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Cuando la imagen se pasea sola.

Durante la sesión del 18 de diciembre de 1857 Lacan aborda brevemente el tema de la risa, esta misma como última expresión, remate del chiste o lo cómico, dejando a estos dos del lado de lo simbólico, puesto que el Otro está ahí como intermedio para ratificar el mensaje dentro de la envoltura del chiste o lo cómico.

Por su parte la risa es colocada del lado de lo imaginario, es decir, desde un punto donde el Otro no aparece como ratificador del mensaje, donde el puro juego especular es tomado como referente para desencadenar la risa.

Hace ya un tiempo tuve la oportunidad de leer un pequeño cuento de Dostoyevski titulado Un episodio vergonzoso, en donde el personaje central de nombre Ivan Ilich Pralisnki , un funcionario hasta cierto punto renombrado, ingresa, sin invitación, a la celebración de una boda, de la que participaban personas de rango menos elevado y por tanto no tan distinguidos como nuestro amable principal, lo notable de este pequeño cuento es el planteamiento que se hace Iván Ilich, se forma la idea de comportarse a la altura de las circunstancias y no espera recibir trato especial por parte del resto de los que si fueron invitados, mismos que no dejan de mostrarse incomodos ante la presencia de este.

Estar a la altura de las circunstancias es ya plantearse el problema de no caer, pues bien, a este simpático personaje se le suben las copas y cae como suelen caer las personas no acostumbradas a beber en exceso y pasa al plano de lo ridículo. Dostoyevski nos lleva precisamente por lo que Lacan describe en relación a lo que produce el ingenio en lo cómico, el desarrollo del texto nos introduce en la escena general para hacernos parte de la jerga y lo que más tarde habrá de despuntar en la caída de Iván Ilich.

Y bien, ¿por qué una caída es graciosa­­?

Dice Lacan:­

la risa estalla en la medida en que el personaje imaginario prosigue en nuestra imaginación sus andares afectados, cuando lo que es su soporte en lo real queda ahí tirado y desparramado por el suelo. Se trata siempre de una liberación de la imagen. Entiéndalo en los dos sentidos de este término ambiguo, por una parte, algo liberado de la constricción de la imagen, por otra parte, la imagen se va también de paseo ella sola. Por eso hay algo cómico en el pato al que le cortas la cabeza y da todavía algunos pasos por el corral

De esto se trata en el cuento de Dostoyevski, de un tipo que ostenta cierto prestigio y cuyo cuerpo queda desparramado en el suelo dando algunas patadas mientras su imagen, ahora sin mucho prestigio, anda y se pasea sola. No es casualidad que gire alrededor de un personaje de renombre, de cierta prestancia cuya imagen favorezca una caída que cause risa, y es que, en el caso contrario, en el de una persona que de por si padece las desgracias todo el tiempo, una caída más, al contrario puede provocar la más seria de las compasiones y de las lástimas. Dostoievski nos muestra así, entre la agudeza, lo cómico y la risa lo que Lacan trabaja en gran parte de este seminario sobre las formaciones del inconsciente.

Lacan va tomar como referencia lo cómico para tratar el tema del amor, Lacan:

Ahora bien, si en las subyacencias del chiste hemos encontrado aquella estructura esencial de la demanda de acuerdo con la cual, en tanto que el Otro la recoge, ha de quedar esencialmente insatisfecha, hay de todas formas una solución, la solución fundamental, la que todos los seres humanos buscan desde el inicio de su vida hasta el fin de su existencia. Como todo depende del Otro, la solución es tener otro todo tuyo. Es lo que se llama el amor. En la dialéctica del deseo, se trata de tener otro todo tuyo

Escribo esto un 14 de febrero, día en que se acostumbra celebrar al amor más que la amistad y es que el amor en su aspecto fundamental es muy similar a lo cómico, solo que, con una salida no menos cómica, pero como no es mi intención desanimar a nadie, no diré que sea imposible.

Samuel López González

Bibliografía

Lacan, J 1957, Seminario 5 Las formaciones del Inconsciente

Dostoyevski, F, 1862, Un episodio vergonzoso.

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La ilusión de la femenidad

Las ideas de Freud respecto a la sexualidad constituyen el fundamento mismo del psicoanálisis como una novedosa forma de “hacer clínica”, así también un método de investigación.

A lo largo de su trabajo da cuenta que una de las causas del malestar subjetivo eran los atolladeros de la sexualidad.

Conforme escuchaba a sus pacientes notaba que un motivo de dichos apuros era debido a las restricciones sociales de la época. Sin duda nos aportó un más allá: un saber que revela la estructura sexual no armonizable del sujeto del inconsciente con la naturaleza.

Si echamos un vistazo a lo que sucede a nuestro alrededor y sobre todo dentro de nuestra práctica clínica, caeremos en la cuenta de un saber de lo inconsciente, y es que incluso cuando existe una sociedad con mayor aceptación y apertura respecto a las múltiples formas representativas de las diversas sexualidades… el malestar persiste.

Por ejemplo: se lee en las noticias el encabezado: “Países Bajos elimina la casilla del sexo del carné de identidad”, la noticia continúa: La medida servirá para que el ciudadano «pueda desarrollar su propia identidad en libertad». Y es que en el discurso social se insiste en una búsqueda por la igualdad, en espacios que convocan a ser todos iguales, a las modas, nótese el capitalismo promoviendo lo que debemos consumir, cómo es que debemos vivir, qué objetos son los que ahora se llevan, usan, estilan, qué empleo es el que te hará ganar más, qué implica el ser exitoso, y un gran etcétera. Se busca que todos llevemos nuestros ideales y pensamientos hacia un mismo sentido, como si todos gozaramos igual.

De ahí la posición del psicoanálisis, debiendo permanecer en una imparcialidad hacia toda ideología igualitaria, ya sea libertina u opresora, el psicoanálisis no educa, no adoctrina, no es una sexología, quizá y sólo quizá, será algo más como una erotología.

Respecto a esto citaré a Allouch:

“El psicoanálisis no se situará como erotología sino desistiendo de la partición hombre mujer. Se ha constituido como erotología tomando otro punto de partida, bajo otro ángulo, el que localizamos al tomar las cosas por el sesgo”[1].

Que es lo que esto nos plantea, y poco importa la preferencia sexual del sujeto en análisis, es lo de menos si le gustan los hombres, las mujeres, si en el «carné» dice que es masculino o femenino, si nace hembra o macho, si se siente hombre o mujer o cualquier otra cosa, ahora con las llamadas “transespecies”.

Es precisamente el análisis un lugar para abrir un paréntesis. Producir un espacio analítico, es decir: suspender un saber predeterminado (hombre mujer).

Recordemos el filme “La chica danesa”, se trata de una historia real que acontece en Dinamarca por allá de los años 20´s. Basado en la obra autobiográfica Man into Woman, una recopilación de cartas y escritos del diario de Einar Wegener/Lili Elbe, una de las primeras personas trans sometidas a cirugía de reasignación de sexo. La película nos muestra de inicio una exitosa pareja  de pintores formada por Einar (Eddie Redmayne) y Gerda Wegener (Alicia Vikander).

Einar observa la forma en que Gerda se maquilla, más allá de ella, él se queda absorto en los artilugios que se utilizan para crear la ilusión de la feminidad.

En alguna ocasión la modelo a la que Greda contrató para retratar en sus cuadros, no se presenta a la cita. Greda  con urgencia de terminar esas pinturas a tiempo le pregunta a su marido si no le importaría ponerse medias y zapatos de mujer por unos instantes, a lo que él accederá sin problema.

Aquella escena hipnótica en la que las manos de Einar se deslizan sobre las medias femeninas colocándolas sobre su piel, deslizándolas a través de sus piernas, con inmaculada delicadeza, sin quitar la mirada de encima como si no quisiera perder ningún detalle respecto a todas las sensaciones suscitadas en él en ese instante. Se pone los zapatos para dama. Inclina su cuerpo, acomodándolo a semejanza de la mujer que está eclipsada en la pintura. El roce de sus dedos sobre el vestido que Gerda le apoya sobre su cuerpo, constituye en sí mismo un borde que dará cuenta de una revelación para Einar: un goce opaco, enigmático y desconocido que se le impone.

Dirá Lacan:

“(…) en cuanto definir aquello propio del hombre o de la mujer, el psicoanálisis nos muestra que es imposible”[2]

Observemos que Einar cuenta con la complicidad de su esposa: Gerda, una mujer poco tradicional, de mente abierta y sexualmente aventurera para satisfacer el deseo que le obsesiona a Einar, o quizá a ambos: ponerse en el papel de una mujer. Gerda se encarga de elegir vestidos, zapatos, una peluca adecuada y maquillaje para su marido. A Einar le toca aprenderse el papel, elaborar la mímica, imitar los gestos. Juntos crean a Lili, un producto de la feminidad de ambos, algo del deseo de esta pareja está representado en el resultado nombrado como Lili.

Lo que no debemos perder de vista es que el deseo tiene que ver con la no identidad, en el deseo es donde se pierde la identidad, se desea pero se desea sin personalizar.

10 de julio de 2020


[1] Allouch, J. El psicoanálisis, una erotología de pasaje, Litoral, Córdoba, 1998.

[2] Lacan J., “Saber, ignorancia, verdad” en Hablo a las paredes, Paidós, Buenos Aires, 2012.

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Φ …el (deseo del) Otro es huidizo

Schibboleth (SBL) y Symbolon (SBL),

designan los dos: el compartir y la alianza

Jacques Derrida.

El símbolo que encabeza esta relatoría es una especie de shibboleth del psicoanálisis al estilo Jacques Lacan, que bien puede funcionar como su «santo y seña».

El mes de abril será para el seminario La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961)[1] la oportunidad de pensar las vicisitudes de este, «el único significante que merece (…) el título de símbolo»[2].

Antes de sumergirnos propiamente en el tema, quisiera indicar algunos puntos de la procedencia de la palabra «shibboleth» y por qué me aventuro a unirle con el símbolo F en tanto «santo y seña».

Se traduce a nuestro idioma como «espiga» o «torrente», la encontramos primeramente en el «Libro de los jueces», 12: 4-6:

Entonces Jefré reunió a todos los hombres de Galaad, y atacó a Efraím. Y los galaaditas derrotaron a los efraimitas, por cuanto estos decían: “Vosotros sois fugitivos de Efraím; Galaad está en medio de Efraím y Manasés”. Los galaaditas cortaron a los efraimitas los vados del Jordán, y cuando los fugitivos de Efraím decían: “Quiero pasar”, le preguntaban los galaaditas: “¿Eres tu efraimita?” y cuando respondía “No” le decían: “Di: schibólet; más él decía: “sibólet”, pues no podía pronunciarlo bien. Entonces lo prendían y lo degollaban junto a los vados de Jordan. Así murieron en aquel tiempo cuarenta y dos mil efraimitas. Jefré juzgó a Israel seis años. Luego murió Jefré galaadita y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad[3].

Si bien en el psicoanálisis no se trata de dificultades de pronunciación ni de ser posiblemente degollados (bueno, simbólicamente… ¡sucede todo el tiempo!), de lo que va es de aquello que en se entienda el símbolo falo, insisto: el único. En Lacan una variedad de símbolos, como en Freud o el efervescente Jung[4].

Vamos al seminario.

En esta ocasión iré puntuando más de lo acostumbrado, puesto que la naturaleza de lo abordado lo requiere.

El 12 de abril de 1961… Lacan dedica su sesión a la lectura del cuadro de Jacopo Zucchi: Eros y Psyche (1589).

Jacques-Alain Miller la tituló como «Psyque y el complejo de castración», me centros en el pasaje sobre «la paradoja del complejo de castración».

Señala Lacan la siguiente particularidad:

Espero que ustedes hayan observado bien, en el cuadro, las flores que están ahí delante del sexo de Eros. Si están justamente tan marcadas por tal abundancia, sólo es para que no se pueda ver que, detrás, no hay nada. Literalmente, no hay el lugar del menor sexo. Lo que Psique está ahí a punto de cortar ya ha desaparecido ante ella[5].

Lo centra: estas flores tienen función significante, detrás de éstas hay nada, si fuese un significado habría algo y sin duda Psyque hubiese podido cortar «quelque chose»[6]

Poco después:

De modo que de lo que trata -y que está concentrado en esta imagen- es ciertamente el centro de la paradoja del complejo de castración. Es que el deseo del Otro, en tanto es abordado en la fase genital, de hecho nunca puede ser  aceptado en lo que llamaré su ritmo, que es al mismo tiempo su huir[7].

Si bien se trata de la fase genital, opino que es propio de todas las fases, ya lo veremos… por de pronto aquí el «deseo del Otro» es arrítmico en cuando al (¿deseo? ¿demanda?) del sujeto.

Al igual que Eros… el (deseo del) Otro es huidizo.

Y contundentemente: «(…) el órgano sólo se aborda transformado en significante y, para ser transformado en significante, es cortado»[8].

Viene después una referencia a Hans y su mito del pene atornillado/destornillado.

Lo que particularmente nos interesa…

Lo que aquí nos es mostrado, es esa elisión misma, gracias a la cual ya no está aquí más que el signo mismo que yo digo, el signo de la ausencia. Pues lo que yo les he enseñado es esto — si Φ phi, el falo como significante, tiene un lugar, es muy precisamente el de suplir en el punto en que, en el Otro, desaparece la significancia — donde el Otro está constituido por esto, que hay en alguna parte un significante que falta. De allí el valor privilegiado de este significante, que podemos escribir sin duda, pero que no podemos escribir más que entre paréntesis, diciendo que es el significante del punto donde el significante falta S(A barrada)[9]

¡Puff! Contundente y en la vía de Zucchi y Apuleyo: no hay Otro sino porque falta un significante[10].

Ahora sí, ya estamos listos para la sesión del 19 de abril de 1961.

Continuará…

16 de mayo del 2020.


[1] Versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte

[2] Esta expresión es de la misma factura que dice: la angustia es el afecto por excelencia para el psicoanálisis Vid. La angustia (1962-1963) versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte.

[3] Straubinger, J. Bblia comentada, México, 1969, pp. 268-269.

[4] Aquí podría seguirse el debate de Lacan con Jones: En memoria de Ernest Jones: Sobre su teoría del simbolismo en Escritos 2, Siglo XXI, 1995, pp. 676-695.  Ojo, el texto previo es La significación del falo, ¡no es casualidad!

[5] Subrayado mío. Esta cita va de la mano con otra de Posición del inconsciente. Intervención en Congreso de Bonneval en 1960, retomada en 1964 en Escritos 2, Siglo XXI, p. 819: «Lo que allí había listo para hablar—esto en los dos sentidos que el pretérito imperfecto, en francés como en español, da al había, el de colocarlo en el instante anterior: estaba allí y ya no está, pero también en el instante siguiente: un poco más y estaba por haber podido estar—, lo que había allí desaparece por no ser ya más que un significante». Agradezco al doctor Roberto Castro el recordatorio de esta cita.

[6] Guy le Gaufey ha indicado la importancia de la insistencia de esta expresión en Lacan.

[7] Lacan, J. La transferencia (1960-1961), Paidós, Buenos Aires, 2003, p. 263. Aquí es más afortunada la puntuación de Miller, cuando se el caso lo menciono en nota al pie. El subrayado es mío.

[8] Otro cruce con la expresión de Freud sobre que la pulsión no tiene objeto.

[9] Subrayado mío.

[10] ¿Tótem y tabú?

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A-(a) Quien Corresponda

¿A quién habla el analizante? La pregunta puede responderse en tanto que dos personas se encuentran presentes en un espacio y tiempo determinado, un emisor y un receptor aparecen en primer plano, pero hay algo atemporal, algo atópico, hay algo que se dice, un pasado que intenta repetirse constantemente puesto que no ha sido escuchado, y… ¿no escuchado antes, por quién? ¿Habla entonces el analizante a quién no corresponde?

(Lacan)Todo lo que sabemos del inconsciente desde el comienzo, a partir del sueño, nos indica que hay fenómenos psíquicos que se producen, se desarrollan, se construyen, para ser escuchados, es decir, justamente, para ese Otro que está ahí incluso si uno no lo sabe. Incluso si uno no sabe que están ahí para ser escuchados, están ahí para ser escuchados, y para ser escuchados por un Otro.

Si fuera de otra manera no habría lugar para lo inconsciente, el analista está ahí para escuchar una cadena que se elabora bajo signos de equivalencia, no iguales, pero si correspondientes el uno con el otro, el anterior con el próximo, los significantes se deslizan de manera indefinida por un proceso que se designa como metonimia.

Simposio di Platone – Gigola Giambattista

Supongamos una línea del tiempo, una flecha con una punta que solo puede dirigirse hacia delante, esta es nuestra cadena que se amalgama mediante la metonimia, por ejemplo, un niño es un papel en blanco sobre el que se escriben ciertas cosas, se instruye, se educa, se sumerge en un proceso cultural que raya sobre lo ya rayado, el sujeto raya sobre sí mismo, es decir, a medida que se ordena o avanza, por paradójico que parezca, se desordena el blanco de ese papel y se ordena bajo nuevas instrucciones, pero al inicio, no lo perdamos de vista, hay un blanco original, un orden que palpita, que pulsa incansablemente por ser descubierto, escuchado. Sin embargo, puesto que intenta repetirse demuestra su carácter irreversible, es solamente evocado al presente mediante la compulsión, en eso consiste su atemporalidad, las interpretaciones del analista permiten trabajar la transferencia como una especie de pasado/presente.

(Lacan) Por el hecho de que el sujeto sufre la marca de la cadena significante, algo es posible, algo está profundamente instituido en él, que nosotros llamamos metonimia, y que no es otra cosa que la posibilidad del deslizamiento indefinido de los significantes bajo la continuidad de la cadena significante.

Bajo estas condiciones llega el analizante con su analista, a decir y repetir lo no escuchado, pero la cosa no termina ahí, él sabe, que bajo ese primer plano le habla a alguien de carne y hueso, le demanda, se confiesa ante su analista en espera de respuestas puesto que toda confesión habitual lleva implícito este orden. ¿Es del deseo del analizante que, aquel que ocupa el lugar del Otro, analista que escucha, caiga cómo objeto? Parece extraño que un paciente desee hacer caer de su pedestal al analista, pero lo que pone de relieve el Banquete de Platón, y que Lacan trae de vuelta a nuestra práctica, es que Alcibíades desea hacer caer a Sócrates como objeto, esa es la escena fundamental, así, lo que a su vez pone de relieve el psicoanálisis en cuanto a la transferencia es precisamente eso, aun cuando el analizante no lo sepa, desea hacer de su analista un objeto, a este pequeño acto que define cierta manera de comprender la transferencia Freud no dudó en llamarlo “amor”.

Es en este orden que la transferencia aparece bajo cierta especie de ficción, de fantasía, aparece aquí como una cifra que escapa al orden lógico de lo consciente, no una desconfiguración, sino una desfiguración en el sentido en que Walter Benjamin nos explica, “El mundo de nuevos fenómenos que se construye así, con la disolución de lo configurado, tiene sus propias leyes, que son las de la fantasía, y cuya ley suprema, cuando desfigura, nunca destruye”. Arriesgando un poco, un “parecer ser” heideggariano, en tanto que se muestra algo que no es en sí mismo, en efecto hay una compulsión a la repetición, pero la relación está dada entre dos, y el analizante, por efecto de su inconsciente busca la caída de su analista como objeto.

(Lacan) Es que ante todos ha develado en su trazo el secreto más chocante, el último resorte del deseo, que siempre obliga en el amor a disimularlo más o menos — su mira es la caída del Otro, A, en otro, a. Y, además, en esta ocasión aparece que Alcibíades ha fracasado en su empresa, en tanto que era la de hacer caer de ese escalón a Sócrates.  

Bibliografía:

Lacan, Jacques. La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), sesión del 01 de marzo de 1961, versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.

Benjamin, Walter. Materiales para un Autoretato, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2017.

23 de marzo de 2020

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El silencio de Sócrates.

El poema de amor es la palabra

que ya se dijo ayer, que hoy no se dice,

Porque de sol a sol, de amor a amor,

reina un silencio fiel, como de mármol,

que es el clima ideal de estar de acuerdo.

El poema de amor es darle vueltas

a lo que por sabido ya es callado.

Y volver a empezar como si nunca

te hubiese visto así, lánguida y pura,

desmenuzando mi habitual tristeza.

(El poema de amor, Efraín Huerta)

Es a través de este preámbulo con estrofas de Efraín Huerta que nos adentramos en esta relatoría, en ellas, nos habla sobre la necesidad de callar el amor a veces, silenciar los rubores de quien sabe los desbordes de la palabra, esa resonancia auditiva que sepulta la calma del sujeto, condenándose o justificándose ante su inamisible derrota. Hay ocasiones en las que debemos enmudecer para servirnos de lo que el silencio grita, a veces hay que callar al viento, incidir sus pasos, estrangularlo. Así es como Lacan nos muestra en la clase del 8 de febrero de 1961: Entre Sócrates y Alcibíades, a ese peculiar personaje de El banquete, a decir de Sócrates, y su brillantez al constatarse del peligro de velar el deseo en la palabra, cito:

Él sabe lo que está en juego en las cosas del amor, esto es, incluso, dice, lo único que él sabe. Y nosotros diremos que es porque Sócrates sabe, que él no ama.

Recordemos pues que, tras disponerse a pronunciar su elogio hacia el amor, la dinámica por así llamarla, cambia, entonces, ya no será un elogio hacia el amor, sino que le corresponderá a Alcibíades enunciar el elogio del amor al otro, de la persona que tiene posicionada a la derecha, para ubicarnos, Alcibíades-Sócrates-Agatón.

El desarrollo es sabido, Alcibíades además de hacer un drama de enamorado, intenta según sus propias palabras, desenmascarar las virtudes fantasmales de Sócrates, advertir a Agatón sobre el peligro de “amarlo” y alejarlo así pues de su embrollo; más adelante veremos hasta qué punto quiere llegar Alcibíades con su elogio, por el momento basta contextualizar un poco, cito a Lacan en la clase mencionada:

Al final de su discurso, en efecto, Alcibíades se ha vuelto hacia Agatón para decirle ― Mira, no te dejes agarrar por éste.

 *Puesto que Alcibíades sabe ya que tiene el deseo de Sócrates, ¿por qué no presume mejor y más fácilmente su complacencia? * ― Puesto que ya sabe que él, Alcibíades, es para Sócrates un amado, un erómenos, ¿qué necesidad tiene de hacerse dar por Sócrates el signo de un deseo? De ese deseo, Sócrates jamás había hecho un misterio en los pasados momentos. Ese deseo es reconocido, y por este hecho conocido, y entonces, podríamos pensar, ya confesado. Entonces, ¿qué quieren decir esas maniobras de seducción?

Pero Sócrates no sucumbe, se mantiene erastés, no permite la metáfora del amor, se mantiene siendo oro para no desvanecerse como cobre, no hay pues sustitución de erastés por erómenos o a la inversa, es un ciervo de la palabra como lo dijo Alcibíades, la comprende y justo en esta demanda, interpreta la verdadera dirección de la exigencia que le hace Alcibíades:

Lo que nos dice Sócrates, es que el objetivo constituido por Agatón estaba de hecho presente en todas las circunlocuciones de Alcibíades, que era alrededor de él que daba vueltas todo su discurso. Como si tu discurso ― hay que traducir así, y no lenguaje ― no hubiera tenido otro fin que, ¿cuál? ― enunciar que yo estoy obligado a amarte, a ti y a nadie más, y que, por su parte, Agatón lo está de dejarse amar por ti, y por ningún otro.

Continúa:

Tratemos, en efecto, de reconocer su estructura. *Si Sócrates dice a Alcibíades: “Lo que tú quieres, al fin de cuentas, es que tú seas amado por mí, y que Agatón sea tu objeto… ― pues, de otro modo, no hay otro sentido a dar a ese discurso, salvo los sentidos psicológicos más superficiales, el vago despertar unos celos en el otro ― no se trata de otra cosa”, es efectivamente que se trata de eso. Y Sócrates lo admite, manifestando su deseo a Agatón, y demandándole en suma lo que primero le había demandado Alcibíades.

Sócrates entiende perfectamente que la demanda de Alcibíades no va dirigida precisamente hacia él, sino que está fundamentada en tener como objeto a Agatón, es pues Sócrates quien se rehúsa al amor de Alcibíades por considerarse alguien despreciable, vacío, alguien quien no posee nada, pero ahí también está la intención de que sea Agatón quien “llene” ese vacío. Es claro que Sócrates no se posiciona aquí como analista, pero hace su interpretación precisamente ahí, no de la transferencia, sino en la transferencia, no se deja impresionar por la escena que se podría decir coloquialmente de “celos” sino que le da un alcance todavía más supremo.

En el texto: Psicología de las masas y análisis del yo de 1921, Freud entre otras cosas trata el tema de la identificación, abordando el complejo de Edipo, la constitución del ideal del yo y la investidura de objeto, que será la calamidad en la existencia del sujeto, Cito a continuación a Freud:

Puede ocurrir después que el complejo de Edipo experimente una inversión, que se tome por objeto al padre en una actitud femenina, un objeto del cual las pulsiones sexuales directas esperan su satisfacción; en tal caso, la identificación con el padre se convierte en la precursora de la ligazón de objeto que recae sobre él. Lo mismo vale para la niña, con las correspondientes sustituciones.

Es la relación homosexual Sócrates / Alcibíades y la manifestación de amor de esté al elogiar a Sócrates, lo que nos permite reconocer, siguiendo a Freud, es que hay una identificación femenina en Alcibíades, invistiendo así la fuente primordial de su deseo:

La génesis de la homosexualidad masculina es, en” una gran serie de casos, la siguiente: El joven ha estado fijado a su madre, en el sentido del complejo de Edipo, durante un tiempo y con una intensidad inusualmente grandes. Por fin, al completarse el proceso de la pubertad, llega el momento de permutar a la madre por otro objeto sexual. Sobreviene entonces una vuelta {Wendung} repentina; el joven no abandona a su madre, sino que se identifica con ella; se trasmuda en ella y ahora busca objetos que puedan sustituirle al yo de él, a quienes él pueda amar y cuidar como lo experimentó de su madre.

Entonces, Sócrates cede su lugar de Otro, se da cuenta de su posición referente a la identificación de Alcibíades, y lo desliza, lo autoriza en su búsqueda, con sensatez, con firmeza, porque sabe que al entrar en el juego de erómenos, el agalma del que tanto elogia Alcibíades quedaría velada, reducida a resto, sin valor:

Que Sócrates haga el elogio de Agatón, es la respuesta a la demanda, no pasada, sino presente, de Alcibíades. Cuando Sócrates hace el elogio de Agatón, da satisfacción a Alcibíades. Le da satisfacción por su acto actual de declaración pública, de puesta en el plano del Otro universal de lo que ha sucedido entre ellos tras los velos del pudor. La respuesta de Sócrates es ésta ― Tú puedes amar al que voy a alabar porque, alabándolo, sabré hacer pasar, yo, Sócrates, la imagen de ti el que ama, en tanto que la imagen de ti el que ama es por ahí que vas a entrar en la vía de las identificaciones superiores que traza el camino de la belleza.

Pero Alcibíades, él, desea siempre la misma cosa. Lo que él busca en Agatón, no duden ustedes de ello, es ese mismo punto supremo donde el sujeto se abole en el fantasma, sus agálmata.

Sócrates sabe que no ama, porque sabe de las cosas del amor, desconoce su agalma y desconoce también la función del objeto que constituye el agalma de Alcibíades. Cierro con estas palabras de Artaud:

La veía a través del cielo, a través de los cristales hendidos de mi cuarto, a través de sus propias cejas, a través de los ojos de todas mis ex amantes, y a través del cabello amarillo de mi madre.

Bibliografía:

Huerta, E. (2014). Poemas prohibidos y de amor. México. Editorial: Siglo XXI

Artaud, A. (2005). El arte y la muerte / otros escritos. Buenos Aires. Editorial: Caja negra

Freud, S. (1976). Más allá del principio de placer Psicología de las masas y análisis del yo y otras obras. Buenos Aires. Editorial: Amorrortu

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Más allá de la palabra amor.

Uno siempre se sorprende al descubrir hasta qué punto

pueden estar desunidas la pasión amorosa y las audacias del

abrazo. Pero hay un motivo: no provienen del mismo mundo. Y no

penetran en una misma oscuridad. A veces los dos mundos forman

uno, pero sólo por puro azar. Si se encuentran es casi en contra de

su propia naturaleza y de su innegable intensidad. Y a decir verdad

no es que se encuentren: coinciden. Es como un accidente: el

encuentro de un árbol y un coche rojo. Es imprevisible en la medida

en que no hay manera de organizarlo de antemano

Pascal Quignard en “Vida secreta” (1998). 

Como se dio a entender en la clase 9 del seminario 8 de Jacques Lacan (“La transferencia”), correspondiente al 25 de enero de 1961, la llegada de Alcibíades ejemplifica en el diálogo de “El Banquete” aquello de lo real que pone en evidencia el desencuentro inevitable en el amor. Si lo trasladamos al análisis, guarda cercanía con el azar que vulnera el sentido de armonía en la luna de miel analítica: lo que trastoca la ilusión de entendimiento entre el analista y el analizante.

Alcibíades reclamando a Sócrates representa el “erastés” desesperado: el amante dolido. Nos muestra que en el amor también se sufre, porque en él existe algo más que la sensación de bienestar y que el cumplimiento de preceptos. El amor se expande por fuera del discurso para colocarse en el corazón del acto. (¿y porqué este exceso?)

La palabra, la cual es siempre idealizada en lo que lacónicamente nombra, no representa con fidelidad lo que acontece. En la intervención de Alcibíades el amor ya no se sostiene en un discurso firmado con sangre por considerarse sabio e inequívoco, en vez de ello, se precipita dentro de una acción en la cual abundan los restos con los cuales somos: excesos de ser cuerpo, residuos de aspiraciones incumplidas.   ¿Se trata de un movimiento que rompe sueños o de un temblor que transforma la fantasía en algo más fantástico?. Posiblemente el cambio desde el discurso al actuar traza una figura más sublime por quedarse rota y a pesar de ello seguir latiendo… Este acting, con el cual se revela lo amoroso,  puede parecernos lúdico y a la vez grotesco: lleno de adornos o repleto de vulgaridad al encarnar lo que consideramos imperfecto. ¿Pero qué delimitaría cada uno de estos juicios estéticos? En “Vida Secreta” de Pascal Quignard[2], un insondable texto de 1998 en el que se medita sobre la libertad en el amor- y en el cual se explora el modo en que provoca una rebelión social- se propone que en el universo todo se estira, es decir: todo se polariza o se dilata en el cielo o en el mundo.  ¿Sería lo mismo manifestar que hace su dilatación entre el registro de lo imaginario y lo simbólico?  O, añadiendo otro elemento, en relación a lo real… Ese real que, a pesar de bautizarse con el lenguaje, nunca se convierte en un solo símbolo y jamás se revela del todo.

Quignard concibe que la expansión de este secreto, sobre el cuerpo que se oculta, es decir, sobre este océano e insularización que se concentra en la intimidad extrema (o mejor dicho, esta soledad en la que quedamos al querer revelar los misterios del deseo por medio del lenguaje) efectivamente abre brechas… No obstante,  a expensas de una ranura que altera la linealidad en la que se representa una expectativa, también se crea una serpentina grieta vertical por la cual se apertura otra profundidad temporal: esa en la que los  personajes del libro de Quignard comparten aún más que lo que aguardan… Probablemente porque encuentran comunión en lo inesperado: desde una herida que no se convida con nadie más. ¿El amor sería entonces una rasgadura coincidente?

Quizás se trate de una cicatriz que se hace como la experiencia poética, al menos por dos razones… La primera de ellas tiene que ver con la ambivalencia que se experimenta al apreciar una antigua lesión: superado el sangrado- y pasado el estado de costra- toda cicatriz es un recordatorio de algo que dolió y a la vez sanó; memora lo mucho que pesó (al considerarse permanentemente lábil) para luego sustituirse por dicha al ver como se juntan sus márgenes hasta cerrarse. La segunda razón recae en el tiempo vertical de Gastón Bachelard: ese que da valor a la sensación de eternidad  dada en el instante, esa que supera en intensidad y en efecto al contrastarse con la horizontalidad ficcionada del tiempo bergsoniano- al menos así lo propone en el libro “La intuición del instante” de 1932-.  Tanto la paradoja de una brecha como lo instantáneo de una herida son cualidades bachelarianas para lo poético; además de ser dos cualidades que George Bataille concede al erotismo a lo largo de sus obras.

Pero retornando al más acá del octavo seminario, específicamente a la clase 10 del 1° de febrero de 1961, vendrá algo que resuene como un versillo de los “Siete crisantemos” de Joaquín Sabina: “Si va a tratarse de amor, es en acto, en esta relación del uno al otro, que va a tener aquí que manifestarse” [1,p.3] . Si el amor es más cercano al actuar que al decir, de ahí que “el asesino sabe más de amor que el poeta”…. Pero este “extra” de saber solo se da si se equipara al asesino con el solo acto y al poeta con las palabras…cosa que no puede darse en estado puro pues nuestros sucesos siempre son guiados o desviados por discursos explícitos o implícitos. Bachelard habla de lamentaciones o de heridas sonrientes a través de las experiencias poéticas, no solo al detallarse  un saber en la recitación onanista de un poema. De igual manera, en el psicoanálisis la transferencia se vuelve paradójica y punzante en la experiencia del encuadre, más allá de la lectura de los grandes téóricos en donde deja de ser solo un concepto. La poesía que proviene de la vitalidad, y no solamente de una aspiración a crear fonemas seductoramente rítmicos, puede tomarse como un acto, de tal manera que la escritura y la experiencia en el diván- que se nutren de la sinuosidad del amor y del  deseo- logran un más allá que las palabras (ello bajo la condición de dejarse llevar por la “voz” ajena de la pluma y por la asociación libre)

Tanto la escritura y como el análisis pueden convocar en algún momento a los ausentes- y con suerte liberarse de algunos fantasmas- ello si llegan a reconocer que se suceden más en la ambivalencia de la vida que en la rigidez de las ideas… Si llegan a asimilar que, al traer el amor en ambos ámbitos, deja de ser un tópico dual para hacerse trial. En la clase 10 Lacan nos muestra como del diálogo de Sócrates con Diotima, en “El Banquete” de Platón, pasa a la interacción entre Sócrates, Alcibiádes y Agatón. Mientras que lo predominantemente imaginario se ciñe a la identificación especular, a lo simbólico se suma la alteridad. Podría pensarse entonces que interpretar la transferencia sería una tentativa en dualidad, mientras que interpretar en la transferencia competería a una triplicidad en la que quedamos advertidos del Otro. ¿Será esta asimilación lo que hace que un concepto funcione como psicoanalítico?

En nociones como la transferencia una ausencia se hace presencia en el lenguaje, aunque también como una no materialidad que influye en el sentir, pensar y actuar de los individuos. No materialidad que curiosamente hace estragos en el cuerpo y que nos deja la impresión de traer siempre una piel falsa… Quizás por eso Alcibiádes, como amante resentido, reclama a Sócrates que se quite la máscara, que se quite la armadura de sileno para mirarle la verdadera intensidad de su opacidad o brillo. Que revele algo así como su agalma…

Pero esta es siempre una petición inútil, signo de amor, al final de cuentas… Pues ¿cómo olvidar que quien reclama de máscaras también las lleva dentro? ¿Cómo reclamar el verdadero amor cuando ni nosotros mismos lo conocemos?

Bibliografía

[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

[2] Quignard, P. (1998). Vida secreta: Último reino VIII. Buenos Aires, Argentina : Cuenco de Plata

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Alcibíades, en categoría de trauma.

Al leer los comentarios de Jacques Lacan sobre el esperpento que provoca la entrada de Alcibíades a la tranquila tertulia del Banquete, recordé lo que tres años después y en un contexto más universitario que médico, el analista de ínfulas barrocas y gongorianas declaró sobre un brevísimo capítulo del Libro II de la Física de Aristóteles: «Diferencia entre suerte y casualidad».

Si bien es cierto que no se extendió y tampoco insistió sobre este abordaje aristotélico, no deja de sernos útil para captar aquello que está en juego en la transferencia.

Veamos:

25 de enero de 1961, seminario La transferencia… Todo va perfecto. Cada uno a su turno ha elogiado al pequeño daimon. Sócrates ha terminado de relatar su enseñanza sobre el tema de eros con Diótima, quien logró un encomio «maravilloso, espléndido» y «oceánico». Hasta que llega Alcibíades, completamente ebrio y con ganas de celebrar el triunfo del huésped Agatón, no sólo rompe la armonía establecida de principio sino que inicia su propia dinámica y le suma una serie de lanzaderas amorosas y quejosas al viejo Sócrates. Aquí una otra faz del amor se asoma, hasta ahora no advertida, y rompe con toda la armonía establecida en y de principio. Sí. No todo es bello en el amor.

12 de febrero de 1964, seminario Los cuatro conceptos… Lacan está trabajando el tema de la «repetición» antes de abordar (nuevamente) el de la «transferencia». Articula los conceptos de automatón y tyche. Aunque este par no vuelve hacer presencia en la enseñanza de Lacan, no deja de tener su fortuna:

En primer lugar, la tyche, tomada como les dije la vez pasada del vocabulario de Aristóteles en su investigación de la causa. La hemos traducido por el encuentro con lo real. Lo real está más allá del automaton, del retorno, del regreso, de la insistencia de los signos, a que nos somete el principio del placer. Lo real es eso que yace siempre tras el automaton, y toda la investigación de Freud evidencia que su preocupación es ésa.

El automaton se juega en toda la tertulia del Banquete, donde los asistentes son gobernados por el poderío del principio del placer, amo y señor de la psique. Mientras que la descolgada de Alcibíades marca a cada asistente el lado desconocido, mejor dicho, para alguno «reprimido», para otro «desmentido» y quizá para uno más «forcluído»… de eros.

                Casi seguidamente añade:

La función de la tyche, de lo real como encuentro -el encuentro en tanto que puede ser fallido, en tanto que es esencialmente, encuentro fallido- se presenta primero en la historia del psicoanálisis bajo una forma que ya basta por sí sola para despertar la atención- la del trauma.  

No es forzado considerar a Alcibíades y su llegada, sin la cual no tendría el lugar preeminente que ocupa en el diálogo, como ese real, ese des-encuentro que hay en el fondo de todo verdadero amor… y de toda verdadera transferencia.

Textos:

Aristóteles, Física, Gredos, Madrid, 1995.

Lacan, J. 

La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.

Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1998.

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Sócrates al límite.

“me cuesta escribir la
palabra amor/
porque el amor es una cosa y
la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las
dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/”.

Juan Gelman

Juan Gelman (1930-2014)

A Sócrates le cuesta trabajo hablar sobre el amor, pierde el griego nos dice Lacan, encuentra su límite justamente ahí y es preciso que ceda la palabra para hablar verdaderamente de aquello que escapa al saber, es decir, que, para hablar del amor, se necesita algo más que la Episteme.

Llegamos al final de la sesión del 18 de enero de 1961, Sócrates se encuentra atascado, atorado en las cuestiones del amor y la dialéctica socrática no encuentra la salida, vale decir también, se encuentra (a)mortificado, es preciso que haga hablar a una mujer, la mágica Diotima, quien a la pregunta de Sócrates respecto de si el amor no es bello, ¿es que es feo? nos introduce en el mito de la concepción del Amor.

¿Quién no sabe, desde que Platón lo ha dicho, que el Amor es hijo de Πόρος {Poros} y de Πενια {Penia}?

En el momento en que ha sucedido eso, era la Aporía quien velaba, quien tenía bien abiertos los ojos. Por ser Aporía, es decir, por no tener nada para ofrecer, no había entrado en la sala del festín. Pero la suerte de las fiestas es justamente que en ellas ocurren cosas que invierten el orden corriente. Poros se duerme. Se duerme porque está ebrio, y esto es lo que le permite a la Aporía hacerse embarazar por él, y tener de él este retoño que se llama el Amor.

De ahí la famosa frase “Amar es dar lo que no se tiene”. Sócrates, a su vez, da el discurso que no tiene, y puesto que para hablar del amor no basta el saber, se recurre al mito para poder explicar lo referente al amor, ¿pero explicarlo, no será pasarlo al campo del saber, de la episteme, o es que se trata solo de una opinión?

El amor pertenece a una zona, a una forma de asunto, de cosa, de pragma, de praxis, que es del mismo nivel y de la misma calidad, que la doxa, a saber, que hay discursos, comportamientos, opiniones ― es la traducción que damos del término doxa ― que son verdaderos sin que el sujeto pueda saberlo.

Pues de qué otra manera se puede hablar del amor si no es mediante opinión, solo el curso de la experiencia amorosa lo permite, lo mismo que los discursos de aquella mítica farra, todos verdaderos en tanto que experimentados por cada uno de los personajes.

A propósito del mito, Lévi Strauss en Lo Crudo y lo Cocido nos dice: «no se trata de mostrar cómo piensan los hombres en los mitos, sino como los mitos se piensan en los hombres, sin que ellos lo noten».

17 de enero de 2020

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Apunte: El reclamo(r) de Agatón.

La paz entre los hombres, la calma tranquila en alta mar,

el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.

Agatón

Se recordará que la pandilla del Banquete[1]  se reúne en casa de Agatón A.K.A. el poeta trágico, para celebrar el triunfo de su primera victoria teatral (416 a.c.)[2]. Este joven de treintaypico es apuesto y popular… un jetset.

Es además…  erómenos de Sócrates, ellos son los últimos de mantenerse en pie tras esta farra helenística (223c-d). Interesa aquí tan sólo el speech de Agatón [3] (194e-197e) y especialmente su críptico y «macarrónico» mensaje.

Según Lacan mucho hay que decir sobre este discurso, pero lo que realmente importa es su «economía» al interior de la obra[4]. Insiste en que su objetivo no es un estudio clasicista sino acotar aquello que resulte funcional para los psicoanalistas.

El discurso de Agatón ha sido acreedor, por parte de los especialistas, de una «extraordinaria sofística, en el sentido moderno, común, peyorativo, del término». A contracorriente, sostiene que el propio poeta se burla de todos: la pandilla, los lectores, los especialistas y los analistas (siempre bajo la pluma de Platón).

Lacan no sólo traduce del griego su elogio al amor, además lo interpreta… a su «manera». Aquí el original y dos versiones:

ειρήνην μεν εν αν θρώποις πελάγει δε γαλήνην / νηνεμιαν ανέμων κοιτην ϋπνον τ΄ενι κήδει {eirenén men en anthrópois pelágei de galénen / nenemian anemón coiten hypnos t’eni kedei}

Agatón

En los hombres la paz, en el piélago calma sin brisa, / el reposo de los vientos y el sueño en las cuitas, traduce

Luis Gil (Ediciones Orbis, 1983).

La paz entre los hombres, la calma tranquila en alta mar, / el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.

M. Martínez Hernández (Gredos,1993)

Traducciones que se ajustan al sentido pero no a lo escrito, de manera audaz Lacan le hace decir que[5]:

Pero para poner los puntos sobre las íes, vuelve sobre eso πελάγει δε γαλήνην {pelágei de galénen}, lo que quiere decir que todo anda mal. Calma chicha sobre el mar. Hay que acordarse lo que quiere decir calma chicha sobre el mar para los antiguos ― eso quiere decir que no anda más nada, las naves quedan bloqueadas en Aulis, y cuando eso les sucede en alta mar, uno está excesivamente molesto, tan molesto como cuando eso les ocurre en la cama. Evocar a propósito del amor πελάγει δε γαλήνην {pelágei de galénen}, está muy claro que uno está bromeando un poco. El amor, es lo que los deja fuera de carrera, lo que los hace sufrir un fiasco. Esto no es todo, después diceya no hay viento en los vientos. Volvemos a empezar ― el amor, ya no hay amor, νηνεμιαν ανέ- μων {nenemian anemón}[6]

Agatón sabe que continuará Sócrates y tendrá que recuperarse de este reclamo(r)… ¿ya no están bien las cosas entre ellos? ¿les ha llegado la «calma chicha» a la cama? ¿habrá revelado el amor su faz trágica debajo de este esperpento «macarrónico»?

Esto sólo podrá saberse a posteriori con el discurso próximo de Alcibíades.

10 de enero de 2020

Textos:

Platón:

El Banquete, Orbis, Barcelona, 1983.

Banquete, Gredos, Barcelona, 1993.

Lacan, J. La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.


[1] Aristodemo, Agatón, Erixímaco, Fedro, Pausanias, Alcibíades y el colado Sócrates.

[2] El que no se conserven obras de Agatón le hace portar ese matiz de perfección y belleza.

[3] Lacan vacila en decidirse por quien lleva el discurso «central»: Aristófanes o Agatón. Se resuelve por los dos.

[4] En momentos surge la impresión de que se transita por la tríptica freudiana: económica, tópica y dinámica.

[5] Conocedor de la plurivalencia de los significados de cada palabra, habilidad que adquirió con los jesuitas.

[6] Sesión del 11 de enero de 1961. Negritas de punctum«»studium.

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Al mal tiempo (del Edipo), buena cara.

“Solía pensar que mi vida era una tragedia,

pero ahora me doy cuenta que es una comedia”

Joker

Desde el inicio de lectura del seminario La transferencia (1960-1961), el tema más trastocado, quizá desde mi perspectiva, ha sido: el amor. Y puedo aseverar que es así en tanto que se ha recurrido a la poesía para abordar… bordear tal temática en algunas relatorías. Verán que no es cosa sencilla, ya lo decía Freud respecto a la transferencia, al amor de transferencia.

Por qué Freud recurre a la tragedia y a Edipo para abordar el tema respecto al amor… al primer amor, tomando parte del mito de Sófocles y el suyo en Tótem y tabú, haciendo lo suyo, haciéndolo suyo. El mito para decir una verdad que sólo puede ser medio dicha, no toda.

Lacan nos menciona:

El motivo por el cual Freud encuentra su figura fundamental en la tragedia de Edipo, es el «él no sabía», que había matado a su padre y que se acostaba con su madre.

Este «él no sabía» me remite a un film que ha causado revuelo social: El joker, de Todd Phillips, y es que este personaje no sabía nada respecto a su origen, salvo la fantasía que su madre creó alrededor de su existencia, teniéndole así a su completo servicio.

Entre otras cosas nos muestra una situación familiar, el Edipo es una situación familiar, una teoría de la familia, se diría. Para ser más precisos: la de la decadencia social de la imagen paterna. Y dicha decadencia del rol del padre se puede observar en la etiología de las neurosis. Sin embargo, en Arthur Fleck no podemos hablar de neurosis, no del todo, para Lacan, el triángulo madre-hijo-falo es una tríada imaginaria preedipica, en la que la introducción de un cuarto elemento, el padre, hará surgir al Edipo. La madre de Arthur ocupaba todo su mundo, él vivía entregado a ella, la bañaba, trabajaba para ella, quedó como súbdito del deseo de su madre, una madre psicótica que permitió los más terribles castigos infligidos por sus parejas hacia el chico.

Freud nos muestra que uno de los frutos de la “resolución”, por decir, del complejo edípico es: el superyó. En este personaje no hay una «Ley͙» introyectada, él sólo quiere caos, no tiene un fin determinado, simplemente se da cuenta que comienza a existir en tanto personaje: joker. Ha encontrado una forma de existir ante los demás, de ser alguien fuera de la madre, vincularse con otros.

Terminaré con la imagen social de Arthur, habitante de ciudad Gótica, una ciudad lúgubre, gris, donde el señor Wayne (padre de un Batman futuro) es el representante social elegido, un hombre con poder. Arthur Fleck, un payaso que no hace reír, un payaso sin mayor gracia que reír sin control en las situaciones menos adecuadas, el producto de una infancia llena de abusos y violencia. Es ahora mirado, es ahora amado, quizá, por otros que, como él, han sido desechados, relegados de la sociedad por ser diferentes, por no cumplir los parámetros que marca la sociedad en turno, con su traje de color rojo, riendo, bailando, saqueando, aniquilando… ¿cómo es que se juega aquí el amor?

En nuestra sociedad, tan decadente, es observable que las personas buscan motivos para continuar ante una vida que no les ofrece otra cosa que imágenes ideales cada vez más imperantes, “accesibles” a quien pueda costearles, la promesa de la perfección, de la inmortalidad y por tanto la negación de la castración.

06 de diciembre de 2019