Presentamos un breve escrito que forma parte de otros cuatro y cuya serie se titula El diésel de la transferencia…, el interés de hoy por éste versa en que toca directamente el tema de nuestro próximo seminario sobre la transferencia y otros topics más…
En esta ocasión y para seguir la textura del título de nuestro evento, voy a hablarles de una palabra que he inventado… en consecuencia, ustedes nunca la han escuchado, pero con la cual, seguramente, han estado alguna vez involucrados.
Es una palabra nueva y que no existía hasta que la pensé, pronuncié y escribí.
La palabra que he inventado es la siguiente: «enamohoramiento».
Y es tan versátil que de ella pueden derivarse: la «enamohorada», el «enamohorado», o su plural: las «enamohoradas», los «enamohorados».
¿Verdad que nunca la habían escuchado?, ¿usted sí? No, en efecto. ¿Y usted señorita?, ¿la recuerda?, ¿sí? Eso no es posible, al menos que haya visitado y leído mi blog. Permítame decirle que sus oídos le traicionan, le están haciendo trampa.
Lo que usted habrá escuchado es “enamoramiento” y mi palabra inventada es: «enamohoramiento».
No son lo mismo. Sucede que son homófonas.
Confieso que esta palabra casi me la susurró Lacan al oído, esto mientras terminaba la lectura de su seminario La transferencia…[1].
Yo ya había dejado asomar esta novedad en un escrito que publiqué hace dos meses en mi blog, lleva por título “El diésel de la transferencia”.
En él sigo las caracterizaciones que Lacan otorga al llamado «deseo-del-analista»; parto del primer seminario Los escritos técnicos de Freud (1953-1954) y me detengo en el de La angustia (1961-1962), el que actualmente coordino en un taller de lectura y discusión en mi ciudad.
“El diésel de la transferencia” se divide en tres apartados: «un deseo advertido», «un deseo vacante» y «el duelo del analista».
Es en este último escribo lo siguiente:
No voy a detallar esta especie de neologismo que propongo, me contento con que el lector siga el decurso de la siguiente cita y su esquema que le sirve de acompañante[2]
Bien, he decidido que el día de hoy daré detalles sobre esta cita, algunos de ustedes ya cuentan con ella entre sus manos[3], y así podrán seguirme mientras la leo y comento, distinguiremos juntos los matices entre el enamoramiento y el «enamohoramiento».
Aquí la cita:

«Si el espejo está ahí [la línea en el medio de los dos triángulos][4], tenemos la relación siguiente: lo que emerge en estado de forma fascinante[5] se encuentra investido por los oleajes libidinales que vienen de ahí donde ha sido retirado, a saber, de la base, del fundamento, si podemos decir, del fundamento narcisista, de donde se saca todo lo que viene a formar la estructura objetal[6] como tal, podemos decir, a condición de respetar sus relaciones y sus elementos. Lo que constituye la Triebregung en función en el deseo — (…) — tiene su sede en el resto, al cual corresponde en la imagen ese espejismo por donde ella es justamente identificada a la parte que le falta, y cuya presencia invisible da a lo que se llama la belleza su brillo[7] (…). Aquí está el punto central alrededor del cual se juega lo que tenemos que pensar de la función de a minúscula. (…) que el reservorio del amor objetal en tanto que es amor del viviente, es la Schatten, la sombra narcisista. La vez pasada les anuncié la presencia de esta sombra, y hoy llegaría perfectamente hasta llamarla la mancha de moho {moisi[8]} — quizá así está mejor nombrada de lo que se cree, puesto que el término moi {yo} está incluido en ella[9]».
Luego entonces, en el “enamohoramiento”, el yo (moi) no deja de estar implicado, es proyectando su sombra sobre el partenaire que logra amar.
Posiblemente sea lo contrario del duelo, aquel que Freud caracterizaba en el momento en que «la sombra del objeto cayó sobre el yo[10]».
Una vez instalado el “enamohoramiento” (¡también el analítico!) se encarrilará a su término, puede ser en un instante, en días, semanas o años.
[1] Sesión del 28 de junio de 1961, La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas, seminario VIII (1960-1961), versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte
[2] El diésel de la transferencia (III): el duelo del analista.
[3] Previamente se han distribuido entre el público reproducciones de la cita del seminario.
[4] Aclaro que este esquema no cuenta con nominación y que viene desde la versión de la Ecole Lacanienne de psychanalyse, si nombro y localizo sus elementos es para nuestra ocasión.
[5] Desafortunado que a Lacan no le tocara en vida la publicación de un libro fundamental para el psicoanalista, no dudo que de haberlo conocido lo celebraría, me refiero a El sexo y el espanto (El cuenco de plata, 2000) de Pascal Quignard, quien escribe que «El deseo fascina. El fascinus es la palabra romana que significa el falo». Por ello localizo ahí el – j, en tanto ha sido investido (catexis freudiana) por el océano libidinal. Ese signo señala la necesidad de conservar la falta, si la ella falta, arribamos al fenómeno de lo unheimlich (vid. 28 de noviembre de 1962, seminario La angustia).
[6] No sería excesivo entender aquí que el ámbito de los objetos se funda desde el narcisismo («fundamento narcisista»), otra cosa sucederá con la incursión topológica de los seminarios sobre La identificación (61-62) y La angustia (62-63), ahí asistimos a un viraje del adentro/afuera. Y para no dejarle fuera el día de hoy, ya que si lo localizo afuera se debe a que lo llevo dentro, cito a Jacques Derrida: «Hay algo en lo que pienso desde hace mucho tiempo, es en el nombre de la escritura, de la deconstrucción, del falogocentrimo, etc… no pudo no proceder de esta extraña referencia a un afuera: la infancia, lo que está más allá del Mediterráneo, la cultura francesa, Europa, en fin. Se trata de pensar a partir de este pasaje por el límite. El afuera, aun cuando está muy cerca, es lo que está más allá de un límite. Pero en sí, tenemos el afuera en el corazón, en el cuerpo. Es eso lo que quiere decir el afuera. El afuera está aquí. Si el afuera estuviese afuera, no sería un afuera» en D’ailleurs Derrida un film de Safaa Fathy (1999).
[7] El brillo de la belleza (Lacan hablará del glamour del objeto en la sesión del 09 de enero del 63, seminario La angustia) lo da una presencia invisible, antítesis de una ausencia visible.
[8] Literalmente: mohoso.
[9] ¿Encontramos aquí los elementos necesarios para esclarecer la «receta» lacaniana para enamorar al otro?: «¿Y por qué? No les dejaré esto como adivinanza. Si esto fuera decible, ¿qué es lo que diría yo por medio de eso? Yo digo al otro que, deseándolo, sin saberlo, sin duda, siempre sin saberlo, lo tomo por el objeto para mí mismo desconocido de mi deseo, es decir, en nuestra concepción del deseo, que yo lo identifico, que yo te identifico, a ti, a quien yo hablo, a ti mismo, al objeto que a ti mismo te falta, es decir que por ese circuito donde estoy obligado a pasar, para alcanzar el objeto de mi deseo, cumplo justamente para él lo que él busca. Es precisamente así que, inocentemente o no, si tomo ese rodeo, el otro como tal, objeto aquí, obsérvenlo, de mi amor, caerá forzosamente en mis redes. Con esto los dejo, sobre esta receta, y les digo hasta la vez que viene», en La angustia, 21 de noviembre de 1962.
[10] Freud, S; Duelo y melancolía en Obras completas, tomo XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 246. Otros dos puntos a confrontar aquí: a) el efecto que tuvo la invención del objeto a sucedida el 09 de enero de 1963 y b) la re-versión del duelo el 23 de enero del 63, los dos en el seminario La angustia.



