Según la clase 4 del seminario 8 sobre “La transferencia”- correspondiente al 7 de diciembre de 1960- lo que inicia el movimiento en el acceso al otro que nos da el amor, es un deseo por el objeto amado que Lacan compara como “la mano que se adelanta para alcanzar el fruto cuando está maduro”-sea para “atraer la rosa que se ha abierto” o para “atizar el tronco que se enciende de pronto”-. [1, p.5].
Desde esta primera sentencia, parecería que la
disposición amorosa forzosamente se forja en un ánimo de expectativa, además
que cobra fuerza a través de un hallazgo inusitado.
¿Lo maduro podría entenderse como una
correspondencia entre lo imaginario y lo simbólico? – nos preguntamos al leer
esta sesión-. No precisamente… pensamos. Pues más bien habría de señalarse como
una creencia de concordancia. E incluso de un modo más cercano al cuerpo, como
una sensación de correspondencia con aquel o aquello que simula ser el signo
vivo de nuestras fantasías: un
presentimiento que es descrito de un modo difuso para quien lo experimenta. Ahora
bien, ¿cómo se hace ver lo que del objeto-por nosotros mismos- se abre a esta
forma de fe?
Para Roland Barthes el amor como relato es una historia que se cumple: algo que en sentido sagrado consiste en un programa que debe ser recorrido. Es por ello que en él “espero una llegada, una reciprocidad” o “un signo prometido”, el cual puede ser “fútil o enormemente patético” [2, p. 71]: desproporcionado como todo lo solemne… como la confianza en los dioses. O como la inocencia infinita con la que se aguarda la mirada aprobatoria de una madre en la infancia.
Y es que, en el amor, además de darse como espera intraducible,
no deja de hablarse de una vinculación velada entre los involucrados: no se
sabe cómo se sostiene. Conviene meditar esto sobre un ejemplo extremo. Para Lacan,
la relación más oculta- o como dice Freud,
la “menos natural” o la “más puramente simbólica” [1, p. 5]– es la del padre con el
hijo, pues- a excepción de una prueba genética- no hay una constancia palpable
del engendramiento (no como el caso de la madre en la que se le observa que de
ella surge un hijo cuando da a luz). Es
por esto que, tanto de la paternidad como del amor, solo podemos hablar
míticamente. Solo es posible referenciarlo como un mito que, más que en un
objeto, descansa en una función… Función que muchas veces “funciona” entre más se acerca al discurso del Otro sobre lo que
implica ser padre y ser amado. Función
que marcha si nos lleva a la impresión de acercarse hasta el meollo de una
revelación que en algún momento nos fue dada.
Es trascendente que en este seminario la primera imaginación e invención de la verdad, sea el amor. Aunque es sobrado en importancia el considerar que se trata de un posicionamiento que, más que expresar una génesis ordenada, destaca la ausencia de una genealogía… Lacan parece señalar al amor como algo huérfano; aunque también como algo que solamente se hace presente hasta que ocurre la sustitución de roles entre el erastés (amante) y el erómenos (amado). “Es esta metáfora la que engendra la significación del amor”- resaltará en la sesión-. [1, p. 5]
Pero volviendo a la espera, cabe decir que tiene un valor; o mejor dicho, un costo… tanto como puede costarnos la apropiación de un tesoro: de esa reliquia cuyo peso vale en parte a razón de lo difícil que es “encontrarla”. Aunque también por el esfuerzo de sostenerlo como algo que siga siendo valioso. La espera amorosa, según Barthes, es un tumulto de angustia porque se somete a la posibilidad de pequeños retrasos- dilataciones que a veces se traducen como fallos-. ¿Por qué? Quizás porque las respuestas- a y del amor- nos las escuchan y las escuchamos tarde (siendo que, en realidad, nunca han tenido un tiempo ni un espacio correcto). Los que llegan no me encuentran y los que espero no existen… algo así diría Alejandra Pizarnik en el poemario “Los trabajos y las noches” (1965)
Y a pesar de que a veces tengamos presente esta
rara lucidez, de que el amor no deja de ser una dulce invención, nos dejamos
envolver por sus pétalos y sus brasas. Seguimos teniendo hambre y en medio de
esa búsqueda de saciedad a veces nos topamos con platillos más ricos que otros
que ya hemos probado. Apostamos nuestros dientes si eso se mira gourmet. ¿Qué
nos da esta visión?
Creo que nada de esto escapa del discurso del
Otro, al menos en varias de las experiencias amorosas a lo largo de nuestra
vida. Tal parece que el discurso parental- y sobre todo el materno- hace
función de plantilla para toda metáfora que nos permite sentir que algo de lo
que nos acontece es amor. ¿Dónde queda
lo gourmet? Posiblemente en degustar un sabor extraordinario: sensación que
sobrepasa nuestras expectativas conscientes respecto al modo y al tiempo en que
apaciguamos nuestra sed y hambre. Lo gourmet colinda con el refinamiento de
técnicas con las cuales se prepara un alimento, pero también con el lujo de los
ingredientes o de los procesos que acarician nuestra lengua: con la impresión
de haber encontrado algo exótico- en alguien- que al mismo tiempo nos suena
familiar, inspirador e intraducible: mi figura de verdad.
“El ser
amado”- expresa Barthes- “es reconocido
por el sujeto amoroso como <<átopos>>” es decir, como
inclasificable: “de una originalidad
imprevisible” [2, p. 26] … El
otroque amo y que me fascina es
átopos; único por no entrar en alguna categoría. De alguna manera, es “la imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la
especificidad de mi deseo” [2, p. 26]:
“una mano que se tiende al encuentro
de la mano que es la vuestra”- diría Lacan-… Átopos es divino, porque… “La mano que aparece del otro lado es el
milagro” [1, p.6]– al menos
mientras sigamos siendo “creyentes”-. Sin embargo, conviene advertir que, como
analistas, no estamos en nuestra escucha para organizar milagros sino para dar
cuenta de cómo es que éstos acontecen.
01 de noviembre de 2019
Bibliografía
[1] Lacan,
J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La
angustia. Buenos Aires, Argentina: Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez
Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2]
Barthes, R. (2015 [1982]). Fragmentos de
un discurso amoroso. D.F., México: editorial Siglo XXI
Lacan se pregunta ¿Qué es El Banquete? La respuesta nos indica que
es una negociación de lo que cada uno de los miembros presentes deberá
respetar, es decir, la función bajo la cual cada uno habrá de presentar su
discurso sobre el eros. Sin embargo,
de entre todo el orden surge como irrupción el personaje de Alcibíades, y esto,
nos dice Lacan, es lo realmente interesante.
Ahí es que va a esclarecerse más profundamente, no tanto las cuestiones de la naturaleza del amor, como la cuestión que aquí nos interesa, a saber, la de su relación con la transferencia
Hablamos entonces de una
fractura en el orden y a su vez, algo que inicia, que da origen o como expresa
Pascal Quignard en Las Lágrimas,«el
azar de un origen».
Esta irrupción «realmente significante» es equiparable a lo que Barthes define como El Texto
Efectivamente, el Texto es lo que atrapa, lo que inorganiza, inorigina, desjerarquiza. En el texto no hay nada de primordial, porque es primordial en sí
Jean-Baptiste Régnault (1754-1829): Sócrates arrancando a Alcibíades de los brazos de la Voluptuosidad, 1785.
Barthes dice «inorganiza», que no es una desorganizacion, más
bien es una nueva organización… una
que viene de adentro, como si se tratara de algo que está en el medio de un
pliegue, del proceso de la transferencia y que da, a partir de ese momento,
otro (in)orden al análisis o permitirá que haya análisis en sí. Si el personaje de Alcibíades es considerado
de manera particular por Lacan, es no solo por su aparición sino también por el
proceso de su aparición, habiendo de manera ordenada, discursado sobre la
naturaleza del amor la mayoría de los participantes, aparece este personaje, de
carácter impulsivo, ebrio, escandaloso, con cualidades de un hombre poco común,
usurpa la presidencia, como si se tratara de un análisis en el que de pronto y
en medio de ese discurso ordenado del analizante apareciera algo, un usurpador,
algo que toma su sitio por fuerza y empuje propio.
Alcibíades ha intentado llevar a Sócrates a perder el control, ha intentado seducirlo, ¿no es esto algo que sucede con frecuencia entre analizante y analista? Y si la transferencia tiene algo de esencialmente impar, es porque precisamente hay una especie de ficción, una mentira, en ese «entre dos».
Si es una mentira, es una bella mentira, – y como manifiestamente es, por otra parte, una obra de amor, y como quizá llegaremos a ver despuntar la noción de que, después de todo, solo los mentirosos pueden responder dignamente al amor – en este mismo caso El Banquete respondería ciertamente a los que es como la referencia electiva de la elección de Sócrates en el amor – eso, si, nos es dejado sin ambigüedad.
Sócrates habla y no pone al
amor tan alto, habla pero no dice casi nada en su nombre, aun sabiendo que
precisamente, no pretende ser sabio en otra cosa que no sea el amor, ¿Por qué?
¿Será para no caer?
Son las irrupciones aquellas que abren un punto de luz, el discurso del analizante, como el discurso de los personajes antes de Alcibíades, son el orden, y se precisa esa irrupción para que algo suceda, un punto en el cual podamos poner al amor en su sitio como Sócrates lo ha hecho. Algo de lo inconsciente es revelado pero el analizante no lo sabe, nuevamente Quignard «El fondo del ser no dice, cuando aparece: Soy Yo, el fondo del Ser no conoce el Yo, aparece. Luego se cierra de nuevo».
Y
retomando de nuevo a Barthes, el discurso amoroso es la forma en que lo
Imaginario se hace cargo de lo Simbólico.
Bibliografía
Barthes, R. El Discurso Amoroso, Paidós, Madrid, 2011.
Quignard, P. Las Lágrimas, Sexto Piso, México, 2019.
¿Es acaso la poesía un
conducto “amoroso” mediante el cual dos personas totalmente extrañas, ajenas de
sí, logran llegar a un punto de intimidad e incluso de seducción, en el que se
confirman, se distancian y hasta se odian? El poeta al cruzar el borde entre su
voz afónica y el alarido público, va destituyéndose del ocultamiento, va
desnudándose para quien probablemente no lo quiere contemplar, desarropado por
las garras de la metáfora abolida en la retórica, y su cuerpo terso, frágil, tiembla,
pero ese temblar viene para nosotros lectores en forma de imagen, de alucinación
y hasta sugestión, ya que no podemos siquiera alcanzar el roce de la altivez de
su vello, el halo de su boca ensangrentada, el anís aguamiel que desprende. Es
él, quien a través de la palabra versada o prosaica nos lleva a los sitios más
fúnebres y recónditos de su cuerpo / alma.
¿No es “eros” en su
figuración de amor o en su defecto de pulsión sexual, quien establece este
vínculo entre autor / lector; existe una relación íntima entre quien especula
detrás de una hoja tatuada con significantes y de quien pulsiona su resto en la
tinta? Ya lo apuntaló Roland Barthes es su libro: El placer del texto y lección
inaugural:
“El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su Kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma)”.
El placer y el goce se
funden en el recurso poético, uno acude a los textos que lo retan, que lo desmiembran,
pero a la vez le ponen árnica en las fisuras; lo que habla acá Barthes es una
forma maravillosa y retórica de darle orden a las palabras que en sí solas son
burdas, discontinuas.
Fue el mismo Lacan
quien en su seminario sobre la transferencia, aborda la cuestión del “eros” a
partir de dos conjuntos textuales: los diálogos de Platón, el banquete y
la trilogía claudeliana, es adentrándose en ellos como llega a realizar sus
propias tesis sobre el “eros” y luego lo introduce como recurso fundamental de
la práctica psicoanalítica. La mención se realiza precisamente para conjeturar que,
a partir de la literatura narrada, poética, ensayística, filosófica o de
cualquier índole, se logra establecer una pasión indirecta (¿amor al saber?)
que culmina en una reinterpretación de preceptos dichos desde la posición de
cada autor y que el lector convierte en sus propios argumentos (hago uso de tu
cuerpo sin si quiera tocarlo / lo leo, lo escucho).
Es en la sesión del 16
de noviembre de 1960 del seminario, titulada: “En el comienzo era el amor”,
donde Lacan nos da una catedra técnica, con matices irónicos y hasta cómicos
sobre el papel que juega el “eros” en la práctica analítica. Ahí también surge
una seducción, se gesta un (¿amor cortés?) lo que permite que la relación con
el analizante no se desborde y carezca de objetivo. Como en la poesía, también
el analista se encuentra amputado, imposibilitado de transgredir el velo ahora
puesto en la palabra, del cual el lector también prescinde en la obra.
Cito:
“Sin duda, sería apreciar mal las cosas no reconocer, en el punto de partida, que el psicoanálisis exige en su inicio un alto grado de sublimación libidinal a nivel de la relación colectiva. La extrema decencia que bien podemos decir que es mantenida de la manera más habitual en la relación analítica, da para pensar que, si el confinamiento regular de los dos interesados en un recinto al abrigo de toda indiscreción no desemboca sino muy raramente en una coacción corporal del uno sobre del otro, es que la tentación que ese confinamiento entrañaría en cualquier otra ocupación es menor aquí que en otra parte. Atengámonos a eso, por el momento”.
El analista se
posiciona aquí especulante, carente de conocimiento y vaciado de sentimientos, se
le prohíbe llegar al límite de esa seducción de la cual es desprovista, es un
ser frio, pero no al punto de la hipotermia, es un ser de escucha que pocas
veces se deja coquetear; protagonista y antagonista, quien está alerta al equívoco
de la palabra. Lo que Lacan dirá magistralmente, es que no debemos dejarnos
envolver en la palabra, en la relación (intersubjetividad) con el analizante,
se deben mantener dispersas esas subjetividades para que la transferencia haga
de las suyas y le tuerza la nuca al discurso con las mejillas enrojecidas.
Volviendo a Barthes,
podemos encontrar una simetría entre analista y lector o lo que académicamente
hablando se denominará “semiólogo”, lo cito: “Veo en la literatura
esencialmente al texto, es decir, al tejido de significantes que constituye la
obra, puesto que el texto es el afloramiento mismo de la lengua, y es dentro de
la lengua donde la lengua debe ser combatida, descarriada: no por el mensaje
del cual es instrumento, sino por el juego de las palabras cuyo teatro
constituye.
De este tema puede
hablarse bastante, nos quedamos con lo que a nuestro interés compete. Para
cerrar me gustaría compartir un poema de Gonzalo Rojas que nos aproxima y
aporta a lo que consideramos la relación con el “eros”:
¿Qué se ama cuando se
ama?
¿Qué se ama cuando se
ama, mi Dios: la luz terrible de
la vida
o la luz de la muerte?
¿Qué se busca, qué se halla, que
es eso: amor? ¿Quién
es? ¿La mujer con su hondura, sus
rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que
es mi sangre furiosa
cuando entro en ella
hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran
juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un
solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas
de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh
Dios, en esta guerra
de ir y venir entre
ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez,
porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única
que me diste en el viejo paraíso.
04 de octubre de 2019
Bibliografía:
Barthes, R. (2011). El
placer del texto y lección inaugural. México: Editorial: Siglo XXI.
Ortega, J. (2009).
Antología de la poesía hispanoamericana actual. México. Editorial: Siglo XXI.
Clarice Lispector en “La pasión según G.H.” (1964)
Iniciamos la lectura del seminario 8, “La transferencia” [1], de Jacques Lacan. Se trata de un texto anterior al seminario
de “La angustia” cuyo nombre completo
apela a «la disparidad subjetiva, su pretendida situación y sus excursiones
técnicas». En la primera sesión,
correspondiente al 16 de noviembre de 1960, se expresa que la disparidad va más
lejos que la disimetría entre los sujetos, señalando que existe una limitación
de la intersubjetividad para explicar por si sola el fenómeno transferencial.
Es por ello que Lacan indaga en un equivalente del término “odd” para calificar lo que la
transferencia tiene esencialmente de impar. El “odd”, citado en “El
seminario sobre La carta robada” de los Escritos I- como referencia al
cuento homónimo de Edgar Allan Poe- es lo que en francés Baudelaire traduce, de
manera aproximada, por “bizarre” [2]. En castellano esta palabra puede
tomar el sentido textual de bizarro, extraño o raro. Pero más allá de la
gramática, ¿a qué nos remitiría desde el psicoanálisis? En una interpretación,
bastante general, inferimos que lo “odd”-
en el encuentro con alguien- es aquello que expulsa de una dualidad imaginaria,
tal como ocurre en “El Banquete” de Platón: específicamente en el momento en que, ante
la declaración amorosa de Alcibíades, Sócrates da a entender que la cuestión amorosa
no es con él sino con Agatón; tal como en un momento dado, dentro del encuadre
analítico, un paciente dará cuenta que su principal demanda no es con el
analista sino con un tercero (¿el Otro?).
A lo largo del seminario 8, Lacan retomará en
innumerables ocasiones un supuesto secreto contenido en Sócrates: secreto que consiste
en saber reconocer en quién se juega la función del amante (erastés) y del amado (erómenos): “personajes” que estructuran todo vínculo amoroso y que sientan las bases
para entender el vínculo transferencial dado en el análisis. Tengamos en mente
que la conclusión fundamental de las sesiones del octavo seminario es que la transferencia
imita al amor hasta el punto de confundirse con él.
Ahora bien, contextualizando el texto de Platón, recordemos que Agatón es el anfitrión de una tertulia con la que festeja su reciente triunfo en una producción teatral. Como parte de la celebración, propone que los invitados al banquete desarrollen distintos discursos sobre Eros: el representante mitológico del amor. Agatón elogia a la deidad subrayando su juventud y belleza, diciendo que esta última cualidad es la responsable de que sea el más feliz de los dioses. Sócrates, en cambio, quién es el último en hablar, aclara que no le interesa establecer un elogio sobre el amor sino comunicar lo que sabe de él a través de Diótima -incluso compartiendo aquello que no sea hermoso-. En sentido amplio, señala que el amor funda su posibilidad en el deseo de aquello que no se tiene, llegando a afirmar que, aunque no es bello ni bueno, sí que aspira a la belleza y a lo benevolente. Es justo a estas alturas del relato cuando Alcibíades entra a escena y denuncia que Sócrates se comporta como un sátiro que finge ignorancia y que se burla de los oyentes, además que lo critica por haberse rehusado al trato sexual con él (fuerte golpe a su ego considerando que Alcibíades era bastante admirado por reconocerse bello)
Clarice Lispector
Teniendo esto en reserva, Lacan teoriza que la posición del erastés se caracteriza por ser aquella en la que se está en falta, siempre bajo la paradoja de desconocer qué es aquello de lo cual se carece y que promueve que el amante tome una función activa ante aquel del cual se enamora. El erómenos, por su parte, está en la posición del que tiene… pero sin saber qué es lo que tiene; está así en el marco de ser poseedor de un algo que es atractivo para el otro; algo que se presenta en el orden de lo oculto y que, a través del vínculo amoroso, está convocado a revelarse de distintas maneras. Sobre esto conviene hablar del agalma, una palabra de la épica griega que en Lacan hace referencia al “brillo fálico del objeto a donde lo deseable se define no como fin del deseo sino como causa del deseo” [3, p.13]- aclaramos que el “a”, hasta este momento teórico, aún se circunscribe al semejante y todavía no se distingue como resto-.Según Roland Chemama el término viene de agallein, un vocablo cuya etimología se relaciona con “adornar” y “honrar”; de tal manera que Lacan lo compara con las raíces de agaomai (“admirar”) y de aglaé (“la brillante”). Se dice que el término aparece por primera vez en 1948 a lo largo de un texto del filólogo francés Louis Gernet (“La notion mythique de la valeur en Gréce” publicado en “Journal de Psychologie” [dic. 1948]), principalmente para designar a cierto número de objetos de intercambio y de transmisión que, pese a ser insignias de poder, pueden perderse. Se trata de objetos mágicos que resultan benéficos o maléficos, además que son “el atractivo de búsquedas y de transmisiones”, ese atractivo cuyo brillo “forja la poesía épica con el lenguaje mismo” [3, p.13] ¿Acaso no nos suena esto a lo que somos, cual objeto poético, cuando se habla del enamoramiento? En primera instancia, lo anfipático del poder y el brillo es cercano a una descripción más contemporánea que Charles Bukowski hiciera del amor, ello al describirlo como “una niebla que se incendia con la primer luz del día de la realidad”. En una entrevista para el documental “Born Into This” dirá que el amor es parecido a cuando ves una niebla matutina, justo cuando despiertas antes de que salga el sol, de tal manera que “es solo un pequeño momento y luego desaparece”. [4] Retengamos esto en el aire…
Además de ser un objeto que provoca un
deslumbramiento, cuya razón se mantiene oculta o enigmática, el agalma es
aquello que vale en y por medio de la dinámica de intercambio; lo que en los
inicios de la época mercantil fue un objeto precioso que indicó el origen de la
moneda y que escapó a la lógica del cálculo de un valor en lo racional. El
concepto tiene cercanía con el octavo seminario de Lacan, ya que en éste el
objeto de deseo no es descrito como un objeto redondo o totalizante que semeje
un soberano Bien, tampoco como aquello cuya presencia colma en la satisfacción
o cuya ausencia termina por frustrar un contexto dual en el amor (en el seminario
de la angustia sabremos que de entrada esto es imposible, ya que si el agalma
se vincula al petit a no se trata de
un objeto fenomenológico que pueda ubicarse espacialmente). La relación de
objeto sólo se articula a partir de una relación que implica al tercero del que
inicialmente se hablaba: al Otro que estipula las leyes del comercio que darán valor,
fundamentalmente por efecto del lenguaje, a aquello que nos resulte digno de
ser amado.
Pero, ¿dónde radica lo “odd” de la transferencia y su relación con el agalma? Quizás radica
en lo que es un problema… sí, en el problema del amor, pues Lacan resalta que el
agalma es lo que anima el amor de Alcibíades por Sócrates; a la vez que lo
refiere como un objeto precioso y brillante que “estaría” supuestamente escondido en ese “sileno grotesco”- o viejo sátiro de apariencia equina- con el que
es comparado el filósofo en defensa de su atopía, es decir, en su no lugar (“sin topos”) o en su negación de hacerse
amante. El problema del amor recae en que
entre erastés y erómenos no hay una coincidencia sino una discordancia y disimetría
con respecto al agalma, ya que lo que a uno le falta no está realmente en el
otro (aunque a instantes se crea que sí). De ahí que cualquier esfuerzo en pro
del amor nunca sea suficiente para garantizar un empalme si desavenencias. Lo “odd” sirve de advertencia, y sobre esto
Chemama destaca lo siguiente: “Sócrates rehúsa
responder a los avances de Alcibíades, no para frustrarlo o exacerbar su deseo,
sino para mostrarle la naturaleza transferencial de su amor y designarle el
verdadero lugar del agalma: Agatón, el tercero” [3, p.14]
Sin embargo, lo verdadero en psicoanálisis
siempre es entre comillas… El agalma está
como lo que anima el amor de Alcibíades, no como lo que es… ¿Y también está
como lo que hace de ánima?… La pregunta va orienta a pensar el agalma como la
metáfora de un soplo que dinamiza y que a la vez hace alma… no en un sentido
religioso sino en una orientación psíquica: de investimento pulsional.
Clarice Lispector
El agalma hace alma porque vitaliza: mueve a ser a partir de lo que no se es; llama a extraviarnos en otros para encontrarnos en algo que jamás existe- pero que precisamente es lo más verdadero por ser lo más inexistente-. Si lo hace, si anima, quizás sea a través del lenguaje, o más bien a través del inconsciente que se estructura como tal… Y es que Lacan no continúa con Platón la dialéctica que orienta al alma desde amor por lo Bello hacia el soberano Bien-dirá Chemana- insiste, por lo contrario, no en lo que debe orientar al deseo, sino en el “objeto” que promueve el movimiento psíquico- que en última instancia lleva a la acción-. Es por eso que en la situación del análisis (que Lacan tilda de “falsa” desde esta primera sesión), en los márgenes de la asociación libre y de la escucha flotante, el analista no obra como un juez o sacerdote que inicia una demanda al nombrarse cual el tesoro prometido; no basa sus intervenciones en lo que socialmente se considera bueno y hermoso; mucho menos se esfuerza en señalar si un objeto de amor es bueno o malo para su paciente. Más bien, invita a que el analizante esboce aquellos reflejos fálicos con los que adorna su posición como deseado y con los que engalana a sus objetos amorosos al mostrarse deseante; pero, sobre todo, convoca a que dé cuenta que su deseo no se trata de algo que quede contenido en el empaque rústico de una vieja figura… Con suerte llega a trasmitirle la arriesgada idea de que puede agitar sus manos más allá de la tumba de sus primeras seducciones. “Lo escucho”- expresamos dentro del encuadre- lo cual podrá entenderse desde el otro lado como un “me importa lo que digas porque es valioso” (“o porque es usted valioso”)- teatralidad parcialmente verdadera y necesaria que a momentos se irá desmontando para no rumiar sobre un vínculo que de entrada es todavía más imposible que otros-.
Con respecto al hacer… “En el comienzo era el Verbo” [1,p.4],
dirá Lacan en la primera sesión del seminario 8, rescatando una sentencia que
es desarrollada en varios autores aparentemente incompatibles (como el apóstol
Juan, Goethe e incluso Marx al hablar de praxis)… Luego aclara: “En el comienzo de la experiencia analítica,
recordémoslo, fue el amor” [1, p.5]….
Un inicio que Lacan tilda de “espeso”
y “confuso” (¿cual neblina
bukowskiana?); con un comienzo “no de
creación sino de formación” [1, p.5]….. Orienta esta mención a la observación
freudiana contenida en “Estudios sobre la
histeria” (“Studien über Hysterie”
[1893-1895]), específicamente al contexto inaugural de la interacción suscitada
entre Joseph Breuer y Anna O.
Clarice Lispector
Hasta
este momento de la lectura, verbo y valor (de agalma) quedan algo anudados… O
quizás haciéndose nudo. Probablemente hasta este instante del recorrido teórico
conviene voltear la mirada a otras fuentes más allá del psicoanálisis. Viene al
recuerdo la lectura de “Las
solidaridades misteriosas” de Pascal Quignard [5], novela
publicada en el año 2011 en la que el autor francés intenta hablar bastante del
amor (y digo intenta porque todo hablar siempre es intento, conmovedor y
elocuente en su caso). En el texto Quignard expresa que Dios es, verdaderamente,
el Verbo, siendo así que todo- sin excepción-e incluso lo más bajo (lo que no
es Otro ¿diría el psicoanálisis?), una
vez nombrado aumenta su existencia, acentúa su independencia y se hace suntuoso.
Acaso el ejercicio de nombrarnos en la experiencia del diván, o de quedarnos
como sujetos anónimos al sentirnos angustiados, en otras ocasiones, ¿no consta
de esa función dinámica de situarnos como erómenos
y erastés? ¿no es acaso una
búsqueda, encuentro y desencuentro entre el sentirnos en veces deidad y en
ocasiones humo? Es curioso que lo que más se intenta nombrar en el análisis es lo
vinculado al fenómeno del amor: tanto propio como ajeno. Y resulta inquietante
advertir- parafraseando a Clarice Lispector en “La pasión según G.H.” [6] –
que la vida en nosotros no tiene nuestro nombre, mucho menos cuando nos arroba
con ardores eróticos…
27 de septiembre del 2019
Bibliografía
[1] Lacan, J. (2005 [1960-1961]). Seminario 8, La angustia. Buenos Aires, Argentina:
Versión Crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte para circulación interna de la
Escuela Freudiana de Buenos Aires.
[2] Lacan, J. (2009 [1985]). Escritos I. D.F., México: editorial Siglo
XXI.
[3] Chemama,
R.(1998 [1995]). Diccionario del Psicoanálisis (Traducción
y notas de Teodoro Pablo Lecman). Buenos Aires, Argentina: editorial Amorrortu.
[4] Charles
Bukowski en el documental “Born into this”
(2003) dirigido por John Dullaghan
[5] Quignard,
P. (2013[2011]) Las solidaridades
misteriosas (Traducción de Ignacio Vidal-Folch). D.F., México: editorial Sexto
Piso
[6] Lispector,
C. (2018 [1964]) La pasión según G.H.
(Traducción de Alberto Villalba
Rodríguez). Madrid, España: editorial Siruela
Es del Amor, de Eros, de quien hablan en ElBanquete, y no de experiencias personales, sino de abstractas y generales exposiciones de ideas. El amor es un asunto cultural. Nuestros problemas de amor son una mezcla entre comedia y tragedia: moral, derecho, naturaleza, poesía y espiritualidad en tono de drama. De cada uno de nosotros dependerá que dicho drama devenga en comedia pura, o bien, converja en tragedia.
A todos nos llama, y como bien titula Octavio Paz su ensayo: La llama doble. Amor y erotismo, juguemos pues con ese/a llamado que se hace al otro, llamado de amor. Es el «fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor», nos dice Paz.
Es así que la sexualidad, como bien testimonia Freud, es descubierta como displacer, es el trauma la causa del deseo. Abrazamos placenteramente aquello donde hay displacer. Es el displacer entonces la fuente del erotismo. Y vemos así que si sufrimos por amor es porque, si no sufriéramos, poco nos interesaría el amor, el sufrimiento como causa del amor.
Roudinesco en su texto Diccionario amoroso de psicoanálisis nos recuerda que Freud colocó al amor en el centro de la experiencia psicoanalítica al asociarlo con la angustia el Eros, el incesto, la libido, la pasión, la psique, el deseo, la transferencia, la sexualidad, la pulsión, Narciso, el Edipo, la perversión. Que si de algo va el psicoanálisis es para que el sujeto se permita “comprender” lo que tiene que ver en “al otro” y por lo tanto con el amor y consecuentemente, con el desamor y el odio.
En ElBanquete, después de diversos discursos referidos hacia Eros o al Amor, dependiendo la traducción, llegan a deliberar que: si no hay belleza no hay Eros, que a morir por otro sólo están dispuestos los amantes, que su virtud endiosa, que se ama lo que a uno le falta y no tiene aún, que no es bello ni bueno, es algo intermedio entre lo bello y lo feo, entre lo bueno y lo malo, por lo tanto, Eros, como todo demonio, está entre lo divino y lo mortal. Nos servimos de la poesía en tanto es polimorfa, que toda causa que haga pasar una cosa cualquiera del no ser al ser es poesía.
Y finalmente, que los hombres aman lo bueno, poseerlo y por si fuera poco, poseerlo siempre. El Amor es el deseo de poseer siempre el bien, por tanto, el Amor son ansias de inmortalidad.
Siendo pues El Banquete, mostrándonos el mito socrático, según el cual el Amor engendra el discurso amoroso. Nuestro preámbulo a la lectura del seminario 8 lleva por título La transferencia… vuelvo a Roudinesco:
Lacan no dudó en comparar el lugar concedido a la homosexualidad en Grecia con el que ocupó el amor cortés en la sociedad medieval. Según él, uno y otro habrían cumplido una función de sublimación que permitía perpetuar el ideal de un maestro en el seno de una sociedad constantemente amenazada por los estragos de la neurosis”
Entendiendo así que el amor cortés coloca a la mujer en una posición equivalente a la que el amor griego otorga al maestro.
Es por esto que Lacan designa a este deseo como perverso, en ambas formas de amor, como favorable al arte, a la creación, a la invención de formas nuevas de lazo social y por ende, a la posibilidad de la transferencia en la cura, que supone, para que un sujeto exista, una relación de Amor entre un analista y un analizante.
Sin confundir al Amor con la transferencia, siendo el amor de transferencia un proceso constitutivo del tratamiento psicoanalítico por el cual los deseos inconscientes se vuelcan sobre la ominosa figura del analista, recordando que el amor de transferencia es también odio y que Roudinesco lo caracteriza bellamente: asume el disfraz de un verdadero bestiario.
Cierro con frase esperanzadora de E.
Roudinesco:
El amor es, pues, en su potencia primera, y cualquiera que sea su objeto, un acto sin condiciones, un acto de libertad
Hemos llegado a la nota
introductoria del Banquete (Gredos,
1998) y, como en la relatoría anterior, podemos llamar entremés a esto que
precede el desarrollo del texto mencionado, cosa curiosa, la palabra entremés
no necesariamente se utiliza para aludir a un platillo anterior al plato o
comida principal, su origen, un tanto difícil de definir, tiene que ver con la producción de una obra
teatral, una comedia trágica de un solo acto por lo regular, que se presenta, a
su vez, antes de la obra principal… ¿acaso hay algo más trágico y cómico que el
amor?.
Y es que, además de unos discursos sobre la naturaleza de Eros y su función en la vida del hombre, en el dialogo hay también unos hechos que son tan importantes como las palabras. Precisamente la gran paradoja del diálogo está en que después de tanta teoría sobre la naturaleza de este tipo de amor, las relaciones humanas reales son un fracaso (p. 158).
Lo que se relata ha transcurrido
de boca en boca, ha sido transitado a través del tiempo y las costumbres, ya no
tenemos la certeza de saber lo que en realidad se dijo, sin duda nos llega algo
que /es/ y con lo que trabajamos, pero que muy probablemente no era.
Diotima educa a Sócrates, este al resto de los comensales, uno de ellos (Aristodemo) a Apolodoro, éste a Glaucón y amigos, y Platón a los lectores modernos. Cada uno de ellos ha sido un demón, un intermediario, que actúa desde el dominio de las ideas al dominio de las personas (150-151).
No debería extrañarnos trabajar
con intermediarios, acudimos siempre a ellos para buscar algo.
El diálogo de los personajes que aparecen en el texto, excepto el de Sócrates, por ser el último en dar su discurso, demón mismo de Diotima, son de forma similar notas introductorias al tema en relación, Eros.
Quedamos pues, en el entremés de
lo cómico y lo trágico… del Banquete.
Algo que se parece al amor, es así que se puede, en una primera aproximación, definir la transferencia. Digamos mejor, digamos más ― la transferencia es algo que pone en causa al amor.
Jacques Lacan, 14 de diciembre de 1960
Del seminario de Jacques Lacan anteriormente trabajado: La angustia, puede decirse que cuenta con dos finales diferentes.
El primero.- considerado como consecuente con su linea cronológica, lo lleva a anunciar el próximo: Los nombres del padre, una novedad que iba a tratar sobre lo «no analizado de Freud» por Freud mismo… suspense… ya que las diatribas políticas presionan a Lacan para decidir finalizarlo con una única sesión.
El segundo.- que calificamos de sincrónico (en el sentido de Ferdinand de Saussure y Roland Barthes), consecuente con la lógica del discurso recorrido, y que lo (re)localiza en el seminario de La transferencia, especialmente con el «deseo del analista» y el «objeto petit a» como agalma.
Última sesión y palabras finales en La angustia (3 de julio de 1963):
Lo que hace de un psicoanálisis una aventura única es esta búsqueda del agalma en el campo del Otro. Varias veces los he interrogado sobre lo que conviene que sea el deseo del analista para que ahí, donde tratamos de llevar las cosas, más allá del límite de la angustia, el trabajo sea posible.
Seguramente conviene que el analista sea aquel que haya podido, por poco que sea, por algún sesgo, por algún borde, hacer volver entrar su deseo, en ese «a»irreductible, en grado suficiente como para ofrecer a la cuestión del concepto de la angustia una garantía real.
Sí, el lugar donde se pone en primer plano la pregunta por aquello que puede ser y respoder(se) al «deseo del analista» es… La transferencia, ¡en el concepto y el seminario!
Nuestro trabajo continuará con la estrategia anterior:
(…) la antigua práctica griega del némein, que privilegiaba la lectura en voz alta, línea a línea. Tomamos en cuenta el contexto de cada párrafo, sesión, seminario y obra de Lacan, desestabilizando la cegadora evidencia del aforismo y el vetusto dogmatismo.
Estrategia de lectura oportuna para aquellos que deseen aproximarse por vez primera a un autor que se le considera complicado y hermético.
Y es que los seminarios de Lacan cuentan con esa característica que su amigo Alexandre Koyre encontraba en los Diálogos de Platón: «carácter inacabado y exigencia de un esfuerzo personal por parte del lector-auditor».
Queda abierta la invitación a este NUEVO recorrido.
Frecuencia: sábados de 17 a 19 hrs // CUPO LIMITADO Coordina: H. Isaac Puertos Salinas Información y registro: vía FaceBook InBox o humbertoisaac@hotmail.com
*Imagen: Eros and Psyche (1589), de Jacopo Zucchi.
Así ocurre con Sócrates, no se olviden, justamente en El banquete, donde, se los he dicho, él dice muy pocas cosas en su nombre ― pero es enorme lo que él habla ― mientras que hace hablar en su lugar a una mujer: Diótima. ¿No ven en ello el testimonio de que el supremo homenaje es devuelto, incluso en boca de Sócrates, a la mujer?
Jacques Lacan, 23 de Noviembre de 1960
Continúo la relatoría anterior con unos breves comentarios sobre el ensayo de David Halperin: ¿Por qué Diótima es una mujer?
Halperin atina al mencionar que el erôs femenino en la antigua Grecia se inscribía en el cuerpo y no en el intelecto, como era el caso para el erôs masculino: «a las necesidades del cuerpo, más que a los deseos de la mente». De ahí la disimetría de los puntos de vista entre Diótima y Sócrates sobre el finalidad del erôs. Si para el último se trata de poseer la belleza, para la primera es de engendrarla.
Encontramos también la mojigatería de Platón
-insinuada por Jean Allouch en El sexo del Amo– al promover que el erôs no tendría por objetivo la «gratificación
del cuerpo sino la expresión moral e intelectual de sí mismo».
A Platón no le va nada bien, en un pasaje le espeta el haber hecho del embarazo femenino y su capacidad de engendramiento un asunto de hombres, vamos, de machos… transformándolo en la gestación intelectual por medio del discurso, y Sócrates es su prototipo: «desencarnó nuevamente convirtiendo el “embarazo” en una simple imagen de la labor espiritual (masculina)».
El «argumento de Diótima»: procrear es aquello que tiene por meta el deseo erótico, sostenido de una «asimilación fuertemente inconsciente de la actividad sexual» y reproductiva, éstas dos son unos «hilos» tan entrelazados en su argumento que resulta imposible separarlos.
Diótima es apresada por una cultura
patriarcal en donde las mujeres tienen por finalidad dar niños a los hombres,
obliterando la posesión de una subjetividad particular e independiente frente a
cierto falocentrismo[1].
Hay momentos en que podemos distanciarnos de Halperin, como en la tesis siguiente: «sólo en los hombres la reproducción depende del deseo sexual y la función reproductiva no puede ser separada del deseo sexual». ¿Será?
¿Por qué Diótima es una mujer? Respuesta: la filosofía socrática está en deuda con ella, al solicitarle su feminidad no queda nada fuera y se asegura el éxito de su meta «procreativa» intelectual de la cultura griega antigua y masculina, como si la hubiesen usado para «colonizar la “deferencia” femenina, a fin de proclamarla en un discurso masculino universalizante, qué como el sueño de encontrar la Verdad, es una «fantasía masculina». No le reconocen su «alteridad» y por ello se pierden de la experiencia su generis que es la mujer, aquí convendría el gesto de Lacan al tachar el «la» y lanzar el aforismo: «la mujer no existe».
La mujer resulta ser un «suplemento» del hombre, Halperin no lo dice, no
sería excesivo tomar ese término en el sentido de Jacques Derrida; la mujer como
un «peligroso suplemento»… para el discurso masculino.
Platón desmiente (en el sentido de Sigmund Freud) la Otredad con una versión «enmascarada» del mismo (Julia Kristeva) , así cae el discurso platónico-socrático en la trampa, si seguimos a Lacan al sostener que la feminidad se caracteriza por la «mascarada»: el discurso masculino se afeminiza “sin pretenderlo”.
Dos citas fundamentales:
Lo que es crucial en la estrategia de Platón no es que Diótima presente la perspectiva de una mujer, sino que la represente de una forma tal que sea reconocible para los hombres
Las estrategias textuales del Banquete revelan la dimensión fáctica de Diótima al mismo tiempo que la ocultan
Diótima resulta un «tropo» de Sócrates, y si
ella no es una mujer sino una «“mujer”» que es «signo de otra cosa», no pienso
que sea forzado ver aquí la vertiente significante de la mujer según Lacan.
Final del texto: «Y preguntarse por qué Diótima es una mujer, es plantear una pregunta
que en última instancia no tiene respuesta».
30 de agosto de 2019
BIBLIOGRAFÍA:
Allouch, J. El sexo del Amo. El erotismo desde Lacan, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2009.
Derrida, J. De la gramatología, Siglo XXI, México,
1975.
Freud, S. La negación en Obras Completas, Tomo XIX, Amorrortu, Buenos
Aires, 1998.
Halperin, D. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs
platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
Kristeva, J. El texto de la novela, Lumen, Barcelona,
1974.
Lacan, J. Aún, Seminario 20, Paidós, Buenos Aires, 1991.
[1] Este tema es interesante si se lee con cuidado y paciencia a Lacan, de ahí las «formulas de la sexuación»… si puntuamos al falo como un significante… otro matiz adquiere tal falocentrismo.
Como preámbulo a un trabajo póstumo a realizarse… nos adentramos…contextualizando los términos: a un entremés, que ruborizará el paladar y al gusto lo dejará inquieto, para saciarse con un banquete que promete un discurso gourmet.
«¿Por qué Diótima es mujer?» Es una
inquietud de David Halperin hecha texto[1], donde
retoma la importancia de la sabia mujer en función a la “reestructuración” del
pensamiento de Sócrates respecto al erôs
en la Atenas clásica.
Es Diótima
quien instruye a Socrátes en los temas del erôs.
¿Cuál fue la finalidad del Platón escritor en que fuera una mujer quién
transmitiera este saber a su discípulo?
Citó a
Halperin dando una probable respuesta a ello:
Por el hecho de ser una mujer, Diótima indica que Platón se ha separado de ciertos aspectos del ethos sexual de sus contemporáneos y, por consiguiente, le permite iluminar algunas características destacables de su propia filosofía.
Supongo
que hay dos temas a tratar; primero: conocer el propósito de Platón en la
sugerencia de Diótima; segundo: dar respuesta a la pregunta que el título
sugiere. Por el momento intentaré abordar el segundo, respecto a los fundamentos
de Halperin en la primer parte de su libro y que los considera de sentido
común.
Platón no podía permitirse representar al joven Sócrates como si hubiera sido iniciado en los misterios del deseo erótico por un hombre más viejo y sabio, porque ese retrato habría inevitablemente sugerido a los contemporáneos de Platón que Sócrates debía su notable perspicacia en la naturaleza de lo erótico a los servicios apasionados de un antiguo amante pederasta.
El temor
de Platón es ver el discurso de Sócrates sesgado respecto a lo que Pausanias
reconoce en la Atenas clásica como función de la pederastia: «un joven ansioso
de perfección moral puede legítimamente, incluso laudablemente, satisfacer la
pasión sexual de un hombre más viejo y sabio a cambio de la edificante
instrucción que desea obtener de su amante». Siendo hombre el sabio que
iniciara la instrucción de Sócrates, hubiese coexistido un lazo más “pasional”
que intelectual, por lo que probablemente la sensatez de sus construcciones se hubiera
tornado idéntica a las que se pronunciaba en su época.
Entramos
así al segundo argumento sostenido y reafirmado en Halperin: «Si el autor de
estas prescripciones hubiera sido un hombre, él habría podido ser sospechoso de
haberlas elaborado bajo la influencia de diversos factores personales, puesto
que su propia actividad sexual estaría materialmente afectada por su programa
erótico». A lo largo de las páginas del libro, el autor nos va llevando
momentáneamente sobre la respuesta a la pregunta de su libro y además de
pronunciar algunas ideas sobre Diótima.
Mi
intención no es justificar el por qué Diótima es mujer y no hombre, sino,
recalcar la importancia de que haya sido mujer en ese momento histórico y el
cómo años posteriores primeramente Freud redescubre lo que implica el juego de
ese erôs en la práctica
psicoanalítica y que terminará puliendo Lacan en el seminario de La Transferencia[2].
Para no ir
tan lejos y que la espera de El Banquete
nos sea menos siniestra; me posiciono en la sesión del 16 de noviembre de 1960
del seminario antes citado. aquí aborda algunos de los pasajes de El banquete y relacionándolos con lo que
fue el descubrimiento de la transferencia, cito:
En efecto, por púdico, o inconveniente, que sea el velo mantenido, semi-apartado, sobre el accidente inaugural que desvió al eminente Breuer de dar toda su consecuencia a la primera experiencia, sin embargo sensacional, de la talking-cure, es muy evidente que eso era una historia de amor. Que esta historia de amor no haya existido solamente del lado de la paciente, tampoco es dudoso.
Evidentemente
hablamos sobre la relación que se suscitó entre Breuer y Anna O, y de la cual
se sirvió Freud para iniciar el desarrollo de su teoría sobre la transferencia
y que Lacan identifica de manera plausible en está clase.
Desde este
punto de vista, el valor que nos designa o hereda la decisión de Platón de ser
Diótima quien formule una nueva teoría del erôs
en el joven Sócrates, es precisamente ese, y tomando en cuenta la percepción de
Pausanias, que la relación entre el sabio «portador de la verdad» y del
discípulo «ingenuo, deseoso de calidad moral» no se torne imparcial en cuanto
al juego del erôs que esa relación
permite; y retomándolo al papel que juega el analista respecto al analizante,
esto nos conduce totalmente a la gratitud de mantener ese erôs digamos latente y no desbordado en ese intercambio discursivo.
Platón no fue consciente del aporte que sugeriría al acto analítico; más allá del que Diótima sea mujer, lo que ahí se descubre es, sin duda, algo que nos permite ocupar nuestro “lugar” en la praxis como analistas.
*Imagen: Retrato de Jadwiga Łuszczewska como Deotymy, Józef Simmler, 1855.
[1] Halperin,
David. ¿Por qué Diótima es una mujer? El erôs
platónico y la representación de los sexos, Edelp, Córdoba, 1999.
[2] Si bien se le conoce popularmente como La transferencia, su título correcto es La transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones técnicas (1960-1961).