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La ilusión de la femenidad

Las ideas de Freud respecto a la sexualidad constituyen el fundamento mismo del psicoanálisis como una novedosa forma de “hacer clínica”, así también un método de investigación.

A lo largo de su trabajo da cuenta que una de las causas del malestar subjetivo eran los atolladeros de la sexualidad.

Conforme escuchaba a sus pacientes notaba que un motivo de dichos apuros era debido a las restricciones sociales de la época. Sin duda nos aportó un más allá: un saber que revela la estructura sexual no armonizable del sujeto del inconsciente con la naturaleza.

Si echamos un vistazo a lo que sucede a nuestro alrededor y sobre todo dentro de nuestra práctica clínica, caeremos en la cuenta de un saber de lo inconsciente, y es que incluso cuando existe una sociedad con mayor aceptación y apertura respecto a las múltiples formas representativas de las diversas sexualidades… el malestar persiste.

Por ejemplo: se lee en las noticias el encabezado: “Países Bajos elimina la casilla del sexo del carné de identidad”, la noticia continúa: La medida servirá para que el ciudadano «pueda desarrollar su propia identidad en libertad». Y es que en el discurso social se insiste en una búsqueda por la igualdad, en espacios que convocan a ser todos iguales, a las modas, nótese el capitalismo promoviendo lo que debemos consumir, cómo es que debemos vivir, qué objetos son los que ahora se llevan, usan, estilan, qué empleo es el que te hará ganar más, qué implica el ser exitoso, y un gran etcétera. Se busca que todos llevemos nuestros ideales y pensamientos hacia un mismo sentido, como si todos gozaramos igual.

De ahí la posición del psicoanálisis, debiendo permanecer en una imparcialidad hacia toda ideología igualitaria, ya sea libertina u opresora, el psicoanálisis no educa, no adoctrina, no es una sexología, quizá y sólo quizá, será algo más como una erotología.

Respecto a esto citaré a Allouch:

“El psicoanálisis no se situará como erotología sino desistiendo de la partición hombre mujer. Se ha constituido como erotología tomando otro punto de partida, bajo otro ángulo, el que localizamos al tomar las cosas por el sesgo”[1].

Que es lo que esto nos plantea, y poco importa la preferencia sexual del sujeto en análisis, es lo de menos si le gustan los hombres, las mujeres, si en el «carné» dice que es masculino o femenino, si nace hembra o macho, si se siente hombre o mujer o cualquier otra cosa, ahora con las llamadas “transespecies”.

Es precisamente el análisis un lugar para abrir un paréntesis. Producir un espacio analítico, es decir: suspender un saber predeterminado (hombre mujer).

Recordemos el filme “La chica danesa”, se trata de una historia real que acontece en Dinamarca por allá de los años 20´s. Basado en la obra autobiográfica Man into Woman, una recopilación de cartas y escritos del diario de Einar Wegener/Lili Elbe, una de las primeras personas trans sometidas a cirugía de reasignación de sexo. La película nos muestra de inicio una exitosa pareja  de pintores formada por Einar (Eddie Redmayne) y Gerda Wegener (Alicia Vikander).

Einar observa la forma en que Gerda se maquilla, más allá de ella, él se queda absorto en los artilugios que se utilizan para crear la ilusión de la feminidad.

En alguna ocasión la modelo a la que Greda contrató para retratar en sus cuadros, no se presenta a la cita. Greda  con urgencia de terminar esas pinturas a tiempo le pregunta a su marido si no le importaría ponerse medias y zapatos de mujer por unos instantes, a lo que él accederá sin problema.

Aquella escena hipnótica en la que las manos de Einar se deslizan sobre las medias femeninas colocándolas sobre su piel, deslizándolas a través de sus piernas, con inmaculada delicadeza, sin quitar la mirada de encima como si no quisiera perder ningún detalle respecto a todas las sensaciones suscitadas en él en ese instante. Se pone los zapatos para dama. Inclina su cuerpo, acomodándolo a semejanza de la mujer que está eclipsada en la pintura. El roce de sus dedos sobre el vestido que Gerda le apoya sobre su cuerpo, constituye en sí mismo un borde que dará cuenta de una revelación para Einar: un goce opaco, enigmático y desconocido que se le impone.

Dirá Lacan:

“(…) en cuanto definir aquello propio del hombre o de la mujer, el psicoanálisis nos muestra que es imposible”[2]

Observemos que Einar cuenta con la complicidad de su esposa: Gerda, una mujer poco tradicional, de mente abierta y sexualmente aventurera para satisfacer el deseo que le obsesiona a Einar, o quizá a ambos: ponerse en el papel de una mujer. Gerda se encarga de elegir vestidos, zapatos, una peluca adecuada y maquillaje para su marido. A Einar le toca aprenderse el papel, elaborar la mímica, imitar los gestos. Juntos crean a Lili, un producto de la feminidad de ambos, algo del deseo de esta pareja está representado en el resultado nombrado como Lili.

Lo que no debemos perder de vista es que el deseo tiene que ver con la no identidad, en el deseo es donde se pierde la identidad, se desea pero se desea sin personalizar.

10 de julio de 2020


[1] Allouch, J. El psicoanálisis, una erotología de pasaje, Litoral, Córdoba, 1998.

[2] Lacan J., “Saber, ignorancia, verdad” en Hablo a las paredes, Paidós, Buenos Aires, 2012.

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Φ …el (deseo del) Otro es huidizo

Schibboleth (SBL) y Symbolon (SBL),

designan los dos: el compartir y la alianza

Jacques Derrida.

El símbolo que encabeza esta relatoría es una especie de shibboleth del psicoanálisis al estilo Jacques Lacan, que bien puede funcionar como su «santo y seña».

El mes de abril será para el seminario La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961)[1] la oportunidad de pensar las vicisitudes de este, «el único significante que merece (…) el título de símbolo»[2].

Antes de sumergirnos propiamente en el tema, quisiera indicar algunos puntos de la procedencia de la palabra «shibboleth» y por qué me aventuro a unirle con el símbolo F en tanto «santo y seña».

Se traduce a nuestro idioma como «espiga» o «torrente», la encontramos primeramente en el «Libro de los jueces», 12: 4-6:

Entonces Jefré reunió a todos los hombres de Galaad, y atacó a Efraím. Y los galaaditas derrotaron a los efraimitas, por cuanto estos decían: “Vosotros sois fugitivos de Efraím; Galaad está en medio de Efraím y Manasés”. Los galaaditas cortaron a los efraimitas los vados del Jordán, y cuando los fugitivos de Efraím decían: “Quiero pasar”, le preguntaban los galaaditas: “¿Eres tu efraimita?” y cuando respondía “No” le decían: “Di: schibólet; más él decía: “sibólet”, pues no podía pronunciarlo bien. Entonces lo prendían y lo degollaban junto a los vados de Jordan. Así murieron en aquel tiempo cuarenta y dos mil efraimitas. Jefré juzgó a Israel seis años. Luego murió Jefré galaadita y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad[3].

Si bien en el psicoanálisis no se trata de dificultades de pronunciación ni de ser posiblemente degollados (bueno, simbólicamente… ¡sucede todo el tiempo!), de lo que va es de aquello que en se entienda el símbolo falo, insisto: el único. En Lacan una variedad de símbolos, como en Freud o el efervescente Jung[4].

Vamos al seminario.

En esta ocasión iré puntuando más de lo acostumbrado, puesto que la naturaleza de lo abordado lo requiere.

El 12 de abril de 1961… Lacan dedica su sesión a la lectura del cuadro de Jacopo Zucchi: Eros y Psyche (1589).

Jacques-Alain Miller la tituló como «Psyque y el complejo de castración», me centros en el pasaje sobre «la paradoja del complejo de castración».

Señala Lacan la siguiente particularidad:

Espero que ustedes hayan observado bien, en el cuadro, las flores que están ahí delante del sexo de Eros. Si están justamente tan marcadas por tal abundancia, sólo es para que no se pueda ver que, detrás, no hay nada. Literalmente, no hay el lugar del menor sexo. Lo que Psique está ahí a punto de cortar ya ha desaparecido ante ella[5].

Lo centra: estas flores tienen función significante, detrás de éstas hay nada, si fuese un significado habría algo y sin duda Psyque hubiese podido cortar «quelque chose»[6]

Poco después:

De modo que de lo que trata -y que está concentrado en esta imagen- es ciertamente el centro de la paradoja del complejo de castración. Es que el deseo del Otro, en tanto es abordado en la fase genital, de hecho nunca puede ser  aceptado en lo que llamaré su ritmo, que es al mismo tiempo su huir[7].

Si bien se trata de la fase genital, opino que es propio de todas las fases, ya lo veremos… por de pronto aquí el «deseo del Otro» es arrítmico en cuando al (¿deseo? ¿demanda?) del sujeto.

Al igual que Eros… el (deseo del) Otro es huidizo.

Y contundentemente: «(…) el órgano sólo se aborda transformado en significante y, para ser transformado en significante, es cortado»[8].

Viene después una referencia a Hans y su mito del pene atornillado/destornillado.

Lo que particularmente nos interesa…

Lo que aquí nos es mostrado, es esa elisión misma, gracias a la cual ya no está aquí más que el signo mismo que yo digo, el signo de la ausencia. Pues lo que yo les he enseñado es esto — si Φ phi, el falo como significante, tiene un lugar, es muy precisamente el de suplir en el punto en que, en el Otro, desaparece la significancia — donde el Otro está constituido por esto, que hay en alguna parte un significante que falta. De allí el valor privilegiado de este significante, que podemos escribir sin duda, pero que no podemos escribir más que entre paréntesis, diciendo que es el significante del punto donde el significante falta S(A barrada)[9]

¡Puff! Contundente y en la vía de Zucchi y Apuleyo: no hay Otro sino porque falta un significante[10].

Ahora sí, ya estamos listos para la sesión del 19 de abril de 1961.

Continuará…

16 de mayo del 2020.


[1] Versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte

[2] Esta expresión es de la misma factura que dice: la angustia es el afecto por excelencia para el psicoanálisis Vid. La angustia (1962-1963) versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte.

[3] Straubinger, J. Bblia comentada, México, 1969, pp. 268-269.

[4] Aquí podría seguirse el debate de Lacan con Jones: En memoria de Ernest Jones: Sobre su teoría del simbolismo en Escritos 2, Siglo XXI, 1995, pp. 676-695.  Ojo, el texto previo es La significación del falo, ¡no es casualidad!

[5] Subrayado mío. Esta cita va de la mano con otra de Posición del inconsciente. Intervención en Congreso de Bonneval en 1960, retomada en 1964 en Escritos 2, Siglo XXI, p. 819: «Lo que allí había listo para hablar—esto en los dos sentidos que el pretérito imperfecto, en francés como en español, da al había, el de colocarlo en el instante anterior: estaba allí y ya no está, pero también en el instante siguiente: un poco más y estaba por haber podido estar—, lo que había allí desaparece por no ser ya más que un significante». Agradezco al doctor Roberto Castro el recordatorio de esta cita.

[6] Guy le Gaufey ha indicado la importancia de la insistencia de esta expresión en Lacan.

[7] Lacan, J. La transferencia (1960-1961), Paidós, Buenos Aires, 2003, p. 263. Aquí es más afortunada la puntuación de Miller, cuando se el caso lo menciono en nota al pie. El subrayado es mío.

[8] Otro cruce con la expresión de Freud sobre que la pulsión no tiene objeto.

[9] Subrayado mío.

[10] ¿Tótem y tabú?

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20 relatorías en torno al seminario LA TRANSFERENCIA (1960-1961) de JACQUES LACAN.

Publicado el 28/04/2020 por isaac

La demanda: un obsequio Troyano.

A-(a) Quien Corresponda.

El silencio de Sócrates.

El juego del deseo.

Más allá de la palabra amor.

Alcibíades, en categoría de trauma.

Diótima; belleza polimorfa.

Apunte: El reclamo(r) de Agatón.

Leer en contra del signo.

Al mal tiempo (del Edipo), buena cara.

Sin garantía: la parte más seria de amar.

Empédocles: patrón de la especulación analítica.

Del odio al amor, un paso… y del amor a la transferencia, un viraje.

Pausanias y el valor del análisis.

Lo goumert.

De la falta surge el amor «» Del amor surge la transferencia.

Apunte: tomar al otro por objeto es signo se amar(se) bien.

Alcibiádes o la irrupción del inconsciente.

El psicoanálisis y la poesía: dos artes inválidas.

Ágalma… ¿H(a)ga-alma?

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Alcibíades, en categoría de trauma.

Al leer los comentarios de Jacques Lacan sobre el esperpento que provoca la entrada de Alcibíades a la tranquila tertulia del Banquete, recordé lo que tres años después y en un contexto más universitario que médico, el analista de ínfulas barrocas y gongorianas declaró sobre un brevísimo capítulo del Libro II de la Física de Aristóteles: «Diferencia entre suerte y casualidad».

Si bien es cierto que no se extendió y tampoco insistió sobre este abordaje aristotélico, no deja de sernos útil para captar aquello que está en juego en la transferencia.

Veamos:

25 de enero de 1961, seminario La transferencia… Todo va perfecto. Cada uno a su turno ha elogiado al pequeño daimon. Sócrates ha terminado de relatar su enseñanza sobre el tema de eros con Diótima, quien logró un encomio «maravilloso, espléndido» y «oceánico». Hasta que llega Alcibíades, completamente ebrio y con ganas de celebrar el triunfo del huésped Agatón, no sólo rompe la armonía establecida de principio sino que inicia su propia dinámica y le suma una serie de lanzaderas amorosas y quejosas al viejo Sócrates. Aquí una otra faz del amor se asoma, hasta ahora no advertida, y rompe con toda la armonía establecida en y de principio. Sí. No todo es bello en el amor.

12 de febrero de 1964, seminario Los cuatro conceptos… Lacan está trabajando el tema de la «repetición» antes de abordar (nuevamente) el de la «transferencia». Articula los conceptos de automatón y tyche. Aunque este par no vuelve hacer presencia en la enseñanza de Lacan, no deja de tener su fortuna:

En primer lugar, la tyche, tomada como les dije la vez pasada del vocabulario de Aristóteles en su investigación de la causa. La hemos traducido por el encuentro con lo real. Lo real está más allá del automaton, del retorno, del regreso, de la insistencia de los signos, a que nos somete el principio del placer. Lo real es eso que yace siempre tras el automaton, y toda la investigación de Freud evidencia que su preocupación es ésa.

El automaton se juega en toda la tertulia del Banquete, donde los asistentes son gobernados por el poderío del principio del placer, amo y señor de la psique. Mientras que la descolgada de Alcibíades marca a cada asistente el lado desconocido, mejor dicho, para alguno «reprimido», para otro «desmentido» y quizá para uno más «forcluído»… de eros.

                Casi seguidamente añade:

La función de la tyche, de lo real como encuentro -el encuentro en tanto que puede ser fallido, en tanto que es esencialmente, encuentro fallido- se presenta primero en la historia del psicoanálisis bajo una forma que ya basta por sí sola para despertar la atención- la del trauma.  

No es forzado considerar a Alcibíades y su llegada, sin la cual no tendría el lugar preeminente que ocupa en el diálogo, como ese real, ese des-encuentro que hay en el fondo de todo verdadero amor… y de toda verdadera transferencia.

Textos:

Aristóteles, Física, Gredos, Madrid, 1995.

Lacan, J. 

La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.

Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1998.

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Apunte: El reclamo(r) de Agatón.

La paz entre los hombres, la calma tranquila en alta mar,

el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.

Agatón

Se recordará que la pandilla del Banquete[1]  se reúne en casa de Agatón A.K.A. el poeta trágico, para celebrar el triunfo de su primera victoria teatral (416 a.c.)[2]. Este joven de treintaypico es apuesto y popular… un jetset.

Es además…  erómenos de Sócrates, ellos son los últimos de mantenerse en pie tras esta farra helenística (223c-d). Interesa aquí tan sólo el speech de Agatón [3] (194e-197e) y especialmente su críptico y «macarrónico» mensaje.

Según Lacan mucho hay que decir sobre este discurso, pero lo que realmente importa es su «economía» al interior de la obra[4]. Insiste en que su objetivo no es un estudio clasicista sino acotar aquello que resulte funcional para los psicoanalistas.

El discurso de Agatón ha sido acreedor, por parte de los especialistas, de una «extraordinaria sofística, en el sentido moderno, común, peyorativo, del término». A contracorriente, sostiene que el propio poeta se burla de todos: la pandilla, los lectores, los especialistas y los analistas (siempre bajo la pluma de Platón).

Lacan no sólo traduce del griego su elogio al amor, además lo interpreta… a su «manera». Aquí el original y dos versiones:

ειρήνην μεν εν αν θρώποις πελάγει δε γαλήνην / νηνεμιαν ανέμων κοιτην ϋπνον τ΄ενι κήδει {eirenén men en anthrópois pelágei de galénen / nenemian anemón coiten hypnos t’eni kedei}

Agatón

En los hombres la paz, en el piélago calma sin brisa, / el reposo de los vientos y el sueño en las cuitas, traduce

Luis Gil (Ediciones Orbis, 1983).

La paz entre los hombres, la calma tranquila en alta mar, / el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.

M. Martínez Hernández (Gredos,1993)

Traducciones que se ajustan al sentido pero no a lo escrito, de manera audaz Lacan le hace decir que[5]:

Pero para poner los puntos sobre las íes, vuelve sobre eso πελάγει δε γαλήνην {pelágei de galénen}, lo que quiere decir que todo anda mal. Calma chicha sobre el mar. Hay que acordarse lo que quiere decir calma chicha sobre el mar para los antiguos ― eso quiere decir que no anda más nada, las naves quedan bloqueadas en Aulis, y cuando eso les sucede en alta mar, uno está excesivamente molesto, tan molesto como cuando eso les ocurre en la cama. Evocar a propósito del amor πελάγει δε γαλήνην {pelágei de galénen}, está muy claro que uno está bromeando un poco. El amor, es lo que los deja fuera de carrera, lo que los hace sufrir un fiasco. Esto no es todo, después diceya no hay viento en los vientos. Volvemos a empezar ― el amor, ya no hay amor, νηνεμιαν ανέ- μων {nenemian anemón}[6]

Agatón sabe que continuará Sócrates y tendrá que recuperarse de este reclamo(r)… ¿ya no están bien las cosas entre ellos? ¿les ha llegado la «calma chicha» a la cama? ¿habrá revelado el amor su faz trágica debajo de este esperpento «macarrónico»?

Esto sólo podrá saberse a posteriori con el discurso próximo de Alcibíades.

10 de enero de 2020

Textos:

Platón:

El Banquete, Orbis, Barcelona, 1983.

Banquete, Gredos, Barcelona, 1993.

Lacan, J. La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte, s/l, 1999.


[1] Aristodemo, Agatón, Erixímaco, Fedro, Pausanias, Alcibíades y el colado Sócrates.

[2] El que no se conserven obras de Agatón le hace portar ese matiz de perfección y belleza.

[3] Lacan vacila en decidirse por quien lleva el discurso «central»: Aristófanes o Agatón. Se resuelve por los dos.

[4] En momentos surge la impresión de que se transita por la tríptica freudiana: económica, tópica y dinámica.

[5] Conocedor de la plurivalencia de los significados de cada palabra, habilidad que adquirió con los jesuitas.

[6] Sesión del 11 de enero de 1961. Negritas de punctum«»studium.

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Pausanias y el valor del análisis

La intervención de Pausanias en el Banquete pareciera ser para Lacan poco entrañable, en la que incluso hace poco énfasis, más bien su discurso lo utiliza como trampolín para adentrarse en los planteamientos que hará de Erixímaco; sin embargo, creemos que tiene algunos pasajes interesantes que se deben tomar en cuenta al aporte analítico.

Para Pausanias como planteamiento general de su discurso el eros supone un cierto intercambio de bienes, viéndolo desde el papel de hombre aristócrata de la época, en donde las parejas (que no era nada extraño entre hombres) establecían relaciones con sus partners que les propiciaban por decirlo así, un mismo o mejor “estatus social”; es preciso tomar en cuenta el concepto de “bienes” no solo en la cuestión monetaria, de riqueza o plusvalía, sino también partiendo del sinónimo “poseer”, es decir, con lo que cuenta el sujeto para otorgar de sí, teniendo en cuenta la virtud, educación, ciencia, saber o la belleza; el otorgar por supuesto como agente que vincula un tipo de aprehensión del otro.

Cito a Jacques Le Brun en su libro El amor puro: De Platón a Lacan,

Como dice Pausanias, el amor es una esclavitud voluntaria de acuerdo a una ley (nomos, 184c) que organiza las relaciones entre el amante y los objetos amados (184b, 184d). Lo que se busca es el mérito, el saber, la educación, en una palabra, volverse mejor (184c); para el amante, la ley es contribuir con una parte (symballesthai) planteando un aliciente (un symbolon diríamos, un símbolo, un signo), por lo tanto, es una operación “simbólica” que hace que el “consentimiento” al amor de los jóvenes acceda al orden del valor; para los objetos de amor, la ley es adquirir (ktashai, 184e) lo que se puede poseer, es decir, los ktemata

Trasladándolo a un nivel amoroso más coloquial, podríamos intuir un intercambio en cuanto a acceso al ser del otro (visto desde erastes o eromenos, ya que si bien Pausanias nos da la pauta para entender que si estos papeles no se conjugan, que si el protagonista no actúa antagonista o viceversa el eros no vale), volviendo al punto, entenderíamos por qué en la relación amorosa existen los detalles, los regalos, es decir, te obsequió en virtud de lo que poseo de ti, tomar el amor como un objeto al que se le coloca un precio y efectuar el pago bajo cualquier símbolo que se imponga a la conciencia.

Continuado con el aporte de Le Brun “Pero el fin claro y definido que Pausanias considera a lo largo de todo su discurso es una adquisición, una posesión, sin la cual el amor no sería más que un gasto vano”. Es dudable confiar en quien pronuncia que el “amor” posee un carácter de desinterés, al menos desde el punto de partida de Pausanias, el objeto se dirige aplomo hacia su blanco, que revestido, podría tener una función inconsciente, pero muchas veces es tan esclarecedor que el término minusválido “no me valoró” resulta de suma patético.

Lacan por su parte en “La Psicología del rico” nos describe este comercio de la siguiente manera:

Me parece muy difícil, leyendo este discurso, no sentir de qué registro participa esta psicología, Todo el discurso se elabora en función de una cotización de los valores, de una búsqueda de los valores cotizados. Se trata verdaderamente de colocar sus fondos de inversión *psíquica*. Si Pausanias demanda en alguna parte que unas reglas severas – avancemos un poco más en el discurso- se impongan al desarrollo del amor, de la corte al amado, esas reglas encuentran su justificación en el hecho de que conviene que demasiados cuidados, – se trata precisamente de esa inversión de la que yo hablaba – no sean gastados, despilfarrados por unos pequeños jovenzuelos que no valen la pena.

Introduce un concepto que resulta interesante en el acto analítico, “inversión psíquica” y aquí aparece la relevancia o el aporte que podríamos obtener desde el discurso de Pausanias, si para él, la función de eros implica una inversión, un intercambio entre amante y amado que accede a la falta, ¿Qué función tiene como tal el pago de la sesión en análisis?

Curiosamente una cesión conlleva a ceder en la palabra el deseo de quien habla y sesión de la cual se obtiene un intercambio monetario como símbolo de castración en lugar del Otro, por parte de quien escucha. ¿El analista en este sentido que papel ocupa dentro del análisis? Si bien lo más parecido a la relación analista / analizante es el intercambio que se daba entre sabio y discípulo que accede a una verdad mítica, también este se muestra sedado de todo saber ante el analizante, estaríamos hablando entonces de un intercambio amoroso encaminado a la virtud? ¿Extender la palabra y dejar que el analizante de razón de lo que cuesta su análisis, es poner un valor a la resistencia que amarra la liberación del deseo o es una forma de angustia del analista?

En La dirección de la cura y los principios de su poder (1958), Lacan aborda técnicamente la posición del analista frente al analizante entreverando las arterias que conducen a la “cura”, cito a continuación parte de ese texto:

El analista también debe pagar: – pagar con palabras sin duda, si la transmutación que sufren por la operación analítica las eleva su efecto de interpretación: – pero también pagar con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la transferencia; – ¿olvidaremos que tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo, para mezclarse en una acción que va al corazón del ser (kern unseres Wesens, escribe Freud): sería él el único allí que queda fuera del juego?

Será entonces pues que la función del analista no está precisamente en la mano que surge del botón abierto de la flor o del leño encendido que hace renacer o nacer el eros; sino más bien se aproxima a ser quién sople, atice la llama, para que no todo sea cenizas o ruinas, es quién riega a través de la palabra devuelta aquel botón para que éste no se marchite.

08 de noviembre de 2019

Bibliografía:

Le Brun, J. (2004). El amor puro de Platón a Lacan. Buenos Aires. Editorial: El cuenco de plata.

Lacan, J. (2003). Escritos 2. México D.F. Editorial: Siglo XXI

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Lo gourmet

“Un deseo redoblado es el amor,

pero el amor redoblado se vuelve loca pasión”

Pródico de Ceos

Según la clase 4 del seminario 8 sobre “La transferencia”- correspondiente al 7 de diciembre de 1960- lo que inicia el movimiento en el acceso al otro que nos da el amor, es un deseo por el objeto amado que Lacan compara como “la mano que se adelanta para alcanzar el fruto cuando está maduro”-sea para “atraer la rosa que se ha abierto” o para “atizar el tronco que se enciende de pronto”-. [1, p.5].

Desde esta primera sentencia, parecería que la disposición amorosa forzosamente se forja en un ánimo de expectativa, además que cobra fuerza a través de un hallazgo inusitado.

¿Lo maduro podría entenderse como una correspondencia entre lo imaginario y lo simbólico? – nos preguntamos al leer esta sesión-. No precisamente… pensamos. Pues más bien habría de señalarse como una creencia de concordancia. E incluso de un modo más cercano al cuerpo, como una sensación de correspondencia con aquel o aquello que simula ser el signo vivo de nuestras fantasías:  un presentimiento que es descrito de un modo difuso para quien lo experimenta. Ahora bien, ¿cómo se hace ver lo que del objeto-por nosotros mismos- se abre a esta forma de fe?

Para Roland Barthes el amor como relato es una historia que se cumple: algo que en sentido sagrado consiste en un programa que debe ser recorrido. Es por ello que en él “espero una llegada, una reciprocidad” o “un signo prometido”, el cual puede ser “fútil o enormemente patético [2, p. 71]:  desproporcionado como todo lo solemne… como la confianza en los dioses. O como la inocencia infinita con la que se aguarda la mirada aprobatoria de una madre en la infancia.

Y es que, en el amor, además de darse como espera intraducible, no deja de hablarse de una vinculación velada entre los involucrados: no se sabe cómo se sostiene. Conviene meditar esto sobre un ejemplo extremo. Para Lacan, la relación más oculta- o como dice Freud, la “menos natural” o la “más puramente simbólica [1, p. 5]– es la del padre con el hijo, pues- a excepción de una prueba genética- no hay una constancia palpable del engendramiento (no como el caso de la madre en la que se le observa que de ella surge un hijo cuando da a luz).  Es por esto que, tanto de la paternidad como del amor, solo podemos hablar míticamente. Solo es posible referenciarlo como un mito que, más que en un objeto, descansa en una función… Función que muchas veces “funciona” entre más se acerca al discurso del Otro sobre lo que implica ser padre y ser amado.  Función que marcha si nos lleva a la impresión de acercarse hasta el meollo de una revelación que en algún momento nos fue dada.

Es trascendente que en este seminario la primera imaginación e invención de la verdad, sea el amor. Aunque es sobrado en importancia el considerar que se trata de un posicionamiento que, más que expresar una génesis ordenada, destaca la ausencia de una genealogía… Lacan parece señalar al amor como algo huérfano; aunque también como algo que solamente se hace presente hasta que ocurre la sustitución de roles entre el erastés (amante) y el erómenos (amado). “Es esta metáfora la que engendra la significación del amor”- resaltará en la sesión-. [1, p. 5]

Pero volviendo a la espera, cabe decir que tiene un valor; o mejor dicho, un costo… tanto como puede costarnos la apropiación de un tesoro: de esa reliquia cuyo peso vale en parte a razón de lo difícil que es “encontrarla”. Aunque también por el esfuerzo de sostenerlo como algo que siga siendo valioso. La espera amorosa, según Barthes, es un tumulto de angustia porque se somete a la posibilidad de pequeños retrasos- dilataciones que a veces se traducen como fallos-. ¿Por qué?   Quizás porque las respuestas- a y del amor- nos las escuchan y las escuchamos tarde (siendo que, en realidad, nunca han tenido un tiempo ni un espacio correcto). Los que llegan no me encuentran y los que espero no existen… algo así diría Alejandra Pizarnik en el poemario “Los trabajos y las noches” (1965)

Y a pesar de que a veces tengamos presente esta rara lucidez, de que el amor no deja de ser una dulce invención, nos dejamos envolver por sus pétalos y sus brasas. Seguimos teniendo hambre y en medio de esa búsqueda de saciedad a veces nos topamos con platillos más ricos que otros que ya hemos probado. Apostamos nuestros dientes si eso se mira gourmet. ¿Qué nos da esta visión?

Creo que nada de esto escapa del discurso del Otro, al menos en varias de las experiencias amorosas a lo largo de nuestra vida. Tal parece que el discurso parental- y sobre todo el materno- hace función de plantilla para toda metáfora que nos permite sentir que algo de lo que nos acontece es amor.  ¿Dónde queda lo gourmet? Posiblemente en degustar un sabor extraordinario: sensación que sobrepasa nuestras expectativas conscientes respecto al modo y al tiempo en que apaciguamos nuestra sed y hambre. Lo gourmet colinda con el refinamiento de técnicas con las cuales se prepara un alimento, pero también con el lujo de los ingredientes o de los procesos que acarician nuestra lengua: con la impresión de haber encontrado algo exótico- en alguien- que al mismo tiempo nos suena familiar, inspirador e intraducible: mi figura de verdad.

El ser amado”- expresa Barthes- “es reconocido por el sujeto amoroso como <<átopos>>” es decir, como inclasificable: “de una originalidad imprevisible[2, p. 26] … El otroque amo y que me fascina es átopos; único por no entrar en alguna categoría.  De alguna manera, es “la imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo[2, p. 26]: “una mano que se tiende al encuentro de la mano que es la vuestra”- diría Lacan-… Átopos es divino, porque… “La mano que aparece del otro lado es el milagro[1, p.6]– al menos mientras sigamos siendo “creyentes”-.  Sin embargo, conviene advertir que, como analistas, no estamos en nuestra escucha para organizar milagros sino para dar cuenta de cómo es que éstos acontecen.

01 de noviembre de 2019

Bibliografía

[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

[2] Barthes, R. (2015 [1982]). Fragmentos de un discurso amoroso. D.F., México: editorial Siglo XXI

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Alcibíades o la irrupción de lo inconsciente.

Lacan se pregunta ¿Qué es El Banquete? La respuesta nos indica que es una negociación de lo que cada uno de los miembros presentes deberá respetar, es decir, la función bajo la cual cada uno habrá de presentar su discurso sobre el eros. Sin embargo, de entre todo el orden surge como irrupción el personaje de Alcibíades, y esto, nos dice Lacan, es lo realmente interesante.

Ahí es que va a esclarecerse más profundamente, no tanto las cuestiones de la naturaleza del amor, como la cuestión que aquí nos interesa, a saber, la de su relación con la transferencia

Hablamos entonces de una fractura en el orden y a su vez, algo que inicia, que da origen o como expresa Pascal Quignard en Las Lágrimas,«el azar de un origen».

Esta irrupción «realmente significante» es equiparable a lo que Barthes define como El Texto

Efectivamente, el Texto es lo que atrapa, lo que inorganiza, inorigina, desjerarquiza. En el texto no hay nada de primordial, porque es primordial en sí

Jean-Baptiste Régnault (1754-1829): Sócrates arrancando a Alcibíades de los brazos de la Voluptuosidad, 1785.

Barthes dice «inorganiza», que no es una desorganizacion, más bien es una nueva organización… una que viene de adentro, como si se tratara de algo que está en el medio de un pliegue, del proceso de la transferencia y que da, a partir de ese momento, otro (in)orden al análisis o permitirá que haya análisis en sí. Si el personaje de Alcibíades es considerado de manera particular por Lacan, es no solo por su aparición sino también por el proceso de su aparición, habiendo de manera ordenada, discursado sobre la naturaleza del amor la mayoría de los participantes, aparece este personaje, de carácter impulsivo, ebrio, escandaloso, con cualidades de un hombre poco común, usurpa la presidencia, como si se tratara de un análisis en el que de pronto y en medio de ese discurso ordenado del analizante apareciera algo, un usurpador, algo que toma su sitio por fuerza y empuje propio.

Alcibíades ha intentado llevar a Sócrates a perder el control, ha intentado seducirlo, ¿no es esto algo que sucede con frecuencia entre analizante y analista?  Y si la transferencia tiene algo de esencialmente impar, es porque precisamente hay una especie de ficción, una mentira, en ese «entre dos».

Si es una mentira, es una bella mentira, – y como manifiestamente es, por otra parte, una obra de amor, y como quizá llegaremos a ver despuntar la noción de que, después de todo, solo los mentirosos pueden responder dignamente al amor – en este mismo caso El Banquete respondería ciertamente a los que es como la referencia electiva de la elección de Sócrates en el amor – eso, si, nos es dejado sin ambigüedad.

Sócrates habla y no pone al amor tan alto, habla pero no dice casi nada en su nombre, aun sabiendo que precisamente, no pretende ser sabio en otra cosa que no sea el amor, ¿Por qué? ¿Será para no caer?

Son las irrupciones aquellas que abren un punto de luz, el discurso del analizante, como el discurso de los personajes antes de Alcibíades, son el orden, y se precisa esa irrupción para que algo suceda, un punto en el cual podamos poner al amor en su sitio como Sócrates lo ha hecho. Algo de lo inconsciente es revelado pero el analizante no lo sabe, nuevamente Quignard «El fondo del ser no dice, cuando aparece: Soy Yo, el fondo del Ser no conoce el Yo, aparece. Luego se cierra de nuevo».

Y retomando de nuevo a Barthes, el discurso amoroso es la forma en que lo Imaginario se hace cargo de lo Simbólico.

Bibliografía

Barthes, R. El Discurso Amoroso, Paidós, Madrid, 2011.

Quignard, P. Las Lágrimas, Sexto Piso, México, 2019.

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El Psicoanálisis y la poesía: dos artes inválidas

¿Es acaso la poesía un conducto “amoroso” mediante el cual dos personas totalmente extrañas, ajenas de sí, logran llegar a un punto de intimidad e incluso de seducción, en el que se confirman, se distancian y hasta se odian? El poeta al cruzar el borde entre su voz afónica y el alarido público, va destituyéndose del ocultamiento, va desnudándose para quien probablemente no lo quiere contemplar, desarropado por las garras de la metáfora abolida en la retórica, y su cuerpo terso, frágil, tiembla, pero ese temblar viene para nosotros lectores en forma de imagen, de alucinación y hasta sugestión, ya que no podemos siquiera alcanzar el roce de la altivez de su vello, el halo de su boca ensangrentada, el anís aguamiel que desprende. Es él, quien a través de la palabra versada o prosaica nos lleva a los sitios más fúnebres y recónditos de su cuerpo / alma.

¿No es “eros” en su figuración de amor o en su defecto de pulsión sexual, quien establece este vínculo entre autor / lector; existe una relación íntima entre quien especula detrás de una hoja tatuada con significantes y de quien pulsiona su resto en la tinta? Ya lo apuntaló Roland Barthes es su libro: El placer del texto y lección inaugural:

“El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su Kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma)”.

El placer y el goce se funden en el recurso poético, uno acude a los textos que lo retan, que lo desmiembran, pero a la vez le ponen árnica en las fisuras; lo que habla acá Barthes es una forma maravillosa y retórica de darle orden a las palabras que en sí solas son burdas, discontinuas.

Fue el mismo Lacan quien en su seminario sobre la transferencia, aborda la cuestión del “eros” a partir de dos conjuntos textuales: los diálogos de Platón, el banquete y la trilogía claudeliana, es adentrándose en ellos como llega a realizar sus propias tesis sobre el “eros” y luego lo introduce como recurso fundamental de la práctica psicoanalítica. La mención se realiza precisamente para conjeturar que, a partir de la literatura narrada, poética, ensayística, filosófica o de cualquier índole, se logra establecer una pasión indirecta (¿amor al saber?) que culmina en una reinterpretación de preceptos dichos desde la posición de cada autor y que el lector convierte en sus propios argumentos (hago uso de tu cuerpo sin si quiera tocarlo / lo leo, lo escucho).  

Es en la sesión del 16 de noviembre de 1960 del seminario, titulada: “En el comienzo era el amor”, donde Lacan nos da una catedra técnica, con matices irónicos y hasta cómicos sobre el papel que juega el “eros” en la práctica analítica. Ahí también surge una seducción, se gesta un (¿amor cortés?) lo que permite que la relación con el analizante no se desborde y carezca de objetivo. Como en la poesía, también el analista se encuentra amputado, imposibilitado de transgredir el velo ahora puesto en la palabra, del cual el lector también prescinde en la obra.

Cito:

“Sin duda, sería apreciar mal las cosas no reconocer, en el punto de partida, que el psicoanálisis exige en su inicio un alto grado de sublimación libidinal a nivel de la relación colectiva. La extrema decencia que bien podemos decir que es mantenida de la manera más habitual en la relación analítica, da para pensar que, si el confinamiento regular de los dos interesados en un recinto al abrigo de toda indiscreción no desemboca sino muy raramente en una coacción corporal del uno sobre del otro, es que la tentación que ese confinamiento entrañaría en cualquier otra ocupación es menor aquí que en otra parte. Atengámonos a eso, por el momento”.

El analista se posiciona aquí especulante, carente de conocimiento y vaciado de sentimientos, se le prohíbe llegar al límite de esa seducción de la cual es desprovista, es un ser frio, pero no al punto de la hipotermia, es un ser de escucha que pocas veces se deja coquetear; protagonista y antagonista, quien está alerta al equívoco de la palabra. Lo que Lacan dirá magistralmente, es que no debemos dejarnos envolver en la palabra, en la relación (intersubjetividad) con el analizante, se deben mantener dispersas esas subjetividades para que la transferencia haga de las suyas y le tuerza la nuca al discurso con las mejillas enrojecidas.

Volviendo a Barthes, podemos encontrar una simetría entre analista y lector o lo que académicamente hablando se denominará “semiólogo”, lo cito: “Veo en la literatura esencialmente al texto, es decir, al tejido de significantes que constituye la obra, puesto que el texto es el afloramiento mismo de la lengua, y es dentro de la lengua donde la lengua debe ser combatida, descarriada: no por el mensaje del cual es instrumento, sino por el juego de las palabras cuyo teatro constituye.

De este tema puede hablarse bastante, nos quedamos con lo que a nuestro interés compete. Para cerrar me gustaría compartir un poema de Gonzalo Rojas que nos aproxima y aporta a lo que consideramos la relación con el “eros”:

¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de

la vida

o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, que

es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus

rosas, sus volcanes,

o este sol colorado que es mi sangre furiosa

cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer

ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,

repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces

de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra

de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar

trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,

a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

04 de octubre de 2019

Bibliografía:

Barthes, R. (2011). El placer del texto y lección inaugural. México: Editorial: Siglo XXI.

Ortega, J. (2009). Antología de la poesía hispanoamericana actual. México. Editorial: Siglo XXI.