Las ideas de Freud respecto a la sexualidad constituyen el fundamento mismo del psicoanálisis como una novedosa forma de “hacer clínica”, así también un método de investigación.
A lo largo de su trabajo da cuenta que una de las causas del malestar subjetivo eran los atolladeros de la sexualidad.
Conforme escuchaba a sus pacientes notaba que un motivo de dichos apuros era debido a las restricciones sociales de la época. Sin duda nos aportó un más allá: un saber que revela la estructura sexual no armonizable del sujeto del inconsciente con la naturaleza.
Si echamos un vistazo a lo que sucede a nuestro alrededor y sobre todo dentro de nuestra práctica clínica, caeremos en la cuenta de un saber de lo inconsciente, y es que incluso cuando existe una sociedad con mayor aceptación y apertura respecto a las múltiples formas representativas de las diversas sexualidades… el malestar persiste.
Por ejemplo: se lee en las noticias el encabezado: “Países Bajos elimina la casilla del sexo del carné de identidad”, la noticia continúa: La medida servirá para que el ciudadano «pueda desarrollar su propia identidad en libertad». Y es que en el discurso social se insiste en una búsqueda por la igualdad, en espacios que convocan a ser todos iguales, a las modas, nótese el capitalismo promoviendo lo que debemos consumir, cómo es que debemos vivir, qué objetos son los que ahora se llevan, usan, estilan, qué empleo es el que te hará ganar más, qué implica el ser exitoso, y un gran etcétera. Se busca que todos llevemos nuestros ideales y pensamientos hacia un mismo sentido, como si todos gozaramos igual.
De ahí la posición del psicoanálisis, debiendo permanecer en una imparcialidad hacia toda ideología igualitaria, ya sea libertina u opresora, el psicoanálisis no educa, no adoctrina, no es una sexología, quizá y sólo quizá, será algo más como una erotología.
Respecto a esto citaré a Allouch:
“El psicoanálisis no se situará como erotología sino desistiendo de la partición hombre mujer. Se ha constituido como erotología tomando otro punto de partida, bajo otro ángulo, el que localizamos al tomar las cosas por el sesgo”[1].
Que es lo que esto nos plantea, y poco importa la preferencia sexual del sujeto en análisis, es lo de menos si le gustan los hombres, las mujeres, si en el «carné» dice que es masculino o femenino, si nace hembra o macho, si se siente hombre o mujer o cualquier otra cosa, ahora con las llamadas “transespecies”.
Es precisamente el análisis un lugar para abrir un paréntesis. Producir un espacio analítico, es decir: suspender un saber predeterminado (hombre mujer).
Recordemos el filme “La chica danesa”, se trata de una historia real que acontece en Dinamarca por allá de los años 20´s. Basado en la obra autobiográfica Man into Woman, una recopilación de cartas y escritos del diario de Einar Wegener/Lili Elbe, una de las primeras personas trans sometidas a cirugía de reasignación de sexo. La película nos muestra de inicio una exitosa pareja de pintores formada por Einar (Eddie Redmayne) y Gerda Wegener (Alicia Vikander).
Einar observa la forma en que Gerda se maquilla, más allá de ella, él se queda absorto en los artilugios que se utilizan para crear la ilusión de la feminidad.
En alguna ocasión la modelo a la que Greda contrató para retratar en sus cuadros, no se presenta a la cita. Greda con urgencia de terminar esas pinturas a tiempo le pregunta a su marido si no le importaría ponerse medias y zapatos de mujer por unos instantes, a lo que él accederá sin problema.

Aquella escena hipnótica en la que las manos de Einar se deslizan sobre las medias femeninas colocándolas sobre su piel, deslizándolas a través de sus piernas, con inmaculada delicadeza, sin quitar la mirada de encima como si no quisiera perder ningún detalle respecto a todas las sensaciones suscitadas en él en ese instante. Se pone los zapatos para dama. Inclina su cuerpo, acomodándolo a semejanza de la mujer que está eclipsada en la pintura. El roce de sus dedos sobre el vestido que Gerda le apoya sobre su cuerpo, constituye en sí mismo un borde que dará cuenta de una revelación para Einar: un goce opaco, enigmático y desconocido que se le impone.
Dirá Lacan:
“(…) en cuanto definir aquello propio del hombre o de la mujer, el psicoanálisis nos muestra que es imposible”[2].
Observemos que Einar cuenta con la complicidad de su esposa: Gerda, una mujer poco tradicional, de mente abierta y sexualmente aventurera para satisfacer el deseo que le obsesiona a Einar, o quizá a ambos: ponerse en el papel de una mujer. Gerda se encarga de elegir vestidos, zapatos, una peluca adecuada y maquillaje para su marido. A Einar le toca aprenderse el papel, elaborar la mímica, imitar los gestos. Juntos crean a Lili, un producto de la feminidad de ambos, algo del deseo de esta pareja está representado en el resultado nombrado como Lili.
Lo que no debemos perder de vista es que el deseo tiene que ver con la no identidad, en el deseo es donde se pierde la identidad, se desea pero se desea sin personalizar.
10 de julio de 2020
[1] Allouch, J. El psicoanálisis, una erotología de pasaje, Litoral, Córdoba, 1998.
[2] Lacan J., “Saber, ignorancia, verdad” en Hablo a las paredes, Paidós, Buenos Aires, 2012.








