Sin garantía: la parte más seria de amar.

“En el amor, el ser que nos es más cercano no está cerca.

Está más lejos que nadie. Tan lejos como la escena inalcanzable

cuyo producto (lo reproducido) somos.”

Pascal Quignard en “Vida secreta” (1998) 

Tanto Jacques Lacan como Roland Barthes toman de referencia “El Banquete” de Platón para hablar de los asuntos del amor y de algo parecido a éste: la transferencia. Mientras que Lacan le dedica cerca de once sesiones de su octavo seminario, Barthes lo incluye en más de un término de su “diccionario” amoroso [2], sobre todo para exponer temas tales como la atopía del otro, la compasión y la declaración del enamorado, así como la habladuría sobre el amante, la sensación de languidez o del estar solo (a pesar de la presencia de quien se ama) y la fantasía de unión. De igual manera cita el “Fedro” para referirse a lo que el discurso erótico tiene de monstruoso.  

En la clase 6 del seminario 8 sobre “La transferencia”- correspondiente al 21 de diciembre de 1960- Lacan no solo resalta la parte discursiva del amor, sino nociones tales como la atopía y la relevancia de Aristófanes en el fenómeno transferencial. La atopía, distinguida en Sócrates como lo que es “en ninguna parte de su ser”, es señalada como algo que también resulta “exigible de nosotros [1, p. 7] (los analistas) … ¿Por qué? Quizás porque desde el margen de lo social el analista queda en un no lugar con respecto al mundo de las profesiones; de la misma forma en que su formación cobra excentricidad en relación a las universidades-. Aunque también podría interpretarse como un “no lugar” para el amor en lo que compete al encuadre analítico. De alguna manera, el analista no se permite ser en el amor con su analizante, al menos no como pudiera serlo desde la amistad o desde el papel de un fogoso amante.

Ahora bien, el tema del discurso en este seminario adquiere relevancia porque dicta coordenadas… ¿sobre el amor acaso? En la sesión citada Lacan expresa que “jamás habrá universo sino del discurso” y que este universo “debe entregarse al orden del significante[1, p. 4]. Más adelante añadirá algo que nos parece una de las cuestiones más serias y angustiantes del amor; el pasaje dice lo siguiente: “No hay otro garante de la palabra del Otro que esa palabra misma y no hay otra fuente de trágico que ese destino mismo, que bien puede parecernos, bajo un cierto aspecto, siendo nada[1, p. 4].

Antes de profundizar en esta aseveración, hagamos un paréntesis en la atopía interpretada por Barthes a partir de “El Banquete”. En su libro “Fragmentos de un discurso amoroso”, el autor francés señala que el ser amado es reconocido como “átopos”: calificación dada a Sócrates, por parte de sus interlocutores, para esbozar lo inclasificable y lo que compete a “una originalidad incesantemente imprevisible”; según Barthes “es átopos el otro al que amo y que me fascina”, alguien que se considera “Único” al representar la “Imagen” que “ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo[2, p. 26].  Átopos es figura de verdad, más solo eso: figuración… pues es lo que se cree ver o escuchar sobre el universo discursivo del cual nos sentimos parte. Para Pascal Quignard el fascinado es una pieza que de pronto logra encajar con exactitud en el rompecabezas especular de un rostro imprevisible y a la vez esperado, haciéndolo siempre desde la forma del acecho. Esta morfología acechante, nos dice, es como una cerradura, ya que la forma más pequeña, que sería la víctima, se hunde en ella como la llave que la abre, dando así la primera característica del amor. En “Vida secreta” especifica que hay una mirada a la que no podemos resistirnos, una mirada que existía incluso antes de la humanidad- o más bien que se hace posible por corresponder a los momentos previos a nuestra humanización a través del lenguaje-. A partir de esa mirada, Pascal manifiesta que los cuerpos encajan como las presas en las mandíbulas de los carnívoros [3].

Barthes coincide con la entrada del amor a través de los ojos, ya que “la atopía del otro la sorprendo en su mirada [2, p. 26]… ¿de qué forma? Cada vez que somos capaces de leer en ella una gran inocencia: ese no saber nada del mal que puede hacernos en caso de no sentir que para ella brillamos. Como inocencia, la atopía se resiste a la descripción y se niega a lo que la define. De cierto modo no es otra cosa que una resistencia al lenguaje: una negación a formar parte de ese mundo de Nombres que bautizan las Faltas… Una resistencia a hacerse garantía… ¿una tragedia también?   

A partir de aquí conviene regresar hasta la clase 6 del seminario de la transferencia, justo cuando Lacan menciona que Aristófanes es el primero que habla del amor como nosotros, los analistas, hablamos de él. En “El Banquete”, dirá, el único que habla del amor como conviene es Aristófanes, el cual es un payaso (sustantivo que en Platón se corresponde con los poetas de su época). Este personaje habla de los enamorados como “esos seres cortados en dos como un huevo duro […] de tal manera que parecen ser la mitad de un ser completo[1, p. 17]- coloquialmente sería la creencia de la media naranja inspirada en el mito griego del andrógino-.De acuerdo a Lacan, lo trágico anunciado por un cómico, es que “esas personas que se aman, tienen un extraño aire de seriedad [1, p. 15]… A continuación, añade:

En ninguna parte, en ningún momento de los discursos del Banquete, se toma el amor tan en serio, ni tan a lo trágico. Ahí estamos exactamente en el nivel que nosotros, los modernos, imputamos al amor- tras la sublimación cortés de la que les hablé el año pasado, y tras la que podría llamar el contrasentido romántico sobre esta sublimación, a saber, la sobrestimación narcicística del sujeto, del sujeto supuesto en el objeto amado […] Aristófanes nos muestra primero, y lo que es el basamento de todo lo que en seguida viene ahí, para nosotros, con una luz tan romántica, es una fatalidad pánica, que hace, a cada uno de esos seres, buscar ante todo y primero que nada su mitad, y ahí, pegándose a ella con una tenacidad, si podemos decir, sin salida, marchitarse al lado del otro, por impotencia para reunirse [1, pp. 16 y 17]

Cuando Barthes intenta representar este sueño de unión total fracasa: “mal dibujante o mediocre utopista, no llego a nada[2, p. 144] (está demasiado advertido de las peripecias que el mismo Apolo tendría que atravesar para lograr la confluencia de un cuerpo suturado a la perfección). Ya ha intuido la imposibilidad de poner en marcha un gozo sin mancha y el colmamiento de la propiedad absoluta:

El andrógino, figura de esta <<antigua unidad de la que el deseo y la persecución constituyen lo que llamamos amor>> no me es figurable; o al menos sólo logro un cuerpo monstruoso, grotesco, improbable. Del sueño surge una figura farsa: así de la pareja loca nace lo obsceno de lo doméstico (uno se ocupa de la cocina, de por vida, para el otro [2, p. 144]

Posiblemente la monstruosidad radica en que el sujeto enamorado se percata, de una manera brusca o inusitada, que “constriñe al objeto amado en una red de tiranías” … De ser una fuente de piedad para el otro pasa a percibirse ahora como opresor. ¿A qué querría someter al objeto amado y de qué manera? Tomando como base el “Fedro”, Roland Barthes concluye que el discurso amoroso asfixia al otro, a ese otro que de modo inesperado no encuentra ya lugar para su propia palabra: no encuentra su voz bajo el decir masivo de quien le demanda perfección y coincidencia. Y no es porque le impida hablar- aclara Barthes- sino porque el sujeto enamorado le insinúa pronombres o sentencias en las que le adjudica un entendimiento que jamás tendrá… ¿Amar desde lo imaginario supone tal violencia de simetría? ¿Se puede amar de otra manera? (sin mirada que carcoma)… “Sueño de unión total: todo el mundo dice que ese sueño es imposible y sin embargo insiste” [2, p. 145] (se lamenta Barthes). Pero a pesar de esto sabe que ni él ni muchos renuncian al él. Si no se renuncia, ¿habrá un modo de salir menos pinchado con cada intento de unión? ¿Exponernos a la experiencia del análisis brinda una alternativa para escuchar el amor desde otro universo discursivo? Pensamos que sí, puesto que el análisis permite reinventar otras formas en que hablamos de nosotros y de otros, de tal suerte que pueden abrirse nociones distintas de las que esperamos ¿seducir desde algo más inédito? Finalizamos esta relatoría con Barthes, quien no deja de enriquecer nuestro seminario con sus palabras:

Es la originalidad de la relación lo que es preciso conquistar. La mayor parte de las heridas me vienen del estereotipo: estoy obligado a hacerme el enamorado, como todo el mundo: a estar celoso, abandonado, frustrado, como todo el mundo. Pero cuando la relación es original, el estereotipo es conmovido, rebasado, eliminado, y los celos, por ejemplo, no tienen ya espacio en esa relación sin lugar, sin topos, sin <<plano>>- sin discurso [2, pp. 26 y 27]

Conquistar la originalidad de la relación es distinto a querer conquistar a través de la consideración de que solo existe un modo de amar: es ampliar nuestra mirada a otros signos que puedan ser tomados como parte del amor. Curiosamente, la falta de garantía en las construcciones que introyectamos del Otro, la cual resulta angustiante, es también la asimilación más seria e importante para quien se atreve a amar. Si bien nos coloca en una especie de salto al vacío, abre un no lugar en el que también se puede estar: desde otra postura, desde otro universo del lenguaje, desde otra figura del enamorado.

Bibliografía

[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

[2] Barthes, R. (2015 [1982]). Fragmentos de un discurso amoroso. D.F., México: editorial Siglo XXI

[3] Quignard, P. (1998). Vida secreta: Último reino VIII. Buenos Aires, Argentina: Cuenco de Plata

Empédocles: patrón de la especulación analítica.

«…nunca puedo estar seguro de que mi supuesta creación nueva

no fuera una operación de la criptomnesia»

Sigmund Freud [1].

Sobre la versión castellana es un ensayo en forma de pequeño libro que acompaña y funciona como introducción y aclaración de algunas problemáticas con las cuales se puede encontrar el lector de Sigmund Freud, tanto el novato como el experimentado [2].

Escrito por el uruguayo José Luis Etcheverry en 1978, fue quien con su «método de buceo» se encargó de traducir directamente del alemán la monumental obra freudiana, siguiendo el ordenamiento, notas y comentarios de la versión inglesa a cargo del inglés James Strachey.

Etcheverry nos recuerda que Freud utilizó como recurso para su trieb a la filosofía de la naturaleza y no a la biología [3]. El filósofo presocrático que está tutelando este concepto fundamental e indispensable para el psicoanálisis es Empédocles de Agrigento.

En Esquema del psicoanálisis (1940 [1938]), «curso de repaso» para psicoanalistas, una suerte de sucinta conclusión de lo aportado por el maestro de maestros del psicoanálisis, después un párrafo dedicado a las pulsiones [4] inserta la siguiente nota al pie:

La figuración de las fuerzas fundamentales o pulsionales, contra la cual los analistas suelen revolverse todavía, era ya familiar al filósofo Empédocles de Acragas.

En un texto posterior, Análisis terminable e interminable (1938) comenta sentirse regocijado al encontrar su teoría de las pulsiones en un filósofo de la «aurora griega». Lee ahí la sensible cercanía de los dos principios que tanto en la vida del mundo como en la del alma mantiene una lucha: «amor» y «discordia», «fuerzas naturales de la eficiencia pulsional (dixit[5] .

El aporte de Jacques Lacan en La transferencia devela que en el Banquete y detrás del médico Erixímaco se perfila al mismo Empedócles [6], «uno de los patrones de la especulación analítica» [7].

Subraya que Empédocles es un referente para el «instinto de muerte» (dixit) [8]. Hay una descripción justificadamente legendaria sobre sus virtudes:

(…) es un omnipotente. Avanza como amo de los elementos, capaz de resucitar a los muertos, mago, señor del real secreto sobre las mismas tierras donde los charlatanes, más tarde, debían presentarse con una marcha paralela. Se le piden milagros, y él los produce. Como Edipo, él no muere, pero entra al corazón del mundo en el fuego del volcán, y el abismo.

Pero más importante aún es lo referente a la ambivalencia constitutiva del amor y el vano intento por parte de Platón al disimularlo con el discurso médico sobre la armonía que dicta Erixímaco.

Ya lo hemos leído en nuestra relatoría anterior:

(…) la transferencia es algo que pone en tela de juicio al amor, lo pone en tela de juicio bastante profundamente respecto a la reflexión analítica al haber introducido en él, como dimensión esencial, lo que se llama su ambivalencia (Paidós, 2003) [9].

Más adelante, el 8 de marzo, Lacan señalará que para ejemplificar este «deseo de muerte mezclado en el amor» Freud recurre en el caso del “Hombre de las ratas” y… ¡al Banquete!, y es que donde mejor podemos leer esta fenomenología del amor-odio es en la denominada neurosis obsesiva [10]:

El odio retenido por el amor en la sofocación de lo inconsciente desempeña, sin duda alguna, un importante papel también en la patogénesis de la histeria y de la paranoia. Conocemos demasiado poco la esencia de] amor para adoptar aquí una decisión terminante; en particular, la relación de su factor negativo con el componente sádico de la libido permanece en total oscuridad [11].


[1] No olvidemos aquella frase con la que Freud inicia uno de los capítulos de Más allá del principio del placer: «Lo que sigue es especulación, a menudo de largo vuelo».

[2] «Estas páginas (…) tienen el carácter de un informe sobre nuestro trabajo de traducción. (…) Este argumento [no hacer un diccionario] (…) nos hizo preferir una exposición agrupada por grandes temas, acumulativa en el sentido de que lo posterior supone lo anterior» (p.ix). Corchetes de punctum«»studium.

[3] Tal como puede hacerlo pensar la desatinada traducción de trieb por instinkt (instinto). Lacan no dejó de insistir en ello.

[4] «En las funciones biológicas, las dos pulsiones básicas producen efectos una contra la otra o se combinan entre sí. Así, el acto de comer es una destrucción del objeto con la meta última de la incorporación; el acto sexual, una agresión con el propósito de la unión más íntima, Esta acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas produce toda la variedad de las manifestaciones de la vida, y más allá del reino de lo vivo. La analogía de nuestras dos pulsiones básicas lleva a la pareja de contrarios atracción y repulsión, que gobierna en lo inorgánico» (p. 147). Subrayado de punctum«»studium.

[5] Dixit de punctum«»studium. Freud cita su fuente directa, se trata de Die Vorsokratiker (Los presocráticos) de Wilhelm Capelle (1935).

[6] «Si hicieran falta pruebas uno puede acercarse a la edición del Banquete editado por Gredos, ahí se lee: «Su concepto de Eros se basa en la armonía, en la concordia armónica de los contrarios , y en este sentido se le ha puesto en relación con la doctrina de los contrarios de Heráclito, con teorías médicas pitagóricas, con el concepto de isonomía de Alcmcón de Crotona, con el tratadito Sobre la dieta del círculo hipocrático y, especialmente, con la dualidad philia-neîkos «amor»-«discordia» de Empédocles como agentes de unión y separación de los elementos del universo». (p. 169).

[7] 21 de diciembre de 1960.

[8] Dixit de punctum«»studium.

[9] En esta ocasión encontramos varios pasajes donde la versión en español de Jacques-Alain Miller resulta más atinada.

[11] Y en nota al pie: «Si a menudo tengo el deseo de no verlo más vivos. Y, sin embargo, si ese deseo se realizara alguna vez, yo sé que me volvería mucho más desdichado aún: tan inerme, tan totalmente inerme estoy frente a él», dice Alcibíades sobre Sócrates en El banquete» (p. 187).

[10] En el seminario 20 (1972-1973), Aún… Lacan hará un elogio a este amor-odio, gestando el neologismo: «odioenamoramiento».

Textos:

Etcheverry, J. Sobre la versión castellana en Obras Completas, s/n, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.

Freud, S.

Esquema del psicoanálisis en Obras Completas, Amorrortu, Tomo XXIII; Buenos Aires, 1998.

A propósito de un caso de neurosis obsesiva (el «Hombre de las ratas») en Obras Completas, Tomo X, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.

Análisis terminable e interminable en Obras Completas, Tomo XXIII, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.

Lacan, J.

La transferencia, Paidós, Piadós, Buenos Aires, 2003.

La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Platón, Diálogos III, Gredos, Madrid, 1988.

Del odio al amor, un paso…y del amor a la transferencia, un viraje.

En temas que nos atañen, se nos muestra la existencia de dos mociones concatenadas en el desarrollo de las afecciones del individuo: el amor y el odio.  A lo largo de sus elaboraciones, Freud las presenta como «tajantes opuestos materiales» que constituyen una compleja relación. En su texto Pulsiones y destinos de pulsión (1915) intenta coaptar la naturaleza de esta complejidad, y nos dice:

Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces hablamos también de la «atracción» que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que «amamos» al objeto. A la inversa, cuando el objeto es fuente de sensaciones de displacer, una tendencia se afana en aumentar la distancia entre él y el yo, en repetir con relación a él el intento originario de huida frente al mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la «repulsión» del objeto, y lo odiamos; este odio puede después acrecentarse convirtiéndose en la inclinación a agredir al objeto, con el propósito de aniquilarlo.

Se ama aquello que embellece al yo, aquello que brinda satisfacciones, mientras que lo odiado, lo rechazado, es aquello que molesta, que frustra y genera una persecución de lo aborrecido con fines destructivos. Pero Freud va más allá de este discernimiento y nos dice que «El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor; brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos». Si bien surge en tantoprimera instancia, no obliga que no pueda haber una aparición posterior al amor, puesto que lo señala en términos de una «mudanza del amor en odio», mostrando la capacidad de permutar de estos afectos, como si nos figurara un vaivén litúrgico que se perpetúa. No nos parece ya extraño observar sujetos que en un inicio se proferían amor y terminan aborreciendo al otro, intentando destruir eso que alguna vez anhelaron…algo similar ocurre cuando, lo que una vez generó repulsa, se convierte de pronto en fuente de atracción.

Hablamos entonces de orígenes distintos y fines discrepantes, que permiten ver la ironía en la desconexión de sus formas, ¿Cómo es posible este desaforado encuentro?

La historia de la génesis y de los vínculos del amor nos permite comprender que tan a menudo se muestre «ambivalente», es decir, acompañado por mociones de odio hacia el mismo objeto…de suerte que el odiar cobra un carácter erótico y se garantiza la continuidad de un vínculo de amor.

Si adoptamos tal postulado, será mayormente aprehensible la premisa de que los pesares del sujeto en el amor derivan de la imposibilidad de obtener lo que se desea, puesto que, aunque se le ame, siempre habrá algo que no pueda obtener (una respuesta, un gesto, una garantía) algo que falta y que devendrá insatisfacción, displacer, odio y que dará partida a la danza de la ambivalencia…

¿Qué ocurre, en dado caso, con el amor en el análisis? Es decir, con la transferencia, si seguimos a Lacan en la clase 5 de su seminario de La transferencia (1960), cuando se interroga, a propósito del análisis, lo siguiente; «¿cómo engendra algo ― primera aproximación ― que se parezca al amor? Algo que se parece al amor, es así que se puede, en una primera aproximación, definir la transferencia».

¿Qué implica que sea algo que se parece al amor? Que no lo es. O, al menos, no es la misma forma de amor de la que se habla en el enamoramiento. Tendrá que haber una distinción.

Nos dice más adelante:

La transferencia es algo que pone en causa al amor, lo pone en causa lo bastante profundamente, respecto de la reflexión analítica, como para haber introducido en ella, como una dimensión esencial, lo que se llama su ambivalencia.

Pone en causa al amor, lo cuestiona, lo devela, lo alza para después verlo caer, lo coloca así en un lugar distinto del que tenía cuando llegó…y es precisamente esa llegada lo que posibilitará el viraje que el analizante encuentra en el análisis, porque justamente él llega en la búsqueda de “algo” y, siguiendo a Lacan, «si él parte a la búsqueda de lo que tiene y que no conoce, lo que va a encontrar, es aquello de lo que carece {il manque}». En el intento por extender su mano hacia el analista, en la búsqueda del amor que lo colme, el analista le devolverá su propia falta y… sin levantarlo, sin sostenerlo pero sin dejarlo caer, le mostrará, en «eso de lo que él carece; su deseo».

15 de noviembre de 2019

Bibliografía:

Freud, S. (1992 [1914-16]). Obras Completas, volumen XIV. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Lacan, J. (2002 [1960-1961]). Seminario 8, La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Pausanias y el valor del análisis

La intervención de Pausanias en el Banquete pareciera ser para Lacan poco entrañable, en la que incluso hace poco énfasis, más bien su discurso lo utiliza como trampolín para adentrarse en los planteamientos que hará de Erixímaco; sin embargo, creemos que tiene algunos pasajes interesantes que se deben tomar en cuenta al aporte analítico.

Para Pausanias como planteamiento general de su discurso el eros supone un cierto intercambio de bienes, viéndolo desde el papel de hombre aristócrata de la época, en donde las parejas (que no era nada extraño entre hombres) establecían relaciones con sus partners que les propiciaban por decirlo así, un mismo o mejor “estatus social”; es preciso tomar en cuenta el concepto de “bienes” no solo en la cuestión monetaria, de riqueza o plusvalía, sino también partiendo del sinónimo “poseer”, es decir, con lo que cuenta el sujeto para otorgar de sí, teniendo en cuenta la virtud, educación, ciencia, saber o la belleza; el otorgar por supuesto como agente que vincula un tipo de aprehensión del otro.

Cito a Jacques Le Brun en su libro El amor puro: De Platón a Lacan,

Como dice Pausanias, el amor es una esclavitud voluntaria de acuerdo a una ley (nomos, 184c) que organiza las relaciones entre el amante y los objetos amados (184b, 184d). Lo que se busca es el mérito, el saber, la educación, en una palabra, volverse mejor (184c); para el amante, la ley es contribuir con una parte (symballesthai) planteando un aliciente (un symbolon diríamos, un símbolo, un signo), por lo tanto, es una operación “simbólica” que hace que el “consentimiento” al amor de los jóvenes acceda al orden del valor; para los objetos de amor, la ley es adquirir (ktashai, 184e) lo que se puede poseer, es decir, los ktemata

Trasladándolo a un nivel amoroso más coloquial, podríamos intuir un intercambio en cuanto a acceso al ser del otro (visto desde erastes o eromenos, ya que si bien Pausanias nos da la pauta para entender que si estos papeles no se conjugan, que si el protagonista no actúa antagonista o viceversa el eros no vale), volviendo al punto, entenderíamos por qué en la relación amorosa existen los detalles, los regalos, es decir, te obsequió en virtud de lo que poseo de ti, tomar el amor como un objeto al que se le coloca un precio y efectuar el pago bajo cualquier símbolo que se imponga a la conciencia.

Continuado con el aporte de Le Brun “Pero el fin claro y definido que Pausanias considera a lo largo de todo su discurso es una adquisición, una posesión, sin la cual el amor no sería más que un gasto vano”. Es dudable confiar en quien pronuncia que el “amor” posee un carácter de desinterés, al menos desde el punto de partida de Pausanias, el objeto se dirige aplomo hacia su blanco, que revestido, podría tener una función inconsciente, pero muchas veces es tan esclarecedor que el término minusválido “no me valoró” resulta de suma patético.

Lacan por su parte en “La Psicología del rico” nos describe este comercio de la siguiente manera:

Me parece muy difícil, leyendo este discurso, no sentir de qué registro participa esta psicología, Todo el discurso se elabora en función de una cotización de los valores, de una búsqueda de los valores cotizados. Se trata verdaderamente de colocar sus fondos de inversión *psíquica*. Si Pausanias demanda en alguna parte que unas reglas severas – avancemos un poco más en el discurso- se impongan al desarrollo del amor, de la corte al amado, esas reglas encuentran su justificación en el hecho de que conviene que demasiados cuidados, – se trata precisamente de esa inversión de la que yo hablaba – no sean gastados, despilfarrados por unos pequeños jovenzuelos que no valen la pena.

Introduce un concepto que resulta interesante en el acto analítico, “inversión psíquica” y aquí aparece la relevancia o el aporte que podríamos obtener desde el discurso de Pausanias, si para él, la función de eros implica una inversión, un intercambio entre amante y amado que accede a la falta, ¿Qué función tiene como tal el pago de la sesión en análisis?

Curiosamente una cesión conlleva a ceder en la palabra el deseo de quien habla y sesión de la cual se obtiene un intercambio monetario como símbolo de castración en lugar del Otro, por parte de quien escucha. ¿El analista en este sentido que papel ocupa dentro del análisis? Si bien lo más parecido a la relación analista / analizante es el intercambio que se daba entre sabio y discípulo que accede a una verdad mítica, también este se muestra sedado de todo saber ante el analizante, estaríamos hablando entonces de un intercambio amoroso encaminado a la virtud? ¿Extender la palabra y dejar que el analizante de razón de lo que cuesta su análisis, es poner un valor a la resistencia que amarra la liberación del deseo o es una forma de angustia del analista?

En La dirección de la cura y los principios de su poder (1958), Lacan aborda técnicamente la posición del analista frente al analizante entreverando las arterias que conducen a la “cura”, cito a continuación parte de ese texto:

El analista también debe pagar: – pagar con palabras sin duda, si la transmutación que sufren por la operación analítica las eleva su efecto de interpretación: – pero también pagar con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la transferencia; – ¿olvidaremos que tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo, para mezclarse en una acción que va al corazón del ser (kern unseres Wesens, escribe Freud): sería él el único allí que queda fuera del juego?

Será entonces pues que la función del analista no está precisamente en la mano que surge del botón abierto de la flor o del leño encendido que hace renacer o nacer el eros; sino más bien se aproxima a ser quién sople, atice la llama, para que no todo sea cenizas o ruinas, es quién riega a través de la palabra devuelta aquel botón para que éste no se marchite.

08 de noviembre de 2019

Bibliografía:

Le Brun, J. (2004). El amor puro de Platón a Lacan. Buenos Aires. Editorial: El cuenco de plata.

Lacan, J. (2003). Escritos 2. México D.F. Editorial: Siglo XXI

Lo gourmet

“Un deseo redoblado es el amor,

pero el amor redoblado se vuelve loca pasión”

Pródico de Ceos

Según la clase 4 del seminario 8 sobre “La transferencia”- correspondiente al 7 de diciembre de 1960- lo que inicia el movimiento en el acceso al otro que nos da el amor, es un deseo por el objeto amado que Lacan compara como “la mano que se adelanta para alcanzar el fruto cuando está maduro”-sea para “atraer la rosa que se ha abierto” o para “atizar el tronco que se enciende de pronto”-. [1, p.5].

Desde esta primera sentencia, parecería que la disposición amorosa forzosamente se forja en un ánimo de expectativa, además que cobra fuerza a través de un hallazgo inusitado.

¿Lo maduro podría entenderse como una correspondencia entre lo imaginario y lo simbólico? – nos preguntamos al leer esta sesión-. No precisamente… pensamos. Pues más bien habría de señalarse como una creencia de concordancia. E incluso de un modo más cercano al cuerpo, como una sensación de correspondencia con aquel o aquello que simula ser el signo vivo de nuestras fantasías:  un presentimiento que es descrito de un modo difuso para quien lo experimenta. Ahora bien, ¿cómo se hace ver lo que del objeto-por nosotros mismos- se abre a esta forma de fe?

Para Roland Barthes el amor como relato es una historia que se cumple: algo que en sentido sagrado consiste en un programa que debe ser recorrido. Es por ello que en él “espero una llegada, una reciprocidad” o “un signo prometido”, el cual puede ser “fútil o enormemente patético [2, p. 71]:  desproporcionado como todo lo solemne… como la confianza en los dioses. O como la inocencia infinita con la que se aguarda la mirada aprobatoria de una madre en la infancia.

Y es que, en el amor, además de darse como espera intraducible, no deja de hablarse de una vinculación velada entre los involucrados: no se sabe cómo se sostiene. Conviene meditar esto sobre un ejemplo extremo. Para Lacan, la relación más oculta- o como dice Freud, la “menos natural” o la “más puramente simbólica [1, p. 5]– es la del padre con el hijo, pues- a excepción de una prueba genética- no hay una constancia palpable del engendramiento (no como el caso de la madre en la que se le observa que de ella surge un hijo cuando da a luz).  Es por esto que, tanto de la paternidad como del amor, solo podemos hablar míticamente. Solo es posible referenciarlo como un mito que, más que en un objeto, descansa en una función… Función que muchas veces “funciona” entre más se acerca al discurso del Otro sobre lo que implica ser padre y ser amado.  Función que marcha si nos lleva a la impresión de acercarse hasta el meollo de una revelación que en algún momento nos fue dada.

Es trascendente que en este seminario la primera imaginación e invención de la verdad, sea el amor. Aunque es sobrado en importancia el considerar que se trata de un posicionamiento que, más que expresar una génesis ordenada, destaca la ausencia de una genealogía… Lacan parece señalar al amor como algo huérfano; aunque también como algo que solamente se hace presente hasta que ocurre la sustitución de roles entre el erastés (amante) y el erómenos (amado). “Es esta metáfora la que engendra la significación del amor”- resaltará en la sesión-. [1, p. 5]

Pero volviendo a la espera, cabe decir que tiene un valor; o mejor dicho, un costo… tanto como puede costarnos la apropiación de un tesoro: de esa reliquia cuyo peso vale en parte a razón de lo difícil que es “encontrarla”. Aunque también por el esfuerzo de sostenerlo como algo que siga siendo valioso. La espera amorosa, según Barthes, es un tumulto de angustia porque se somete a la posibilidad de pequeños retrasos- dilataciones que a veces se traducen como fallos-. ¿Por qué?   Quizás porque las respuestas- a y del amor- nos las escuchan y las escuchamos tarde (siendo que, en realidad, nunca han tenido un tiempo ni un espacio correcto). Los que llegan no me encuentran y los que espero no existen… algo así diría Alejandra Pizarnik en el poemario “Los trabajos y las noches” (1965)

Y a pesar de que a veces tengamos presente esta rara lucidez, de que el amor no deja de ser una dulce invención, nos dejamos envolver por sus pétalos y sus brasas. Seguimos teniendo hambre y en medio de esa búsqueda de saciedad a veces nos topamos con platillos más ricos que otros que ya hemos probado. Apostamos nuestros dientes si eso se mira gourmet. ¿Qué nos da esta visión?

Creo que nada de esto escapa del discurso del Otro, al menos en varias de las experiencias amorosas a lo largo de nuestra vida. Tal parece que el discurso parental- y sobre todo el materno- hace función de plantilla para toda metáfora que nos permite sentir que algo de lo que nos acontece es amor.  ¿Dónde queda lo gourmet? Posiblemente en degustar un sabor extraordinario: sensación que sobrepasa nuestras expectativas conscientes respecto al modo y al tiempo en que apaciguamos nuestra sed y hambre. Lo gourmet colinda con el refinamiento de técnicas con las cuales se prepara un alimento, pero también con el lujo de los ingredientes o de los procesos que acarician nuestra lengua: con la impresión de haber encontrado algo exótico- en alguien- que al mismo tiempo nos suena familiar, inspirador e intraducible: mi figura de verdad.

El ser amado”- expresa Barthes- “es reconocido por el sujeto amoroso como <<átopos>>” es decir, como inclasificable: “de una originalidad imprevisible[2, p. 26] … El otroque amo y que me fascina es átopos; único por no entrar en alguna categoría.  De alguna manera, es “la imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo[2, p. 26]: “una mano que se tiende al encuentro de la mano que es la vuestra”- diría Lacan-… Átopos es divino, porque… “La mano que aparece del otro lado es el milagro[1, p.6]– al menos mientras sigamos siendo “creyentes”-.  Sin embargo, conviene advertir que, como analistas, no estamos en nuestra escucha para organizar milagros sino para dar cuenta de cómo es que éstos acontecen.

01 de noviembre de 2019

Bibliografía

[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

[2] Barthes, R. (2015 [1982]). Fragmentos de un discurso amoroso. D.F., México: editorial Siglo XXI

De la falta surge el amor «» Del amor surge la transferencia.

Freud plantea en Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis) (1915 [1914]), que todo novato en psicoanálisis teme principalmente las dificultades que han de suscitarle la interpretación de las ocurrencias del paciente y la reproducción de lo reprimido, y que tales dificultades significan muy poco en comparación de las que surgen luego en el manejo de la transferencia.  

Continúa comentando que siendo tan diversas las situaciones que producen esta fase (¿estadio?) del análisis, hay una (precisamente delimitada) que merece especial atención, tanto por su frecuencia y su importancia real como por su interés teórico. Haciendo referencia a una posible situación en que una paciente demuestre con signos inequívocos o declare abiertamente haberse enamorado del médico que está atendiéndole. Teniendo esta situación su lado cómico y su lado serio e incluso penoso, resulta tan complicada, tan inevitable y tan difícil de resolver, que su discusión viene constituyendo hace mucho tiempo una necesidad vital de la técnica psicoanalítica.

Decalcomania – Rene Magritte (1966)

Podría pensarse que el análisis ha llegado a su término cuando surge abruptamente en la escena “el amor”, el paciente perderá el interés en el tratamiento, sólo querrá hablar respecto a su amor y demandará correspondencia a su sentir, sin embargo, ante este amor el analista deberá sustraerse de tal espejismo y mantener la situación analítica.

Lo que se dice saber: del amor surge la transferencia, un amor que no es auténtico (¿?), sino un «amor de transferencia».

Para abordar el tema del amor Lacan se sirve del Banquete, un gran plato de variados “sabores”, sabores que bien pueden remontarnos a la infancia, a ciertos pensamientos e ideas infantiles respecto al amor, siendo nuestras primeras vivencias amorosas aquellas que nombramos: edípicas. Y es que no hay forma de pensar que dicho «amor de transferencia» surja sin rememorar estos amores “pasados” y sus implicaciones. Si nos referimos al Edipo, no podemos dejar de lado el concepto de la castración, así como las fantasías liberadas de estas ideas y vivencias.

Hay un no-saber que da soporte a esto del amor, no se sabe respecto a la falta (manque), y cómo el erómenos (el amado) y el erastés (el amante) se relacionan respecto a éste símbolo, respecto a esta metáfora.

Les amants IV – Rene Magritte (1928)

No es extraño escuchar decir a alguien que “quiere que lo quieran por lo que es”, pero pensemos esto, ninguna madre nos ha querido por lo que somos, sino por lo que representamos: el falo

Tenemos aquí entre esta diada de madre e hijo, amado y amante el cómo se juega la falta, una falta de no saber qué es eso que no se tiene, el hijo identificándose con la falta en la madre. El primer encuentro del niño con la madre es un reencuentro con la ausencia. Y de esa ausencia no sabemos más nada. Tenemos entonces que esta «identificación primaria» del no-ser del niño se identifica con el no-ser de la madre, siendo así como pasa a ser el objeto a, a ser resto, desecho.

Recordemos la función del objeto a: hiancia central que separa en el nivel sexual al del lugar del goce. Es falta (manque) que me hace deseante. El analista debe ocupar el lugar de objeto a, ser resto, desecho.  El objeto a es nuestra existencia más radical… ese objeto a hay que situarlo en el campo del Otro, situarlo ahí es lo que llamamos la posibilidad de transferencia.

25 de octubre de 2019

Alcibíades o la irrupción de lo inconsciente.

Lacan se pregunta ¿Qué es El Banquete? La respuesta nos indica que es una negociación de lo que cada uno de los miembros presentes deberá respetar, es decir, la función bajo la cual cada uno habrá de presentar su discurso sobre el eros. Sin embargo, de entre todo el orden surge como irrupción el personaje de Alcibíades, y esto, nos dice Lacan, es lo realmente interesante.

Ahí es que va a esclarecerse más profundamente, no tanto las cuestiones de la naturaleza del amor, como la cuestión que aquí nos interesa, a saber, la de su relación con la transferencia

Hablamos entonces de una fractura en el orden y a su vez, algo que inicia, que da origen o como expresa Pascal Quignard en Las Lágrimas,«el azar de un origen».

Esta irrupción «realmente significante» es equiparable a lo que Barthes define como El Texto

Efectivamente, el Texto es lo que atrapa, lo que inorganiza, inorigina, desjerarquiza. En el texto no hay nada de primordial, porque es primordial en sí

Jean-Baptiste Régnault (1754-1829): Sócrates arrancando a Alcibíades de los brazos de la Voluptuosidad, 1785.

Barthes dice «inorganiza», que no es una desorganizacion, más bien es una nueva organización… una que viene de adentro, como si se tratara de algo que está en el medio de un pliegue, del proceso de la transferencia y que da, a partir de ese momento, otro (in)orden al análisis o permitirá que haya análisis en sí. Si el personaje de Alcibíades es considerado de manera particular por Lacan, es no solo por su aparición sino también por el proceso de su aparición, habiendo de manera ordenada, discursado sobre la naturaleza del amor la mayoría de los participantes, aparece este personaje, de carácter impulsivo, ebrio, escandaloso, con cualidades de un hombre poco común, usurpa la presidencia, como si se tratara de un análisis en el que de pronto y en medio de ese discurso ordenado del analizante apareciera algo, un usurpador, algo que toma su sitio por fuerza y empuje propio.

Alcibíades ha intentado llevar a Sócrates a perder el control, ha intentado seducirlo, ¿no es esto algo que sucede con frecuencia entre analizante y analista?  Y si la transferencia tiene algo de esencialmente impar, es porque precisamente hay una especie de ficción, una mentira, en ese «entre dos».

Si es una mentira, es una bella mentira, – y como manifiestamente es, por otra parte, una obra de amor, y como quizá llegaremos a ver despuntar la noción de que, después de todo, solo los mentirosos pueden responder dignamente al amor – en este mismo caso El Banquete respondería ciertamente a los que es como la referencia electiva de la elección de Sócrates en el amor – eso, si, nos es dejado sin ambigüedad.

Sócrates habla y no pone al amor tan alto, habla pero no dice casi nada en su nombre, aun sabiendo que precisamente, no pretende ser sabio en otra cosa que no sea el amor, ¿Por qué? ¿Será para no caer?

Son las irrupciones aquellas que abren un punto de luz, el discurso del analizante, como el discurso de los personajes antes de Alcibíades, son el orden, y se precisa esa irrupción para que algo suceda, un punto en el cual podamos poner al amor en su sitio como Sócrates lo ha hecho. Algo de lo inconsciente es revelado pero el analizante no lo sabe, nuevamente Quignard «El fondo del ser no dice, cuando aparece: Soy Yo, el fondo del Ser no conoce el Yo, aparece. Luego se cierra de nuevo».

Y retomando de nuevo a Barthes, el discurso amoroso es la forma en que lo Imaginario se hace cargo de lo Simbólico.

Bibliografía

Barthes, R. El Discurso Amoroso, Paidós, Madrid, 2011.

Quignard, P. Las Lágrimas, Sexto Piso, México, 2019.

El Psicoanálisis y la poesía: dos artes inválidas

¿Es acaso la poesía un conducto “amoroso” mediante el cual dos personas totalmente extrañas, ajenas de sí, logran llegar a un punto de intimidad e incluso de seducción, en el que se confirman, se distancian y hasta se odian? El poeta al cruzar el borde entre su voz afónica y el alarido público, va destituyéndose del ocultamiento, va desnudándose para quien probablemente no lo quiere contemplar, desarropado por las garras de la metáfora abolida en la retórica, y su cuerpo terso, frágil, tiembla, pero ese temblar viene para nosotros lectores en forma de imagen, de alucinación y hasta sugestión, ya que no podemos siquiera alcanzar el roce de la altivez de su vello, el halo de su boca ensangrentada, el anís aguamiel que desprende. Es él, quien a través de la palabra versada o prosaica nos lleva a los sitios más fúnebres y recónditos de su cuerpo / alma.

¿No es “eros” en su figuración de amor o en su defecto de pulsión sexual, quien establece este vínculo entre autor / lector; existe una relación íntima entre quien especula detrás de una hoja tatuada con significantes y de quien pulsiona su resto en la tinta? Ya lo apuntaló Roland Barthes es su libro: El placer del texto y lección inaugural:

“El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su Kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma)”.

El placer y el goce se funden en el recurso poético, uno acude a los textos que lo retan, que lo desmiembran, pero a la vez le ponen árnica en las fisuras; lo que habla acá Barthes es una forma maravillosa y retórica de darle orden a las palabras que en sí solas son burdas, discontinuas.

Fue el mismo Lacan quien en su seminario sobre la transferencia, aborda la cuestión del “eros” a partir de dos conjuntos textuales: los diálogos de Platón, el banquete y la trilogía claudeliana, es adentrándose en ellos como llega a realizar sus propias tesis sobre el “eros” y luego lo introduce como recurso fundamental de la práctica psicoanalítica. La mención se realiza precisamente para conjeturar que, a partir de la literatura narrada, poética, ensayística, filosófica o de cualquier índole, se logra establecer una pasión indirecta (¿amor al saber?) que culmina en una reinterpretación de preceptos dichos desde la posición de cada autor y que el lector convierte en sus propios argumentos (hago uso de tu cuerpo sin si quiera tocarlo / lo leo, lo escucho).  

Es en la sesión del 16 de noviembre de 1960 del seminario, titulada: “En el comienzo era el amor”, donde Lacan nos da una catedra técnica, con matices irónicos y hasta cómicos sobre el papel que juega el “eros” en la práctica analítica. Ahí también surge una seducción, se gesta un (¿amor cortés?) lo que permite que la relación con el analizante no se desborde y carezca de objetivo. Como en la poesía, también el analista se encuentra amputado, imposibilitado de transgredir el velo ahora puesto en la palabra, del cual el lector también prescinde en la obra.

Cito:

“Sin duda, sería apreciar mal las cosas no reconocer, en el punto de partida, que el psicoanálisis exige en su inicio un alto grado de sublimación libidinal a nivel de la relación colectiva. La extrema decencia que bien podemos decir que es mantenida de la manera más habitual en la relación analítica, da para pensar que, si el confinamiento regular de los dos interesados en un recinto al abrigo de toda indiscreción no desemboca sino muy raramente en una coacción corporal del uno sobre del otro, es que la tentación que ese confinamiento entrañaría en cualquier otra ocupación es menor aquí que en otra parte. Atengámonos a eso, por el momento”.

El analista se posiciona aquí especulante, carente de conocimiento y vaciado de sentimientos, se le prohíbe llegar al límite de esa seducción de la cual es desprovista, es un ser frio, pero no al punto de la hipotermia, es un ser de escucha que pocas veces se deja coquetear; protagonista y antagonista, quien está alerta al equívoco de la palabra. Lo que Lacan dirá magistralmente, es que no debemos dejarnos envolver en la palabra, en la relación (intersubjetividad) con el analizante, se deben mantener dispersas esas subjetividades para que la transferencia haga de las suyas y le tuerza la nuca al discurso con las mejillas enrojecidas.

Volviendo a Barthes, podemos encontrar una simetría entre analista y lector o lo que académicamente hablando se denominará “semiólogo”, lo cito: “Veo en la literatura esencialmente al texto, es decir, al tejido de significantes que constituye la obra, puesto que el texto es el afloramiento mismo de la lengua, y es dentro de la lengua donde la lengua debe ser combatida, descarriada: no por el mensaje del cual es instrumento, sino por el juego de las palabras cuyo teatro constituye.

De este tema puede hablarse bastante, nos quedamos con lo que a nuestro interés compete. Para cerrar me gustaría compartir un poema de Gonzalo Rojas que nos aproxima y aporta a lo que consideramos la relación con el “eros”:

¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de

la vida

o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, que

es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus

rosas, sus volcanes,

o este sol colorado que es mi sangre furiosa

cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer

ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,

repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces

de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra

de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar

trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,

a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

04 de octubre de 2019

Bibliografía:

Barthes, R. (2011). El placer del texto y lección inaugural. México: Editorial: Siglo XXI.

Ortega, J. (2009). Antología de la poesía hispanoamericana actual. México. Editorial: Siglo XXI.

…el diésel de la transferencia (IV): el esquema del enamohoramiento.

Presentamos un breve escrito que forma parte de otros cuatro y cuya serie se titula El diésel de la transferencia…, el interés de hoy por éste versa en que toca directamente el tema de nuestro próximo seminario sobre la transferencia y otros topics más

En esta ocasión y para seguir la textura del título de nuestro evento, voy a hablarles de una palabra que he inventado… en consecuencia, ustedes nunca la han escuchado, pero con la cual, seguramente, han estado alguna vez involucrados.

Es una palabra nueva y que no existía hasta que la pensé, pronuncié y escribí.

La palabra que he inventado es la siguiente: «enamohoramiento».

Y es tan versátil que de ella pueden derivarse: la «enamohorada», el «enamohorado», o su plural: las «enamohoradas», los «enamohorados».

¿Verdad que nunca la habían escuchado?, ¿usted sí? No, en efecto. ¿Y usted señorita?, ¿la recuerda?, ¿sí? Eso no es posible, al menos que haya visitado y leído mi blog. Permítame decirle que sus oídos le traicionan, le están haciendo trampa.

Lo que usted habrá escuchado es “enamoramiento” y mi palabra inventada es: «enamohoramiento».

No son lo mismo. Sucede que son homófonas.

Confieso que esta palabra casi me la susurró Lacan al oído, esto mientras terminaba la lectura de su seminario La transferencia…[1].

Yo ya había dejado asomar esta novedad en un escrito que publiqué hace dos meses en mi blog, lleva por título “El diésel de la transferencia”.

En él sigo las caracterizaciones que Lacan otorga al llamado «deseo-del-analista»; parto del primer seminario Los escritos técnicos de Freud (1953-1954) y me detengo en el de La angustia (1961-1962), el que actualmente coordino en un taller de lectura y discusión en mi ciudad.

“El diésel de la transferencia” se divide en tres apartados: «un deseo advertido», «un deseo vacante» y «el duelo del analista».

Es en este último escribo lo siguiente:

No voy a detallar esta especie de neologismo que propongo, me contento con que el lector siga el decurso de la siguiente cita y su esquema que le sirve de acompañante[2]

Bien, he decidido que el día de hoy daré detalles sobre esta cita, algunos de ustedes ya cuentan con ella entre sus manos[3], y así podrán seguirme mientras la leo y comento, distinguiremos juntos los matices entre el enamoramiento y el «enamohoramiento».

Aquí la cita:

IMG_0516

«Si el espejo está ahí [la línea en el medio de los dos triángulos][4], tenemos la relación siguiente: lo que emerge en estado de forma fascinante[5] se encuentra investido por los oleajes libidinales que vienen de ahí donde ha sido retirado, a saber, de la base, del fundamento, si podemos decir, del fundamento narcisista, de donde se saca todo lo que viene a formar la estructura objetal[6] como tal, podemos decir, a condición de respetar sus relaciones y sus elementos. Lo que constituye la Triebregung en función en el deseo — (…) — tiene su sede en el resto, al cual corresponde en la imagen ese espejismo por donde ella es justamente identificada a la parte que le falta, y cuya presencia invisible da a lo que se llama la belleza su brillo[7] (…). Aquí está el punto central alrededor del cual se juega lo que tenemos que pensar de la función de a minúscula. (…) que el reservorio del amor objetal en tanto que es amor del viviente, es la Schatten, la sombra narcisista. La vez pasada les anuncié la presencia de esta sombra, y hoy llegaría perfectamente hasta llamarla la mancha de moho {moisi[8]} — quizá así está mejor nombrada de lo que se cree, puesto que el término moi {yo} está incluido en ella[9]».

Luego entonces, en el “enamohoramiento”, el yo (moi) no deja de estar implicado, es proyectando su sombra sobre el partenaire que logra amar.

Posiblemente sea lo contrario del duelo, aquel que Freud caracterizaba en el momento en que «la sombra del objeto cayó sobre el yo[10]».

Una vez instalado el “enamohoramiento” (¡también el analítico!) se encarrilará a su término, puede ser en un instante, en días, semanas o años.

[1] Sesión del 28 de junio de 1961, La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas, seminario VIII (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte

[2] El diésel de la transferencia (III): el duelo del analista.

[3] Previamente se han distribuido entre el público reproducciones de la cita del seminario.

[4] Aclaro que este esquema no cuenta con nominación y que viene desde la versión de la Ecole Lacanienne de psychanalyse, si nombro y localizo sus elementos es para nuestra ocasión.

[5] Desafortunado que a Lacan no le tocara en vida la publicación de un libro fundamental para el psicoanalista, no dudo que de haberlo conocido lo celebraría, me refiero a El sexo y el espanto (El cuenco de plata, 2000) de Pascal Quignard, quien escribe que «El deseo fascina. El fascinus es la palabra romana que significa el falo». Por ello localizo ahí el – j, en tanto ha sido investido (catexis freudiana) por el océano libidinal. Ese signo señala la necesidad de conservar la falta, si la ella falta, arribamos al fenómeno de lo unheimlich (vid. 28 de noviembre de 1962, seminario La angustia).

[6] No sería excesivo entender aquí que el ámbito de los objetos se funda desde el narcisismo («fundamento narcisista»), otra cosa sucederá con la incursión topológica de los seminarios sobre La identificación (61-62) y La angustia (62-63), ahí asistimos a un viraje del adentro/afuera. Y para no dejarle fuera el día de hoy, ya que si lo localizo afuera se debe a que lo llevo dentro, cito a Jacques Derrida: «Hay algo en lo que pienso desde hace mucho tiempo, es en el nombre de la escritura, de la deconstrucción, del falogocentrimo, etc… no pudo no proceder de esta extraña referencia a un afuera: la infancia, lo que está más allá del Mediterráneo, la cultura francesa, Europa, en fin. Se trata de pensar a partir de este pasaje por el límite. El afuera, aun cuando está muy cerca, es lo que está más allá de un límite. Pero en sí, tenemos el afuera en el corazón, en el cuerpo. Es eso lo que quiere decir el afuera. El afuera está aquí. Si el afuera estuviese afuera, no sería un afuera» en D’ailleurs Derrida un film de Safaa Fathy (1999).

[7] El brillo de la belleza (Lacan hablará del glamour del objeto en la sesión del 09 de enero del 63, seminario La angustia) lo da una presencia invisible, antítesis de una ausencia visible.

[8] Literalmente: mohoso.

[9] ¿Encontramos aquí los elementos necesarios para esclarecer la «receta» lacaniana para enamorar al otro?: «¿Y por qué? No les dejaré esto como adivinanza. Si esto fuera decible, ¿qué es lo que diría yo por medio de eso? Yo digo al otro que, deseándolo, sin saberlo, sin duda, siempre sin saberlo, lo tomo por el objeto para mí mismo desconocido de mi deseo, es decir, en nuestra concepción del deseo, que yo lo identifico, que yo te identifico, a ti, a quien yo hablo, a ti mismo, al objeto que a ti mismo te falta, es decir que por ese circuito donde estoy obligado a pasar, para alcanzar el objeto de mi deseo, cumplo justamente para él lo que él busca. Es precisamente así que, inocentemente o no, si tomo ese rodeo, el otro como tal, objeto aquí, obsérvenlo, de mi amor, caerá forzosamente en mis redes. Con esto los dejo, sobre esta receta, y les digo hasta la vez que viene», en La angustia, 21 de noviembre de 1962.

[10] Freud, S; Duelo y melancolía en Obras completas, tomo XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 246. Otros dos puntos a confrontar aquí: a) el efecto que tuvo la invención del objeto a sucedida el 09 de enero de 1963 y b) la re-versión del duelo el 23 de enero del 63, los dos en el seminario La angustia.