intelectual que en el
año 2005 fuera comisionado al “Grand
Palais” de París para dirigir la exposición titulada “Melancolía, genialidad y locura en Occidente”(“Mélancolie, génie et folie en Occident”), con la finalidad explicar
porqué la clásica actitud meditabunda del melancólico- y su característica
postura de decaimiento, postración y agobio existencial- no se encuentra en las
manifestaciones artísticas de países como India o China… Es interesante que tanto
los antecedentes teóricos de la melancolía a través de la acidia, como lo de la
angustia a través de la desesperación kierkegaardiana, coinciden en tener su
origen en la herencia del pecado cristiano [7].
La época victoriana, en la que surgiera el psicoanálisis, ¿no compartió algo de
esta influencia?
Retornando nuevamente al escrito de “Duelo y melancolía” Freud detalla que, aunque
ambas condiciones presentan los mismos rasgos, una distinción entre los dos estados
es que el duelo no transcurre con una marcada perturbación del sentimiento de
sí. Quizás por eso el duelo esté más alejado de haber sido vinculado con la angustia
en la teoría patrística… Creemos que todo cuestionamiento ontológico no deja de
responderse a medias a través de los avatares del deseo- al menos en
psicoanálisis-. El “qué soy” cobra o
no un sentido (tan ficticio siempre) a través del “Che vuoi”…
Ahora bien, en Agamben la melancolía
freudiana no deja de ser una relación con la pérdida de un objeto de amor, una
dinámica que no se continúa con la transferencia de la libido sobre un nuevo
objeto, sino en un retraerse en el yo que narcisisticamente está identificado con
ese “supuesto” objeto ausente. El entrecomillado complica de nuevo, pues lo
difícil de la distinción freudiana es que mientras que el luto sigue a una
pérdida realmente acaecida- o claramente identificada ante la prueba de
realidad- en la melancolía no sólo queda la indefinición de lo que se ha
perdido, sino que “ni siquiera es seguro
que se pueda hablar de veras de una pérdida” [3, p.52].
La resolución teórica que da Agamben,
basado en el análisis de Freud y Abraham, es que la melancolía ofrece la
paradoja de “una intención luctuosa que
precede y anticipa la pérdida del objeto”, de ahí que se interpretara en la
patrística que su más terrible derivado (su “filiae acidiae”) fuera la desesperación: un desesperar que anticipa
el no cumplimiento de la salvación y la condenación… Pero ¿cómo traducir esta
condena en términos del psiquismo? Probablemente al vislumbrar la melancolía
como un tortuoso giro alrededor de una disyuntiva bastante consciente (por no
decir insoportable al no poder ya ser ignorada) de que el objeto de deseo nunca
se percibe como propio ni como perdido [8].
¿Y cómo repercute esto en la
genialidad melancólica? Según Roger Bartra, sociólogo y antropólogo mexicano, “la misma pérdida del objeto erótico crea un
objeto artístico” de tal forma que la melancolía en la escena del arte “invoca un juego de objetos perdidos y
encontrados” [9, p. 21].
En su libro “La melancolía moderna”- publicado en el año 2017- el autor señala
que de alguna manera la historia de la melancolía “desmiente la tesis de Freud”: esa hipótesis en la que se postulaba
que la pérdida del objeto amado produce la cólera del sujeto contra sí mismo… La
desmiente porque más bien se trata de algo que fortalece el ego artístico. Es
interesante que desde su perspectiva sea justo en los momentos en que el tiempo
“devoraba a la historia” cuando fue
preciso glorificar la melancolía. Bartra sugiere que la condición melancólica
surge con gran fuerza en la cultura a la par en que se derrumban los valores
tradicionales y se pierde el sentido de la historia. Subraya el Renacimiento
como un periodo en el que se fue resquebrajando el enorme edificio medieval que
daba sentido a la vida del hombre en la tierra. Dice así que “la melancolía [en ese entonces] aparecía como un sentimiento inspirado por
el desorden de los sentidos, como una emoción que, a partir del sinsentido de
la vida, sin embargo arraigaba al hombre a su pasado y a su tierra” [9, p. 21]- lo mismo ocurriría con los
herederos románticos que percibieron con dolor el caos y otros absurdos de la
modernidad-.
Aunque Bartra propone una correlación
bastante lógica, pensamos que como psicoanalistas no debemos perder de vista
que lo histórico en masa jamás debe sepultar la importancia primordial de la historización
de cada sujeto a través de la asociación libre. Tampoco habría de pensarse en
estructuras fijas que configuran el estado de ánimo al grado en que podamos
diferenciar a un individuo bajo la etiqueta fija de lo “melancólico”; en su lugar podemos intuir disposiciones subjetivas
que se alternan a lo largo de la existencia. Más que ser melancólico se está en
una relación peculiar con respecto al deseo en determinados contextos.
Santiago Carusso
Por otra parte, algo que brinca de la
descripción de Bartra es el verbo “devorar”,
cuando habla del transcurso del tiempo y el boom de la melancolía en la
cultura, resalta porque en el último capítulo del citado texto de Agamben no
deja de advertirse la correlación del temperamento con la fase oral de la
libido. El filósofo italiano menciona cómo la psiquiatría legal del siglo XIX
clasificaba como formas de melancolía los horrorosos casos de canibalismo que
circulaban en las crónicas criminales de la época. Indica que la ambigüedad de
la relación melancólica con el objeto era asimilada así a la “manducación canibalesca que destruye y a la
vez incorpora el objeto de la libido” [3,
p.55]- no en vano la asociación de la melancolía con la mitología de
Cronos/Saturno-. Y hablando de oralidad,
otro ejemplo cercano a la antropofagia es el describiera Alejandra Pizarnik en su
maravillosa prosa sobre “La condesa
sangrienta” (1965), texto dedicado a la condesa Érzebet Báthory: una aristócrata
de origen húngaro a quien en el año 1612 le fueran atribuidos la tortura y el
asesinato de 650 muchachas entre 12 a 18 años (crímenes supuestamente vinculados
a su obsesión por la belleza… entre otras cosas).
Basándose en los documentos
recopilados por la poeta francesa Valentine Penrose, Pizarnik detalla que
durante las “crisis eróticas” de la
condesa saltaban de sus labios “palabras
procaces destinadas a las supliciadas”, entrando en un éxtasis frente a las
formas de sufrimiento más extremos. Lo curioso de este personaje es que, más
allá de la perversidad sexual y de sus supuestos episodios de epilepsia, es
identificada por Pizarnik como una melancólica: como una mujer, afectada por el
mal del siglo XVI, una dama que vivía delante de un gran espejo sombrío con una
estructura que le permitía sentarse por horas frente a él para contemplarse
(¿retraimiento?):
“Érzebet trazó los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué solo la música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas partidas de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña de la hechicera o- sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana, pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente. Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos” [10, p. 33]
Báthory no siempre gozaba de una
lujuria solitaria: no siempre ayunaba. Existió el testimonio de que algunas
noches una dama vestida de mancebo la visitaba en su lecho. También llegó a
decirse que en una ocasión una de sus sirvientas la encontró torturándola. A
veces se bañaba en una colección de sangre de aquellas doncellas atormentadas
con agujas y con otros objetos punzocortantes: banquete de restos… ¿y acaso una
orgía no es el lugar más solitario del
mundo? (ya lo escribiría Bukowski).
Cerremos esta relatoría con la
emblemática pluma de la poeta argentina, otra mujer que curiosamente también ha
sido reconocida por su escritura mordaz y melancólica. Algo habrá de escuchar
el psicoanálisis de la literatura:
“Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Éste quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro; matarlo entonces habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá de retornar a la inmovilidad y el silencio” [10, p. 34]
12
de julio del 2019
Bibliografía
[1] Según
la obra “El banquete” de Platón
(supuestamente escrita entre los años 385–370 a. C.) Eros fue concebido
por Poros (dios de la abundancia) y por Penia (dios la
pobreza) en el cumpleaños de la representante de la belleza: Afrodita… De ahí
los diversos matices que, en la tradición griega, podía tomar el amor. Recordemos
que esta mitología no pasa desapercibida por Lacan al hablar de la
transferencia en su onceavo seminario.
[2] Para los lectores ajenos a los textos
psicoanalíticos habrá de entenderse lo sexual en un sentido más amplio que las
experiencias de placer dadas a razón del funcionamiento exclusivo del aparato
genital; considérese más bien como el conjunto de tensiones libidinales (adjetivadas
de este modo para diferenciarlas de las necesidades conceptualmente atribuidas
al instinto) que ocurren en la vinculación corporal y psíquica con aquellos
objetos que son causa del deseo.
[3] Agamben, G. (2006 [1977]. Estancias. La palabra y el fantasma en la
cultura occidental (Traducción al español de Tomás Segovia). Valencia,
España: Editorial Pre-Textos.
[4] Klibansky, R.,
Panofsky E., & Saxl, F. (2016 [1991]). Saturno y la melancolía.
Madrid, España: Alianza Editorial. El entrecomillado pertenece a la
interpretación de los autores del pasaje de Enrique de Gante para ponerlo en
relación con la imagen dureriana del melancólico.
[5] Freud, S. (1979). Duelo y melancolía (1917
[1915]). En Obras Completas, Vol. 14
(pp. 235-241). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores.
[7] Al ser la desesperación una “filiae” (hija) del complejo
acidia/melancolía- al menos desde la patrística- es inevitable preguntarnos si
la angustia, tal como se entiende en el psicoanálisis lacaniano, no pudiera
pensarse como una de las “desembocaduras” en los que halla su límite el
conjunto de mecanismos defensivos dados
en la melancolía- y quizás no solo en ésta sino en otras neurosis-. Tal parece
que de la culpa se puede pasar al desasosiego e incluso al suicidio… Sin entrar
en muchos detalles etimológicos es interesante saber que la palabra “acidia” se usaba para designar una
incuria consistente en la falta de interés o de cuidado por la sepultura de un
cadáver: una indolencia considerada contra
natura… Si usamos un poco de retórica habremos de preguntarnos si en la
melancolía no existe algo de fantasmas que retornan precisamente por no haber
sido “enterrados”… Recordemos que
Agamben no deja de hablar de una hipertrofia fantasmática.
[8] Otra cosa que asombra, más allá de las
preguntas planteadas al inicio de la relatoría, es observar que en el socorrido
diccionario de términos psicoanalíticosde
Jean Laplanche y de Jean-Bertrand Pontalis (“Vocabulaire de la Psychanalyse”, 1967) no existe un apartado que se
dedique a exponer de modo exclusivo y exhaustivo el término “melancolía” o “temperamento melancólico”; si acaso se habla de depresión
anaclítica. No fue hasta pasados más de veinte años que en el diccionario
dirigido por Roland Chemama (“Dictionnaire
de la psychanalyse. Dictionnaire actuel des significants, concepts et mathèmes
de la psychanalyse”, 1995), se incluyó no solo la noción de depresión (la
cual quedó como herencia en los manuales diagnósticos de la psiquiatría actual)
sino también la de duelo y la de la desaparecida melancolía. Véase:
Laplanche, J. & J.B. Pontalis (1993 [1967]). Diccionario de Psicoanálisis (Traducción de Fernando Gimeno
Cervantes). Barcelona, España,
Paidós.
Chemama, R.(1998 [1995]). Diccionario
del Psicoanálisis (Traducción y notas de Teodoro Pablo Lecman). Buenos
Aires, Argentina: editorial Amorrortu.
[9] Bartra, R. (2017). La melancolía moderna. D.F., México: Fondo de Cultura Económica.
[10] Pizarnik, A. (2015 [1965]). La condesa sangrienta. D.F., México:
Libros del Zorro Rojo.
[11] La cita de Charles Bukowski, perteneciente al
libro “Se busca una mujer” (1973),
continúa de la siguiente manera: “Esas
orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera…” (¿Acaso
es la angustia?).
En 1977 bajo el sello de la editorial italiana Giulio Binaudi se publica un ensayo dedicado a Martin Heidegger: Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental (Pre-Textos, 2006) de Giorgio Agamben[1].
Me detendré en algunos pasajes de su primer capítulo: «Los fantasmas de Eros», que en general es una exploración, mejor dicho, una arqueología (en el sentido de Michel Foucault) sobre la Melancolía[2].
Este capítulo inicia con el fragmento de un poema de Rainer Maria Rilke, que en mi opinión puntúa cada una de los cinco capítulos (y posiblemente todo el libro):
Ahora bien, la pérdida, por cruel que sea, no puede nada contra lo poseído: lo completa, si se quiere: lo afirma, no es, en el fondo, sino una segunda adquisición –esta vez toda interior– y mucho más intensa.
Ya Freud se preguntaba cómo era posible que aquello que el analista llegaba a conocer de la naturaleza humana, a través de un largo trabajo y de su experiencia clínica, el literato lo conseguía de forma sencilla (aparentemente) .
Esta cita de Rilke[3] es tremenda, aquí la «pérdida» «completa» y «afirma» lo «poseído» que «en el fondo» es «una segunda adquisición», «interior» y más «intensa» que la primera, que es meramente exterior.
Ineludiblemente soy lanzado al Jacques Lacan del seminario V (1957-1958), donde sentencia que en el asunto de la castración se trata de un juego donde el que pierde gana. Resulta difícil concebir la «pérdida» al estilo de Rilke sin un cierto matiz de a posteriori.
Vuelvo a Agamben, esta cita de Rilke orquesta la primera parte del ensayo, que versa sobre la «Acedia, tristitia, taedium vitae, desidia» en la era de la patrística. Era el «demonio meridiano» aquel que con su tentación vendría a sonsacar y apartar del camino sagrado a los aspirantes al amor del Padre de todos los padres.
Éstos lograron la descripción fenomenológica del “acedioso”, poseedor de: «malitia», «rancor», «desperatio», «torpor», «evagatio mentis», «verbositas», «curiositas»[4]… y que la catalogaban no «bajo el signo de la pereza, sino bajo el de la angustiosa tristeza y el de la desesperación». Y es aquí que conecta con la Melancolía, asociada a la bilis negra, y que la cosmología metonímica humoral asocia a la tierra, al otoño, a lo seco, al frío, al color negro, a la vejez, etc.
Hay un «Eros Melancólico» (Esto resulta de importancia para el psicoanalista), y no es forzar las tuercas si aquí hablamos de una erótica melancólica que gesta al poeta, al filósofo y al artista, tan valorados por Aristóteles como de una «vocación genial» y cierta «lujuria»:
Es curioso que esta constelación erótica de la melancolía haya escapado tan tenazmente a los estudiosos que han tratado de rastrear la genealogía y los significados de la Melancolía dureriana. Toda interpretación que prescinda de esta pertenencia fundamental del humor negro a la esfera del deseo erótico, por más que pueda descifrar una a una las figuras inscritas en su entorno, está condenada a pasar de largo junto al misterio que se ha plasmado emblemáticamente en esa imagen. Sólo si se comprende que se sitúa bajo el signo de Eros es posible custodiar y a la vez revelar su secreto, cuya intención alegórica está enteramente subtendida en el espacio entre Eros y sus fantasmas[5].
Gracias a su teoría sobre la libido la Melancolía freudiana se sitúa más cerca de las «descripciones patrísticas» de la acidia que la psiquiatría de su tiempo, concebida fundamentalmente como el «receso del objeto y el retraerse en sí misma de la intensión contemplativa».
Lo novedoso es que a partir de las rejillas de lectura de Agamben (la patrística, Freud) determina a la Melancolía no como «reacción regresiva ante la pérdida de objeto, sino la capacidad fantasmática de hacer aparecer como perdido un objeto inapropiable». ¡Qué justa declaración!
Habrá más elementos que vienen a sumarse para captar de que se trata en la Melancolía agambeana: la Verleugnung, la incorporación, el canibalismo, el tema de Cronos y una topología de la Melancolía.
No quiero dejar de mencionar que hay una postura de rechazo ante la metafísica de la presencia, aquí (tal como la cita de Rilke) se borra la frontera entre lo que es «real e irreal», «lo incorporado y lo perdido», lo «afirmado y negado».
05 de julio de 2019
[1] El filósofo italiano es una de los autores que marginalmente habitan punctum«»studium. Hay otros más… en su momento iremos articulando con nuestra lectura de Lacan.
[2] En nuestra anterior relatoría nos acercamos a una de sus fases poéticas al leer un fragmento de Jorge Teillier.
[3] Por debajo de esta cita hallamos otra que se confronta con el tema de la “pérdida”, esta vez de Hölderlin: «Muchos tratan de decir gozosamente lo más gozoso, aquí; finalmente, en él todo se expresa».
[4]
Elementos que Agamben no duda encontrar(se) ya en Heidegger.
Sentados simétricamente en torno a una mesa cuadrada, un bostezo aletargado y poco contundente, entre tanto, damos inicio al estudio de la clase del 26 de junio de 1963 del seminario La angustia(1962-1963) de Jacques Lacan[1], curiosamente es 22 de junio, sólo que 56 años más tarde de haber sido dictado, enviamos una mirada hacia atrás.
Nos ponemos al tanto sobre la sesión pasada, comentamos sobre la relatoría #3, y Mis monstruos de Guillermo del Toro:
Reflejan
que hay posibilidad de desprender del cuerpo la imagen, su imagen especular, la
imagen del cuerpo y pasar al estado cesible en forma de retratos, esculturas,
fotografías, etcétera
“¿Qué nos dice la mirada acerca de la Melancolía?” – pregunta alguien-
Quedar pasmado, con la vista perdida, con el iris entumecido y la pupila retraída; cuestionar una vista nubosa, enrojecida, en llamas, suponerse que ésta condición nos tiene o mantiene en un estado de tristeza o aflicción. Entonces, tristeza, aflicción, nostalgia, melancolía, depresión, qué estado antecede a cada uno, cómo se forma y desarrolla cada uno, ¿quién es primero? ¿Son conceptos para nombrar una misma cosa? Surge el nuestro: “Me alcoholía”.
Y en segundos recuerdo a Jorge Teillier, poeta chileno, quien en su escritura trae de recuerdos y una nostalgia esperanzada de asir el paraíso perdido, el cual se desintegra y busca reencontrase con algo que ya no existe; constante y reconocido por una forma de escritura pulsional, desinteresada, ajena de pretensiones:
Cito
un fragmento de su poema “A mi madre”:
De
ti guardo el amor a las casas de madera,
Al
olor de la harina tostada y del pan amasado,
Y
del fuego que crepita dulcemente en la chimenea
Y
del contar solo hermosos sueños.
Teillier
remite la mirada a su infancia constantemente, a esa mirada simbolizada, imagen
de fraternidad, de éxtasis, de euforia, de paraíso perdido, preciso ahí, en que
surge la nostalgia, el imposible retorno a la infancia.
Y
sigue mostrándose desnudo, neonato, embarrado de placenta, primitivo, radiando
en una imagen que desprende de sí en un momento que no existe, una imagen
disfuncional de un objeto poco tangible, más bien virtual, sellado, retratado
en algún lugar de su mente; por lo demás le da el beneficio o virtud de llegar
a una escritura limpia, utópica, imaginaria, punto central del grado
nostálgico, tal como lo muestra Barthes en su libro Mitologías: «La imagen deviene escritura a partir del momento en
que es significativa: como la escritura supone una lexis»[3].
Y
siguiendo a Teillier, ¿La muerte real del objeto deviene en un cambio de esta
condición? ¿Si ya no existe, existo (yo)?
Cito al Freud de Duelo y melancolía:
En el duelo el examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto (…). Apliquemos ahora a la melancolía lo que averiguamos en el duelo. En una serie de casos, es evidente que también ella puede ser reacción frente a la pérdida de un objeto amado; en otras ocasiones, puede reconocerse que esa pérdida es de naturaleza más ideal[4].
El
25 de Octubre de 1977 fallece la madre de Roland Barthes, este pasa a un estado
caótico, de aflicción, que lo lleva a alejarse por periodos extensos de la
escritura y deberes académicos, aunado a su malestar de desasosiego, lleva
desde el día siguiente de la muerte de su madre un diario, que posterga hasta
el 15 de Septiembre de 1979 y que surge a la luz años posteriores a su muerte
con el título de Diario de un duelo,
aquí lo escrito el día 18 de Agosto de 1978:
En el lugar de la recámara donde estuvo enferma, donde murió y donde ahora vivo, en el muro contra el cual la cabecera de su cama se apoyaba, he puesto un icono –no por fe- y ahí pongo siempre flores sobre una mesa. Llego a no querer viajar más para poder estar ahí, para que las flores que están ahí nunca se marchiten[5].
Tanto
en Teillier, como en Barthes se presencia un estado de negatividad, por así
llamarlo, que conlleva en tristeza, depresiones, en el poeta, la imagen de sí
(objeto cesible) lo remota a un estadio infantil, destellos de un cuadro
armonioso, de goce, que ahora ve lejano, y sin embargo sigue anhelando; en
Barthes el objeto de pérdida ha sido real, sin embargo esa imagen desmembrada,
putrefacta, mortífera de la madre, tiene un efecto repulsivo y de desinterés
sobre su exterior.
En ambos la escritura les surge como condición sublime de su fragmentación; curiosamente Teillier fue un alcohólico crónico, que veía en esta sustancia un modo de filtrar la realidad, esa realidad que le era insoportable, su muerte en 1996 se debió a una cirrosis hepática agravada.
Entonces…
¿Me –alcoholía?
Lacan… el 26 de junio de 1963:
Pero también para nosotros, como para todos los otros objetos a, ¿Tenemos otro control manifiesto que este acento que yo pongo en la posibilidad del remplazo del objeto natural? Tenemos, en la posibilidad del reemplazo del objeto natural por un objeto mecánico, si puedo expresarme así -lo que yo designo aquí, es el remplazo posible, ante todo, de ese objeto por cualquier otro objeto que pueda encontrarse, otra partenaire, la nodriza que le hacía tantas cuestiones a los primeros sostenedores de la educación natural, al tema rosusseauniano de la alimentación de la madre, pero más allá, a algo que mi Dios, no ha existido siempre –al menos, lo imaginamos- y que el progreso de la cultura ha fabricado, ha constituido, el biberón, es decir, la posibilidad, para ese a, de ponerlo en reserva, en stock, en circulación en el comercio, y también de aislarlo en tubos estériles.
¿Y que nos dice esto en relación con el alcoholismo de Teillier y su género Melancólico, pesimista de escribir poesía? ¿A caso en el alcohólico hay también un remplazo del objeto natural, a esa forma esférica e hidratante, que nos provee un estado de inconsciencia, como la que teníamos cuando nos pegábamos al pecho materno?
28 de junio del 2019
[1] Lacan, J; La angustia, seminario X (1962-1963),
versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte.
[2] Teillier, J; Libro de homenajes. DscnTxt, Santiago de Chile, pp. 62-63.
[3] Barthes, R; Mitologías, Siglo XXI, México, 1999, p. 109.
[4] Freud, S; Duelo y melancolía en Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trabajos sobre metapsicología y otras obras, en Obras Completas, Tomo XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 1998, pp. 242-243.
[5]Barthes, R; Diario de un duelo, Siglo XXI, México, XXXX, p. 203.
Iniciaré con una
frase surgida durante los comentarios del taller de lectura[1]
y que aún continúa haciendo eco en mis recuerdos: “El ojo es el objeto a que más angustia”. La enlazaré
a mi reciente visita a la exitosa exposición en el MUSA, nombrada “En casa con
mis monstruos” del genio y director contemporáneo: Guillermo del Toro.
En ésta es
extenuante la mirada, uno mira que lo miran, la sensación de ser observado por
las figuras que conforman la exposición, quedar impávido ante algún cuadro que
captura la mirada sin permitir el parpadeo. La “vivencia” parece anunciarse
desde el inicio del recorrido, el pasaje por un pasillo con ojos atentos en
movimiento.
Y continuamos con
frases resonantes “El ojo como el más ominoso de los objetos a”, menciona Lacan
respecto al libro consultado por Freud en Lo
ominoso: “El hombre de arena”, mejor dicho, respecto al personaje
apellidado Copelius,
En este pequeño
escrito hay una nota a pie que nos pone al tanto de que tal apellido tiene relación
con los ojos, curiosidad que fue compartida a Freud por la esposa de Otto Rank:
Beata Rank.
Todas esas figuras,
parte de la colección que Del Toro ha cedido y compartido en diversos lugares
del mundo, reflejan que hay posibilidad de desprender del cuerpo la imagen, su
imagen especular, la imagen del cuerpo y pasar al estado cesible en forma de
retratos, esculturas, fotografías, etcétera.
Siguiendo con el ritmo de la sesión del taller suscribo el tema respecto a que el objeto anal, en tanto función de objeto cesible, interviene en la función del deseo, quizá mostrado como la forma más natural (Lacan dixit).
Recordando aquí que
el objeto a, en tanto función no es
fin ni meta del deseo, sino su causa. Siendo el deseo en sí mismo algo no
efectivo que aparece como efecto en la noción de causa, es decir, en el plano
de la cadena significante[2].
Volviendo a la cuestión escópica, recordemos que comparte tanto la función de la mirada como la de la vista; quien haya mirado/visto el filme “El laberinto del fauno” recordará haber mirado/visto aquel personaje nombrado como Hombre Pálido, mi personaje favorito, debo decir, y que también es parte de la maravillosa exposición (juro que no me pagan por hacer promoción pero la recomiendo mucho), esa criatura sentada a la cabeza de una gran mesa con un banquete repleto de manjares y delicias intactas, banquete intacto porque este personaje prefiere alimentarse de niños; sentado a la cabeza de la mesa pareciera estar en una especie de letargo, frente a él se encuentran servidos en un plato sus ojos[3], los cuales acomoda en las cuencas ubicadas en las palmas de sus manos, manos que tienen enormes uñas negras y afiladas, las que emplea simpáticamente a modo de pestañas siendo sus dedos los párpados, sí, coqueto el monstruo. Llama la atención la inspiración de la cual surge este personaje, el Hombre Pálido es una representación de Saturno, que a su vez es la versión romana del dios griego Cronos. Alrededor del salón hay frescos en las paredes mostrando a la criatura devorar niños, lo cual inmediatamente lleva a la pintura de Francisco de Goya donde representa a Saturno devorando a su hijo (Cronos devorando a su hijo)[4]. Siendo Cronos la representación del tiempo, y se dice que a su vez del status quo, representando tal acto de barbarie un temor universal entendido como miedo a perder el control.
Hablando de control, terminaré retomando a Lacan “como un abrir y cerrar de ojos”: este deseo, en el plano anal, donde se capta su incidencia en la constitución del sujeto es el deseo de retener, es decir, de controlar.
[2] Durante nuestra lectura surgió una duda debido a la
redacción del texto, en la edición de Miller aparece el deseo como no efectivo,
sin embargo, en la versión crítica de Ricardo E. Rodriguez, parecería
entenderse el objeto anal como no efectivo.
[3] No olvidemos el
cuadro de Francisco de Zurbarán que evoca Lacan en este mismo seminario, Sata
Lucía (1636) con sus ojos sobre la bandeja.
En la clase 24 del seminario de La Angustia – correspondiente al 26 de junio de 1963[1] –
Lacan puntualiza que la característica principal de dicho afecto es ser sin causa,
pero no sin objeto… Lo anterior podría considerarse una “ambigüedad” si el
lector no ha quedado advertido que para tal caso se trata de un objeto no
fenomenológico: el llamado objeto a.
¿Cómo es que ha llegado a definirse al objeto a hasta este momento?
Primero que nada, como designado por la angustia misma (¿de qué
manera?).
Justo aquí recurre Lacan a una descripción casi “diacrónica” – pocas
veces manifestada en su enseñanza – para expresar que primero está la angustia
y ulteriormente la causa. Se dice el “casi” porque cabe recordar que para este
momento de su teoría no solamente se habla de un afecto único y prototípico,
sino de una variedad de angustia(s) que, gracias al complejo de castración, cobran
valor a posteriori y se hacen
evidentes en un desorden cronológico cuya pluralidad radica en la infinita
variedad de objetos a que logran
revelarse en la experiencia de lo oral, lo anal, lo fálico, lo escópico e
invocante.
En su línea “diacrónica”
Lacan dice lo siguiente:
La angustia se encuentra suspendida entre la forma, si podemos decir, anterior de la relación con la causa, el «¿qué hay?» que va a formularse como causa, el embarazo {embarras}, y algo que, a esta causa, no puede sostenerla, puesto que primitivamente, esta causa, es la angustia la que literalmente la produce[2]
El párrafo parece un acertijo – y más vale que en la clínica lo
siga siendo– …
De momento se advierte que algo causal se genera a partir del
afecto… Pero igual resta advertir que entre causa y efecto – e incluso entre el
afecto – siempre queda una hiancia:
término francés (“béance”) cuyo
significado remite a un “agujero grande”.
En palabras simples podría decirse que el hueco radica en que no
se conoce el origen a través del resultado: a lo largo de la vida de cualquier sujeto
éste sólo está presto responder, o incluso a evadir de un modo marginal (lo
cual no deja de ser una respuesta), a aquel “llamado” de las figuras ominosas (unheimlich) que, al pertenecer a esa
variedad de lo terrorífico – como dijo Freud inspirado en el poeta Schelling – estaban destinadas a permanecer en lo oculto y
repentinamente salen a la luz; son lo
familiar o consabido de antiguo que a su vez provoca extrañeza al “mostrarse”[3]; algo
que siempre angustia, según Lacan – o sólo a veces, según Freud – …
Volviendo al estilo de lo diacrónico y múltiple de la sesión – que
también podemos llamar heterogéneo – se retoma
al “émoi”, tan rodeado de etimología
en la primera clase del seminario, y traducido en esta parte del texto como
“conmoción” – por aludir a un determinado nivel de movimiento o de acción – para
hablar de la genealogía del objeto a.
En esto Lacan recurre fundamentalmente a la sintomatología obsesiva del Hombre de los Lobos:
el émoi anal, para llamarlo por su nombre y su producto, he ahí, a nivel del obsesivo, la forma primera donde interviene la emergencia del objeto a que está en el origen de todo lo que va a desarrollarse bajo el modo del efecto[4]
El “modo” en este caso implica la expulsión de un resto, de un
trozo de si: la evacuación que interrumpe la escena traumática de los padres de
Sergei (¿protesta ante su “estar-juntos”
y ante el haber sido renunciado por el Otro?). Alrededor de este contexto se
habla de un objeto a que se halla,
según Lacan, en un momento original que más tarde va funcionar en la dialéctica
del deseo del obsesivo.
Recordemos que desde la sesión del 12 de junio de 1963 (clase 22)
“a es la causa, la causa del deseo”[5] y
para el 19 de junio (clase 23) el objeto
a es señalado como el “fruto anal”[6],
una metáfora bastante acertada si pensamos que todo fruto termina por caer…o si
consideramos que éste requiere de un desprendimiento de rama, materna en la
mayoría de los casos (si seguimos el sentido del árbol desde el léxico de la
flora y de la ancestralidad), para ser saboreado por el mundo. Por supuesto que
hay que aclarar que el ser degustado tampoco lo descoloca de seguir siendo un fruto
vinculado a su raíz: la existencia parece ser un sinuoso juego de alternancias entre
el rol de ser deseado y el de ser deseante…
Ahora bien, en la teoría de Lacan el objeto a precede al sujeto, aunque luego vuelve a emerger: no se
queda atorado en el tiempo, aunque nunca se trata del mismo resto – de ahí la “casi diacronía” y lo no fenomenológico –.
De alguna manera antes de ser sujeto alguien tuvo que ser objeto para Otro. Y
como es inevitable que al infante no le cueste que su madre lo deje caer, surge
la necesidad de levantarse a través de algo… ¡un objeto transicional! (Übergangsobjekt),
diría Winnicott – autor que será
retomado por Lacan en la presente sesión –.
Pero volviendo al objeto a,
es interesante leer que Jacques Lacan le asigna una nueva característica que
compartirá con la construcción winnicottiana: el carácter de objeto cesible (rasgo que marca todas
las formas, hasta entonces enumeradas, del objeto
a). Lacan habla de diferentes puntos de fijación de la libido que están
siempre alrededor de ciertos momentos que “la naturaleza ofrece a esta
estructura eventual de cesión subjetiva”[7]. Esto
es importante al hablar de lo que el autor designa como el primer momento de la
angustia alrededor del trauma del nacimiento. Según su reflexión el instante
más decisivo que está en juego para dicha angustia (la del destete) no es
precisamente que el seno falte a la necesidad del recién nacido, sino que el
infante ceda ese seno que suele percibirse como una parte de él mismo (parece
que quien no cesa de chuparse el dedo o de retener sus deposiciones poco o nada
deja caer)…
Aquí Lacan empieza a hablar de la posibilidad de un remplazo del
objeto natural por uno “mecánico”: del seno, que forma parte del individuo, al
biberón – por ejemplo –. Aunque también se habla de la posibilidad que tiene el
objeto a de ser puesto en suspenso: “en
reserva, en stock, en circulación en el comercio”[8]. Luego
viene un segmento que pudiera ser controversial… Lacan dice que este carácter
de cesión del objeto se traduce en la aparición de objetos cesibles que pueden
ser sus equivalentes por medio de la función de la fabricación humana (de
momento queda abierta la interpretación a que sea una producción fantaseada,
tangible o intermedia). En seguida relaciona directamente al objeto a con la función del objeto transicional de Winnicott. Si
hasta el momento sabemos que lo que ambos comparten es que son objetos cesibles
¿podría decirse que los dos anteceden y se relacionan con el sujeto de la misma
manera? Creemos que no, pues en primera instancia su vinculación con respecto a
la angustia es distinta. Mientras el objeto
a es ansiógeno, el objeto
transicional es ansiolítico: hace de soporte para el sujeto… En términos
más exactos es allí, en esa puntita arrancada de algo – a menudo a una mantilla,
como dice Lacan – donde él (el sujeto) no se disuelve, sino que se conforta de
su posición de caída por relación a la confrontación significante: el objeto
transicional es suplente del sujeto. Es por eso que la aparente “equivalencia”
entre objeto a y objeto transicional será siempre entre comillas, y esto logra
constarse en el desarrollo del concepto individual que cada uno fue teniendo… Empecemos por el primero.
En el artículo titulado “La invención del objeto a” (2000) Jean Allouch[9] lo
describe como un objeto que ha sido perdido de entrada, un objeto para el cual
toda palabra que se cierra realiza su pérdida. Por otro lado, distingue que a
partir de la sesión del 9 de enero de 1963 el a minúscula no tendrá más nada que ver con el pequeño otro; justo
es este cambio – que lo diferencia con respecto al semejante – el que se
describe como el paso mayor, decisivo y crucial para hablar en términos de “invención”.
Más adelante Allouch establece una oposición “didáctica” – por decirlo de algún
modo- entre el objeto a y el objeto
fenomenológico, es decir, una comparación con aquel objeto que es captado de
manera patente por los sentidos. Entre los rasgos diferenciales del objeto a (12 en total) el menciona su
condición de no especularizable, no intercambiable, no comunicable y no común
ni repartible; lo designa como un no utensilio que es no desplazable, no
cotizable y no socializado, además de que lo ubica como un correlativo de la
fantasía que es anterior al objeto común y que siempre está en relación con la
pérdida.
Basado siempre en el seminario de La Angustia señala que la apertura de Lacan, para hacer del objeto
una distinción sostenible, trae como consecuencia que en lo sucesivo sea
posible constituir un catálogo de los objetos
a que se inscriben en el “grafo del
Amorir” (“grafo de los pisos del
objeto”)… De ahí que también habláramos al principio de una pluralidad de
angustias; aunque bien conviene no caer en el reduccionismo, ya que debemos
recordar que más que un objeto el a es
una función que no deja de ser heterogénea en su estatus causal y resultante. Justo
en el texto “El objeto a de Lacan”
(2011), escrito por Guy Le Gaufey[10], se
cualifica como un objeto parcial, metonímico y en tanto corte – delimitaciones
que vuelven a recordarnos la importancia de seguir considerándolo en un
“catálogo” más o menos abierto –.
Desviándonos un poco, es fundamental mencionar que a diferencia de
Freud, creemos que Lacan pone mayor énfasis al beneficio de la separación y de
la «separtición» en la constitución psíquica, lo cual repercute en gran medida
en su teoría del afecto angustioso. En la clínica logra verificarse que no es
la ausencia de seno lo que angustia, sino su presencia tamponando el agujero de
lo Heim en el Otro – al menos así lo dirá
Allouch en su interpretación de la sesión del 9 de enero – ya que la angustia
en Lacan es un momento en que el objeto a minúscula viene al Heim, a “la casa del hombre”: un lugar
que de por si es ausencia en referencia al espejo plano del Otro[11].
Teniendo esto en consideración ¿qué otras características comparte
el objeto a con el objeto
winnicottiano? Según el “Diccionario de psicoanálisis” (1967) escrito por Laplanche
y Pontalis[12]
el objeto transicional es un término introducido por Winnicott “para designar a un objeto material que posee
un valor electivo para el lactante y el niño pequeño”, ese al cual se recurre normalmente para efectuar la transición entre “la primera relación oral con la madre y la «verdadera
relación de objeto»”[13].
Si nos dirigimos a la fuente original en Winnicott, que es el artículo
titulado “Transitional objects and
transitional phenomena” (1953)[14],
el pediatra y psicoanalista inglés define al objeto y al fenómeno transicional
como un área de experiencia intermedia entre el pulgar y el oso Teddy, entre el
erotismo oral y la verdadera relación con el objeto; aunque la también la ubica
entre la actividad creativa primaria y la proyección de lo que ya se ha
introyectado… incluso entre el desconocimiento primario de la deuda y el
reconocimiento de ésta (“Di «ta»”)…[15] advertidos
por la lectura de Lacan ¿pudiera pensarse en el endeudamiento con el Otro?.
En “Realidad y juego” (1971)[16], una ampliación del trabajo anterior basado en la observación y el contacto con recién nacidos y niños pequeños, el autor inglés hace una acotación que es necesaria tener en cuenta si volvemos a leer la interpretación de Laplanche y Pontalis: “lo que estudio en esta parte de mi trabajo no es el trozo de tela o el osito que usa el bebé; no se trata tanto del objeto usado como del uso de ese objeto”[17]… Se trata del uso de la primera posesión de “no-yo”. Como bien puede observarse predomina la importancia de algo que hace más como función que como materialidad, sobre todo al expresarse en una ecuación que se mantiene enigmática. Y es que más adelante Winnicott exhortará a aceptar- tolerar y respetar -la paradoja del objeto transicional, sugiriendo “que no se la resuelva”[18] … Quizás para que pueda tomar su valor en el psiquismo infantil, como sería con respecto al juego; y en el del adulto en relación a su inserción y participación en el ámbito cultural- a propósito del tema del velo que veníamos señalando en la relatoría pasada-.
Al inicio del mismo libro de pronto podrá leerse algo que suena
bastante lacaniano… Al hablar de fenómenos transicionales Winnicott confiesa
que sigue resultándole molesto ofrecer ejemplos… ¿por qué? La principal preocupación
es que su trabajo da pie a un proceso de clasificación de tipo “artificial y arbitrario”; en su lugar
aboga por la consideración de algo que “es
universal y posee una variedad infinita”[19]. ¿Se
trata acaso de una de las tantas disposiciones teóricas que pudieran haber
inspirado la idea de lo “heterológico”
del objeto a?
Lacan remarca bastante que más que un objeto el a es una función, y que
el objeto transicional también lo es: “él es esa relación a sobre algo que, secundariamente,
reaparece tras esa desaparición”[20]– tras
la desaparición del sujeto incluso antes de saberse como tal-. Los objetos transicionales “no forman parte del cuerpo del niño aunque
todavía no se los reconozca del todo como pertenecientes a la realidad exterior”[21],
mientras que la llamada zona intermedia- que alude a una experiencia y no
propiamente a un espacio en la materialidad- se designa como un lugar de
descanso para el individuo que tiene la perpetua tarea de mantener “separadas”-
y a la vez “interrelacionadas”- la llamada realidad interna y la exterior.
Desde esta definición pudieran ya surgir grandes diferencias con la teoría
lacaniana, sobre todo al considerar la topología de la banda de Moebius que problematiza diversas oposiciones
binarias que no pueden ser totalmente separables o distinguidas entre sí…
Lo interno y lo externo- con relación al psiquismo- se representa
como cinta con superficie de una sola cara y de un solo borde, de tal manera
que lo asimilado como apariencia y verdad guarda una relación de continuidad o
de influencia que provocará un sesgo en la conceptualización de ambas… He aquí
la importancia de ir cuestionando cada lectura a lo largo de nuestra formación.
Para cerrar la relatoría resulta pertinente resaltar que el
escenario de la constitución del a
como resto siempre se tendrá a través de una asimilación distante: “Dicho de otro modo, tenemos a lo sumo el
murmullo lejano, siempre pronto a interrumpirse ante nuestra aparición”[22], expresará Lacanen la sesión del 5 de junio del mismo año (clase 21). A esta pesquisa inalcanzable –
agujero al fin de cuentas- debemos la puesta en marcha de una función que en
Lacan cobra relevancia para debatir la noción original de afánisis desarrollada
por Ernest Jones.
En la nota 16 de la sesión del 19 de junio de 1963 Rodríguez Ponte nos
recuerda que mientras que la teoría naturalista del autor inglés- publicada en
su artículo de 1927 titulado “Earlymdevelopment of female sexuality”- habla de
una posible desaparición del deseo sexual, Lacan propone retomar el término
para describir la desaparición del falo o del sujeto del deseo… al menos así lo
defiende desde su sexto seminario sobre “El deseo y su interpretación”
(1958-1959). Si nos ponemos líricos el deseo no cesa de caer y de levantarse,
como también sucede con la lectura que hacemos de los textos psicoanalíticos…
¡y con la misma experiencia psicoanalítica!… Cuando algo parece darnos fruto,
al instante nos vemos recogiéndolo como un trapito sobre el pavimento… Pero
bueno, lo esencial está en el intermedio y nunca se sabe de qué trapo podemos
agarrarnos momentáneamente…
14 de junio del 2019
[1]Sesión del 26 de junio de 1963, La angustia,
seminario X (1962-1963), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte.
Subrayado punctum<>studium.
Las relatorías que a partir de hoy iremos publicando en nuestro blog no tienen por función más que inscribir algo de lo comentado durante nuestras sesiones de seminario, elementos puntuales (punctum) que rompen, mejor dicho: “hieren”, al estudio (studium) dogmático de los seminarios de Jacques Lacan.
«favor de mantener el velo»
La frase de arriba bien podría estar impresa y enmarcada frente al sillón del analista, con la condición de que no olvidase su consigna.
Encontramos aquí lo que podemos considerar un consejo técnico de Jacques Lacan, de los que suele pensarse que o no hay o escasean… un lector atento los encontrará bastantes.
En el seminario La angustia dice lo siguiente:
Se los hice observar la última vez, que, por relación al deseo, el objeto a se presenta siempre en función de causa, al punto de que es para nosotros, posiblemente, si ustedes me entienden, el punto raíz donde se elabora en el sujeto la función de la causa misma. Si es esa, esta forma primordial, la causa de un deseo, en lo cual he subrayado para ustedes que aquí se marca la necesidad por la cual la causa para subsistir en su función mental, necesita siempre la existencia de una hiancia entre ella y su efecto, hiancia tan necesaria para que podamos pensar otra vez causa, que, ahí donde ella arriesgaría ser colmada, es preciso que hagamos subsistir un velo sobre el determinismo estrecho, sobre las conexiones por donde actúa la causa (…)[1]
Lo
subrayado indica que, cuando se trata de explicar causas en la clínica,
conviene más guardar silencio[2]. Esta idea se mantendrá el siguiente año de
seminario, donde se sostendrá que entre causa y efecto hay hiancia[3].
Acorde
con esto leemos en Discurso a los
católicos: «Una de las finalidades del silencio, que constituye la regla de
mi escucha, es justamente callar el amor»[4].
Tal como menciona Jean Allouch, un velo no es un telón[6]. Cada uno tendrá incidencias en las figuras del amor. El velo del que se trata aquí no varía del todo al esquema del seminario sobre el caso del pequeño Hans[5].
Existe el testimonio de un analizante que, cuando volteaba (desde el diván) para encontrase con el rostro de Lacan, quedaba enfrentado a un pañuelo que se extendía lo suficiente para no de-velar el rostro del analista francés, ese pañuelo tenía una doble función: callaba el amor y silenciaba la causa que, en resumidas cuentas, es causa de nada.
07 de junio de 2019
[1] Sesión del 19 de junio de 1963, La angustia, seminario X (1962-1963), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte. Subrayado punctum<>studium.
[2]
El lector podrá hacer la experiencia de leer dos vías diferentes de abordar
esta causa (“eficiente”) en Breuer y Freud, véase Estudios sobre la histeria.
[3]
Sesión del 22 de enero de 1964, Los
cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, seminario XI (1964),
Paidós, Buenos Aires, 1995. Por el momento no presentemos la réplica justa:
“hay” hiancia, entonces, hay “algo”, la hiancia es algo, por supuesto.
[4]
Lacan, Jacques. El triunfo de la
religión. Precedido de Discurso a los católicos, Paidós, Buenos Aires, 2005,
p.19.
[5]
Sesión del 30 de enero de 1957, La
relación de objeto, seminario IV (1956-1957), Paidós, Buenos Aires, 1994.
[6]
«Luego viene el “esquema del velo” (esquema tanto del fetichismo como del amor:
continúa el coqueteo entre amor y perversión) y su comentario: (…) ¿Velo o
telón? Pero ¿no está justamente allí lo inquietante del amor (…)? En El amor Lacan, Ediciones literales,
Buenos Aires, 2011, p. 99.
Imagen: Modestia, Sansevero Capilla Museo, Nápoles, Antonio Corradini, 1752.