“En el amor, el ser que nos es más cercano no está cerca.
Está más lejos que nadie. Tan lejos como la escena inalcanzable
cuyo producto (lo reproducido) somos.”
Pascal Quignard en “Vida secreta” (1998)
Tanto Jacques Lacan como Roland Barthes toman de referencia “El Banquete” de Platón para hablar de los asuntos del amor y de algo parecido a éste: la transferencia. Mientras que Lacan le dedica cerca de once sesiones de su octavo seminario, Barthes lo incluye en más de un término de su “diccionario” amoroso [2], sobre todo para exponer temas tales como la atopía del otro, la compasión y la declaración del enamorado, así como la habladuría sobre el amante, la sensación de languidez o del estar solo (a pesar de la presencia de quien se ama) y la fantasía de unión. De igual manera cita el “Fedro” para referirse a lo que el discurso erótico tiene de monstruoso.
En la clase 6 del seminario 8 sobre “La transferencia”- correspondiente al 21 de diciembre de 1960- Lacan no solo resalta la parte discursiva del amor, sino nociones tales como la atopía y la relevancia de Aristófanes en el fenómeno transferencial. La atopía, distinguida en Sócrates como lo que es “en ninguna parte de su ser”, es señalada como algo que también resulta “exigible de nosotros” [1, p. 7] (los analistas) … ¿Por qué? Quizás porque desde el margen de lo social el analista queda en un no lugar con respecto al mundo de las profesiones; de la misma forma en que su formación cobra excentricidad en relación a las universidades-. Aunque también podría interpretarse como un “no lugar” para el amor en lo que compete al encuadre analítico. De alguna manera, el analista no se permite ser en el amor con su analizante, al menos no como pudiera serlo desde la amistad o desde el papel de un fogoso amante.
Ahora bien, el tema del discurso en este seminario adquiere relevancia porque dicta coordenadas… ¿sobre el amor acaso? En la sesión citada Lacan expresa que “jamás habrá universo sino del discurso” y que este universo “debe entregarse al orden del significante” [1, p. 4]. Más adelante añadirá algo que nos parece una de las cuestiones más serias y angustiantes del amor; el pasaje dice lo siguiente: “No hay otro garante de la palabra del Otro que esa palabra misma y no hay otra fuente de trágico que ese destino mismo, que bien puede parecernos, bajo un cierto aspecto, siendo nada” [1, p. 4].
Antes de profundizar en esta aseveración, hagamos un paréntesis en la atopía interpretada por Barthes a partir de “El Banquete”. En su libro “Fragmentos de un discurso amoroso”, el autor francés señala que el ser amado es reconocido como “átopos”: calificación dada a Sócrates, por parte de sus interlocutores, para esbozar lo inclasificable y lo que compete a “una originalidad incesantemente imprevisible”; según Barthes “es átopos el otro al que amo y que me fascina”, alguien que se considera “Único” al representar la “Imagen” que “ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo” [2, p. 26]. Átopos es figura de verdad, más solo eso: figuración… pues es lo que se cree ver o escuchar sobre el universo discursivo del cual nos sentimos parte. Para Pascal Quignard el fascinado es una pieza que de pronto logra encajar con exactitud en el rompecabezas especular de un rostro imprevisible y a la vez esperado, haciéndolo siempre desde la forma del acecho. Esta morfología acechante, nos dice, es como una cerradura, ya que la forma más pequeña, que sería la víctima, se hunde en ella como la llave que la abre, dando así la primera característica del amor. En “Vida secreta” especifica que hay una mirada a la que no podemos resistirnos, una mirada que existía incluso antes de la humanidad- o más bien que se hace posible por corresponder a los momentos previos a nuestra humanización a través del lenguaje-. A partir de esa mirada, Pascal manifiesta que los cuerpos encajan como las presas en las mandíbulas de los carnívoros [3].
Barthes coincide con la entrada del amor a través de los ojos, ya que “la atopía del otro la sorprendo en su mirada” [2, p. 26]… ¿de qué forma? Cada vez que somos capaces de leer en ella una gran inocencia: ese no saber nada del mal que puede hacernos en caso de no sentir que para ella brillamos. Como inocencia, la atopía se resiste a la descripción y se niega a lo que la define. De cierto modo no es otra cosa que una resistencia al lenguaje: una negación a formar parte de ese mundo de Nombres que bautizan las Faltas… Una resistencia a hacerse garantía… ¿una tragedia también?
A partir de aquí conviene regresar hasta la clase 6 del seminario de la transferencia, justo cuando Lacan menciona que Aristófanes es el primero que habla del amor como nosotros, los analistas, hablamos de él. En “El Banquete”, dirá, el único que habla del amor como conviene es Aristófanes, el cual es un payaso (sustantivo que en Platón se corresponde con los poetas de su época). Este personaje habla de los enamorados como “esos seres cortados en dos como un huevo duro […] de tal manera que parecen ser la mitad de un ser completo” [1, p. 17]- coloquialmente sería la creencia de la media naranja inspirada en el mito griego del andrógino-.De acuerdo a Lacan, lo trágico anunciado por un cómico, es que “esas personas que se aman, tienen un extraño aire de seriedad” [1, p. 15]… A continuación, añade:
En ninguna parte, en ningún momento de los discursos del Banquete, se toma el amor tan en serio, ni tan a lo trágico. Ahí estamos exactamente en el nivel que nosotros, los modernos, imputamos al amor- tras la sublimación cortés de la que les hablé el año pasado, y tras la que podría llamar el contrasentido romántico sobre esta sublimación, a saber, la sobrestimación narcicística del sujeto, del sujeto supuesto en el objeto amado […] Aristófanes nos muestra primero, y lo que es el basamento de todo lo que en seguida viene ahí, para nosotros, con una luz tan romántica, es una fatalidad pánica, que hace, a cada uno de esos seres, buscar ante todo y primero que nada su mitad, y ahí, pegándose a ella con una tenacidad, si podemos decir, sin salida, marchitarse al lado del otro, por impotencia para reunirse [1, pp. 16 y 17]
Cuando Barthes intenta representar este sueño de unión total fracasa: “mal dibujante o mediocre utopista, no llego a nada” [2, p. 144] (está demasiado advertido de las peripecias que el mismo Apolo tendría que atravesar para lograr la confluencia de un cuerpo suturado a la perfección). Ya ha intuido la imposibilidad de poner en marcha un gozo sin mancha y el colmamiento de la propiedad absoluta:
El andrógino, figura de esta <<antigua unidad de la que el deseo y la persecución constituyen lo que llamamos amor>> no me es figurable; o al menos sólo logro un cuerpo monstruoso, grotesco, improbable. Del sueño surge una figura farsa: así de la pareja loca nace lo obsceno de lo doméstico (uno se ocupa de la cocina, de por vida, para el otro [2, p. 144]

Posiblemente la monstruosidad radica en que el sujeto enamorado se percata, de una manera brusca o inusitada, que “constriñe al objeto amado en una red de tiranías” … De ser una fuente de piedad para el otro pasa a percibirse ahora como opresor. ¿A qué querría someter al objeto amado y de qué manera? Tomando como base el “Fedro”, Roland Barthes concluye que el discurso amoroso asfixia al otro, a ese otro que de modo inesperado no encuentra ya lugar para su propia palabra: no encuentra su voz bajo el decir masivo de quien le demanda perfección y coincidencia. Y no es porque le impida hablar- aclara Barthes- sino porque el sujeto enamorado le insinúa pronombres o sentencias en las que le adjudica un entendimiento que jamás tendrá… ¿Amar desde lo imaginario supone tal violencia de simetría? ¿Se puede amar de otra manera? (sin mirada que carcoma)… “Sueño de unión total: todo el mundo dice que ese sueño es imposible y sin embargo insiste” [2, p. 145] (se lamenta Barthes). Pero a pesar de esto sabe que ni él ni muchos renuncian al él. Si no se renuncia, ¿habrá un modo de salir menos pinchado con cada intento de unión? ¿Exponernos a la experiencia del análisis brinda una alternativa para escuchar el amor desde otro universo discursivo? Pensamos que sí, puesto que el análisis permite reinventar otras formas en que hablamos de nosotros y de otros, de tal suerte que pueden abrirse nociones distintas de las que esperamos ¿seducir desde algo más inédito? Finalizamos esta relatoría con Barthes, quien no deja de enriquecer nuestro seminario con sus palabras:
Es la originalidad de la relación lo que es preciso conquistar. La mayor parte de las heridas me vienen del estereotipo: estoy obligado a hacerme el enamorado, como todo el mundo: a estar celoso, abandonado, frustrado, como todo el mundo. Pero cuando la relación es original, el estereotipo es conmovido, rebasado, eliminado, y los celos, por ejemplo, no tienen ya espacio en esa relación sin lugar, sin topos, sin <<plano>>- sin discurso [2, pp. 26 y 27]
Conquistar la originalidad de la relación es distinto a querer conquistar a través de la consideración de que solo existe un modo de amar: es ampliar nuestra mirada a otros signos que puedan ser tomados como parte del amor. Curiosamente, la falta de garantía en las construcciones que introyectamos del Otro, la cual resulta angustiante, es también la asimilación más seria e importante para quien se atreve a amar. Si bien nos coloca en una especie de salto al vacío, abre un no lugar en el que también se puede estar: desde otra postura, desde otro universo del lenguaje, desde otra figura del enamorado.
Bibliografía
[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2] Barthes, R. (2015 [1982]). Fragmentos de un discurso amoroso. D.F., México: editorial Siglo XXI
[3] Quignard, P. (1998). Vida secreta: Último reino VIII. Buenos Aires, Argentina: Cuenco de Plata









