Algo que se parece al amor, es así que se puede, en una primera aproximación, definir la transferencia. Digamos mejor, digamos más ― la transferencia es algo que pone en causa al amor.
Jacques Lacan, 14 de diciembre de 1960
Del seminario de Jacques Lacan anteriormente trabajado: La angustia, puede decirse que cuenta con dos finales diferentes.
El primero.- considerado como consecuente con su linea cronológica, lo lleva a anunciar el próximo: Los nombres del padre, una novedad que iba a tratar sobre lo «no analizado de Freud» por Freud mismo… suspense… ya que las diatribas políticas presionan a Lacan para decidir finalizarlo con una única sesión.
El segundo.- que calificamos de sincrónico (en el sentido de Ferdinand de Saussure y Roland Barthes), consecuente con la lógica del discurso recorrido, y que lo (re)localiza en el seminario de La transferencia, especialmente con el «deseo del analista» y el «objeto petit a» como agalma.
Última sesión y palabras finales en La angustia (3 de julio de 1963):
Lo que hace de un psicoanálisis una aventura única es esta búsqueda del agalma en el campo del Otro. Varias veces los he interrogado sobre lo que conviene que sea el deseo del analista para que ahí, donde tratamos de llevar las cosas, más allá del límite de la angustia, el trabajo sea posible.
Seguramente conviene que el analista sea aquel que haya podido, por poco que sea, por algún sesgo, por algún borde, hacer volver entrar su deseo, en ese «a»irreductible, en grado suficiente como para ofrecer a la cuestión del concepto de la angustia una garantía real.
Sí, el lugar donde se pone en primer plano la pregunta por aquello que puede ser y respoder(se) al «deseo del analista» es… La transferencia, ¡en el concepto y el seminario!
Nuestro trabajo continuará con la estrategia anterior:
(…) la antigua práctica griega del némein, que privilegiaba la lectura en voz alta, línea a línea. Tomamos en cuenta el contexto de cada párrafo, sesión, seminario y obra de Lacan, desestabilizando la cegadora evidencia del aforismo y el vetusto dogmatismo.
Estrategia de lectura oportuna para aquellos que deseen aproximarse por vez primera a un autor que se le considera complicado y hermético.
Y es que los seminarios de Lacan cuentan con esa característica que su amigo Alexandre Koyre encontraba en los Diálogos de Platón: «carácter inacabado y exigencia de un esfuerzo personal por parte del lector-auditor».
Queda abierta la invitación a este NUEVO recorrido.
Frecuencia: sábados de 17 a 19 hrs // CUPO LIMITADO Coordina: H. Isaac Puertos Salinas Información y registro: vía FaceBook InBox o humbertoisaac@hotmail.com
*Imagen: Eros and Psyche (1589), de Jacopo Zucchi.
Así ocurre con Sócrates, no se olviden, justamente en El banquete, donde, se los he dicho, él dice muy pocas cosas en su nombre ― pero es enorme lo que él habla ― mientras que hace hablar en su lugar a una mujer: Diótima. ¿No ven en ello el testimonio de que el supremo homenaje es devuelto, incluso en boca de Sócrates, a la mujer?
Jacques Lacan, 23 de Noviembre de 1960
Continúo la relatoría anterior con unos breves comentarios sobre el ensayo de David Halperin: ¿Por qué Diótima es una mujer?
Halperin atina al mencionar que el erôs femenino en la antigua Grecia se inscribía en el cuerpo y no en el intelecto, como era el caso para el erôs masculino: «a las necesidades del cuerpo, más que a los deseos de la mente». De ahí la disimetría de los puntos de vista entre Diótima y Sócrates sobre el finalidad del erôs. Si para el último se trata de poseer la belleza, para la primera es de engendrarla.
Encontramos también la mojigatería de Platón
-insinuada por Jean Allouch en El sexo del Amo– al promover que el erôs no tendría por objetivo la «gratificación
del cuerpo sino la expresión moral e intelectual de sí mismo».
A Platón no le va nada bien, en un pasaje le espeta el haber hecho del embarazo femenino y su capacidad de engendramiento un asunto de hombres, vamos, de machos… transformándolo en la gestación intelectual por medio del discurso, y Sócrates es su prototipo: «desencarnó nuevamente convirtiendo el “embarazo” en una simple imagen de la labor espiritual (masculina)».
El «argumento de Diótima»: procrear es aquello que tiene por meta el deseo erótico, sostenido de una «asimilación fuertemente inconsciente de la actividad sexual» y reproductiva, éstas dos son unos «hilos» tan entrelazados en su argumento que resulta imposible separarlos.
Diótima es apresada por una cultura
patriarcal en donde las mujeres tienen por finalidad dar niños a los hombres,
obliterando la posesión de una subjetividad particular e independiente frente a
cierto falocentrismo[1].
Hay momentos en que podemos distanciarnos de Halperin, como en la tesis siguiente: «sólo en los hombres la reproducción depende del deseo sexual y la función reproductiva no puede ser separada del deseo sexual». ¿Será?
¿Por qué Diótima es una mujer? Respuesta: la filosofía socrática está en deuda con ella, al solicitarle su feminidad no queda nada fuera y se asegura el éxito de su meta «procreativa» intelectual de la cultura griega antigua y masculina, como si la hubiesen usado para «colonizar la “deferencia” femenina, a fin de proclamarla en un discurso masculino universalizante, qué como el sueño de encontrar la Verdad, es una «fantasía masculina». No le reconocen su «alteridad» y por ello se pierden de la experiencia su generis que es la mujer, aquí convendría el gesto de Lacan al tachar el «la» y lanzar el aforismo: «la mujer no existe».
La mujer resulta ser un «suplemento» del hombre, Halperin no lo dice, no
sería excesivo tomar ese término en el sentido de Jacques Derrida; la mujer como
un «peligroso suplemento»… para el discurso masculino.
Platón desmiente (en el sentido de Sigmund Freud) la Otredad con una versión «enmascarada» del mismo (Julia Kristeva) , así cae el discurso platónico-socrático en la trampa, si seguimos a Lacan al sostener que la feminidad se caracteriza por la «mascarada»: el discurso masculino se afeminiza “sin pretenderlo”.
Dos citas fundamentales:
Lo que es crucial en la estrategia de Platón no es que Diótima presente la perspectiva de una mujer, sino que la represente de una forma tal que sea reconocible para los hombres
Las estrategias textuales del Banquete revelan la dimensión fáctica de Diótima al mismo tiempo que la ocultan
Diótima resulta un «tropo» de Sócrates, y si
ella no es una mujer sino una «“mujer”» que es «signo de otra cosa», no pienso
que sea forzado ver aquí la vertiente significante de la mujer según Lacan.
Final del texto: «Y preguntarse por qué Diótima es una mujer, es plantear una pregunta
que en última instancia no tiene respuesta».
30 de agosto de 2019
BIBLIOGRAFÍA:
Allouch, J. El sexo del Amo. El erotismo desde Lacan, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2009.
Derrida, J. De la gramatología, Siglo XXI, México,
1975.
Freud, S. La negación en Obras Completas, Tomo XIX, Amorrortu, Buenos
Aires, 1998.
Halperin, D. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs
platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
Kristeva, J. El texto de la novela, Lumen, Barcelona,
1974.
Lacan, J. Aún, Seminario 20, Paidós, Buenos Aires, 1991.
[1] Este tema es interesante si se lee con cuidado y paciencia a Lacan, de ahí las «formulas de la sexuación»… si puntuamos al falo como un significante… otro matiz adquiere tal falocentrismo.
Como preámbulo a un trabajo póstumo a realizarse… nos adentramos…contextualizando los términos: a un entremés, que ruborizará el paladar y al gusto lo dejará inquieto, para saciarse con un banquete que promete un discurso gourmet.
«¿Por qué Diótima es mujer?» Es una
inquietud de David Halperin hecha texto[1], donde
retoma la importancia de la sabia mujer en función a la “reestructuración” del
pensamiento de Sócrates respecto al erôs
en la Atenas clásica.
Es Diótima
quien instruye a Socrátes en los temas del erôs.
¿Cuál fue la finalidad del Platón escritor en que fuera una mujer quién
transmitiera este saber a su discípulo?
Citó a
Halperin dando una probable respuesta a ello:
Por el hecho de ser una mujer, Diótima indica que Platón se ha separado de ciertos aspectos del ethos sexual de sus contemporáneos y, por consiguiente, le permite iluminar algunas características destacables de su propia filosofía.
Supongo
que hay dos temas a tratar; primero: conocer el propósito de Platón en la
sugerencia de Diótima; segundo: dar respuesta a la pregunta que el título
sugiere. Por el momento intentaré abordar el segundo, respecto a los fundamentos
de Halperin en la primer parte de su libro y que los considera de sentido
común.
Platón no podía permitirse representar al joven Sócrates como si hubiera sido iniciado en los misterios del deseo erótico por un hombre más viejo y sabio, porque ese retrato habría inevitablemente sugerido a los contemporáneos de Platón que Sócrates debía su notable perspicacia en la naturaleza de lo erótico a los servicios apasionados de un antiguo amante pederasta.
El temor
de Platón es ver el discurso de Sócrates sesgado respecto a lo que Pausanias
reconoce en la Atenas clásica como función de la pederastia: «un joven ansioso
de perfección moral puede legítimamente, incluso laudablemente, satisfacer la
pasión sexual de un hombre más viejo y sabio a cambio de la edificante
instrucción que desea obtener de su amante». Siendo hombre el sabio que
iniciara la instrucción de Sócrates, hubiese coexistido un lazo más “pasional”
que intelectual, por lo que probablemente la sensatez de sus construcciones se hubiera
tornado idéntica a las que se pronunciaba en su época.
Entramos
así al segundo argumento sostenido y reafirmado en Halperin: «Si el autor de
estas prescripciones hubiera sido un hombre, él habría podido ser sospechoso de
haberlas elaborado bajo la influencia de diversos factores personales, puesto
que su propia actividad sexual estaría materialmente afectada por su programa
erótico». A lo largo de las páginas del libro, el autor nos va llevando
momentáneamente sobre la respuesta a la pregunta de su libro y además de
pronunciar algunas ideas sobre Diótima.
Mi
intención no es justificar el por qué Diótima es mujer y no hombre, sino,
recalcar la importancia de que haya sido mujer en ese momento histórico y el
cómo años posteriores primeramente Freud redescubre lo que implica el juego de
ese erôs en la práctica
psicoanalítica y que terminará puliendo Lacan en el seminario de La Transferencia[2].
Para no ir
tan lejos y que la espera de El Banquete
nos sea menos siniestra; me posiciono en la sesión del 16 de noviembre de 1960
del seminario antes citado. aquí aborda algunos de los pasajes de El banquete y relacionándolos con lo que
fue el descubrimiento de la transferencia, cito:
En efecto, por púdico, o inconveniente, que sea el velo mantenido, semi-apartado, sobre el accidente inaugural que desvió al eminente Breuer de dar toda su consecuencia a la primera experiencia, sin embargo sensacional, de la talking-cure, es muy evidente que eso era una historia de amor. Que esta historia de amor no haya existido solamente del lado de la paciente, tampoco es dudoso.
Evidentemente
hablamos sobre la relación que se suscitó entre Breuer y Anna O, y de la cual
se sirvió Freud para iniciar el desarrollo de su teoría sobre la transferencia
y que Lacan identifica de manera plausible en está clase.
Desde este
punto de vista, el valor que nos designa o hereda la decisión de Platón de ser
Diótima quien formule una nueva teoría del erôs
en el joven Sócrates, es precisamente ese, y tomando en cuenta la percepción de
Pausanias, que la relación entre el sabio «portador de la verdad» y del
discípulo «ingenuo, deseoso de calidad moral» no se torne imparcial en cuanto
al juego del erôs que esa relación
permite; y retomándolo al papel que juega el analista respecto al analizante,
esto nos conduce totalmente a la gratitud de mantener ese erôs digamos latente y no desbordado en ese intercambio discursivo.
Platón no fue consciente del aporte que sugeriría al acto analítico; más allá del que Diótima sea mujer, lo que ahí se descubre es, sin duda, algo que nos permite ocupar nuestro “lugar” en la praxis como analistas.
*Imagen: Retrato de Jadwiga Łuszczewska como Deotymy, Józef Simmler, 1855.
[1] Halperin,
David. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs
platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
[2] Si bien se le conoce popularmente como La transferencia, su título correcto es La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961).
23 de julio de
1963, la sesión final del seminario 10 se postergaba… planeábamos ya lecturas
para el próximo seminario a revisar quizá por la angustia de lo inevitable.
Surgen
comentarios respecto a temas trastocados a lo largo de los meses de revisión y
notamos que esta última clase viene a ser un aglomerado de lo que se venía
mostrando en las clases anteriores, mucho de lo comentado en esta sesión me
hace eco en el amor, y es que en el amor no hay más que terminar como resto, el
amor no es complementariedad, no es ganancia, es pérdida.
Respecto a la
pérdida, voy al texto de Freud dentro de Duelo
y melancolía, apartado C. Angustia, dolor y duelo. Aquí se cuestiona cuándo
la separación del objeto provoca angustia, cuándo duelo y cuándo sólo dolor. Si
bien la primera referencia que podemos tener para intentar dar respuesta a
estos cuestionamientos es la situación del lactante que en lugar de avistar a
su madre, avista a una persona extraña, refiriendo aquí angustia debido al
peligro de la pérdida de objeto. El lactante en este caso expresa angustia y
dolor, como si al principio estuvieran conjugados y enseguida se dividirán,
cuando pueda diferenciar entre la ausencia temporal y la pérdida duradera, esto
se aprenderá a través de las repeticiones de dicha ausencia, repetidas
situaciones de satisfacción crean el objeto de la madre, que ahora, en caso de
despertarse la necesidad, experimenta una investidura intensiva que bien se le
nombra “añorante”; por lo tanto Freud discierne que el dolor es la genuina
reacción frente a la pérdida del objeto, la angustia lo es frente al peligro
que esa pérdida conlleva, y en ulterior desplazamiento, al peligro de la
pérdida misma del objeto.
Añade además que
a raíz del dolor corporal, se genera una investidura elevada que ha de llamarse
narcisista, del lugar doliente del cuerpo, esa investidura aumenta cada vez más
y ejerce sobre el yo un efecto de vaciamiento. El paso del dolor corporal al
dolor anímico corresponde a la mudanza de investidura narcisista en investidura
de objeto.
Por otra parte,
el duelo se genera bajo el influjo del examen de realidad, que exige separarse
del objeto porque él ya no existe más. Se refiere aquí al trabajo de llevar a
cabo ese retiro del objeto en todas las situaciones en que el objeto fue asunto
de una investidura elevada.
Voy a Lacan… nos menciona que el objeto a está enmascarado detrás de i(a), imagen especular, del narcicismo, y que dicha imagen especular del narcicismo está ahí para que, en el cuarto nivel, a esté enmascarado (referencia al cuarto nivel del grafo del amorir), a este cuarto nivel lo caracteriza el deseo en su carácter más alienado, más profundamente fantasmático.
Vale decir que el problema del duelo es el del mantenimiento de los vínculos por donde el deseo está suspendido, no al objeto a en el nivel cuarto, sino a i(a), por el cual todo amor está narcicisticamente estructurado.
También es
importante distinguir el objeto a del
i(a), de lo contrario no se distingue
la diferencia entre melancolía y duelo (Freud)… en la manía hay una no función
de a, es decir queno está lastrado por ningún a, va de objeto en objeto, metonimia
infinita y lúdica para la cadena significante; y en la melancolía hay un
desconocimiento de a.
Resulta genial la
referencia que se hace en el seminario respecto al film Hiroshima mon amour con diálogos de Marguerite Duras, recordando
que cualquier “alemán irremplazable” puede encontrar un sustituto inmediato y
perfectamente válido en el primer japonés encontrado a la vuelta de la esquina.
Y es que no hay
objeto humano que no se postule como objeto finito.
Al pasar al
quinto nivel, a se vuelve a tallar,
abiertamente alienado, como soporte del deseo del Otro que se nombra. No hay
superación de la angustia sino cuando el Otro se ha nombrando. No hay amor sino
por un nombre… nombrar, pronunciar el nombre del aquel o aquella a quien se
dirige nuestro amor.
En la
película no se pondrán en claro las condiciones de su encuentro, eso será lo de
menos. Uno puede conocerse en todas partes, en el mundo. Lo que importa es lo
que se sigue de estos cotidianos encuentros.
A esta
pareja fortuita no se la ve al principio de la película. Ni a ella. Ni a él. Se
ven en su lugar cuerpos mutilados — a la altura de la cabeza y de las caderas —
agitándose — presas, ya del amor, ya de la agonía — y recubiertos sucesivamente
de las cenizas, de los rocíos, de la muerte atómica — y de los sudores del amor
consumado.
Poco a
poco saldrán de estos cuerpos anónimos, los cuerpos de ellos. Están acostados
en una habitación de hotel. Están desnudos. Cuerpos tersos. Intactos.
¿De qué
están hablando? De Hiroshima
Estos dos
seres, ella francesa, él japonés, supondrían ser lo más alejados
geográficamente, filosóficamente, económicamente, racialmente, etcétera, se
encuentran en Hiroshima, ese será el terreno común en que los datos universales
del erotismo, del amor y de la desdicha, surgirán bajo una luz implacable,
fuera de artificios.
En Hiroshima, no puede existir, so pena, de ser negado. Se trata efectivamente de amor. Una última escena tendrá lugar en un café. Allí le encontraremos en compañía de otro japonés, como mencionaba anteriormente, un sustituto, sí, otro, inmediato y perfectamente válido. Finalmente en el filme, sin darnos a conocer los nombres de los personajes, como si eso no importara, ella le dirá: “Hiroshima, ése es tu nombre”.
Imágenes de Hiroshima mon amour (1959) de Alain Resnais.
La mujer es natural, es decir, abominable […] no sabe separar el alma del cuerpo. Es simple, como los animales. Eso es porque ella sólo posee el cuerpo, diría un sátiro Charles Baudelaire en “Dibujos y fragmentos póstumos” (2012).
Además del seminario 10 (“La
angustia”), impartido entre los años 1962 y 1963, los textos de Jacques
Lacan en los que más se aborda la temática del afecto angustioso son el
seminario 9 sobre “La identificación”
(1961-1962) y el seminario 4 sobre “La
relación de objeto” (1956-1957).
En ambos, la discusión gira entorno a la angustia de
castración y a la teoría de la falta de objeto, sobre todo en lo que respecta a
la fobia del caso Juanito (recordemos que para ese entonces el “a” aún guarda equivalencia con el
semejante) [1].
A la par de la crítica y la reformulación de las definiciones
propuestas por Sigmund Freud, sobre todo para diferenciar al miedo de aquello que
resulta ominoso (y por ende angustiante), una referencia bibliográfica que
resalta en las tres obras señaladas es “El
concepto de la angustia” del autor danés Sören Kierkegaard [2].
Este libro, publicado en 1844, es considerado el primer tratado
de cohorte existencialista que estudia de manera amplia y exhaustiva el tema de
la angustia, específicamente a través de un análisis de la noción del «pecado»
y de una diferenciación del «afecto» entre el hombre y la mujer (razonamiento que
no pasará desapercibido para el psicoanálisis).
Aunque Sigmund Freud nunca cita a Kierkegaard en sus ensayos o
ponencias, es bastante posible que contrastó la angustia-respecto al miedo- del
mismo modo en que lo hizo el escritor danés, ello a expensas de la no
identificación de un objeto determinado como causa [3].
Por otra parte, resulta curioso que en la 33ª conferencia sobre
“La feminidad” (de las “Nuevas conferencias de introducción al
psicoanálisis” dadas en 1933 [1932]), Freud rescata algunos de los ideales
kierkegaardianos atribuidos a la mujer, fundamentalmente en la mención de su
predilección por el anhelo de procreación y de otras metas pasivas [4].
Desconocemos si tal puntuación se desplegó de modo propositivo
o si simplemente guardó semejanza-de manera involuntaria y azarosa-con lo que
se dice en “El concepto de la angustia”.Lo que sí sabemos es que Freud jamás
hizo hincapié en atribuir un contraste entre la angustia femenina y masculina,
posiblemente por su declarada dificultad para dilucidar qué quiere una mujer.
Este cuestionamiento, surgido en el año 1925 durante una sesión analítica con Marie
Bonaparte, permaneció inexplicable hasta el fin de sus días; bien pudiera
pensarse que este límite teórico se debió a que las mociones inconscientes, alrededor
de la figura de su madre- e incluso de su hija Anna Freud en lo que respecta a su
supuesta homosexualidad- siempre fueron tocadas de un modo periférico; quizás por
falta de tiempo o por las contradicciones anímicas que juzgó que en algún
momento entorpecerían todo intento de meditación profunda y libre de sesgo. “El enigma de la feminidad” -diría
Freud al inicio de la 33ª conferencia-
“ha puesto cavilosos a los hombres de
todos los tiempos”: “Enigma que
tantas frentes/ ardieron por descubrirlo”, expresaría Heine en el poema
“Cuestiones” (“Fragen”) del libro “El mar
del norte” (“Nordsee”), un texto
publicado en 1827 y citado en la ponencia anteriormente referida. [4, p.105; 5].
Freud halla un límite en la mujer… Pero Lacan, por su parte, al
igual que Kierkegaard (e innegablemente basado en él), sí que se interesó en
acentuar la diferencia de los sexos como un factor que modifica la expresión de
la angustia. Sobre esto es importante destacar que aunque el psicoanalista
francés alude abiertamente al autor danés en los tres seminarios inicialmente
mencionados, creemos que lo hace sin dejar una pista clara de aquellas citas y
obras en las cuales se inspira para comentar dicha distinción, sobre todo si
consideramos que el tema del deseo femenino -que
no deja de estar vinculado al afecto angustioso-
se trata en otros trabajos de Kierkegaard alrededor de “El concepto de la angustia”, tales como “Diario de un seductor” y “La
repetición” (dos novelas de tinte autobiográfico publicadas en 1843) [6 y 7].
Aunado a lo anterior, resulta inevitable no pensar que la modalidad
de una angustia entendida como desesperación, así como la formulación de un yo
que se percibe en dicho estado a expensas de la conciencia -nociones
desarrolladas por el autor en un texto de 1849 titulado “La enfermedad mortal”-
guardan cercanía con la teorización del psicoanálisis lacaniano, principalmente
por implicar, en su última instancia, una turbación relacionada con la caída de
cierta imagen narcisista. ¿De qué manera se da este acercamiento? Si la
angustia en Kierkegaard surge ante la nada, la desesperación consiste en la
duda patética ante uno mismo: ante la necesidad de aceptación y elección de lo
que “se es” (una ficción dinámica al
final de cuentas). La desesperación,
entendida como “enfermedad mortal”, vendría
a ser una angustia no con respecto a la nada, sino en relación al propio ser…
Un ser que termina siendo, paradójicamente, casi igual de inteligible que lo
que implica la nada (ya que a partir del existencialismo la creencia en una
esencia dada a priori simplemente decae). Si se identifica entonces a la duda
como la desesperación del pensamiento y a la desesperación como la duda de lo
que hoy pudiera entenderse como el mito de la “personalidad” (o de lo que confiere “identidad” al sujeto)
veremos que el desesperar implica un movimiento anímico mucho más hondo y
punzante: tan trascendente como la angustia descrita en el psicoanálisis [8].
Pero volviendo a los trabajos de Lacan en los que predomina el
tópico del afecto angustioso, las únicas sesiones en las que se habla de una
diferencia genérica del afecto son la del 20 de marzo y la del 3 de julio de
1963, ambas correspondientes a su décimo seminario (clase 15 y 25). Conviene
añadir que dentro de este mismo texto las otras ponencias en las que se hace
mención del trabajo de Kierkegaard -sin
referirse al tema de lo femenino en particular- son
las del 14 y el 21 de noviembre de 1962 y la del 6 de marzo de 1963. [9 y 10]. Ahora bien, ¿qué dijo
Kierkegaard que terminó por ser tan importante para ser retomado por Lacan? En
el apartado V del primer capítulo de “El
concepto de la angustia” el autor expresa que pronto explicará en qué
sentido la mujer es el “sexo débil” y
“cómo laangustia es más propia de ella que del varón” [2, p.64].
En una nota al pie, respecto a dicha observación, Kierkegaard
aclara que su apreciación de la angustia en la mujer no es de modo alguno un
signo de imperfección, por el contrario, la imperfección femenina reside en
que: “buscando en la angustia escapar de
sí misma, se refugia en otro ser humano” (específicamente en el varón) [2, p.66; 11].
Recogiendo la opinión de Lacan sobre esta afirmación (de que “la mujer es más angustiada que el hombre”),
en la última sesión del seminario de “La
Angustia” considera que se trata una cosa “singular y profundamente justa”; el argumento se basa en que la
posición de la mujer, con respecto al agente de castración, “es más confortable”… pues de alguna
manera “el asunto ya está hecho”, así
esta peculiaridad, “hace mucho más
especial su lazo con el deseo del Otro” [10,p.11]. Esta consideración de Lacan parece condescendiente
frente la valoración freudiana de la feminidad, ya que en la 33ª conferencia se
llegó a sugerir que el desarrollo de la niña pequeña, hasta llegar a ser lo que
se considera una mujer normal, es “más
difícil y complicado” [4, p.108].
En la opinión de Freud, este obstáculo se debe a que su
evolución libidinal incluye dos tareas adicionales que no tienen correlato
alguno en el desarrollo del varón: por un lado, la necesidad de un cambio de la
zona erógena, y por el otro, el requerimiento de una mudanza de objeto. Según
el texto, la variación del recorrido entre el hombre y la mujer se debe más que
todo a la diferencia en la conformación de sus genitales y de sus caracteres
sexuales secundarios, así como a la disposición pulsional, es decir, a razón de
factores que atañen a la biología y al psiquismo (dos grandes campos que de
alguna manera permiten vislumbrar la posterior naturaleza de la mujer).
Freud comparte que por regla general –lo cual más bien parece
ser una opinión influenciada por las observaciones populares de su época- la
niña pequeña tiende a ser menos agresiva y porfiada, además de que aparenta
tener una mayor necesidad de que le demuestren ternura. Estos rasgos, según el
escrito, la hacen ser más dependiente y dócil; y es gracias a esta docilidad que
desde entonces se pensó que la niña logra ser educada con mayor facilidad y
rapidez en el control de sus excreciones. Para ese periodo del psicoanálisis las
cesiones de las heces fecales ya se interpretaban como los primeros regalos o
concesiones hacia las personas de cuidado, y que en el futuro serán designados por
Lacan como objetos a.
Otra impresión recabada por Freud: la niña es más inteligente
y viva que el varoncito de la misma edad, aparte de que se muestra mucho más
solicita hacia el mundo exterior y que sus investiduras de objeto poseen “mayor intensidad que las de aquel”. A
pesar de todas estas consideraciones, el escrito sugiere que tales diferencias
entre los sexos “no cuentan mucho” y
pueden ser “contrarrestadas por
variaciones individuales” [4, p.109].
Ahora bien, algo que si se recalca en la 33ª conferencia es
que los dos sexos parecen recorrer de igual modo las primeras fases del
desarrollo libidinal, de tal forma que habría de esperarse que para la fase
sádico-anal se exteriorizara en
la niña pequeña un rezago de la agresión (un fenómeno que, según Freud, no ocurre
así). Al ingresar en la fase fálica, “las
diferencias entre los sexos retroceden en toda la línea ante las concordancias”,
siendo necesario admitir que “la niña
pequeña es un pequeño varón” [4,
p.109].
¿Qué significaba dicha semejanza? Para aquella época el
psicoanálisis freudiano sostenía que el clítoris era un equivalente del pene,
de tal manera que fungía como zona erógena rectora durante la fase fálica, siendo
el principal depositario de las estimulaciones destinadas a la procuración de
placer. No obstante, a consideración de Freud, este órgano no estaba destinado
a seguir siendo rector, ya que con la vuelta de la feminidad el clítoris debía ceder
su valor a la vagina (ya sea total o parcialmente) … En esto se mostraba la
primera tarea adicional del desarrollo libidinal en la mujer, la cual no se
vislumbraba como propia del varón, pues éste sólo tenía que continuar -en
su etapa de madurez sexual- aquello
que ya venía ensayando desde antes. La segunda tarea añadida -descrita
en la conferencia sobre la feminidad- consistía
en el cambio del objeto de amor: de la madre al padre y de éste a lo que Freud
considera la elección definitiva de objeto. Como puede observarse, con la
alternancia de los periodos del desarrollo libidinal, la niña debía “trocar zona erógena y objeto” [4, p.110], mientras que el varoncito
contaba con la ventaja de retener ambos.
Frente a este antecedente teórico es necesario preguntarnos si
la opinión de Lacan, a favor de la diferenciación de la angustia basada en el género,
tendría que ver o no con esta primera distinción freudiana de la feminidad. Sin
desplegar todavía una revisión exhaustiva de Kierkegaard, creemos que la sola lectura
de la última sesión del seminario de la angustia ya nos revela algo importante;
tomando el comentario de Lacan -sobre
la obra del escritor danés-
es inevitable cuestionar si en el hombre el campo del deseo guarda más relación
con el “tener”: si es más cercano o
no a un afán de posesión -en
lo material- que a
una aspiración más abstracta y cercana a la idea de “ser” o de “estar” (en
ésta última opción, que creemos que es más próxima a la mujer, se trataría predominantemente
de una posesión simbolizada frente a la demanda del Otro). Si a priori la mujer funda su desarrollo
libidinal sin el temor a la pérdida de un miembro -o
al menos sin una amenaza tan latente sobre un órgano cuyo desprendimiento y
caída trata de evitarse a toda costa en el varón- su
relación con el agente de castración es, como dijo Lacan, más confortable. La
principal turbación en ella no tendría que ver con la fantasía de la mutilación
perpetuada por un verdugo, ya que lo que se atribuye como envidia-del-pene
(penisneid) no tiene más que un
sustento simbólico: la comparación con el cuerpo de un hombre y con aquel
discurso masculino sobre la posesión o el despojo de un órgano; discurso que la
feminidad cree a medias pues en lo real la mujer no carece de nada.
La mujer no está castrada en sentido estricto, o al menos no
carece de ese algo que tanto teme perder el hombre; no de la misma forma. Si
acaso, lo que estaría es “privada” (del
pene), pues la falta -en
su caso- implica una
operación que compete al registro de lo real; además de que adquiere una mayor
conciencia de que el pene y el falo no son la misma cosa. Si el campo del deseo en ella se apertura a
una posibilidad más amplia que la posesión de algo materializado -más
allá que el asegurar un trozo de carne- entra
de un modo más temprano en la necesidad de simbolizar lo fálico a través de
todo su cuerpo -o
tardíamente en el anhelo de perpetuarse en la procreación de otro-.
¿Y por qué resultaría esto mucho más angustiante?… ¿por qué
la angustia es más propia de la mujer? Quizás porque su relación con la demanda
del Otro implica un mayor margen de libertad, pero también, una prematura
necesidad de recurrir a la poiesis
para ofrecerse como objeto de deseo. Queda advertir que esta última aseveración
no pertenece a un lenguaje psicoanalítico, pero quizás sea necesario pedir una
breve licencia para justificar más adelante la pertinencia de esta
consideración. Primero que nada, se sugiere entender lo poiético en la significación griega más antigua: aquella que es
indicativa de “creación” o “producción” (lo que Platón definiría
en “El banquete”
como “toda causa que haga pasar cualquier
cosa del no ser al ser”) [12,p.252].
No en vano resulta bastante sabia aquella frase de Severino, el personaje
principal de “La Venus de las pieles”
(“Venus im Pelz”, 1870) quien estuvo
tremendamente enamorado de la cruel Wanda, en la que afirma que para él “siempre
y en todo tiempo, toda poesía y toda infamia están concentradas en la mujer”
[13,p.25]…Tengamos en mente que para Lacan la feminidad es una mascarada.
Pero retomemos a Kierkegaard en un nivel más básico para
fundamentar su opinión y su pertinencia dentro de la teoría psicoanalítica.
Antes que nada, es necesario aclarar que el estudio de la angustia, que hace el
escritor danés en el libro citado por Lacan, se da por medio de lo que él mismo
define como una psicología teológica: una disciplina que va más allá del
entendimiento de los fenómenos a través de la ética y la dogmática. Es por ello
que resulta un sesgo terminológico ceñir a este exponente únicamente como
filósofo. Tampoco hay que olvidar que,
dentro de toda su actividad, fue un gran autor de novelas y que incluso en este
género logró trasmitir aquella hondura meditativa que caracterizó al existencialismo
(“Diario de un seductor” es un
tratado involuntario de la feminidad, por ejemplo).
¿Y cómo se describía a sí mismo Kierkegaard? Extrañamente como
un híbrido de emociones y de afinidades teóricas (incluso de nombres, pues
cambiaba con frecuencia de seudónimo para firmar sus obras). “Yo no soy un hombre escandalizado, lejos de
eso” -diría- “pero tampoco soy religioso”… De ser así
¿por qué recurre tanto a la temática de lo espiritual en la herencia
judeocristiana?… Kierkegaard lo justifica de la siguiente manera: “Lo religioso me interesa como fenómeno y es
el fenómeno que más me interesa” [14,
p.105].
Como bien se dijo, “El
concepto de la angustia” define al afecto angustioso a partir de lo que ha
sido considerado como pecado. Toma como referencia el mito de Adán y Eva y la
petición del sacrificio de Isaac solicitado por Dios a Abraham. Al igual que en
el seminario de “La angustia”, en
dicha obra se diferencia el sentimiento de culpa de lo angustiante. Sin entrar
en demasiados detalles, conviene señalar que para Kierkegaard la angustia es un
estado afectivo que no hace referencia a un objeto determinado, sino a una nada
que se experimenta ante todo como vértigo de libertad, es decir, una
perplejidad frente a la posibilidad de ser. Este estado nace justo en el
momento previo al cambio desde una condición de inocencia a otra condición en
la que el individuo da cuenta de algo que es enjuiciable en su actuar; desde el
punto de vista teológico esto implicaría la asimilación del pecado por medio
del espíritu, entendiendo a este último como un tercero al acecho que hace
síntesis entre lo corpóreo y el alma: una autoconciencia. Cuando el ser humano se
percata de la pérdida de inocencia, la cual es fundamentalmente una cualidad o
estado en que se tiene desconocimiento de la diferencia entre el bien y el mal
(ignorancia), da un salto cualitativo que lo arroja de la sensibilidad a la
pecaminosidad [15].A través de esta idea de salto, desde
la inocencia, se sostiene que hacerse culpable no es algo a lo que se llega
sino algo en lo que se cae. Según Kierkegaard, la angustia no nace de la culpa
por un pecado específico, ya que esto significaría que el que se angustia lo
hace por algo en concreto. Por el contrario, esta determinación del espíritu
surge de la ignorancia que se tiene respecto a todo [2].De algún modo, se
pasa de un estado de paz a uno que agita el espíritu (angustia), de tal manera
que la existencia, con toda la gravedad de su carga, vuelve a empezar cada vez
en su “repetición” a través de la
experiencia que siempre parte de sí misma: del regreso al instante original de
la indistinción (algo que pudiera pensarse como la constante caída y
recolocación del velo, tema que se ha venido tratando en nuestro taller de
lectura y algunas relatorías).
En la segunda sección del segundo capítulo del libro “El concepto de la angustia” (dedicado a la
variante llamada “subjetiva”) se explica
que la causa del vértigo -promovido
en aquel cuyos ojos “son inducidos a
mirar con una profundidad que abre sus fauces” –
reside tanto en sus ojos como en el abismo, pues “bastaríale no fijar la vista en el abismo” [2, p.80].
Esta puntualización guarda semejanza con lo articulado para el
afecto angustioso en psicoanálisis, ya que no se trata de una turbación que se
despierta exclusivamente por la realidad tangible, sino que guarda su
continuidad con el adentro (lo cual permite visualizar otra cara en el afuera).
“La angustia es un desmayo femenil en el
cual cae la libertad”, diría el autor danés; en ella reside “la infinitud egoísta de la posibilidad”[2, p.81].
Lo interesante a resaltar es que la nada, que es el objeto de
la angustia en el pensamiento kierkegaardiano, puede tornarse más y más un
algo, de tal manera que “cuanto más
reflexivamente es posible poner la angustia, tanto más fácilmente parece poder
convertirse en culpa” [2, p.80] -asimilación
que, desde el psicoanálisis, llega a juzgarse como una alternativa más
demarcada y tolerable para el sujeto-.
¿Pero qué ocurre con la angustia en la mujer?
En el inciso A del apartado anteriormente señalado (que lleva de título “El efecto de la relación de generación”)
Kierkegaard habla del personaje de Eva, del génesis judeocristiano, como la que
es derivada -proveniente
de la costilla de Adán, claro está-.
Señala además que lo derivado nunca es tan perfecto como lo primitivo, destacando
-por otra parte- una
diferencia cuantitativa de la mujer con respecto al hombre ¿en términos de qué?
Esto no se responde con exactitud… pero por el contexto del escrito parece que
lo cuantitativo es en términos de su hipersensibilidad. La diferencia genérica
del afecto angustioso es aclarada por Kierkegaard en el sentido siguiente: “la angustia es en Eva más refleja que en
Adán”; esto está fundamentado en que, desde su perspectiva, la mujer es “más sensible que el varón”. [2, p.83].
El autor dice que dicha opinión no se trata de un estado
empírico o de un promedio, sino de la “diversidad
de la síntesis” [2, p.83].Antes de seguir con la meditación de
esta diferencia entre los sexos conviene introducir al lector el modo general
en que Kierkegaard concibe al hombre (“hombre” como humano, dejemos lo genérico
por un momento).
A lo largo de “El
concepto de la angustia” y en “La
enfermedad mortal”, eexplica que el ser humano comprende cuatro tipos de
síntesis o de niveles de composición que son necesarios para hacerse de un yo.
La primera de ellas es la síntesis alma-cuerpo, la cual, como ya se ha
expresado, deriva en la conformación de un espíritu que es autoconciencia. Esta
suma implica las reflexiones que se van dando a lo largo de la vida para
discernir lo que significa cada cosa, sea por sus determinaciones y
posibilidades o por su complementariedad y oposición. La segunda síntesis del
hombre es la de la finitud-infinitud, la cual consiste en que éste debe dejar
de ser un concepto abstracto de la lógica sistemática, de tal manera que debe
hacerse más concreto (en la medida de lo posible y al margen de sus decisiones)
para que la finitud de su corporeidad y de sus circunstancias llegue a relacionarse
infinitamente con Dios. En psicoanálisis esto podría repensarse a partir de la
figura del Otro, así como bajo la consideración de las identificaciones con el
Ideal del yo y el yo ideal… Retornando a Kierkegaard la tercera síntesis es la
de la necesidad-posibilidad ya que el yo es tanto posible como necesario
(debiendo hallar una conciliación entre lo cerrado y abierto de si para poder
sentirse en la realidad). Finalmente está la unión del tiempo-eternidad, la
cual da el momento (“Oejeblik” en danés,
“Augenblick” en alemán). Este momento
no es otra cosa que el instante en que la eternidad penetra en el tiempo para
dar sentido a la temporalidad, lo que permite la entrada de un sentido o
finalidad en una historia que logra dividirse en pasado, presente y futuro [2 y8].
Sabiendo esto, quizás puede entenderse lo que Kierkegaard
quiere decir cuando propone que la mujer tiene una mayor diversidad de la
síntesis. Y cómo es que esto da una diferencia en el afecto angustioso con
respecto al hombre:
Cuando existe un más en una de las partes de la síntesis, la consecuencia será que, al ponerse el espíritu [autoconciencia], resultará mayor la divergencia y tendrá más campo abierto la angustia de la posibilidad de la libertad. En la narración del Génesis es Eva la que seduce a Adán. Pero de esto no se sigue en modo alguno que su culpa haya sido mayor que la de Adán, y menos aún que la angustia sea una imperfección, pues su grandeza más bien predice la grandeza de la perfección [2, p.84].
Como puede observarse, la sensibilidad y la angustia en
Kierkegaard están en “razón directa”.
El hecho de que la mujer -a
su juicio- tenga
más sensibilidad que el varón, se revela por su “organización corporal”. Y aunque considera que el estudio más
detallado de esta consideración debe ser destinado a la Fisiología intenta
probar su teoría considerando dos puntos de vista ideales en la mujer: la
belleza desde el margen de la estética y la procreación desde el terreno de la
ética (aspiraciones que dan imperfección a la mujer por requerir de la
participación del hombre). Dejaremos
aquí la reflexión para fomentar el ánimo de revisar estas dos propuestas a
profundidad, no sin antes advertir la dificultad, para cualquier psicoanalista,
de hacer una revisión minuciosa de la feminidad y de la angustia, pero, sobre
todo, de traer a colación la complejidad de leer a Lacan revisando a quienes
cita. Quizás también sirva como un ejercicio de humildad para abrir la escucha
a los discursos de otras disciplinas, sobre todo en estos temas que siguen
dando un campo fértil para la reflexión. Freud mismo sugeriría esta apuesta: “Si ustedes quieren saber más acerca de la
feminidad, inquieran a sus propias experiencias de vida, o diríjanse a los
poetas, o aguarden hasta que la ciencia pueda darles una información más
profunda y mejor entramada” [4,
p.125].
Es cierto que “las mujeres desconciertan”- afirmaría
Cioran- pues “cuanto más pensamos en
ellas menos las comprendemos”[16,
p.105].Aunque también es cierto
que “amamos a las mujeres en la medida en
que nos son extrañas” [17, p.108]-destacaría
Baudelaire-… Y a
propósito de la belleza, la angustia y el deseo, posiblemente una cita que
encierra la magia de este enigma es la siguiente: “Un rostro seductor y bello, es decir, un rostro de mujer, es un rostro
que hace soñar, al mismo tiempo –pero de forma confusa– de voluptuosidad y de tristeza” [17, p.60].
No hay erotismo sin
ambigüedad, como tampoco existe poesía sin contradicción y misterio… Como tampoco es posible evadirnos de la
angustia sin el acto, sin creación, sin poiesis…
9 de agosto del 2019
Bibliografía
[1] Por
puntualización de Humberto Isaac Puertos Salinas -para
punctum«»studium–
en las tres fuentes señalas la palabra “angustia” aparece aproximadamente (en cada una y de modo
respectivo) 309, 69, y 60 veces.
[2] Kierkegaard,
S. (1982 [1844]). El concepto de angustia. Madrid, España: Selecciones
Austral. Espasa-Calpe, S.A.
[3] En la
25ª conferencia de Sigmund Freud, “La
angustia” (de la tercera parte de “Conferencias
de introducción al psicoanálisis” [1916-1917]), se definen tres tipos de
afectos: «angustia», «miedo» y «terror». Esta diferenciación es primordial
ya que el autor distingue a la angustia, de los otros dos, por ser sin
objeto. En la 32ª conferencia titulada “Angustia y vida pulsional” (perteneciente a las “Nuevas conferencias de
introducción al psicoanálisis” del año 1933[1932]), se añade la
distinción entre angustia realista y neurótica, refiriendo a la primera como
una reacción que nos parece lógica frente al peligro, es decir, ante un daño
esperado de “afuera”, mientras que la segunda termina siendo enteramente
enigmática: “como carente de fin”. ¿De qué manera se asemeja esto a
lo propuesto por Kierkegaard en “El
concepto de la angustia”? En el aparto V del primer capítulo de la obra se dirá
lo siguiente: “El concepto de la angustia
no es tratado casi nunca en la Psicología; por eso debo llamar la atención
sobre la circunstancia de que es menester distinguirlo bien del miedo y demás
estados análogos; éstos refiérense siempre a algo determinado, mientras que la
angustia es la realidad de la libertad como posibilidad antes de la
posibilidad. Por eso no se encuentra ninguna angustia en lo animal: justamente
porque éste, en su naturaleza, no está determinado como espíritu” (pp.59 y 60).
Aunque Lacan retoma esta concepción al inicio del seminario
10, termina por articular la angustia con el objeto a, el cual -al tratarse de un objeto cesible y concebido como
resto-escapa a la fenomenología y a la especularidad.
[4] Freud,
S. (1979). Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933
[1932]). En Obras Completas, Vol. 22 (pp. 104-125): Nuevas conferencias de
introducción al psicoanálisis y otras obras (1932-1936). Buenos Aires,
Argentina: Amorrortu editores.
[5] En I827, apareció el “Libro de los cantos” (“Buch
der Lieder”) de Heinrich Heine, el cual tuvo una resonancia y controversia comparable
al gran poema “El regreso” (“Heimkehr”) publicado después de sus
viajes por Alemania, Austria, Francia, Italia e Inglaterra. “El Mar del Norte” (“Nordsee”) corresponde a la segunda parte
de este libro; el poema “Cuestiones”
(“Fragen”) citado parcialmente por
Freud al inicio de la 33ª conferencia dice así:
“A orillas del mar desierto,/Junto
al piélago intranquilo,/ Un joven lleno de dudas/Se detiene pensativo,/Y así a
las ondas inquietas/Dice con aire sombrío:/-<<Explicadme de la vida/ El
arcano no sabido, / Enigma que tantas frentes/ Ardieron por descubrirlo;/
Cabezas engalanadas/ Con adornos
pontificios,/Frentes con mitras hieráticas,/Con turbantes damasquinos,/ Con
birretes doctorales,/Con pelucas, con postizos/ Cabellos, y tantas otras/
Cabezas que el escondido/Enigma saber
quisieron,/ Decidme yo os lo suplico:¿Qué es el hombre? ¿de dónde
viene?/ ¿Adónde va su camino? / ¿Qué habita en el alto cielo/ Tras los astros
encendidos->>/ El mar su canción eterna/ Murmulla triste y dormido;/
Sopla el viento; huyen las nubes;/Los astros en el vacío/Fulguran indiferentes/Con
sus resplandores fríos,/ Y un demente una respuesta/ Espera un tanto
intranquilo”
[6] Kierkegaard,
S. (2009 [1843]). La repetición.
Madrid, España: Alianza editorial.
[7] Kierkegaard,
S. (2014 [1843]). Diario de un seductor.
Madrid, España: Alianza editorial.
[8] Kierkegaard,
S. (2013 [1849]). Tratado de la
desesperación (La enfermedad mortal). D.F., México: Grupo editorial Tomo.
[9] Lacan,
J. (2005 [1962-1963]). Seminario 10, La
angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez
Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[10] En
la sesión introductoria del seminario 4 de “La
relación de objeto” (1956-1957) Lacan nombra a Kierkegaard al hablar de la
repetición (Gentagelsen), la cual -desde
la visión del autor danés-
no es propiamente la reiteración de los acontecimientos, sino la fuente misma
de la eternidad:
“La perspectiva platónica basa
toda aprehensión del objeto en el reconocimiento, la reminiscencia, de un tipo
de alguna manera preformado. Tal perspectiva está separada, por toda la
distancia existente entre la experiencia moderna y la experiencia antigua, de
la noción que aporta Kierkegaard en el registro de la repetición, repetición
siempre buscada pero nunca satisfecha. Por su naturaleza, la repetición se
opone a la reminiscencia. De por sí es siempre imposible de saciar. En este
registro se sitúa la noción freudiana de encuentro del objeto perdido” (pp.15 y 16)
En la sesión del 11 de abril de 1962 el seminario 9 de “La identificación” (1961-1962) el
interés por la repetición kierkegaardiana vuelve a señalarse:
“Alguien muy simpático, y que
lee, porque es alguien de un medio donde se trabaja, me ha, muy oportunamente —
debo decir que elijo este ejemplo porque es más bien alentador— hecho la
observación de que lo que yo dije sobre la angustia como deseo del Otro
recubría lo que se encuentra en Kierkegaard. En la primera lectura, pues es
completamente verdadero, ustedes piensan precisamente que yo me acordaba de
eso: que Kierkegaard, para hablar de la angustia, evocó a la jovencita, en el
momento en que por primera vez ella se da cuenta de que se la desea. Pero si
Kierkegaard lo ha dicho, la diferencia con lo que yo digo es, si puedo decir
así para emplear un término kierkegaardiano, que yo lo repito.
Si hay alguien que ha hecho
observar que nunca es por nada que se dice: “lo digo y lo repito”, es
justamente Kierkegaard. Si uno experimenta la necesidad de subrayar que uno lo
repite después de haberlo dicho, es porque probablemente no es para nada lo
mismo repetirlo que decirlo, y es absolutamente cierto que, si lo que yo he
dicho la última vez tiene un sentido, es justamente en cuanto que el caso
puesto de relieve por Kierkegaard es
algo completamente particular y [que] como tal oscurece, lejos de aclarar, el
verdadero sentido de la fórmula que la angustia es el deseo del Otro {Autre} —
con una A mayúscula.
Es posible que este Otro se
encarne para la jovencita en un momento de su existencia en algún vagabundo. Esto
no tiene nada que ver con la cuestión que destaqué la última vez, y con la
introducción del deseo del Otro como tal para decir que es la angustia… más
exactamente, que la angustia es la sensación de ese deseo” (p.2 y 3).
Referencias tomadas de:
Lacan, J. (2008 [1994]). Seminario 4, La relación de objeto (trad.
de Enric Berenguer). Buenos Aires, Argentina: Paidós.
Lacan, J. (2005 [1961-1962]). Seminario 9, La identificación. Buenos
Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para
circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[11] La
traducción de editorial Trotta dice así: “Aunque
la angustia le pertenezca más a ella que al hombre, sin embargo la angustia no
es en absoluto ninguna señal de imperfección. La imperfección que cabría
mencionar aquí radica en otra cosa distinta, a saber en que la mujer trata de
salir de la angustia buscando un apoyo más allá de sí misma. Buscándolo en otro
ser humano, concretamente en el varón” (p.95)
Referencia tomada de:
Kierkegaard, S. (2016 [1844]) Migajas filosóficas. El concepto de la
angustia. Prólogos. (Escritos 4/2). Madrid, España: Trotta.
[13] Von
Sacher- Masoch, L. (2016[1870]). La Venus
de las pieles (trad. de Elisa Martínez Salazar). Madrid, España: Sexto Piso
Ilustrado.
[14] Kierkegaard,
S. (2013) El amor y la religión. Buenos
Aires, Argentina: Grupo Editorial Tomo.
[15] En
“El concepto de la angustia”
Kierkegaard dice lo siguiente:
“Por obra del pecado se convirtió la
sensibilidad en pecaminosidad. Esta afirmación significa dos cosas. Por obra
del pecado se convierte la sensibilidad en pecaminosidad y por obra de Adán
entró el pecado en el mundo. Estas determinaciones deben apoyarse de continuo
mutuamente, pues de otro modo resultaría falta la afirmación inicial. La
conversión de la sensibilidad en la pecaminosidad, que tuvo lugar un día, es la
historia de la generación: actualmente, la conversión de la sensibilidad en la
pecaminosidad es el salto cualitativo del individuo” (p.83).
[16] Cioran,
E. (2009 [1934]). En las cimas de la
desesperación. D.F., México: Tusquets editores.
[17] Baudelaire, C. (2012). Dibujos y fragmentos póstumos. Madrid, España: Sexto Piso.
*Imágenes: Mujer mordida por una serpiente (1847) de Auguste Clésinger.
Nota sobre el grafo de los cinco pisos del objeto a.
Partamos
de una nota interesante que agrega Ricardo Rodríguez Ponte[1] a
su versión crítica del seminario La
angustia (1962-1963).
Sesión del 12 de junio de 1963, Lacan: «los cinco pisos, si puedo expresarme así, de la constitución de a en esta relación de S con A»… este: «si puedo expresarme así» marca la prudencia de su avance[2].
La nota se inserta justo después de «los cinco pisos», Rodríguez Ponte: «A mi modo de ver, los “cinco pisos” mencionados aquí por Lacan parecen más bien remitir, no tanto, o sólo, a los cuatro diagramas de Euler recién reproducidos, sino a los pisos cuyo esquema aparecerá en la clase siguiente, la del 19 de junio de 1963».
Compartimos
el justo señalamiento.
Es de esos «pisos» que proponemos algunas indicaciones, ya que lo volvemos a encontrar en la última sesión del seminario (3 de julio de 1963).
A.K.A. «El grafo del amorir»
Aquí y a la izquierda el lector puede ver el “grafo del amorir”[3]. En esta sesión[4] Lacan desiga que a nivel del objeto oral (seno) hayamos «la necesidad en el Otro»; en el objeto anal (mierda), «la demanda en el Otro»; en el fálico (aquí no hay objeto, por ello el: –phi que le caracteriza): «el goce en el Otro»; en lo escópico (ojo): «la potencia en el Otro»; finalmente, en el objeto invocante (voz): «el deseo en el Otro».
Sería enriquecedor para una lectura rigurosa hacer un recorrido puntual de este «grafo del amorir», con el cual durante casi un mes Lacan insiste en mostrarnos las «gamas del objeto a».
Importante: cada uno genera no sólo un tipo particular de angustia, sino también, una demanda y un deseo particular.
La consecuencia sería doble, al seminario de La angustia le vendría bien el título de “Las angustias”, y resaltar que si el famoso aforismo de este seminario dicta «ella (la angustia) no es sin objeto {elle n’est pas sans objet})»[5], sería necesario precisar: «las angustias no son sin objetos».
2 de agosto del 2019
[1] Tenemos entendido que Rodríguez Ponte falleció el 28 de agosto del 2014, él fue quien llevó a cabo la tarea de traducción y establecimiento más importante de los seminarios de Jacques Lacan en nuestro idioma, trabajo del cual siempre estaremos agradecidos.
[2] Sus seminarios son un work in progress… en algunas ocasiones no es tolerado por lectores apresurados.
[3] Jean Allouch lo ha denominado el «grafo del amorir», nos parece afortunado para el caso… excepto su diseño en pirámide. Véase El sexo del amo (epeele, 2001)y La sombra de tu perro (El cuenco de plata, 2004). Es cierto que Lacan habla de un hacer «el amorir» («Eso no llega muy lejos, lo que demandamos, es la pequeña muerte, pero, en fin, está claro que la demandamos, que la pulsión está íntimamente mezclada con esta pulsión de la demanda, que demandamos hacer el amor {faire l’amour}, si ustedes quieren {demandamos} hacer “el amorir” {faire “l’amourir}, ¡es para morir {à mourir}, incluso es para morir de risa {de rire}!» 29 de mayo de 1963). Por nuestra parte no hemos localizado en Lacan la designación como el «grafo del amorir»). Destacamos otro dato, nada trivial, que aporta Allouch en La sombra…: «persistente (por la comunidad lacaniana, suponemos) desconocimiento de lo que Lacan llamaba su “segundo grafo”». Paréntesis de punctum«»studium.
El grafo que inserto aquí proviene de la versión francesa del seminario, ubicable en el sito de Patrick Valas, tiene la ventaja de asociarse en su forma con el (sí nominado por Lacan) “grafo del deseo”. Véase para su construcción los seminarios Las formaciones del inconsciente, 1958-1959 (Paidós, 2004) y El deseo y su interpretación, 1959-1960 (Paidós, 2014); así como su versión definitiva en Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano en Escritos 2 (Siglo XXI, 1995).
[4] Siempre con una lectura atenta que requiere articularse a otras declaraciones suyas.
[5] Esto el 9 de enero de 1963 (como también el 16 de enero, 30 de enero: «Lo que no equivale a decir, por eso, que este objeto sea accesible por la misma vía que todos los demás»; 6 de marzo: «ella no es objektlos, que ella no es sin objeto»; 13 de marzo; 29 de mayo: «Es de algo que ocurre en la perspectiva donde se confirma que la angustia no es sin objeto, que podemos comprender la función del orgasmo y, más especialmente, lo que he llamado “la satisfacción que comporta”»; 26 de junio: «ese carácter de ser sin causa, pero no sin objeto. Esa es una distinción sobre la cual baso mis esfuerzos. Para situarla, les he dirigido: no solamente ella no es sin objeto, sino que ella designa muy probablemente el objeto, si puedo decir, el más profundo, el objeto último, la cosa. Es en este sentido que yo les he enseñado a decir que ella es lo que no engaña». Agreguemos una nueva nota que pone aquí el mismo Rodríguez Ponte: «Lo forzado de la traducción apunta a mantener la importancia otorgada por Lacan a este tipo de negación: pas sans (no sin), tal como puede observarse en una nota manuscrita del mismo en un margen de la versión JL reforzando el subrayado de estos dos términos, a la par que atiende a lo sutil de la rectificación por relación a la doctrina freudiana de la angustia: si Freud dice que la angustia es sin objeto (o más castizamente: que carece de objeto), Lacan dice que no es sin objeto, lo que elude decir que lo tiene. Pero es que entre el “objeto” de la primera fórmula y el “objeto” de la segunda sólo hay una relación de homonimia: si el objeto a es efectivamente invención de Lacan, mal podría haberlo albergado entonces el texto freudiano». Llaves y negritas de punctum«»studium.
“De ellos, heredo: la idolatría y el
amor al sacrilegio;
¡Oh! Todos los vicios, cólera,
lujuria, – magnífica, la
Lujuria; – y sobre todo mentira y
pereza”.
Inicio
esta relatoría con un epígrafe de la tercer estrofa del poema “Mala sangre” de
Arthur Rimbaud, y así prosigo, siendo introducido por un verso que sangra los
adjetivos más infames que se puedan poseer, con el desgarro y el paladar
nauseabundo que provoca verse enmarcado en un sistema de signos, señas o
algoritmos, mismos que nos son incomprensibles, burdos, sin sentido, y no es
sino siendo hablado por otro que comienzo, como anunció el inicio de su
conferencia el 2 de Diciembre de 1970 Michel Foucault y que nombró: “El orden
del discurso”, cito:
Me habría gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida.
Así
pues, de manera similar me veo avasallado por las construcciones,
interrogaciones que tuvieron pie en nuestra clase del punctum«»studium, y es
que las preguntas vuelan con pocas respuestas, y emigran ahí, donde quizá, el
único poseedor de la “verdad” está aún imposibilitado a articularlas.
¿En
qué momento somos objeto a?
¿En
qué nivel del grafo del amorir nace
la angustia?
¿Dónde
se constituye el Otro?
En
el seminario sobre La angustia, Lacan
abandona la posibilidad de que la angustia se constituya en el nivel del deseo
escópico, cito:
Es
ahí también que el objeto a está más
enmascarado, y con él el sujeto está en cuanto a la angustia, más asegurado (…)
En el primer nivel, esa realidad del Otro está presentificada, como es muy
neto, en la impotencia original del lactante infantil, por la necesidad (besoin). No es más que en el segundo
tiempo, que con la demanda del Otro, algo, hablando con propiedad, se
desprende, y nos permite articular de una manera completa la constitución del a minúscula por relación a la función de
la cadena significante, función que yo entiendo del Otro.
En
este punto el Otro carece de función en el lactante, ya que no lo ha significado
como tal, es pues para él un ente deambulante, un nubarrón que empaña su vista
clara, un montón de huesos y carne putrefacta, obstrucción que bien podría ser cedida
en cualquier otra persona y en su momento fungir con su función; pero, nombrado
ya como Otro, es sin duda Otro, incluso antes de que el lactante adquiera
función simbólica.
En
el poema “Mala sangre”, Rimbaud sin duda alguna está hablando de una herencia
patriótica, de una historia que ya sea magnifica o decrepita nos antecede, nos
guía y mancha, pero va más allá de esa exasperación, de ese horror, y de
mantenerse, intacto, ajeno de. Cito:
¡Pero! ¿Quién hizo mi lengua tan pérfida como para que guiara y protegiera hasta ahora mi pereza?
Y
ahí surge algo extraordinario, ¿Quién nos habla?, ¿De qué vago marionetista
somos títeres?, la voz sin nombre de la que habla Foucault quizá ya tiene
nombre, o nombres, ¿o qué, acaso desde antes de nacer, no se tiene ya un nombre
predispuesto para el lactante? Y este nombre ¿qué fantasma encierra en la historia
del Otro?
Y
aunque Foucault está hablando de un sistema de poder que se sostiene en la
lengua, acá también Barthes será hablado al respeto:
Desde que es proferida, así fuere en la más profunda intimidad del sujeto, la lengua ingresa al servicio de un poder
Continúo:
En cada signo duerme este monstruo: un estereotipo; nunca puedo hablar más que recogiendo lo que se arrastra en la lengua. A partir del momento en que enuncio algo, esas dos rúbricas se reúnen en mí, soy simultáneamente amo y esclavo: no me conformo con repetir lo que se ha dicho, con alojarme confortablemente en la servidumbre de los signos: yo digo, afirmo, confirmo lo que repito.
Y
lo peor supongo no es la repetición en sí, sino envolverse en esa repetición,
babear y escupir la lengua materna; ¿será coincidencia que algunas personas
hereden el maleficio de nombrar a sus hijos son su mismo nombre?, tatuarlos
eternamente, como el ganado al ser herrado para que no salgan de su reino,
quemarlos, despellejarles la frente en el baño de pureza, que hace del llanto
un yacimiento, llanto que condena la vida y se repite en la muerte.
Quizá
el Otro está en los antepasados que detesta Rimbaud, solo una mutilación de la
lengua tendrá la posibilidad de esclarecerlo. ¿Y la génesis de la angustia?
Ese discurso ya estará dictado también, quizá en otra relatoría se articule.
Bibliografía
Lacan, J. La angustia, sesión del 3 de Julio de 1963
Foucault, M. (2014). El orden del discurso. México, D.F.: Editorial Tusquets.
Barthes, R. (2011). El placer del texto y lección inaugural. México: Editorial: Siglo XXI.
Mallarmé, S, Rimbuad, A, Valéry, P. (1973). Poesía francesa. México, DF. Editorial El caballito.
Continuando con el camino que nos marca Giorgio Agamben en su texto “Estancias”, a través de las últimas páginas del capítulo hermosamente nombrado “Los fantasmas de Eros” nos menciona que la melancolía aparece como un proceso erótico impregnado de un ambiguo comercio con los fantasmas, comercio que denota una cuestión económica, quizá, pensando freudianamente. Da cuenta también de que la naturaleza del fantasma tiene una doble polaridad: demónico-mágica y angélico-contemplativa, es por esto que los melancólicos son propensos a la fascinación negromántica, y su iluminación es tal que experimentan un placer o admiración tan intensos con tal de acariciar aquello inaccesible, que se olvida de todo lo demás, añade que el melancólico paga el costo con el inquietante extrañamiento de los objetos más familiares, destinado al confinamiento.
Estas descripciones de Agamben me hacen pensar en aquel hermoso filme llamado “Only lovers left alive”, que nos seduce con esa idea poética y melancólica del vampiro confinado al aislamiento y soledad de la vida eterna, de sus necesidades y gustos peculiares, de su amor por lo estético y el arte.Hay cierta fascinación por el mundo de los vampiros que viene de sus potenciales vidas eternas, cuando los seres humanos vivimos aterrorizados (y fascinados) por la idea de la mortalidad.
Es aquí que se encadena otro concepto interesante
dentro de la lectura de Agamben: el cortejo.
En esta
historia de vampiros melancólicos, entre los cuales se experimenta un cortejo
constante, vemos a dos sofisticados seres atemporales cuyo amor persiste a
través de los siglos. Vampiros exquisitos que se deleitan con la sublimidad del
arte y que, ocasionalmente, han dejado entre los humanos algunas piezas
–musicales y literarias entre otras– para “alimentar” la pobreza espiritual de
los zombies.
La
película nos presenta a Adam, un misántropo melancólico, abatido en su
reclusión en la ciudad de Detroit, mientras Eve se desplaza con cadencia refinada
por las rústicas, pero no carentes de belleza, calles de Tánger. Él vive
entregado a la música y composición, y a su colección de guitarras exquisitas.
Ella tiene una pasión por los libros y la capacidad de leer en muchos idiomas con
sólo tocar las páginas. Es a través de sus pláticas que dan a conocer su
vínculo con grandes nombres de la historia, con lo que nos muestran el legado
de estos y otros vampiros a la sociedad zombie.
Llama la
atención que Eve y Adam no viven juntos. Nos hace pensar que la distancia bien
puede ser el recurso necesario para conservar por los siglos el amor veraz y
sostenido
El amor vivido como la fantasía de fusión con el ser amado idealizada entre los humanos, se comporta diferente entre vampiros: las centurias, los milenios –vividos y por vivir– les permiten la distancia y la elaboración de un deseo que se vehiculiza en una sexualidad que no es explícita, pero que se llega a dilucidar en los cuerpos entrelazados y complacidos. Probablemente el sexo coital, de jugos corporales y emanación de olores resulta innecesario, ya que sus prodigiosas manos son las que obran el milagro que para nosotros, simples mortales, condenados a los ciclos de erección y tumescencia, sólo pueden ser una fantasía.
Y ya que estamos implicados en el tema de deseo y la angustia, me gustaría compartir este hermoso poema de Xavier Villaurrutia:
Deseo
[Poema –
Texto completo.]
Xavier
Villaurrutia
Amarte con
un fuego duro y frío.
Amarte sin palabras, sin pausas ni silencios.
Amarte
sólo cada vez que quieras,
y sólo con la muda presencia de mis actos.
Amarte a
flor de boca y mientras la mentira
no se distinga en ti de la ternura.
Amarte
cuando finges toda la indiferencia
que tu abandono niega, que funde tu calor.
Amarte
cada vez que tu piel y tu boca
busquen mi piel dormida y mi boca despierta.
Amarte por
la soledad, si en ella me dejas.
Amarte por la ira en que mi razón enciendes.
Y, más que
por el goce y el delirio,
amarte por la angustia y por la duda.
“Los que llegan no me
encuentran.
Los que espero no existen.
Y he
bebido licores furiosos
para trasmutar los rostros
en un ángel, en vasos vacíos.”
Alejandra Pizarnik en “Fiesta”,
poema del libro “Los trabajos y las noches” (1965)
En el psicoanálisis freudiano el
término “eros”, tomado de la antigua
tradición griega con la que se designó al amor y a su correspondiente
deidad (un dios venerado por socorrer la
atracción sexual, el enamoramiento y la fertilidad de su pueblo) [1], es utilizado en la teoría de las
pulsiones para aludir a aquellas que impulsan a la vida y se contraponen a la
muerte: tanto a nivel de la sexualidad como en lo que compete a la
autoconservación [2]. Es por ello
que al leer el texto “Estancias”, de
Giorgio Agamben- quien no es psicoanalista pero si un lector-crítico de Freud- asombra
advertir que resalta tanto esta palabra en la primera parte de su obra, sobre
todo al señalar que la tradición que alguna vez asoció el temperamento
melancólico con la genialidad poética, filosófica y artística ha sido la misma que
le atribuye una “exasperada inclinación
al eros”. [3, p.45].
¿Y de qué tipo de “eros” nos habla Agamben? ¿Por qué
asombra leer dicha enunciación desde el psicoanálisis? Según el filósofo
italiano la asociación entre melancolía, perversión sexual y eretismo (del
griego “erethidso” que
significa “yo irrito”) figuraba todavía en su época- alrededor de
1977- en los textos psiquiátricos, dando testimonio de una fijación al antiguo
síndrome del temperamento atrabiliario que fuera descrito por Aristóteles en su
obra “Problemata XXX”. Este conjunto
de signos y síntomas (del latín “atra”
que es “negro” y “bilis” que significa “cólera”) tuvieron su base original en una
teoría humoral de cohorte médico, la cual trató de explicar los rasgos físicos
y los amplios matices del carácter melancólico mediante variaciones en la
concentración y temperatura de distintos fluidos corporales; incluso a expensas
de la proporción de diversos elementos de la naturaleza (de ahí la idea de que un
gran soplo o viento inflamara “de más”
al miembro viril de algunos melancólicos). No obstante, el “desarreglo erótico” del que nos habla
Agamben incluye lo que por siglos vino enunciándose en la acidia: ese mal
descrito por la filosofía escolástica que en algún momento se integró a una
misma terminología (e incluso en una misma manera de representación artística) con
la melancolía, no solamente por apelar a la pereza o al tedio, sino por
coincidir en “la perversión de una
voluntad que quiere un objeto pero no la vía que conduce a él” [3, p.31].
Antes de avanzar en la reflexión de
Agamben se sugiere tomar con reserva la etiqueta entrecomillada del “desarreglo erótico” y de la “exasperada inclinación al eros”, sobre todo
porque en la clínica tenemos que quedar advertidos que toda desproporción o
anormalidad debe de escucharse desde el discurso de cada sujeto… Quedemos
advertidos, pero no lo olvidemos, ya que a partir de esta intuición surge la posibilidad
de identificar otros elementos que logran ser de utilidad para cuestionar el concepto
actual de melancolía en psicoanálisis.
Siguiendo a Santo Tomás de Aquino- en
su exhaustiva “Suma Teológica”- Agamben
resalta de la acidia una “ambigua relación
de la desesperación con el propio deseo”; desesperación en el sentido de
Kierkegaard, es decir, aquella que compete a un estado mortal cuya letalidad consiste
en un hacerse profundamente consciente de la insondable duda respecto a lo que
“se es… De momento es inevitable
preguntarnos si esto no sería cercanamente equiparable a aquella caída de
imágenes narcisistas que se pone en juego en la angustia teorizada por Lacan.
Santiago Carusso
Pero dejando un poco los
cuestionamientos ontológicos, notemos que Agamben alerta que el hecho de que el
acidioso se retraiga de un fin divino (recessus)
no significa que lo olvide o que “cese de
desearlo”, ya que lo que le falta “no
es la salvación” sino el accionar hacia dicha meta… El decir “meta” y no “objeto”
tiene su pertinencia, ya que la acidia no se opone propiamente al deseo y al
cuidado (“sollicitudo”) sino a la
satisfacción del espíritu de Dios (“gaudium”),
algo que- en una instancia más independiente a las creencias de época- quizás
tendría que ver con una negación a experimentar algún tipo de satisfacción
pulsional relacionada con el cumplimiento de las demandas del Otro. Citando al
teólogo inglés Alcuino (un filósofo del renacimiento carolingio) Agamben
insiste en que la “exacerbación del
deseo” es justamente el carácter esencial del melancólico [3, p.31], de ahí que no resulte tan
absurdo que en los tratados médicos del siglo XVII se prescribiera, según el
testimonio de Ficino rescatado en el libro “De
amore”, un curarse de la morbilidad melancólica a través del coito, el ayuno,
la embriaguez…la marcha… ¡algún tipo de acción en pocas palabras! Sí, pareciera
que de un modo casi intuitivo se pensó en el actuar como una forma de dejar de mantenerse
fijo en lo inaccesible del propio deseo; lo que faltaba para ese entonces era reflexionar
en la trascendencia del habla: el cual en sí también es un poderoso acto.
Pero el eros melancólico que señala Agamben no termina en esta excesiva apetencia que no se encamina a la búsqueda de su satisfacción, sino que también comprende ciertas dificultades de base en el modo de amar… En un sentido retórico, la melancolía descrita por el filósofo pudiera nombrarse como una “lujuria en ayuno” que alterna con un “banquete de vísceras” (¿en ese orden o en sincronía?)… Lo primero se sobrentiende con lo señalado en párrafos previos: como un hambre sin busca de alimento (hambre de otro, por supuesto)… ¿y lo segundo? Retomando nuevamente los textos antiguos, Agamben enuncia que “el carácter propio del eros melancólico” es identificado por Ficino [representante principal del platonismo italiano del Renacimiento] como una “dislocación y abuso” [3, p.48]… ¿De qué? ¡Del propio amor! Pues el melancólico “transforma” lo que compete a la contemplación en deseo de abrazo… Pero no con unos brazos cubiertos de la suave piel que arropa, sino hinchados en inconmensurables brasas: dispuestos a consumir al partenaire: ¡a comerlo hasta dejarlo en restos! -tómese esto en la metáfora de una pretensión fantasmática que no siempre se hace consciente ni por el melancólico ni por aquel que lo escucha-. En Ficino, quien todavía seguía de cerca la herencia hipocrática, el enamoramiento se convierte en algo que desquicia y que altera el equilibrio de los humores, a la vez que el retraimiento empuja a una gigantesca pasión amorosa:
“La intención erótica que desencadena el desorden melancólico se presenta aquí como la que quiere poseer y tocar aquello que debería ser sólo objeto de contemplación, y el trágico desarreglo del temperamento saturnino encuentra así su raíz en la íntima contradicción de un gesto que quiere abrazar lo inasible […] los melancólicos <<no pueden concebir lo incorpóreo >> en cuando tal, porque no saben <<extender su inteligencia más allá del espacio y de la grandeza>> [4]No se trata simplemente aquí, como se ha señalado, de un límite estático de la estructura mental de los melancólicos que los excluya de la esfera metafísica, sino más bien de un límite dialéctico que toma su sentido en la relación con el impulso erótico de transgresión que transforma la intención contemplativa en <<concupiscencia de abrazo>> . Es decir que la incapacidad de concebir lo incorpóreo y el deseo y de hacer de ello objeto de abrazo son las dos caras del mismo proceso, en el transcurso del cual la tradicional vocación contemplativa del melancólico se revela expuesta a un trastorno del deseo que la amenaza desde dentro” [3, pp.48 y 49]
Santiago Carusso
Volviendo así a las preguntas de
inicio ¿porqué asombra leer esto desde el psicoanálisis? Además de que es extraño
separar los conceptos partiendo de la religión y el lenguaje médico, la idea
general del melancólico en los textos de Freud parece no advertir esta
contradicción señalada por Agamben. Y es que justo en “Duelo y melancolía” (“Trauer
un Melancholie”, 1917 [1915]) [5]
se describe una figura que resalta más por su desvitalización que por su ardor erótico. La melancolía en Freud se
describe como una desazón profundamente dolida caracterizada por la cancelación
del interés por el mundo exterior- un enunciado que no había sido retocado por
la banda moebiana de Lacan-. Otro rasgo señalado en el texto es la pérdida de
la capacidad de amar… y en esto cabe preguntarnos si no se trata más bien de un
alejamiento de un cierto modo de amor: ese cuya demanda, en lo individual y en
lo social, resulta menos problemático y antropofágico (quedarnos solamente con
esta definición nos arroja a las dificultades de generalizar lo subjetivo).
En el ensayo freudiano también se
habla de la inhibición de toda productividad, algo que únicamente cobra sentido
si pensamos que el retraimiento melancólico- tal como se veía en la vida
monástica- ofrece una desventaja para los intereses capitalistas, pues la
producción se liga a otros resultados que no siempre se reflejan en lo monetario
(recordemos la relación de la melancolía con el genio creativo) A un nivel más
íntimo, Freud expresa que en la melancolía surge una rebaja en el sentimiento de
sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones, llegando al
extremo de una delirante expectativa de castigo.
Si la culpa toma dimensiones
delirantes, no se descarta la pertinencia de aquella acotación, que hiciera la
abadesa alemana Hildegarde de Bingen, al decir que cuando Adán trasgredió
alguna vez el precepto divino (según la tradición judeocristiana) la melancolía
apareció en su sangre. Esta apreciación fue tomada por Jean Clair [6], un afamado intelectual que en el
año 2005 fuera comisionado al “Grand
Palais” de París para dirigir la exposición titulada “Melancolía, genialidad y locura en Occidente”(“Mélancolie, génie et folie en Occident”), con la finalidad explicar
porqué la clásica actitud meditabunda del melancólico- y su característica
postura de decaimiento, postración y agobio existencial- no se encuentra en las
manifestaciones artísticas de países como India o China… Es interesante que tanto
los antecedentes teóricos de la melancolía a través de la acidia, como lo de la
angustia a través de la desesperación kierkegaardiana, coinciden en tener su
origen en la herencia del pecado cristiano [7].
La época victoriana, en la que surgiera el psicoanálisis, ¿no compartió algo de
esta influencia?
Retornando nuevamente al escrito de “Duelo y melancolía” Freud detalla que, aunque
ambas condiciones presentan los mismos rasgos, una distinción entre los dos estados
es que el duelo no transcurre con una marcada perturbación del sentimiento de
sí. Quizás por eso el duelo esté más alejado de haber sido vinculado con la angustia
en la teoría patrística… Creemos que todo cuestionamiento ontológico no deja de
responderse a medias a través de los avatares del deseo- al menos en
psicoanálisis-. El “qué soy” cobra o
no un sentido (tan ficticio siempre) a través del “Che vuoi”…
Ahora bien, en Agamben la melancolía
freudiana no deja de ser una relación con la pérdida de un objeto de amor, una
dinámica que no se continúa con la transferencia de la libido sobre un nuevo
objeto, sino en un retraerse en el yo que narcisisticamente está identificado con
ese “supuesto” objeto ausente. El entrecomillado complica de nuevo, pues lo
difícil de la distinción freudiana es que mientras que el luto sigue a una
pérdida realmente acaecida- o claramente identificada ante la prueba de
realidad- en la melancolía no sólo queda la indefinición de lo que se ha
perdido, sino que “ni siquiera es seguro
que se pueda hablar de veras de una pérdida” [3, p.52].
La resolución teórica que da Agamben,
basado en el análisis de Freud y Abraham, es que la melancolía ofrece la
paradoja de “una intención luctuosa que
precede y anticipa la pérdida del objeto”, de ahí que se interpretara en la
patrística que su más terrible derivado (su “filiae acidiae”) fuera la desesperación: un desesperar que anticipa
el no cumplimiento de la salvación y la condenación… Pero ¿cómo traducir esta
condena en términos del psiquismo? Probablemente al vislumbrar la melancolía
como un tortuoso giro alrededor de una disyuntiva bastante consciente (por no
decir insoportable al no poder ya ser ignorada) de que el objeto de deseo nunca
se percibe como propio ni como perdido [8].
¿Y cómo repercute esto en la
genialidad melancólica? Según Roger Bartra, sociólogo y antropólogo mexicano, “la misma pérdida del objeto erótico crea un
objeto artístico” de tal forma que la melancolía en la escena del arte “invoca un juego de objetos perdidos y
encontrados” [9, p. 21].
En su libro “La melancolía moderna”- publicado en el año 2017- el autor señala
que de alguna manera la historia de la melancolía “desmiente la tesis de Freud”: esa hipótesis en la que se postulaba
que la pérdida del objeto amado produce la cólera del sujeto contra sí mismo… La
desmiente porque más bien se trata de algo que fortalece el ego artístico. Es
interesante que desde su perspectiva sea justo en los momentos en que el tiempo
“devoraba a la historia” cuando fue
preciso glorificar la melancolía. Bartra sugiere que la condición melancólica
surge con gran fuerza en la cultura a la par en que se derrumban los valores
tradicionales y se pierde el sentido de la historia. Subraya el Renacimiento
como un periodo en el que se fue resquebrajando el enorme edificio medieval que
daba sentido a la vida del hombre en la tierra. Dice así que “la melancolía [en ese entonces] aparecía como un sentimiento inspirado por
el desorden de los sentidos, como una emoción que, a partir del sinsentido de
la vida, sin embargo arraigaba al hombre a su pasado y a su tierra” [9, p. 21]- lo mismo ocurriría con los
herederos románticos que percibieron con dolor el caos y otros absurdos de la
modernidad-.
Aunque Bartra propone una correlación
bastante lógica, pensamos que como psicoanalistas no debemos perder de vista
que lo histórico en masa jamás debe sepultar la importancia primordial de la historización
de cada sujeto a través de la asociación libre. Tampoco habría de pensarse en
estructuras fijas que configuran el estado de ánimo al grado en que podamos
diferenciar a un individuo bajo la etiqueta fija de lo “melancólico”; en su lugar podemos intuir disposiciones subjetivas
que se alternan a lo largo de la existencia. Más que ser melancólico se está en
una relación peculiar con respecto al deseo en determinados contextos.
Santiago Carusso
Por otra parte, algo que brinca de la
descripción de Bartra es el verbo “devorar”,
cuando habla del transcurso del tiempo y el boom de la melancolía en la
cultura, resalta porque en el último capítulo del citado texto de Agamben no
deja de advertirse la correlación del temperamento con la fase oral de la
libido. El filósofo italiano menciona cómo la psiquiatría legal del siglo XIX
clasificaba como formas de melancolía los horrorosos casos de canibalismo que
circulaban en las crónicas criminales de la época. Indica que la ambigüedad de
la relación melancólica con el objeto era asimilada así a la “manducación canibalesca que destruye y a la
vez incorpora el objeto de la libido” [3,
p.55]- no en vano la asociación de la melancolía con la mitología de
Cronos/Saturno-. Y hablando de oralidad,
otro ejemplo cercano a la antropofagia es el describiera Alejandra Pizarnik en su
maravillosa prosa sobre “La condesa
sangrienta” (1965), texto dedicado a la condesa Érzebet Báthory: una aristócrata
de origen húngaro a quien en el año 1612 le fueran atribuidos la tortura y el
asesinato de 650 muchachas entre 12 a 18 años (crímenes supuestamente vinculados
a su obsesión por la belleza… entre otras cosas).
Basándose en los documentos
recopilados por la poeta francesa Valentine Penrose, Pizarnik detalla que
durante las “crisis eróticas” de la
condesa saltaban de sus labios “palabras
procaces destinadas a las supliciadas”, entrando en un éxtasis frente a las
formas de sufrimiento más extremos. Lo curioso de este personaje es que, más
allá de la perversidad sexual y de sus supuestos episodios de epilepsia, es
identificada por Pizarnik como una melancólica: como una mujer, afectada por el
mal del siglo XVI, una dama que vivía delante de un gran espejo sombrío con una
estructura que le permitía sentarse por horas frente a él para contemplarse
(¿retraimiento?):
“Érzebet trazó los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué solo la música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas partidas de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña de la hechicera o- sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana, pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente. Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos” [10, p. 33]
Báthory no siempre gozaba de una
lujuria solitaria: no siempre ayunaba. Existió el testimonio de que algunas
noches una dama vestida de mancebo la visitaba en su lecho. También llegó a
decirse que en una ocasión una de sus sirvientas la encontró torturándola. A
veces se bañaba en una colección de sangre de aquellas doncellas atormentadas
con agujas y con otros objetos punzocortantes: banquete de restos… ¿y acaso una
orgía no es el lugar más solitario del
mundo? (ya lo escribiría Bukowski).
Cerremos esta relatoría con la
emblemática pluma de la poeta argentina, otra mujer que curiosamente también ha
sido reconocida por su escritura mordaz y melancólica. Algo habrá de escuchar
el psicoanálisis de la literatura:
“Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Éste quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro; matarlo entonces habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá de retornar a la inmovilidad y el silencio” [10, p. 34]
12
de julio del 2019
Bibliografía
[1] Según
la obra “El banquete” de Platón
(supuestamente escrita entre los años 385–370 a. C.) Eros fue concebido
por Poros (dios de la abundancia) y por Penia (dios la
pobreza) en el cumpleaños de la representante de la belleza: Afrodita… De ahí
los diversos matices que, en la tradición griega, podía tomar el amor. Recordemos
que esta mitología no pasa desapercibida por Lacan al hablar de la
transferencia en su onceavo seminario.
[2] Para los lectores ajenos a los textos
psicoanalíticos habrá de entenderse lo sexual en un sentido más amplio que las
experiencias de placer dadas a razón del funcionamiento exclusivo del aparato
genital; considérese más bien como el conjunto de tensiones libidinales (adjetivadas
de este modo para diferenciarlas de las necesidades conceptualmente atribuidas
al instinto) que ocurren en la vinculación corporal y psíquica con aquellos
objetos que son causa del deseo.
[3] Agamben, G. (2006 [1977]. Estancias. La palabra y el fantasma en la
cultura occidental (Traducción al español de Tomás Segovia). Valencia,
España: Editorial Pre-Textos.
[4] Klibansky, R.,
Panofsky E., & Saxl, F. (2016 [1991]). Saturno y la melancolía.
Madrid, España: Alianza Editorial. El entrecomillado pertenece a la
interpretación de los autores del pasaje de Enrique de Gante para ponerlo en
relación con la imagen dureriana del melancólico.
[5] Freud, S. (1979). Duelo y melancolía (1917
[1915]). En Obras Completas, Vol. 14
(pp. 235-241). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores.
[7] Al ser la desesperación una “filiae” (hija) del complejo
acidia/melancolía- al menos desde la patrística- es inevitable preguntarnos si
la angustia, tal como se entiende en el psicoanálisis lacaniano, no pudiera
pensarse como una de las “desembocaduras” en los que halla su límite el
conjunto de mecanismos defensivos dados
en la melancolía- y quizás no solo en ésta sino en otras neurosis-. Tal parece
que de la culpa se puede pasar al desasosiego e incluso al suicidio… Sin entrar
en muchos detalles etimológicos es interesante saber que la palabra “acidia” se usaba para designar una
incuria consistente en la falta de interés o de cuidado por la sepultura de un
cadáver: una indolencia considerada contra
natura… Si usamos un poco de retórica habremos de preguntarnos si en la
melancolía no existe algo de fantasmas que retornan precisamente por no haber
sido “enterrados”… Recordemos que
Agamben no deja de hablar de una hipertrofia fantasmática.
[8] Otra cosa que asombra, más allá de las
preguntas planteadas al inicio de la relatoría, es observar que en el socorrido
diccionario de términos psicoanalíticosde
Jean Laplanche y de Jean-Bertrand Pontalis (“Vocabulaire de la Psychanalyse”, 1967) no existe un apartado que se
dedique a exponer de modo exclusivo y exhaustivo el término “melancolía” o “temperamento melancólico”; si acaso se habla de depresión
anaclítica. No fue hasta pasados más de veinte años que en el diccionario
dirigido por Roland Chemama (“Dictionnaire
de la psychanalyse. Dictionnaire actuel des significants, concepts et mathèmes
de la psychanalyse”, 1995), se incluyó no solo la noción de depresión (la
cual quedó como herencia en los manuales diagnósticos de la psiquiatría actual)
sino también la de duelo y la de la desaparecida melancolía. Véase:
Laplanche, J. & J.B. Pontalis (1993 [1967]). Diccionario de Psicoanálisis (Traducción de Fernando Gimeno
Cervantes). Barcelona, España,
Paidós.
Chemama, R.(1998 [1995]). Diccionario
del Psicoanálisis (Traducción y notas de Teodoro Pablo Lecman). Buenos
Aires, Argentina: editorial Amorrortu.
[9] Bartra, R. (2017). La melancolía moderna. D.F., México: Fondo de Cultura Económica.
[10] Pizarnik, A. (2015 [1965]). La condesa sangrienta. D.F., México:
Libros del Zorro Rojo.
[11] La cita de Charles Bukowski, perteneciente al
libro “Se busca una mujer” (1973),
continúa de la siguiente manera: “Esas
orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera…” (¿Acaso
es la angustia?).
En 1977 bajo el sello de la editorial italiana Giulio Binaudi se publica un ensayo dedicado a Martin Heidegger: Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental (Pre-Textos, 2006) de Giorgio Agamben[1].
Me detendré en algunos pasajes de su primer capítulo: «Los fantasmas de Eros», que en general es una exploración, mejor dicho, una arqueología (en el sentido de Michel Foucault) sobre la Melancolía[2].
Este capítulo inicia con el fragmento de un poema de Rainer Maria Rilke, que en mi opinión puntúa cada una de los cinco capítulos (y posiblemente todo el libro):
Ahora bien, la pérdida, por cruel que sea, no puede nada contra lo poseído: lo completa, si se quiere: lo afirma, no es, en el fondo, sino una segunda adquisición –esta vez toda interior– y mucho más intensa.
Ya Freud se preguntaba cómo era posible que aquello que el analista llegaba a conocer de la naturaleza humana, a través de un largo trabajo y de su experiencia clínica, el literato lo conseguía de forma sencilla (aparentemente) .
Esta cita de Rilke[3] es tremenda, aquí la «pérdida» «completa» y «afirma» lo «poseído» que «en el fondo» es «una segunda adquisición», «interior» y más «intensa» que la primera, que es meramente exterior.
Ineludiblemente soy lanzado al Jacques Lacan del seminario V (1957-1958), donde sentencia que en el asunto de la castración se trata de un juego donde el que pierde gana. Resulta difícil concebir la «pérdida» al estilo de Rilke sin un cierto matiz de a posteriori.
Vuelvo a Agamben, esta cita de Rilke orquesta la primera parte del ensayo, que versa sobre la «Acedia, tristitia, taedium vitae, desidia» en la era de la patrística. Era el «demonio meridiano» aquel que con su tentación vendría a sonsacar y apartar del camino sagrado a los aspirantes al amor del Padre de todos los padres.
Éstos lograron la descripción fenomenológica del “acedioso”, poseedor de: «malitia», «rancor», «desperatio», «torpor», «evagatio mentis», «verbositas», «curiositas»[4]… y que la catalogaban no «bajo el signo de la pereza, sino bajo el de la angustiosa tristeza y el de la desesperación». Y es aquí que conecta con la Melancolía, asociada a la bilis negra, y que la cosmología metonímica humoral asocia a la tierra, al otoño, a lo seco, al frío, al color negro, a la vejez, etc.
Hay un «Eros Melancólico» (Esto resulta de importancia para el psicoanalista), y no es forzar las tuercas si aquí hablamos de una erótica melancólica que gesta al poeta, al filósofo y al artista, tan valorados por Aristóteles como de una «vocación genial» y cierta «lujuria»:
Es curioso que esta constelación erótica de la melancolía haya escapado tan tenazmente a los estudiosos que han tratado de rastrear la genealogía y los significados de la Melancolía dureriana. Toda interpretación que prescinda de esta pertenencia fundamental del humor negro a la esfera del deseo erótico, por más que pueda descifrar una a una las figuras inscritas en su entorno, está condenada a pasar de largo junto al misterio que se ha plasmado emblemáticamente en esa imagen. Sólo si se comprende que se sitúa bajo el signo de Eros es posible custodiar y a la vez revelar su secreto, cuya intención alegórica está enteramente subtendida en el espacio entre Eros y sus fantasmas[5].
Gracias a su teoría sobre la libido la Melancolía freudiana se sitúa más cerca de las «descripciones patrísticas» de la acidia que la psiquiatría de su tiempo, concebida fundamentalmente como el «receso del objeto y el retraerse en sí misma de la intensión contemplativa».
Lo novedoso es que a partir de las rejillas de lectura de Agamben (la patrística, Freud) determina a la Melancolía no como «reacción regresiva ante la pérdida de objeto, sino la capacidad fantasmática de hacer aparecer como perdido un objeto inapropiable». ¡Qué justa declaración!
Habrá más elementos que vienen a sumarse para captar de que se trata en la Melancolía agambeana: la Verleugnung, la incorporación, el canibalismo, el tema de Cronos y una topología de la Melancolía.
No quiero dejar de mencionar que hay una postura de rechazo ante la metafísica de la presencia, aquí (tal como la cita de Rilke) se borra la frontera entre lo que es «real e irreal», «lo incorporado y lo perdido», lo «afirmado y negado».
05 de julio de 2019
[1] El filósofo italiano es una de los autores que marginalmente habitan punctum«»studium. Hay otros más… en su momento iremos articulando con nuestra lectura de Lacan.
[2] En nuestra anterior relatoría nos acercamos a una de sus fases poéticas al leer un fragmento de Jorge Teillier.
[3] Por debajo de esta cita hallamos otra que se confronta con el tema de la “pérdida”, esta vez de Hölderlin: «Muchos tratan de decir gozosamente lo más gozoso, aquí; finalmente, en él todo se expresa».
[4]
Elementos que Agamben no duda encontrar(se) ya en Heidegger.