Así ocurre con Sócrates, no se olviden, justamente en El banquete, donde, se los he dicho, él dice muy pocas cosas en su nombre ― pero es enorme lo que él habla ― mientras que hace hablar en su lugar a una mujer: Diótima. ¿No ven en ello el testimonio de que el supremo homenaje es devuelto, incluso en boca de Sócrates, a la mujer?
Jacques Lacan, 23 de Noviembre de 1960
Continúo la relatoría anterior con unos breves comentarios sobre el ensayo de David Halperin: ¿Por qué Diótima es una mujer?
Halperin atina al mencionar que el erôs femenino en la antigua Grecia se inscribía en el cuerpo y no en el intelecto, como era el caso para el erôs masculino: «a las necesidades del cuerpo, más que a los deseos de la mente». De ahí la disimetría de los puntos de vista entre Diótima y Sócrates sobre el finalidad del erôs. Si para el último se trata de poseer la belleza, para la primera es de engendrarla.
Encontramos también la mojigatería de Platón
-insinuada por Jean Allouch en El sexo del Amo– al promover que el erôs no tendría por objetivo la «gratificación
del cuerpo sino la expresión moral e intelectual de sí mismo».
A Platón no le va nada bien, en un pasaje le espeta el haber hecho del embarazo femenino y su capacidad de engendramiento un asunto de hombres, vamos, de machos… transformándolo en la gestación intelectual por medio del discurso, y Sócrates es su prototipo: «desencarnó nuevamente convirtiendo el “embarazo” en una simple imagen de la labor espiritual (masculina)».
El «argumento de Diótima»: procrear es aquello que tiene por meta el deseo erótico, sostenido de una «asimilación fuertemente inconsciente de la actividad sexual» y reproductiva, éstas dos son unos «hilos» tan entrelazados en su argumento que resulta imposible separarlos.
Diótima es apresada por una cultura
patriarcal en donde las mujeres tienen por finalidad dar niños a los hombres,
obliterando la posesión de una subjetividad particular e independiente frente a
cierto falocentrismo[1].
Hay momentos en que podemos distanciarnos de Halperin, como en la tesis siguiente: «sólo en los hombres la reproducción depende del deseo sexual y la función reproductiva no puede ser separada del deseo sexual». ¿Será?
¿Por qué Diótima es una mujer? Respuesta: la filosofía socrática está en deuda con ella, al solicitarle su feminidad no queda nada fuera y se asegura el éxito de su meta «procreativa» intelectual de la cultura griega antigua y masculina, como si la hubiesen usado para «colonizar la “deferencia” femenina, a fin de proclamarla en un discurso masculino universalizante, qué como el sueño de encontrar la Verdad, es una «fantasía masculina». No le reconocen su «alteridad» y por ello se pierden de la experiencia su generis que es la mujer, aquí convendría el gesto de Lacan al tachar el «la» y lanzar el aforismo: «la mujer no existe».
La mujer resulta ser un «suplemento» del hombre, Halperin no lo dice, no
sería excesivo tomar ese término en el sentido de Jacques Derrida; la mujer como
un «peligroso suplemento»… para el discurso masculino.
Platón desmiente (en el sentido de Sigmund Freud) la Otredad con una versión «enmascarada» del mismo (Julia Kristeva) , así cae el discurso platónico-socrático en la trampa, si seguimos a Lacan al sostener que la feminidad se caracteriza por la «mascarada»: el discurso masculino se afeminiza “sin pretenderlo”.
Dos citas fundamentales:
Lo que es crucial en la estrategia de Platón no es que Diótima presente la perspectiva de una mujer, sino que la represente de una forma tal que sea reconocible para los hombres
Las estrategias textuales del Banquete revelan la dimensión fáctica de Diótima al mismo tiempo que la ocultan
Diótima resulta un «tropo» de Sócrates, y si
ella no es una mujer sino una «“mujer”» que es «signo de otra cosa», no pienso
que sea forzado ver aquí la vertiente significante de la mujer según Lacan.
Final del texto: «Y preguntarse por qué Diótima es una mujer, es plantear una pregunta
que en última instancia no tiene respuesta».
30 de agosto de 2019
BIBLIOGRAFÍA:
Allouch, J. El sexo del Amo. El erotismo desde Lacan, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2009.
Derrida, J. De la gramatología, Siglo XXI, México,
1975.
Freud, S. La negación en Obras Completas, Tomo XIX, Amorrortu, Buenos
Aires, 1998.
Halperin, D. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs
platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
Kristeva, J. El texto de la novela, Lumen, Barcelona,
1974.
Lacan, J. Aún, Seminario 20, Paidós, Buenos Aires, 1991.
[1] Este tema es interesante si se lee con cuidado y paciencia a Lacan, de ahí las «formulas de la sexuación»… si puntuamos al falo como un significante… otro matiz adquiere tal falocentrismo.
Como preámbulo a un trabajo póstumo a realizarse… nos adentramos…contextualizando los términos: a un entremés, que ruborizará el paladar y al gusto lo dejará inquieto, para saciarse con un banquete que promete un discurso gourmet.
«¿Por qué Diótima es mujer?» Es una
inquietud de David Halperin hecha texto[1], donde
retoma la importancia de la sabia mujer en función a la “reestructuración” del
pensamiento de Sócrates respecto al erôs
en la Atenas clásica.
Es Diótima
quien instruye a Socrátes en los temas del erôs.
¿Cuál fue la finalidad del Platón escritor en que fuera una mujer quién
transmitiera este saber a su discípulo?
Citó a
Halperin dando una probable respuesta a ello:
Por el hecho de ser una mujer, Diótima indica que Platón se ha separado de ciertos aspectos del ethos sexual de sus contemporáneos y, por consiguiente, le permite iluminar algunas características destacables de su propia filosofía.
Supongo
que hay dos temas a tratar; primero: conocer el propósito de Platón en la
sugerencia de Diótima; segundo: dar respuesta a la pregunta que el título
sugiere. Por el momento intentaré abordar el segundo, respecto a los fundamentos
de Halperin en la primer parte de su libro y que los considera de sentido
común.
Platón no podía permitirse representar al joven Sócrates como si hubiera sido iniciado en los misterios del deseo erótico por un hombre más viejo y sabio, porque ese retrato habría inevitablemente sugerido a los contemporáneos de Platón que Sócrates debía su notable perspicacia en la naturaleza de lo erótico a los servicios apasionados de un antiguo amante pederasta.
El temor
de Platón es ver el discurso de Sócrates sesgado respecto a lo que Pausanias
reconoce en la Atenas clásica como función de la pederastia: «un joven ansioso
de perfección moral puede legítimamente, incluso laudablemente, satisfacer la
pasión sexual de un hombre más viejo y sabio a cambio de la edificante
instrucción que desea obtener de su amante». Siendo hombre el sabio que
iniciara la instrucción de Sócrates, hubiese coexistido un lazo más “pasional”
que intelectual, por lo que probablemente la sensatez de sus construcciones se hubiera
tornado idéntica a las que se pronunciaba en su época.
Entramos
así al segundo argumento sostenido y reafirmado en Halperin: «Si el autor de
estas prescripciones hubiera sido un hombre, él habría podido ser sospechoso de
haberlas elaborado bajo la influencia de diversos factores personales, puesto
que su propia actividad sexual estaría materialmente afectada por su programa
erótico». A lo largo de las páginas del libro, el autor nos va llevando
momentáneamente sobre la respuesta a la pregunta de su libro y además de
pronunciar algunas ideas sobre Diótima.
Mi
intención no es justificar el por qué Diótima es mujer y no hombre, sino,
recalcar la importancia de que haya sido mujer en ese momento histórico y el
cómo años posteriores primeramente Freud redescubre lo que implica el juego de
ese erôs en la práctica
psicoanalítica y que terminará puliendo Lacan en el seminario de La Transferencia[2].
Para no ir
tan lejos y que la espera de El Banquete
nos sea menos siniestra; me posiciono en la sesión del 16 de noviembre de 1960
del seminario antes citado. aquí aborda algunos de los pasajes de El banquete y relacionándolos con lo que
fue el descubrimiento de la transferencia, cito:
En efecto, por púdico, o inconveniente, que sea el velo mantenido, semi-apartado, sobre el accidente inaugural que desvió al eminente Breuer de dar toda su consecuencia a la primera experiencia, sin embargo sensacional, de la talking-cure, es muy evidente que eso era una historia de amor. Que esta historia de amor no haya existido solamente del lado de la paciente, tampoco es dudoso.
Evidentemente
hablamos sobre la relación que se suscitó entre Breuer y Anna O, y de la cual
se sirvió Freud para iniciar el desarrollo de su teoría sobre la transferencia
y que Lacan identifica de manera plausible en está clase.
Desde este
punto de vista, el valor que nos designa o hereda la decisión de Platón de ser
Diótima quien formule una nueva teoría del erôs
en el joven Sócrates, es precisamente ese, y tomando en cuenta la percepción de
Pausanias, que la relación entre el sabio «portador de la verdad» y del
discípulo «ingenuo, deseoso de calidad moral» no se torne imparcial en cuanto
al juego del erôs que esa relación
permite; y retomándolo al papel que juega el analista respecto al analizante,
esto nos conduce totalmente a la gratitud de mantener ese erôs digamos latente y no desbordado en ese intercambio discursivo.
Platón no fue consciente del aporte que sugeriría al acto analítico; más allá del que Diótima sea mujer, lo que ahí se descubre es, sin duda, algo que nos permite ocupar nuestro “lugar” en la praxis como analistas.
*Imagen: Retrato de Jadwiga Łuszczewska como Deotymy, Józef Simmler, 1855.
[1] Halperin,
David. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs
platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
[2] Si bien se le conoce popularmente como La transferencia, su título correcto es La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961).
“Los que llegan no me
encuentran.
Los que espero no existen.
Y he
bebido licores furiosos
para trasmutar los rostros
en un ángel, en vasos vacíos.”
Alejandra Pizarnik en “Fiesta”,
poema del libro “Los trabajos y las noches” (1965)
En el psicoanálisis freudiano el
término “eros”, tomado de la antigua
tradición griega con la que se designó al amor y a su correspondiente
deidad (un dios venerado por socorrer la
atracción sexual, el enamoramiento y la fertilidad de su pueblo) [1], es utilizado en la teoría de las
pulsiones para aludir a aquellas que impulsan a la vida y se contraponen a la
muerte: tanto a nivel de la sexualidad como en lo que compete a la
autoconservación [2]. Es por ello
que al leer el texto “Estancias”, de
Giorgio Agamben- quien no es psicoanalista pero si un lector-crítico de Freud- asombra
advertir que resalta tanto esta palabra en la primera parte de su obra, sobre
todo al señalar que la tradición que alguna vez asoció el temperamento
melancólico con la genialidad poética, filosófica y artística ha sido la misma que
le atribuye una “exasperada inclinación
al eros”. [3, p.45].
¿Y de qué tipo de “eros” nos habla Agamben? ¿Por qué
asombra leer dicha enunciación desde el psicoanálisis? Según el filósofo
italiano la asociación entre melancolía, perversión sexual y eretismo (del
griego “erethidso” que
significa “yo irrito”) figuraba todavía en su época- alrededor de
1977- en los textos psiquiátricos, dando testimonio de una fijación al antiguo
síndrome del temperamento atrabiliario que fuera descrito por Aristóteles en su
obra “Problemata XXX”. Este conjunto
de signos y síntomas (del latín “atra”
que es “negro” y “bilis” que significa “cólera”) tuvieron su base original en una
teoría humoral de cohorte médico, la cual trató de explicar los rasgos físicos
y los amplios matices del carácter melancólico mediante variaciones en la
concentración y temperatura de distintos fluidos corporales; incluso a expensas
de la proporción de diversos elementos de la naturaleza (de ahí la idea de que un
gran soplo o viento inflamara “de más”
al miembro viril de algunos melancólicos). No obstante, el “desarreglo erótico” del que nos habla
Agamben incluye lo que por siglos vino enunciándose en la acidia: ese mal
descrito por la filosofía escolástica que en algún momento se integró a una
misma terminología (e incluso en una misma manera de representación artística) con
la melancolía, no solamente por apelar a la pereza o al tedio, sino por
coincidir en “la perversión de una
voluntad que quiere un objeto pero no la vía que conduce a él” [3, p.31].
Antes de avanzar en la reflexión de
Agamben se sugiere tomar con reserva la etiqueta entrecomillada del “desarreglo erótico” y de la “exasperada inclinación al eros”, sobre todo
porque en la clínica tenemos que quedar advertidos que toda desproporción o
anormalidad debe de escucharse desde el discurso de cada sujeto… Quedemos
advertidos, pero no lo olvidemos, ya que a partir de esta intuición surge la posibilidad
de identificar otros elementos que logran ser de utilidad para cuestionar el concepto
actual de melancolía en psicoanálisis.
Siguiendo a Santo Tomás de Aquino- en
su exhaustiva “Suma Teológica”- Agamben
resalta de la acidia una “ambigua relación
de la desesperación con el propio deseo”; desesperación en el sentido de
Kierkegaard, es decir, aquella que compete a un estado mortal cuya letalidad consiste
en un hacerse profundamente consciente de la insondable duda respecto a lo que
“se es… De momento es inevitable
preguntarnos si esto no sería cercanamente equiparable a aquella caída de
imágenes narcisistas que se pone en juego en la angustia teorizada por Lacan.
Santiago Carusso
Pero dejando un poco los
cuestionamientos ontológicos, notemos que Agamben alerta que el hecho de que el
acidioso se retraiga de un fin divino (recessus)
no significa que lo olvide o que “cese de
desearlo”, ya que lo que le falta “no
es la salvación” sino el accionar hacia dicha meta… El decir “meta” y no “objeto”
tiene su pertinencia, ya que la acidia no se opone propiamente al deseo y al
cuidado (“sollicitudo”) sino a la
satisfacción del espíritu de Dios (“gaudium”),
algo que- en una instancia más independiente a las creencias de época- quizás
tendría que ver con una negación a experimentar algún tipo de satisfacción
pulsional relacionada con el cumplimiento de las demandas del Otro. Citando al
teólogo inglés Alcuino (un filósofo del renacimiento carolingio) Agamben
insiste en que la “exacerbación del
deseo” es justamente el carácter esencial del melancólico [3, p.31], de ahí que no resulte tan
absurdo que en los tratados médicos del siglo XVII se prescribiera, según el
testimonio de Ficino rescatado en el libro “De
amore”, un curarse de la morbilidad melancólica a través del coito, el ayuno,
la embriaguez…la marcha… ¡algún tipo de acción en pocas palabras! Sí, pareciera
que de un modo casi intuitivo se pensó en el actuar como una forma de dejar de mantenerse
fijo en lo inaccesible del propio deseo; lo que faltaba para ese entonces era reflexionar
en la trascendencia del habla: el cual en sí también es un poderoso acto.
Pero el eros melancólico que señala Agamben no termina en esta excesiva apetencia que no se encamina a la búsqueda de su satisfacción, sino que también comprende ciertas dificultades de base en el modo de amar… En un sentido retórico, la melancolía descrita por el filósofo pudiera nombrarse como una “lujuria en ayuno” que alterna con un “banquete de vísceras” (¿en ese orden o en sincronía?)… Lo primero se sobrentiende con lo señalado en párrafos previos: como un hambre sin busca de alimento (hambre de otro, por supuesto)… ¿y lo segundo? Retomando nuevamente los textos antiguos, Agamben enuncia que “el carácter propio del eros melancólico” es identificado por Ficino [representante principal del platonismo italiano del Renacimiento] como una “dislocación y abuso” [3, p.48]… ¿De qué? ¡Del propio amor! Pues el melancólico “transforma” lo que compete a la contemplación en deseo de abrazo… Pero no con unos brazos cubiertos de la suave piel que arropa, sino hinchados en inconmensurables brasas: dispuestos a consumir al partenaire: ¡a comerlo hasta dejarlo en restos! -tómese esto en la metáfora de una pretensión fantasmática que no siempre se hace consciente ni por el melancólico ni por aquel que lo escucha-. En Ficino, quien todavía seguía de cerca la herencia hipocrática, el enamoramiento se convierte en algo que desquicia y que altera el equilibrio de los humores, a la vez que el retraimiento empuja a una gigantesca pasión amorosa:
“La intención erótica que desencadena el desorden melancólico se presenta aquí como la que quiere poseer y tocar aquello que debería ser sólo objeto de contemplación, y el trágico desarreglo del temperamento saturnino encuentra así su raíz en la íntima contradicción de un gesto que quiere abrazar lo inasible […] los melancólicos <<no pueden concebir lo incorpóreo >> en cuando tal, porque no saben <<extender su inteligencia más allá del espacio y de la grandeza>> [4]No se trata simplemente aquí, como se ha señalado, de un límite estático de la estructura mental de los melancólicos que los excluya de la esfera metafísica, sino más bien de un límite dialéctico que toma su sentido en la relación con el impulso erótico de transgresión que transforma la intención contemplativa en <<concupiscencia de abrazo>> . Es decir que la incapacidad de concebir lo incorpóreo y el deseo y de hacer de ello objeto de abrazo son las dos caras del mismo proceso, en el transcurso del cual la tradicional vocación contemplativa del melancólico se revela expuesta a un trastorno del deseo que la amenaza desde dentro” [3, pp.48 y 49]
Santiago Carusso
Volviendo así a las preguntas de
inicio ¿porqué asombra leer esto desde el psicoanálisis? Además de que es extraño
separar los conceptos partiendo de la religión y el lenguaje médico, la idea
general del melancólico en los textos de Freud parece no advertir esta
contradicción señalada por Agamben. Y es que justo en “Duelo y melancolía” (“Trauer
un Melancholie”, 1917 [1915]) [5]
se describe una figura que resalta más por su desvitalización que por su ardor erótico. La melancolía en Freud se
describe como una desazón profundamente dolida caracterizada por la cancelación
del interés por el mundo exterior- un enunciado que no había sido retocado por
la banda moebiana de Lacan-. Otro rasgo señalado en el texto es la pérdida de
la capacidad de amar… y en esto cabe preguntarnos si no se trata más bien de un
alejamiento de un cierto modo de amor: ese cuya demanda, en lo individual y en
lo social, resulta menos problemático y antropofágico (quedarnos solamente con
esta definición nos arroja a las dificultades de generalizar lo subjetivo).
En el ensayo freudiano también se
habla de la inhibición de toda productividad, algo que únicamente cobra sentido
si pensamos que el retraimiento melancólico- tal como se veía en la vida
monástica- ofrece una desventaja para los intereses capitalistas, pues la
producción se liga a otros resultados que no siempre se reflejan en lo monetario
(recordemos la relación de la melancolía con el genio creativo) A un nivel más
íntimo, Freud expresa que en la melancolía surge una rebaja en el sentimiento de
sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones, llegando al
extremo de una delirante expectativa de castigo.
Si la culpa toma dimensiones
delirantes, no se descarta la pertinencia de aquella acotación, que hiciera la
abadesa alemana Hildegarde de Bingen, al decir que cuando Adán trasgredió
alguna vez el precepto divino (según la tradición judeocristiana) la melancolía
apareció en su sangre. Esta apreciación fue tomada por Jean Clair [6], un afamado intelectual que en el
año 2005 fuera comisionado al “Grand
Palais” de París para dirigir la exposición titulada “Melancolía, genialidad y locura en Occidente”(“Mélancolie, génie et folie en Occident”), con la finalidad explicar
porqué la clásica actitud meditabunda del melancólico- y su característica
postura de decaimiento, postración y agobio existencial- no se encuentra en las
manifestaciones artísticas de países como India o China… Es interesante que tanto
los antecedentes teóricos de la melancolía a través de la acidia, como lo de la
angustia a través de la desesperación kierkegaardiana, coinciden en tener su
origen en la herencia del pecado cristiano [7].
La época victoriana, en la que surgiera el psicoanálisis, ¿no compartió algo de
esta influencia?
Retornando nuevamente al escrito de “Duelo y melancolía” Freud detalla que, aunque
ambas condiciones presentan los mismos rasgos, una distinción entre los dos estados
es que el duelo no transcurre con una marcada perturbación del sentimiento de
sí. Quizás por eso el duelo esté más alejado de haber sido vinculado con la angustia
en la teoría patrística… Creemos que todo cuestionamiento ontológico no deja de
responderse a medias a través de los avatares del deseo- al menos en
psicoanálisis-. El “qué soy” cobra o
no un sentido (tan ficticio siempre) a través del “Che vuoi”…
Ahora bien, en Agamben la melancolía
freudiana no deja de ser una relación con la pérdida de un objeto de amor, una
dinámica que no se continúa con la transferencia de la libido sobre un nuevo
objeto, sino en un retraerse en el yo que narcisisticamente está identificado con
ese “supuesto” objeto ausente. El entrecomillado complica de nuevo, pues lo
difícil de la distinción freudiana es que mientras que el luto sigue a una
pérdida realmente acaecida- o claramente identificada ante la prueba de
realidad- en la melancolía no sólo queda la indefinición de lo que se ha
perdido, sino que “ni siquiera es seguro
que se pueda hablar de veras de una pérdida” [3, p.52].
La resolución teórica que da Agamben,
basado en el análisis de Freud y Abraham, es que la melancolía ofrece la
paradoja de “una intención luctuosa que
precede y anticipa la pérdida del objeto”, de ahí que se interpretara en la
patrística que su más terrible derivado (su “filiae acidiae”) fuera la desesperación: un desesperar que anticipa
el no cumplimiento de la salvación y la condenación… Pero ¿cómo traducir esta
condena en términos del psiquismo? Probablemente al vislumbrar la melancolía
como un tortuoso giro alrededor de una disyuntiva bastante consciente (por no
decir insoportable al no poder ya ser ignorada) de que el objeto de deseo nunca
se percibe como propio ni como perdido [8].
¿Y cómo repercute esto en la
genialidad melancólica? Según Roger Bartra, sociólogo y antropólogo mexicano, “la misma pérdida del objeto erótico crea un
objeto artístico” de tal forma que la melancolía en la escena del arte “invoca un juego de objetos perdidos y
encontrados” [9, p. 21].
En su libro “La melancolía moderna”- publicado en el año 2017- el autor señala
que de alguna manera la historia de la melancolía “desmiente la tesis de Freud”: esa hipótesis en la que se postulaba
que la pérdida del objeto amado produce la cólera del sujeto contra sí mismo… La
desmiente porque más bien se trata de algo que fortalece el ego artístico. Es
interesante que desde su perspectiva sea justo en los momentos en que el tiempo
“devoraba a la historia” cuando fue
preciso glorificar la melancolía. Bartra sugiere que la condición melancólica
surge con gran fuerza en la cultura a la par en que se derrumban los valores
tradicionales y se pierde el sentido de la historia. Subraya el Renacimiento
como un periodo en el que se fue resquebrajando el enorme edificio medieval que
daba sentido a la vida del hombre en la tierra. Dice así que “la melancolía [en ese entonces] aparecía como un sentimiento inspirado por
el desorden de los sentidos, como una emoción que, a partir del sinsentido de
la vida, sin embargo arraigaba al hombre a su pasado y a su tierra” [9, p. 21]- lo mismo ocurriría con los
herederos románticos que percibieron con dolor el caos y otros absurdos de la
modernidad-.
Aunque Bartra propone una correlación
bastante lógica, pensamos que como psicoanalistas no debemos perder de vista
que lo histórico en masa jamás debe sepultar la importancia primordial de la historización
de cada sujeto a través de la asociación libre. Tampoco habría de pensarse en
estructuras fijas que configuran el estado de ánimo al grado en que podamos
diferenciar a un individuo bajo la etiqueta fija de lo “melancólico”; en su lugar podemos intuir disposiciones subjetivas
que se alternan a lo largo de la existencia. Más que ser melancólico se está en
una relación peculiar con respecto al deseo en determinados contextos.
Santiago Carusso
Por otra parte, algo que brinca de la
descripción de Bartra es el verbo “devorar”,
cuando habla del transcurso del tiempo y el boom de la melancolía en la
cultura, resalta porque en el último capítulo del citado texto de Agamben no
deja de advertirse la correlación del temperamento con la fase oral de la
libido. El filósofo italiano menciona cómo la psiquiatría legal del siglo XIX
clasificaba como formas de melancolía los horrorosos casos de canibalismo que
circulaban en las crónicas criminales de la época. Indica que la ambigüedad de
la relación melancólica con el objeto era asimilada así a la “manducación canibalesca que destruye y a la
vez incorpora el objeto de la libido” [3,
p.55]- no en vano la asociación de la melancolía con la mitología de
Cronos/Saturno-. Y hablando de oralidad,
otro ejemplo cercano a la antropofagia es el describiera Alejandra Pizarnik en su
maravillosa prosa sobre “La condesa
sangrienta” (1965), texto dedicado a la condesa Érzebet Báthory: una aristócrata
de origen húngaro a quien en el año 1612 le fueran atribuidos la tortura y el
asesinato de 650 muchachas entre 12 a 18 años (crímenes supuestamente vinculados
a su obsesión por la belleza… entre otras cosas).
Basándose en los documentos
recopilados por la poeta francesa Valentine Penrose, Pizarnik detalla que
durante las “crisis eróticas” de la
condesa saltaban de sus labios “palabras
procaces destinadas a las supliciadas”, entrando en un éxtasis frente a las
formas de sufrimiento más extremos. Lo curioso de este personaje es que, más
allá de la perversidad sexual y de sus supuestos episodios de epilepsia, es
identificada por Pizarnik como una melancólica: como una mujer, afectada por el
mal del siglo XVI, una dama que vivía delante de un gran espejo sombrío con una
estructura que le permitía sentarse por horas frente a él para contemplarse
(¿retraimiento?):
“Érzebet trazó los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué solo la música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas partidas de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña de la hechicera o- sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana, pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente. Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos” [10, p. 33]
Báthory no siempre gozaba de una
lujuria solitaria: no siempre ayunaba. Existió el testimonio de que algunas
noches una dama vestida de mancebo la visitaba en su lecho. También llegó a
decirse que en una ocasión una de sus sirvientas la encontró torturándola. A
veces se bañaba en una colección de sangre de aquellas doncellas atormentadas
con agujas y con otros objetos punzocortantes: banquete de restos… ¿y acaso una
orgía no es el lugar más solitario del
mundo? (ya lo escribiría Bukowski).
Cerremos esta relatoría con la
emblemática pluma de la poeta argentina, otra mujer que curiosamente también ha
sido reconocida por su escritura mordaz y melancólica. Algo habrá de escuchar
el psicoanálisis de la literatura:
“Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Éste quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro; matarlo entonces habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá de retornar a la inmovilidad y el silencio” [10, p. 34]
12
de julio del 2019
Bibliografía
[1] Según
la obra “El banquete” de Platón
(supuestamente escrita entre los años 385–370 a. C.) Eros fue concebido
por Poros (dios de la abundancia) y por Penia (dios la
pobreza) en el cumpleaños de la representante de la belleza: Afrodita… De ahí
los diversos matices que, en la tradición griega, podía tomar el amor. Recordemos
que esta mitología no pasa desapercibida por Lacan al hablar de la
transferencia en su onceavo seminario.
[2] Para los lectores ajenos a los textos
psicoanalíticos habrá de entenderse lo sexual en un sentido más amplio que las
experiencias de placer dadas a razón del funcionamiento exclusivo del aparato
genital; considérese más bien como el conjunto de tensiones libidinales (adjetivadas
de este modo para diferenciarlas de las necesidades conceptualmente atribuidas
al instinto) que ocurren en la vinculación corporal y psíquica con aquellos
objetos que son causa del deseo.
[3] Agamben, G. (2006 [1977]. Estancias. La palabra y el fantasma en la
cultura occidental (Traducción al español de Tomás Segovia). Valencia,
España: Editorial Pre-Textos.
[4] Klibansky, R.,
Panofsky E., & Saxl, F. (2016 [1991]). Saturno y la melancolía.
Madrid, España: Alianza Editorial. El entrecomillado pertenece a la
interpretación de los autores del pasaje de Enrique de Gante para ponerlo en
relación con la imagen dureriana del melancólico.
[5] Freud, S. (1979). Duelo y melancolía (1917
[1915]). En Obras Completas, Vol. 14
(pp. 235-241). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores.
[7] Al ser la desesperación una “filiae” (hija) del complejo
acidia/melancolía- al menos desde la patrística- es inevitable preguntarnos si
la angustia, tal como se entiende en el psicoanálisis lacaniano, no pudiera
pensarse como una de las “desembocaduras” en los que halla su límite el
conjunto de mecanismos defensivos dados
en la melancolía- y quizás no solo en ésta sino en otras neurosis-. Tal parece
que de la culpa se puede pasar al desasosiego e incluso al suicidio… Sin entrar
en muchos detalles etimológicos es interesante saber que la palabra “acidia” se usaba para designar una
incuria consistente en la falta de interés o de cuidado por la sepultura de un
cadáver: una indolencia considerada contra
natura… Si usamos un poco de retórica habremos de preguntarnos si en la
melancolía no existe algo de fantasmas que retornan precisamente por no haber
sido “enterrados”… Recordemos que
Agamben no deja de hablar de una hipertrofia fantasmática.
[8] Otra cosa que asombra, más allá de las
preguntas planteadas al inicio de la relatoría, es observar que en el socorrido
diccionario de términos psicoanalíticosde
Jean Laplanche y de Jean-Bertrand Pontalis (“Vocabulaire de la Psychanalyse”, 1967) no existe un apartado que se
dedique a exponer de modo exclusivo y exhaustivo el término “melancolía” o “temperamento melancólico”; si acaso se habla de depresión
anaclítica. No fue hasta pasados más de veinte años que en el diccionario
dirigido por Roland Chemama (“Dictionnaire
de la psychanalyse. Dictionnaire actuel des significants, concepts et mathèmes
de la psychanalyse”, 1995), se incluyó no solo la noción de depresión (la
cual quedó como herencia en los manuales diagnósticos de la psiquiatría actual)
sino también la de duelo y la de la desaparecida melancolía. Véase:
Laplanche, J. & J.B. Pontalis (1993 [1967]). Diccionario de Psicoanálisis (Traducción de Fernando Gimeno
Cervantes). Barcelona, España,
Paidós.
Chemama, R.(1998 [1995]). Diccionario
del Psicoanálisis (Traducción y notas de Teodoro Pablo Lecman). Buenos
Aires, Argentina: editorial Amorrortu.
[9] Bartra, R. (2017). La melancolía moderna. D.F., México: Fondo de Cultura Económica.
[10] Pizarnik, A. (2015 [1965]). La condesa sangrienta. D.F., México:
Libros del Zorro Rojo.
[11] La cita de Charles Bukowski, perteneciente al
libro “Se busca una mujer” (1973),
continúa de la siguiente manera: “Esas
orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera…” (¿Acaso
es la angustia?).